El gaucho es un producto peculiar de la tierra argentina.--Monomanía
de la imitación.--Continuación de la historia de Miguelito.--Cuadro de
costumbres.--¿Qué es filosofar?
Cada zona, cada clima, cada tierra, da sus frutos especiales. Ni la
ciencia, ni el arte, inteligentemente aplicados por el ingenio humano
alcanzan á producir los efectos químico-naturales de la generación
espontánea.
Las blancas y perfumadas flores del aire de las islas Paranaenses;
las esbeltas y verdes palmeras de Morería; los encumbrados y robustos
cedros del Líbano; los banianos de la India, cuyos gajos cayendo hasta
el suelo, toman raíces, formando vastísimas galerías de fresco y
tupido follaje, crecen en los invernáculos de los jardines zoológicos
de Londres y París. ¿Pero cómo? Mustios y sin olor aquéllos, bajas
y amarillentas éstas; enanos, raquíticos los unos; sin su esplendor
tropical los otros.
Lo mismo en esa bella planta indígena, que se desarrolla del interior
al exterior; que vive de la contemplación y del éxtasis, que canta y
que llora, que ama y aborrece, que muere en el presente para poder
vivir en la posteridad.
El aire libre, el ejercicio varonil del caballo, los campos abiertos
como el mar, las montañas empinadas hasta las nubes, la lucha, el
combate diario, la ignorancia, la pobreza, la privación de la dulce
libertad, el respeto por la fuerza; la aspiración inconsciente de
una suerte mejor--la contemplación del panorama físico y social de
esta patria,--produce un tipo generoso, que nuestros políticos han
perseguido y estigmatizado, que nuestros bardos no han tenido el valor
de cantar, sino para hacer su caricatura.
La monomanía de la imitación quiere despojarnos de todo; de nuestra
fisonomía nacional, de nuestras costumbres, de nuestra tradición.
Nos van haciendo un pueblo de zarzuela. Tenemos que hacer todos los
papeles, menos el que podemos. Se nos arguye con las instituciones, con
las leyes, con los adelantos ajenos. Y es indudable que avanzamos.
Pero ¿no habríamos avanzado más estudiando con otro criterio los
problemas de nuestra organización é inspirándonos en las necesidades
reales de la tierra?
Más grandes somos por nuestros arranques geniales, que por nuestras
combinaciones frías y reflexivas.
¿Adónde vamos por ese camino?
Á alguna parte, á no dudarlo.
No podemos quedarnos estacionarios, cuando hay una dinámica social, que
hace que el mundo marche y que la humanidad progrese.
¿Pero esas corrientes que nos modelan como blanda cera dejándonos
contrahechos, nos llevan con más seguridad y más rápidamente que
nuestros impulsos propios, turbulentos, confusos, á la abundancia, á la
riqueza, al reposo, á la libertad en la ley?
Yo no soy más que un simple cronista; ¡felizmente!
Me he apasionado de Miguelito, y su noble figura me arranca, á pesar
mío, ciertas reflexiones. Allí donde el suelo produce sin preparación
ni ayuda una alma tan noble como la suya, es permitido creer que
nuestro barro nacional empapado en sangre de hermanos, puede servir
para amasar sin liga extraña algo como un pueblo con fisonomía propia,
con el santo orgullo de sus antepasados, de sus mártires, cuyas cenizas
descansan por siempre en frías é ignoradas sepulturas.
Miguelito siguió hablando.
--Al día siguiente vino mi madre, trayéndome una olla de mazamorra, una
caldera, hierba y azúcar; hizo ella misma el fuego en el suelo, calentó
agua y me cebó mate.
La Dolores le había mandado una platita con la peona, diciéndole que ya
sabía que andábamos en apuros; que no tuviese vergüenza, que la ocupara
si tenía alguna necesidad.
Mientras tanto, mi mujer propia no parecía. Vea, mi Coronel, lo que es
casarse uno de mala gana, por la plata, como lo hacen los ricos.
La peona de la Dolores le contó á mi madre, que la niña estaba enferma,
y le dió á entender de qué, y que yo debía ser el malhechor.
Mi vieja me echó un sermón sobre esto. Me recordó los consejos que
yo nunca quise escuchar, porque así son siempre los hijos, y acabó
diciendo redondo: «Y ahora ¿cómo vas á remediar el mal que has hecho?»
Me dió mucha vergüenza, mi Coronel, lo que mi madre me dijo; porque me
lo decía mucho mejor de lo que yo se lo voy contando y con unos ojos
que relumbraban como los botones de mi tirador. ¡Pobre mi vieja! Como
ella no había hecho nunca mal á nadie, y la había visto criarse á la
Dolores, le daba lástima que se hubiese desgraciado.
¡Siquiera no te hubieses casado! me decía á cada rato.
Yo suspiraba; nada más se me ocurría. ¡El hombre se pone tan bruto
cuando ve que ha hecho mal!
Una caldera llenita me tomé de mate y toda la mazamorra, que estaba muy
rica. Mi madre pisaba el maíz como pocas y lo hacía lindo.
Me curó después las heridas con unos remedios que traía; eran yuyos del
cerro.
Después, de un atadito sacó una camisa limpia y unos calzoncillos y me
mudé.
Me armó cigarros como para toda la noche, nos sentamos en frente uno de
otro, nos quedamos mirándonos un largo rato, y cuando estaba para irse,
se presentó el que le llevaba la pluma al Juez con unos papeles bajo el
brazo y dos de la partida.
Le mandaron á mi madre que saliera y tuvo que irse.
El Juez me leyó todas mis declaraciones y una porción de otras cosas,
que no entendí bien. Por fin me preguntó que si confesaba que yo era el
que había muerto al otro Juez.
Me quedé suspenso, podían descubrir á mi padre y yo quería salvarlo.
¿Para qué es un hijo, mi Coronel, no le parece?
--Tienes razón--le contesté.
Él prosiguió:
--No se muere más que una vez, y alguna vez ha de suceder eso.
El escribano me volvió á preguntar que qué decía. Le contesté, que yo
era el que había muerto al otro.
--¿Por qué?--me dijo.
Me volví á quedar sin saber qué contestar.
El escribano me dió tiempo.
Pensando un momento se me ocurrió decir, que porque en unas carreras,
siendo él rayero, sentenció en contra mía y me hizo perder la carrera
del gateado overo que era un pingo muy superior que yo tenía. Y era
cierto, mi Coronel, fué una trampa muy fiera que me hicieron, y desde
ese día ya anduvimos mal mi padre y yo; porque la parada había sido
fuerte y perdimos tuitito cuanto teníamos.
Después me preguntó, que si alguien me había acompañado á hacer la
muerte, y le contesté que no; que yo solo lo había hecho todo, que no
tenían que culpar á naides.
Que qué había hecho con la plata que tenía el Juez en los bolsillos.
Le dije que yo no había tocado nada.
Cuando menos los mismos de la partida lo habían saqueado, como lo
suelen hacer. Es costumbre vieja en ellos, y después le achacan la cosa
al pobre que se ha desgraciado.
No me preguntó nada más, y se fué, y me volvieron á poner incomunicado,
y de esa suerte me tuvieron una infinidad de días.
Ni con mi madre me dejaban hablar. Pero ella iba todos los días una
porción de veces á ver cuándo se podría y á llevarme que comer.
Yo me aburría mucho de la prisión y estaba con ganas de que me
despacharan pronto, para no penar tanto; porque las heridas se habían
empeorado con la humedad del cuarto, y porque las sabandijas no me
dejaban dormir, ni de día ni de noche.
Aquello no era vida.
Volvió otro día el escribano y me leyó la sentencia.
Me condenaba á muerte, vea lo que es la justicia, mi Coronel. ¡Y
dicen que los doctores saben todo! ¿Y si saben todo, cómo no habían
descubrido que no era el asesino del Juez aunque lo hubiera confesado?
¡Y muchos que después de la patriada de Caseros, no hablan sino de la
Constitución!
Será cosa muy buena. Pero los pobres somos siempre pobres, y el hilo se
corta por lo más delgado.
Si el Juez me hubiera muerto á mí en de veras, ¿á que no lo habían
mandado matar?
He visto más cosas así, mi Coronel, y eso que todavía soy muchacho.
El escribano me dejó solo.
Pasé una noche como nunca.
Yo no soy miedoso; ¡pero se me ponían unas cosas tan tristes! ¡tan
tristes! en la cabeza, que á veces me daba miedo la muerte. Pensaba,
pensaba en que si yo no moría moriría mi padre, y eso me daba aliento.
¡El viejo había sido tan bueno y tan cariñoso conmigo! Juntos habíamos
andado trabajando, compadreando, comadreando en jugadas y en riñas.
Cómo no le había de querer, hasta perder la vida por él--la vida,
que, al fin, cualquier día la rifa uno por una calaverada, ó en una
trifulca, en la que los pobres salen siempre mal.
Qué ganas de tener una guitarra tenía, mi Coronel.
En cuanto me volvieron á poner comunicado fué lo primerito que le pedí
á mi madre que llevara. Me la llevó y cantando me lo pasaba.
Los de la partida venían á oirme todos los días, y ya se iban
haciendo amigos míos. Si hubiera querido fugarme me fugo. Pero por no
comprometerlos no lo hice. El hombre ha de tener palabra, y ellos me
decían siempre: no nos vaya á comprometer, amigo.
Siempre que mi vieja iba á visitarme, me lo repetían; y el centinela se
retiraba y me dejaba platicar á gusto con ella.
Mi madre no sabía nada todavía de que me hubieran sentenciado, y yo no
lo quería decir, porque la veía muy contenta creyendo que me iban á
largar, desde que nada se descubría, y no la quería afligir.
Pero como nunca falta quien dé una mala noticia, al fin lo supo.
Se vino zumbando á preguntármelo.
¡En qué apuros me vi, mi Coronel, con aquella mujer tan buena que me
quería tanto!
Cuando le confié la verdad, lloró como una Magdalena.
Sus ojos parecían un arroyo, estuvieron lagrimeando horitas enteras.
De pregunta en pregunta me sacó que yo había confesado ser el asesino
del Juez, por salvar al viejo.
Y hubiera visto, mi Coronel, una mujer que no se enoja nunca, enojarse,
no conmigo, porque á cada momento me abrazaba y me besaba diciéndome mi
hijito, sino con mi padre.
--Él, él no más tiene la culpa de todo, decía, y yo no he de consentir
que te maten por él; todito lo voy á descubrir.
Y de pronto se secó los ojos, cesó de llorar, se levantó y se quiso ir.
--¿Adónde va, mamita?--le dije.
--Á salvar á mi hijo--me contestó.
Iba á salir, le agarré de las polleras, y á la fuerza se quedó.
Le rogué muchísimo que no hiciera nada, que tuviera confianza en la
Virgen del Rosario, de la que era tan devota, que todavía podía hacer
algo y salvarme.
Usted sabe, mi Coronel, lo que es la suerte del hombre. Cuando más
alegre anda, lo refriegan, y cuando más afligido está, Dios lo salva.
Yo he tenido siempre mucha confianza en Dios.
--Y has hecho bien--le dije.--Dios no abandona nunca á los que creen en
él.
--Así es, mi Coronel, por eso esa vez, y después otras me he salvado.
--¿Y qué hizo tu madre?
--Cedió á mis ruegos, y se fué diciendo: esta noche le voy á poner
velas á la Virgen y ella nos ha de amparar.
Y como la Virgencita del nicho, de que antes le he hablado, mi Coronel,
era muy milagrosa, sucedió lo que mi vieja esperaba, me salvó.
Miguelito hizo una pausa.
Yo me quedé filosofando.
¡Filosofando!
Sí; filosofar es creer en Dios ó reconocer que el mayor de los
consuelos que tienen los míseros mortales, es confiar su destino á la
protección misteriosa, omnipotente de la religión.
Por eso al grito de los escépticos, yo contesto, como Fenelón:
_¡Dilatamini!_
Si hay un _anankè_,[2] hay también quien mira, quien ve, quien protege,
resguarda, ama y salva á sus criaturas, sin interés.
Cuando me arranquéis todo, si no me arrancáis esa convicción suave,
dulce, que me consuela y me fortalece, ¿qué me habréis arrancado?