FELIPE TRIGO
OBRAS COMPLETAS
CUENTOS
INGENUOS
[Illustration]
RENACIMIENTO
SAN MARCOS, 42
MADRID
1920
CUENTOS INGENUOS
* * * * *
OBRAS DE FELIPE TRIGO
LAS INGENUAS, NOVELA, dos tomos (_novena edición_).
LA SED DE AMAR, NOVELA (_sexta edición_).
ALMA EN LOS LABIOS, NOVELA (cuarta edición).
LA ALTISIMA, NOVELA (_cuarta edición_).
DEL FRIO AL FUEGO: Ellas a bordo, NOVELA (_tercera edición_).
LA BRUTA: Héroes de ahora, NOVELA (_cuarta edición_).
LA DE LOS OJOS COLOR DE UVA.--REVELADORAS.--LO IRREPARABLE, tres novelas
en un tomo (_cuarta edición_).
SOR DEMONIO: El honor de un marido hidalgo y metafísico, NOVELA (_sexta
edición_).
EN LA CARRERA: Un buen chico estudiante en Madrid, NOVELA (_cuarta
edición_).
SOCIALISMO INDIVIDUALISTA, ESTUDIO (_cuarta edición_).
EL AMOR EN LA VIDA Y EN LOS LIBROS, ESTUDIO (_cuarta edición_).
LA CLAVE, NOVELA (_tercera edición_).
LAS EVAS DEL PARAISO, NOVELA (_cuarta edición_).
LAS POSADAS DEL AMOR, NOVELA (_segunda edición_).
CUENTOS INGENUOS (_cuarta edición_).
EL MEDICO RURAL, NOVELA (_sexta edición_).
LOS ABISMOS, NOVELA.
EL PAPA DE LAS BELLEZAS, NOVELA (_segunda edición_).
JARRAPELLEJOS: Vida arcádica, feliz e independiente de un español
representativo, NOVELA.
CRISIS DE LA CIVILIZACION.--LA GUERRA EUROPEA.
ASI PAGA EL DIABLO.--A PRUEBA.--EL GRAN SIMPATICO tres novelas en un
tomo (_segunda edición_).
SI SÉ POR QUÉ, NOVELA (_tercera edición_).
EN MI CASTILLO DE LUZ.
* * * * *
LA NIÑA MIMOSA
--¿Estás?
--Sí, corriendo.
Y corriendo, corriendo, azotando las puertas con sus vuelos de seda,
desde el tocador al gabinete y desde el armario al espejo, siempre en el
retoque de última hora; buscando el alfiler o el abanico que perdían su
cabecilla de loca, volviéndose desde la calle para ceñir a su garganta
el collar, haciéndome entrar todavía por el pañolito de encaje olvidado
sobre la silla, salíamos al fin todas las noches con hora y media de
retraso, aunque con luz del sol empezara ella la archidifícil obra de
poner a nivel de la belleza de su cara la delicadeza de su adorno.
Gracias había que dar si cuando al primer farol, ella, parándose, me
preguntaba: "¿Qué tal voy?", no le contestaba yo: "Bien, muy guapa", con
absoluto convencimiento; porque capaz era la niña de volverse en última
instancia al tribunal supremo del espejo, y entonces, ¡adiós,
teatro!..., llegábamos a la salida. Como ocurría muchas veces.
Ella muy de prisa, yo a su lado, un poco detrás, no muy cerca, con
mezcla del respeto galante del caballero a la dama y del respeto grave
del _groom_ a la duquesita. Cuando en la vuelta de una esquina rozaban
mi brazo sus cintas, yo le pedía perdón. Mirábala sin querer a la luz de
los escaparates, y cuando alguna mujer del pueblo quedábase parada
floreándola, yo la decía: "Mira, ¿oyes?", y sonreía ella triunfante como
una reina.
No hablábamos. Todo el tiempo perdido en casa procuraba, desalada,
ganarlo por el camino. Llegaba al teatro sin aliento. Y allí, por última
vez, en el pórtico vacío, analizándose rápida en las grandes lunas del
vestíbulo, mientras yo entregaba los billetes:--"¿Estoy bien, de
veras?"--me interrogaba para que contestase yo indefectiblemente y un
mucho orgulloso de su gentileza:--"¡Admirable!"
Porque, eso sí, ella confiaba en mi rigor. Le hubiera dicho la verdad,
al menor detalle que artísticamente no juzgase digno de su figurilla
aristocrática, aunque nos hubiera costado renunciar a la función.
* * * * *
Los gemelos la buscaban.
¿Quién es? debían preguntarse unos a otros en las butacas, en los
palcos. Algunos amigos míos se acercaban a saludarla en los entreactos
esperando inútilmente la presentación. Ni ella la quería ni me agradaba
a mí, no sé por qué causa. Y los que en el Círculo por la tarde me
habían preguntado con reticencias o descaradamente quién era la señorita
que la noche antes me acompañaba, una evasiva obtenían incapaz de
disiparles la curiosidad. ¿Mi hermana?... Nada se parecía a mí. ¿Mi
mujer?... Era muy joven. ¿Mi querida?... Jamás, la pureza de la virgen
resplandecía en aquel semblante de colegiala tímida y curiosa.
Y ¿qué le importaba a nadie?
La verdad es que no sé por qué ella tenía afición al teatro. Miraba al
público de reojo; ignoro si por cobardía de sus diez y siete años o por
desdén nativo en su alma. De la escena, única cosa que le interesaba, el
chiste que a todos hacía reir conseguía de su boca apenas una dilatación
placentera; y como lloraba en los dramas, de propósito no íbamos más que
a piececillas y tal cual noche a oir opereta al fresco de los Jardines.
Apenas cruzaba conmigo la palabra. Sentada junto a mí, sin mirarme, yo
era quien únicamente por todo hablar solía decir de cuando en cuando:
--Mira, allí hay uno mirándote, ¿sabes?
--¿Dónde?
--En un palco. En el tercero. No te quita los gemelos.
Volvía los ojos fugazmente al sitio indicado, y sonreía, sin volver a
acordarse en toda la noche del tenaz admirador.
De los tenaces admiradores. Fueron muchos. No consiguieron una mirada de
gratitud, de esas con que hasta las menos coquetas dan las gracias.
Unicamente yo, con la solicitud de esclavo que corta flores para su
dueña, en arrojar una por una aquellas admiraciones a sus pies me
complacía. Era un deleite intenso, pero inconsciente y vago como el
placer de un ensueño, como la alegría de una primavera.
Ella me pagaba siempre con su sonrisa leve. Yo le compraba bombones. Y
nada más.
¿Bonita?
Sí. Creo que sí. Que era excepcionalmente bonita; pero yo no hubiera
podido definir su belleza ni entonces ni ahora. La miraba muchas veces
cuando estaba delante de mí. Luego nos separábamos y no me acordaba más
de ella. Pero volvíamos a reunirnos y volvía a mirarla. Un claror
fosfóreo de sus ojos medio cerrados, semejante al de la cresta de la ola
en los mares luminosos, una transparencia de su faz que me cegaba de
dulzura, imposibilitaban mi análisis.
A la luz eléctrica del teatro, cayendo como una inundación sobre
aquella cara de nácar, sólo podía darme cuenta de una cosa: de que en
aquella cara los labios rojos parecían más rojos que todos los labios en
todas las caras de mujer que yo he visto.
En eso comprendo que debía gustarme mucho toda ella. En que no sería
capaz de describirla. Cuando un espectáculo arroba, aduerme y hace
soñar: ese es el éxtasis.
* * * * *
* * * * *
El telón caía por última vez. Todo el mundo en el teatro empezaba a
removerse para salir. Echábala sobre los hombros el abrigo elegantísimo,
que ocultaba su cuello y su barba redonda en gorguera de rizadas
sederías, y así que se aclaraba un poco el paso--espera empleada por mí
en averiguar si había estado contenta y entretenida, porque necesitaba
cerciorarme de ello para estarlo yo--salíamos atravesando en la puerta
las filas de curiosos, que entre todas las hermosas mujeres que por los
pasillos, por las amplias escaleras iban afluyendo al _foyer_ lleno de
claridad y de reflejos, fijaban sus miradas, de preferencia, en la que
conmigo cruzaba graciosa y ligera medio escondida la cara monísima entre
el sombrero y el cuello como en ramilletes de pluma.
Seguíamos buen trecho con la procesión de gente; contemplábala yo aún,
en los cuadros de luz que algún café lanzaba por sus ventanas, y bien
pronto, perdidos fuera del centro, en solitarias calles donde nuestros
pasos resonaban, la ofrecía mi brazo, que aceptaba por miedo, por ir más
cerca de mí en la semiobscuridad y el desierto de la media noche.
Iba tranquila, confiada en mí; yo, delicadamente afanoso de llevarla a
su gusto, calculando el paso para no fatigarla, sujetándolo al suyo, lo
mismo que debe ir el recluta el día de su primera marcha en filas.
--¡Perdona!--volvía a replicarla siempre que una vacilación me hacía
rozar siquiera el vuelo de su falda. Y embriagado de su perfume, del
suavísimo violeta de su tocador, que parecía exhalarse de ella más
penetrante con el fresco de la noche, como el perfume de las azucenas,
el silencio a su lado me enojaba; y por hablar cualquier cosa con
aquella colegiala divina que no sabía nunca qué decir, la entretenía
haciéndola notar lo caprichosamente que se iban nuestras sombras
alargando cada vez que dejábamos atrás una farola.
* * * * *
La despedí un día en la estación, con su familia. Se iba lejos. Yo no
sentí su marcha. Pero si en cualquier momento de los años que pasaron me
hubiese puesto a escribirle, hubiérale escrito cortésmente, como a una
respetada y queridísima amiga.
De mes en mes, acaso más de pronto en pronto, quizás más de tarde en
tarde, yo solía acordarme de ella en mis tristezas y en mis soledades.
¡Nada! Acordarme.
¡¡Era tan niña!!
Todavía me pregunto algunas veces:
--Señor, ¿por qué, con ella, más chiquilla que nadie, y siendo tan amiga
mía, no pude tener jamás la confianza descuidada de la amistad?
Entonces no supe que la adoraba. Ahora tampoco sé si la he adorado mucho
desde entonces.
TU LLANTO Y MI RISA
¿Te acuerdas?
Era como hoy. Un capricho, un enojo de tus celos de vanidosa.
Era cualquier mañana, quizá hermosa y sonriente, en que yo, mirando un
rayo de sol y contemplando el cielo, esperaba, tras los ensueños dulces
de la noche, a que las vidrieras de tu cuarto se entreabriesen
mostrándome en la gloria de tu faz la alborada de mi alma. Tú perezosa,
yo impaciente, a veces con miedo de turbar tu sueño, entraba de
puntillas hasta el lecho. Dormías. Te besaba en los ojos y
estremeciéndote como en una convulsión, me volvías la espalda sin
mirarme, sin hablar, rebujándote hasta la frente en la seda azul y en
los encajes.
¡El enfado!
¿Hablarte?... inútil. ¿Besarte más, en el cuello, en la oreja, en el
nudo de oro de tu pelo? Cada beso era una descarga eléctrica para
aumentar tu rabia.
¿Qué tenías? Bah, cualquier motivo insignificante e injusto, que me
manifestabas al fin seco apóstrofe de desprecio, con tenacidad
convencida de histérica, rebelde a toda explicación. La intentaba yo,
aunque sabía su ineficacia de antemano, y herido luego en la grandeza de
mi cariño por las pequeñeces de tu espíritu de mujer, me alejaba de ti y
de tu cuarto, altivo como tú, pero más triste...
Las once, las doce, la una... No se había dignado levantarse la
señorita. Frente a mí, en la mesa, estaba tu silla vacía... Bien. Yo me
iba al campo, lejos, a vagar... Al Círculo después, hasta las dos de la
mañana... Volvía a almorzar solo al día siguiente; y allá a la hora de
cenar, tarde, muy tarde, solía encontrarte en el comedor con cara de
indiferencia. Ni me hablabas ni te hablaba. Pero, aun sin mirarte, podía
notar que me mirabas tú estudiando en mi cara mis impresiones. Por lo
pronto habías cuidado de adornarte más... Sólo que esperando mi primera
palabra de reconciliación, solías engañarte. Tu orgullo aparecía en un
«adiós» desdeñoso, y cada uno nos retirábamos a la respectiva
habitación. Un mutuo juramento de no ceder llevaban nuestros labios...
* * * * *
Era una fiesta, visitas, cualquier cosa. Convidados y ajenas alegrías
alrededor; es decir, tu disgusto subrayándose por el buen humor de los
demás, y mi pena disfrazándose de ironía en conversación a raudales, en
amabilidad con tus amigas, en algún calculado elogio a unos ojos
negros... Te levantabas, no podías más... hubieras arrojado a todo el
mundo de la casa. Nadie, sino yo, en la animación de la tertulia,
advertía tu ausencia, y nadie sino yo, sonriendo de placer infinito,
escuchaba sobre el escándalo de la charla aquellas notas leves y
nerviosas que hacían llorar de rabia a tu piano con pedal bajo...
Notas de cristal, que iban rompiéndose en el aire. _La ingrata_... Notas
de Weber, después... aquellas que desesperaban a _Margarita Gauthier_,
la escala explosiva, con todo el enojo de tu espíritu...
Yo sonreía. El pobre muchacho a quien dispensaba la honra de no
escucharle, pagaba mi sonrisa inefable con otra sonrisa idiota. Pero me
hablaba, me hablaba... y tú tocabas siempre, insultándome, mordiéndome
con tus alegros y tus escalas; derramando amarguras sobre mi corazón con
aquellas notas sublimes del andante que reservabas para el supremo
esfuerzo de tu coquetería mimosa y traicionera... Iba a ti, al salón
obscuro y solitario, y te abrazaba la cintura por detrás de la banqueta
del piano, estampando un beso en tu boca. Tú te levantabas sorprendida,
huyendo de mí con un mohín de repulsión que era de tu coquetería la
venganza deseada...
Entonces, al revés: tú, con los demás, a reir, para que yo lo oyera; yo,
en cualquier butaca desplomado, en el colmo de la desesperación,
viéndome miserable juguete de tus caprichos.
* * * * *
Cenabais, y no iba a cenar. Seguía escuchando los arpegios de tus
carcajadas; seguía allí, solo, en la obscuridad, maldiciendo la
bendición de conocerte... Y debía el vino de hacerte compasiva, porque
al fin, tú misma, una, dos, tres veces, te tomabas la molestia de ir a
invitarme a cenar. Secamente la primera, con dulzura después,
perdonando, rogando, pidiendo caridad; toda la transición en poco tiempo
hecha en la paradoja eterna de tu alma... Pero ¿te oía yo?... Un gran
frío me hacía temblar, un frío de espanto, asomado a las profundidades
de tu veleidad y de nuestro amor. Luego sí, tu mano tiraba de mi mano.
Te seguía al comedor y me sentaba de la mesa lejos, en el diván; desde
donde te veía enfrente, muy seria, muy triste, entre el alborozo del
jerez en las caras de los otros, que no se cuidaban ni de ti ni de mí,
por fortuna.
Contagios de la alegría caídos en mi pena, y más borracho yo de amargura
que de vino aquéllos, reía luego también... Una risa de sus risas, una
burla de sus burlas, un desprecio soberano hacia todo, y hacia ti,
reina mía, y hacia mí el primero... Risa cortada, más alta, más hueca,
que dominaba las demás y concluía por acallarlas, convirtiendo hacia
ella la extrañeza y desconcertando a todos... Risa que me ahogaba, que
me sacudía todo el cuerpo en latigazos de nervios, que brotaba loca y
espantosa de mi garganta, que llegaba a mis ojos y los hacía verter
lágrimas, y que en llanto cruel y alegría lamentable dejaba en tu
corazón hundir sus agudas notas, con más ferocidad aún que en mi corazón
los pérfidos lloros de tus andantes dulcísimos...
Salía de allí, silencioso ya, con el pañuelo en los ojos, y me seguías
tú, y me abrazabas, y me arrancabas el perdón a besos, de rodillas, ¡de
rodillas tú a mis pies, alma del alma!
* * * * *
Era, como hoy, un capricho, un enojo de tus celos de vanidosa.
Como no te puedo oir, no sé si lloras arrancándole al piano las notas
fugaces de cristal.
Como no me ves, no sabes si río.
EL ORO INGLÉS
Leía yo, acostado, tratando de dormirme, _El Imparcial_. De pronto,
sobre el cielo raso sonoro como el parche de un tambor--¡oh estas casas
nuevas de ladrillo y de hierro!--sentí los pasos menuditos. Aquella
noche me intrigaron más. Por la tarde había sostenido este diálogo con
la camarera de la fonda:
¿Quién duerme arriba?
--La inglesita.
--¿Qué inglesita?
--Una joven que ocupa dos habitaciones. La contigua para su institutriz.
--No la conozco.
--Come en su cuarto. Sin embargo, ha debido usted de verla en la playa
todas las mañanas.
--¿Guapa?
--La mar.
Dejé caer el periódico, y me quedé fijo en el techo.
¡Si fuese de cristal!
Las maniobras de siempre. Mi habitación tenía la cama en un ángulo del
fondo. Igual estaría colocada la cama en la de encima, y allá se habían
dirigido los pasos: la inglesita levantaría el embozo... Después sentí
el dulce y picado taconeo hacia el rincón opuesto. ¿El tocador?... Ella,
frente al espejo, se quitaría las peinetas, las sortijas, el leve abrigo
de sedas con que habría vuelto acaso de oir en el bulevar los conciertos
de orfeones... Se despojaba. Media hora. La niña se extasiaba con su
imagen. Era, pues, cuando menos, lo menos coqueta que puede ser una
joven cuando no es tonta, aunque sea inglesa.
Vagó en seguida por la alcoba. Mis ojos la seguían con toda precisión en
el techo... ¡Ah, si fuese el techo de cristal! No muy alta, ni muy
gruesa, sin duda, a juzgar por el _peso_ leve de sus pasos; aunque sí
nerviosa y vivaracha. Cruzaba de uno a otro lado con ese mariposeo de
toda mujer bien vestida al desnudarse; por consecuencia, un dato más:
elegante.
Volvió al centro, y un roce indefinible me hizo adivinar su vestido y su
enagua cayendo a sus pies. Habría jurado que la estaba viendo, toda
recta aún en el ruedo de estas ropas por el suelo, desenlazarse el
corsé: doblarse después a recogerlo todo y llevarlo a la percha
taconeando más ligera... en camisa, no sin lanzar de vuelta una caricia
de mimo a su escote, en el espejo... Y ¡qué estupidez!... he aquí una
cosa que yo _no veía_ bien: cómo tendría los senos una joven inglesita;
¿anchos, semiesféricos, de amplia base, como las españolas? ¿Separados y
rebotantemente movibles, como las francesas? ¿De media toronja, como las
indias de aquel Ceilán de mis ensueños de un día?...
Tornaba, tornaba la inglesita a mi vertical; es decir, a su lecho, que
chirrió al sentarse ella en el borde. Iba a descalzarse. Un golpe seco:
una bota al suelo. Una bota pequeña, dulcísima, que habría dejado al
aire un pie calentito, cubierto por una media de seda tensa como un
guante, y azul Luzbel, de seguro. Una pierna sobre la otra... ¡Oh, cómo
miraba yo de abajo arriba y cómo la virgínea _miss_ no supondría que
_era el techo de cristal!_
La otra bota al suelo. Y la cama volvió a crujir inmediatamente, en
gemidos amorosos del sommié al recibir el cuerpo. Mas ¿era entonces que
se acostaba con medias?
Nada... al poco. _Ella_ que fantasearía supiese Venus qué cielos de
juventud, y yo en mi solitario cuarto, con _El Imparcial_ sobre la
colcha, con los ojos fijos en aquel techo blanco que no tenía un
escotillón por donde yo... ¡bah, qué idiotas hosteleros y qué techos tan
estúpidos!
Me quedaba la imaginación proponiéndome problemas. Recorría el desorden
delicioso del cuarto aquel de mi extranjera vecina con el vestido en la
butaca, con el corsé a medio colgar del niquelado clavo de la percha,
dejando caer sus broches de las ligas sobre el blanquísimo pantalón
orlado de encajes; con aquel aire oliente a perfumes de tocador y de
chiquilla bonita, con aquella cama en que ella al fin dormiría
derramando por la almohada su caballera de oro británico, y abandonando
sobre la cubierta cielo sus desnudos brazos delgados y flexibles...
¡Dios! ¡Gran Dios! ¡El oro británico! ¡El oro famoso inglés que yo no
conocía ni en libras esterlinas, ni en amorosos rincones!... Porque hay
tremendos detalles en que la imaginación se pierde: por ejemplo, la mía,
sobre las laxas y lisas y doradas cabelleras inglesas, no podía concebir
los rizados breves... ¡sí, sí, lo que fuera horrible en una corta
laxitud!... ¡Horrible!, ¡horrible!
* * * * *
La imaginación es una solemnísima embustera y una infeliz inocente.
Aquella vez tan sólo no me había engañado en que la niña era preciosa y
delgada y adorable. Pero ni el tocador estaba a la izquierda de la
puerta, ni _ella_ dormía nunca con los brazos fuera del embozo, ni se
sentaba en la cama para descalzarse jamás, ni sus medias eran azul
Luzbel... sino negras, caladas.
¡Ah! y además no debe uno aventurar temerarias deducciones sobre la laxa
y lisa cabellera de las dulces inglesitas.
PARAÍSO PERDIDO
RECUERDOS DE MINDANAO
--Esto es un paraíso--me dijeron cuando llegué al campamento; y para
certificar la comparación, no tuvieron mis ojos más que tenderse en
derredor.
Una vivienda de nipa, junto a una huerta, en mitad de una explanada
circular donde grupos de soldados troceaban ébanos a hachazos; cerca,
los fusiles, por si los moros saltaban de una mata, como tigres.
Por Occidente, a algunas millas, el mar; y rodeándonos, el bosque; el
bosque virgen, de fantástica frondosidad, cayendo por todos lados, desde
nuestra altura enorme, como manto soberano cuya cola regia de eterno
verdor se tendía por las montañas festoneando sus crestas en la lejanía
sobre el azul profundo y tranquilo de los aires.
Desde las primeras horas de la llegada pude observar que mis compañeros
revelaban una especie de paralización extraña, de éxtasis.
Se separaron, cada cual por un sitio, ocupándose unos en acariciar a los
mastines, otros en jugar con los monos y las catalas, y los más en
pasear, leyendo periódicos dos meses atrasados o cogiendo flores en la
huerta. Tenía esto algo de calma paradisíaca; y tal vez un tanto
fatigado mi espíritu por las luchas de la vida, se dispuso a sepultarse
en aquella paz celestial, desperezándose al borde de la Naturaleza antes
de entregarse a ella, como la hastiada impura junto al lecho del
descanso.
Las semanas pasaron.
Seguíame fascinando aquella monotonía de grandiosidad...
Yo me volvía como los demás. La pereza no tardó en invadir mi cuerpo y
mi alma. Un lugar solitario, un rincón de árboles, una hamaca; no
anhelaba otra cosa aquel ansia insaciable y vaga de mi pecho.
Una siesta, en que a la sombra de los plátanos me balanceaba en la red
de abacá, escuchando en el silencio absoluto del humano vivir el chiflar
poderoso y uniforme de las chicharras del bosque, cuyas primeras
columnatas de árboles se me ofrecían cerca, recreándome los ojos con sus
cortinajes de liana y sus volanderas cuerdas de bejucos revestidas de
trepadoras y ornadas con florones de parásitas, todo lo cual, en sus
huecos de verdosa luz, bajo las bóvedas de follaje, a que se descolgaban
gritando algunos simios o que cruzaban con pausado vuelo de una a otra
rama algunas aves de pechuga azul, me parecía el pórtico de colosales
palacios encantados; esa tarde, digo, en que doliente desde mi hamaca
miraba a ratos el lejano mar, siguiendo en su gris superficie inmóvil la
estela del sol, que como una senda de luz condujo a mi fantasía más allá
del horizonte, más allá, mucho más allá, a aquella España hacia que
viajaba entonces el astro de oro... yo comprendí de improviso mi
nostalgia. Unas notas fugitivas, un perfume de néctar, una silueta entre
brumas de no sé qué distancia ni qué espacios. ¡Ella! ¡Mi visión de la
mujer!
_Ella_... era quien faltaba en nuestro paraíso. La mujer, el amor, el
adorno supremo de la Naturaleza, para cuyo esplendor están hechas las
grandezas de todos los escenarios.
* * * * *
¡Con cuánta pena seguí en mis eternos días contemplando aquellos
paisajes de belleza inútil!
El fastidio mortal dijérase que nos inspiraba en el desdén de unos a
otros un odio inconsciente de camarada a camarada; el cansancio del
vivir ante la inutilidad de la existencia sin ilusiones. ¿A qué, ni para
recibir el agrado de quién, por nada esforzarse? ¿A qué hablar
siquiera?
Noches de soberana hermosura, noches de los trópicos, en que tumbados en
las amplias lonas de sillas como catres, formábamos silencioso y
disperso corro, cara al cielo, mirando cada cual su lucero favorito,
entre las estrellas que fulguraban como ascuas. Las luciérnagas volaban
en las copas de los aromados ilán como llamas de plata. Alguna prendía
en su mariposeo de luz nuestras miradas, perdíalas en el espacio... y
¡quién sabe tras ella en qué memoria de mujer perdíase también el
recuerdo!
¡Oh, sí! ¡Un sarcasmo! ¡Un insulto de tantos regios esplendores a
nuestro deseo! El alba; aquellos amaneceres serenos, en que sobre la
inmensa alfombra verde de los hondos valles se levantaban, siguiendo el
curso de ríos ocultos, cendales de niebla, que se extendían hasta el
mar, como doseles de nubes sobre una procesión de diosas desnudas para
el baño...
La siesta, con sus horas incitantes en el bosque, en la espesura de la
sombra, entre los laberintos escondidos por los abanicos en hoja de las
palmas, con sus grutas de enredaderas en los bambúes, al pie de las
fuentes de agua helada, cuyos asientos de peña parecían el lugar de
enamorada cita con mujeres que no llegaban jamás...
Las tardes, aquellas tardes de poesía embriagadora, de limpio ambiente
que dejaba hasta el fin penetrar la mirada por las montañas desiertas,
onduladas por el fofo ramaje de la arboleda como un océano de cuajadas
olas verdes; que permitía seguir las praderas interminables sin
encontrar sobre sus tonos de esmeralda la casita que nos mintiese el
querido hogar...
Las tardes de puesta de sol con celajes increíbles, con nubes de todos
los colores, con reflejos metálicos de púrpura en fondos mimosos de
cielo verde, verde como las praderas y los mares de Oriente...
¿De qué servían si no pudieron jamás inspirar la frase trémula de pasión
a la mujer alumbrada por sus luces de nácar?...
Y era tanta la hermosura de tales sitios, que ni dejaban al alma herida
que los odiase francamente.
Un día, cuando otro camarada llegó, cuando después de dejar el caballo,
fatigado por la cuesta, él se puso a contemplar el grandioso espectáculo
desde la altura, yo me acerqué y le dije, a pesar mío:
--¡Esto es un paraíso!
Sólo que, recordando mi desolación, añadí rápidamente:
--¡Un paraíso perdido, un paraíso estúpido. ¡Sin una Eva siquiera!...
LA PRIMERA CONQUISTA
Me había dado mi tía dos reales y compré con ellos todo lo siguiente:
Cinco céntimos de pitillos.
Dos céntimos de fósforos de cartón.
Ocho céntimos de americanas.
Diez céntimos de peladillas de Elvas.
Y un mi buen real de _confetti_, porque era Carnaval.
Con todas estas cosas, convenientemente repartidas por los bolsillos,
excepto un cigarro, que echaba en mi boca más humo que una fábrica de
luz, me dirigí a San Francisco por la calle de Santa Catalina abajo,
marchando tan arrogante y derecho, que no pude menos de creer que era un
capitán, que durante un rato fué detrás, pensaría:
--Será militar este muchacho.
El paseo estaba animadísimo. Pronto hallé amigos y caras conocidas entre
las nenas. Yo reservaba mis _confettis_ (que entonces no se llamaban
así) para Olimpia, la morenilla que iba a la escuela frente al
Instituto. Pero Soledaíta, una rubia traviesa que al brazo con sus
compañeras nos tropezó en la revuelta de un boj, se dirigió a mí
resueltamente, mordió su cartucho de papeles y me los regó por los
hombros.
Soledad era muy mona (y aun creo que lo es). Yo salí del lance lleno de
vanidad; y haciendo una vuelta hábil por los jardines, volví a
encontrarme frente a frente con ella. Llevaba en cada mano dos
cartuchos, me adelanté hacia la rubilla traviesa y los sacudí con saña
sobre su cabeza, que quedaba poco después, y los encajes de su vestido
de medio largo, como si les hubiera caído una nevada de copos de mil
colores. Mis papeles eran finos; de lo más caro que se vendía, con mucho
rojo, azul y dorado... Cuando Soledad pudo abrir los ojos, limpiándose
entre carcajadas los papelillos de las pestañas, la ofrecí almendras.
Ella me dió un caramelo de los Alpes.
--¡Declárate, no seas tonto!--dijeron mis amigos con envidia. Y sobre
todo, con interés egoísta, Juan, que rondaba a otra muchacha prima de
Soledad. Así pasearíamos juntos la misma calle.
Fuí al aguaducho de enfrente, donde tenía mis ciertos conocimientos,
porque allí nos convidamos unos a otros a anís en tiempos de exámenes,
y escribí en el mejor papel que pude:
"Señorita: Hace mucho tiempo que mi corazón, impulsado por los resortes
misteriosos del amor, se agita extraordinariamente en el océano de las
incertidumbres. Sí, desde que vi la divina luz de sus ojos perdí el
sosiego; y si le interesa a usted la felicidad de un pobre desesperado
de la vida, désela usted con un anhelado sí de bienandanza a quien por
usted se muere a la vez que se ofrece su más rendido servidor, q. s. p.
b..."
Diez minutos después, sombrero en mano y con toda la finura posible,
estaba delante de Soledad:
--Señorita, ¿será usted tan amable que quiera aceptar esta carta?
--¡Pronto, que nos va a ver mi criada!--dijo--arrebatándola y
guardándosela arrugada en el peto de la blusa.
Uno de mis amigos, que vigilaban la escena escondidos en los rosales,
gritó en este momento:
--¡Cú, cú!
Así lo hubiera partido un rayo.
--Y diga usted, señorita, ¿cuándo me entregará usted la ansiada
contestación?
--Mañana.
--¿Aquí?
--Sí, hombre. No sea usted pesado.
Y dió un revuelo y se unió a las otras.
Yo me quedé como tonto, sintiendo unos calambres del corazón, admirado
de mi osadía y encantado de mi fortuna. No hablé más en toda la tarde y
hubiese dado todas las almendras y los cacahuets que me quedaban porque
llegara en seguida la siguiente.
Pero aquella noche fuí con mi familia a ver _Don Juan Tenorio_, que
ponían en el teatro fuera de época, no sé por qué. Y a la salida pillé
unas anginas como para mí solo. Ocho días de cama, con fiebre. Los
autores no han podido averiguar si en los delirios de mis cuarenta
grados puse el nombre de _Soledad_; pero lo que sí recuerdo bien es que
al tercer día de convalecencia se me entregó una carta suya, con todos
los signos en el sobre de haber sido abierta, y con todas las señales en
la cara de mis parientes de haberse reído de la carta y de mí.
"Caballero--decía la carta--, a la rendida pasión que me pinta usted en
la suya, y que yo creo sinceramente, no puedo ofrecer otro premio que el
de la amistad. Si usted sabe ganarse mi corazón, sólo Dios puede decir
el porvenir que nos reserva; s. s. s., _Soledad_."
Y añadía por debajo:
"No pase mucho por mi calle, porque mi papá pudiera berlo y hecharle a
husted un jarro de agüa el domingo al anochecer puede husted hablarme
en mi bentana."
Bueno, salvo la letra, que era de segunda, y la postdata, que era
original, la epístola no estaba mal copiada.
Era precisamente el modelo que continuaba a la mía en el _Epistolario
del amor para uso de damas y galanes_.
* * * * *
Desde entonces, Juan y yo rondábamos juntos a las primitas. Fueron
nuestras novias muchos meses. Siempre que anochecido las encontrábamos
reunidas en la reja, nos deteníamos. Cuando en la reja estaba una y
pasábamos los dos, también; y hasta se dió el caso de que uno solo se
parase en la ventana con ambas.
Lo que no llegó a ocurrir jamás fué que uno solo se atreviera a
acercarse cuando su novia estaba sola.
Una vez me sucedió a mí, por excepción y por pura sorpresa, y pasé las
de San Quintín.
¿Qué demonios iba yo a decirla?
TEMPESTAD
"Voy con María. Espéranos.--_Octavio_."
María era mi amante.
Octavio, el escritor neurótico de palabra helada, estaba medio loco. Por
su modo extraño de sentir y por su modo extraño de adorar la belleza
pagana de su esposa.
Un escéptico que creía en todo.
Cuando llegó el exprés y vi a María en un reservado, corrí a saludarlos;
pero ella, abriendo la portezuela y separándose para mostrarme el fondo,
dijo desoladamente:
--Allí venía él.
--¡Octavio!
--Muerto--respondió tan bajo y tan secamente, que apenas la oí.
Luego, sin derramar una lágrima, saltó al andén, me suplicó silencio,
indicó por señas a un mozo que nos siguiera con el equipaje, entre cuyos
objetos reconocí el sombrero de mi amigo, y nos dirigimos al hotel a la
carrera del ómnibus.
* * * * *
En cuanto estuvimos solos en un gabinete, cuyo balcón daba a la playa,
sepultó María la cara entre los brazos y lloró mucho. Yo, abrumado en la
butaca, cerca de la suya, lanzaba la vista idiotamente a la inmensa
curva donde se unían el mar y el cielo; éste encapotado de gruesas y
blancas nubes, aquél tranquilo y de un fuerte azul plomizo, sin un
vapor, sin una vela en su vasta y comba superficie.
No osaba mirarla. ¿Qué cuentas iba a darme aquella histérica de la
muerte de su marido?
Al fin pudo hablar, y dijo, estrechando mi mano entre las suyas, blandas
y calientes como las de un niño:
--Cogió tu carta. Tu última carta, que yo guardaba en el pecho. Me la
cogió dormida... y se mató. Nunca me había amado tanto como en este
viaje. Mi amor y la tormenta horrible de esta noche produjeron en su
alma efectos espantosos. ¡Oh, era preciso haberle visto!
--¿Y dónde está?--me atreví a preguntar.
--¡Alli!--dijo la joven, señalando al Océano.
Durante algunos segundos vi los dedos de la pobre mujer temblando sobre
el pañolito, que llevó a los ojos. Las comisuras de su boca saltaban en
nerviosas convulsiones.
Cuando logró serenarse, habló así, con voz cansada, de apacible y triste
monotonía:
--Ignoro si influí decisivamente en el destino de Octavio o si fuí nada
más la fútil ocasión del rapto que le arrancó la vida: carga para él,
de todo cansado y hasta de sí propio. Tú sabes cómo me quería. Con
desesperaciones que me daban miedo, con exaltaciones insensatas. Cuando
ayer tomamos el tren, estaba alegre, expansivo, contento de vivir, como
pocas veces. Nadie debía acompañarnos, él y yo solos, en un reservado.
Habló mucho todo el día, y a poder haberse escrito cuanto me dijo, sería
sin duda lo más hermoso de todo lo que jamás pasara por su imaginación.
El era feliz, y yo, ¿a qué negártelo?, contagiada de aquella eterna
sonrisa de ventura que jugaba en sus labios, también lo era. ¡También
feliz, muy feliz...!
Al anochecer, después que comimos en el _restaurant_ de la estación más
alta de la cordillera, paseamos un rato. El paisaje solitario e inmenso
nos parecía hecho para el éxtasis de nuestra dicha.
Todo nos movía a la ternura. Y como si la máquina que nos había
arrastrado a tantos deleites pudiera entender nuestra gratitud, la
miramos juntos, con su negra mole finamente fileteada de reflejos de
luna, encendidas ya en sus topes las farolas blanca y roja. Estábamos
delante de ella, escondidos del andén por los chorros de vapor de sus
grifos, cuyas nubes nos rodearon como un apoteosis de amor, cuando la
campana anunció la marcha. No sé por qué me pareció que Octavio,
abrazado a mí, hubiera querido permanecer en los rieles...
Recuerda que una de sus máximas era ésta: _No se debe morir acosado por
la vida, sino despreciándola, en plena felicidad._
Subimos al reservado. De nuevo el tren empezó a correr en la soledad de
las montañas, huyendo por la cinta que cortaba sus laderas. Yo iba junto
a la ventanilla, abierta para respirar el fresco, y Octavio a mi lado,
rodeándome el cuello con el brazo, murmurando a mi oído, que rozaban sus
labios, dulcísimas palabras. La pantalla de la lámpara obscurecía el
interior del coche. Estaba la noche espléndida. La luna, que parecía más
alta sobre la enorme profundidad del valle, vertía su luz tranquila
sobre los pinares de la sierra, y arrojaba sobre los desmontes la sombra
del tren, que corría despeñado cuesta abajo.
Sentía la cara de Octavio rozando con la mía en los bamboleos de la
marcha. Sus manos acariciaban mi cabello y mi garganta. Perdí la
conciencia y no sé cuánto nos duró aquel mareo de ventura; pero creo que
más de una vez nos alumbraron las linternas de pequeñas estaciones,
cruzando a escape, y sólo recuerdo que ya no veía la luna en las sombras
del cielo, cuando al fin, reclinada en el hombro de Octavio, que besaba
todavía el cabello de mi frente, me fuí quedando dormida entre la
presión suave de sus brazos, llena el alma de celeste paz, sin temores,
sin memoria, sin más vida que la de aquel momento y la de aquel estrecho
espacio del carruaje, blando, solo, nuestro como un nido de amor,
trepidando siempre y envuelto en el estruendo de la carrera del tren por
la solitaria noche...
* * * * *
Una luz blanca, intensísima, rápida, que me hirió dormida, me hizo
despertar en la obscuridad para escuchar un estrépito formidable.
Es decir, la obscuridad no era a mi alrededor completa; el farolillo del
coche, aunque tapado por la pantalla azul, permitía ver las cosas
esfumadas. Octavio no estaba junto a mí.
La luz eléctrica de un relámpago volvió a iluminarlo todo. Entonces vi a
Octavio al otro extremo, tirado sobre su asiento, con el hermoso cabello
negro levantado en rizos por el vendaval y mirando por las abiertas
ventanillas el horror de los cielos... Un nuevo relámpago, tan grande
que me hizo exclamar un ¡Dios me valga!, dibujó y me mostró en los
labios de mi marido una sonrisa diabólica. Sus ojos habían mirado
fijamente la nube negra que se rayó de fuego, y cuando un trueno
pavoroso estalló seco sobre nuestras mismas cabezas, él, Octavio, con
una serenidad inconcebible, con una satisfacción parecida a la del
escenógrafo que oye los bravos para sus decoraciones, me obligó a ocupar
otra ventana, sacó un brazo fuera y dijo:
--¡Esto sí que es grande! ¡Esto es inmenso!
Podría jurar que un rayo cayó sobre los hilos del telégrafo. Temblé. Él
sonrió otra vez.
--¡Qué hermosa esta luz!--me dijo, y el trueno ahogó sus palabras.
Caia la lluvia en gotas gruesas como una granizada de balas. El huracán
rugía con incesante rabia. El tren, en dirección opuesta al viento,
volaba a toda máquina por una curva, silbando y lanzando espumarajos de
vapor; de modo tan intenso resplandecían los relámpagos, que pude ver
netamente, sobre el negro rodaje de la locomotora, la biela y la
manivela, limpias y brillantes, moviéndose con el vaivén furioso de los
brazos de un loco.
--¡El mar! ¡El Océano!--gritó Octavio de improviso, queriendo sobreponer
la satánica alegría de su voz al trueno que inundó los espacios.
Y en efecto, otro relámpago habíanos descubierto el mar por entre un
desfiladero de rocas. Diríase que la máquina marchaba despeñada hacia
él, con su temblorosa cadena de carruajes y sus ruidos de metal.
No sé qué temor me invadió y me estreché a Octavio. Pero al cogerle la
mano tropecé con un papel que me hizo retroceder.
Era tu carta. Súbitamente comprendí que su mano, guiada a mi corazón por
el cariño, la encontró mientras yo dormía. Y comprendí también con
espanto la tempestad que en competencia con la del cielo hubiera
provocado en su alma. El terror me helaba.
Al fatídico serpear de una centella que incendió los aires, vi que el
tren comenzaba a salvar sobre el mar un ángulo de la costa por un puente
colgante. Las olas se estrellaban allá abajo contra las peñas,
deshaciéndose en espuma; el huracán, meciéndose en las concavidades de
granito, arrancaba un bramido continuo, monótono en sus cambios; las
nubes se abrían incesantemente despidiendo fuego sobre el mar, y el
trueno retumbaba cada vez más potente, como creciendo en su grandeza. Y
el tren, entre la obscuridad y la luz, entre el viento y la lluvia,
seguía y seguía, haciendo retemblar la férrea trabazón del puente con su
carrera sin freno y sus resoplidos de monstruo, envuelto en lumbre y
vapor.
¡Un relámpago...! ¡Otro...! ¡Ah!, de pronto ábrese la portezuela.
Octavio arrójase por lo alto de la barandilla del puente, y... ¡sí, Dios
mío, otro relámpago, aún me lo mostró allá abajo al ser arrebatado por
las olas...! ¡Al mar!
Yo caí rodando por la alfombra del reservado...
PAGA ANTICIPADA
Pasaba una corta temporada en un pueblo donde me aburría espantosamente.
No conocía a nadie, y solía dedicarme a pasear solo y de noche. Una,
vagando por las calles al azar, y sintiendo ya nostalgias de mi Madrid
de mi alma, llegué a una plazoleta que ofrecía un bonito efecto de luz.
Frente a mí, una casa más alta que las demás, de construcción vetusta,
de anchas rejas y balcón panzudo, sobre el cual una hornacina contenía
una Virgen alumbrada por un farol. Se destacaba en el resplandor de la
luna que empezaba a salir, y a todo lo lárgo del caballete y de los
aleros del tejado, que volaba amplia y graciosamente las esquinas,
veíase negro, enérgico, el enmarañado dibujo de los jaramagos a la
traslumbre del cielo.
Aquello era una _decoración teatral_; y os juro que tan profundamente me
ensimismé en su contemplación con ojos de artista, que me costó algún
trabajo no creer que, en efecto, estaba en un teatro, cuando llegó a
mis oídos una voz de contralto, extensa y pura, que cantaba:
_Il segreto per esser felice_
_se io per prova..._
El pasaje de _Lucrecia_, letra más o menos.
Me acerqué a la casa de donde salía la voz, y pegado a la ventana
escuché hasta la última nota del brindis, tras de las que enmudecieron
cantatriz y piano.
A la noche siguiente volví a matar el tiempo rondando la ventana de mi
admirada y desconocida contralto. La sesión fue más larga. La sinfonía
del _Guillermo_, después trozos sueltos de _Gioconda_, y por último,
cantada, _Lucrecia_.
Yo, que insensiblemente había concluído por acercarme a la reja, trataba
de descubrir a la artista--pues tal nombre merecía--por los
entreabiertos cristales. No veía más que un lado del piano. Iba a
empujar las puertas cautelosamente; pero alguien se acercaba en la
desierta calle. Era un hombre, que entró en la casa, contemplándome
antes con tenacidad.
Luego cesó la canción, y me fui a dormir, dándome la norabuena por haber
descubierto aquel caprichoso e inofensivo pasatiempo para las noches que
me quedaban en el pueblo.
No faltaba una; y eso que, pocas después la luna, acudiendo a la cita
también, cada vez más presurosa, me dejaba sin el amparo de las sombras;
circunstancia molesta, porque empecé a llamar la atención de los pocos
transeúntes de la plazuela, y, sobre todo, del caballero que entraba y
salía de la casa. Y ¿qué? Me era tan grato escuchar aquella voz llena de
poder y de frescura, que se ceñía a los acordes del piano ágil y
ondulosa como una serpiente de colores... Me resultaba tan vagamente
tentador aquel ofrecimiento, tantas veces repetido, desde el misterio,
por una mujer desconocida y a la que yo no debía conocer, "del secreto
para ser feliz, que ella sabía por experiencia y lo revelaba a los
amigos"--sentido todo esto en la soledad de la noche, en el interior de
aquella casa romancesca, destacada en silueta sobre el fondo claro del
cielo, con sus rejas caladas y rematadas por cruces, con su farolillo
santo alumbrando a una imagen que parecía aguardar juramento de amor...
¡Hablaba tanto aquello a los impulsos ideales que fuera de Madrid se
permitía este corazón un poco fatigado...!
* * * * *
Voy por la calle, tropieza conmigo un sujeto, y en vez de excusarse, me
da una bofetada, que contesto con un bastonazo, tomándole por loco. Me
entrega su tarjeta y se la tiro a las narices. Se aleja, pero recibo
inmediatamente la visita de dos amigos suyos, y quieras que no, tengo
que batirme. Al otro día, un sablazo en este brazo. ¿Noticias de mi
rival...? Propietario, hombre extravagante, distinguido y frío. No pude
averiguar más.
La herida, de bastante importancia, iba a retenerme en el pueblo más de
lo que hubiera deseado. Esto, y el no poder explicarme tan original
desafío, me irritaba.
* * * * *
A los pocos días, me sorprendió mi adversario, visitándome.
--Vengo a pedirle mil perdones--me dijo. ¿Usted sabe quién soy?
--No tengo ese gusto... es decir, sí; un loco o un camorrista de
profesión.
Ni lo uno ni lo otro. Soy, sencillamente, el dueño de la casa en cuya
reja encontraba a usted siempre. Y pues que tras ella estaba mi mujer,
que es tan honrada como joven, le tomé a usted por un impertinente a
quien me propuse escarmentar. Lo menos que puede hacer un marido, aunque
esté seguro--como yo lo estoy--de la virtud de su esposa, al ver que un
hombre asedia su casa, recatándose en la obscuridad, es tenerle por
inoportuno y profesarle antipatía.
--Bien--repuse asombrado--; pero es que mi objeto...
--No se moleste en explicármelo--interrumpió tranquilo y galante mi
adversario--. Se lo acabo de escuchar al médico de usted, hablando
confidencialmente de nuestro duelo, que todo el mundo achaca a
genialidad mía. Usted iba a escuchar a Amalia. No canta mal,
efectivamente, y merece la pena. Mas como las apariencias han hecho que
yo pague una deferencia de usted a un mérito de mi mujer con una
estocada, al saberlo me creo en el caso de reparación. Lo menos que debo
hacer, si usted se digna perdonarme, es presentarle a mi mujer para que
pueda usted oirla cantar, cómodamente sentado, y para que pueda ella
darle las gracias por las veces que fué a oirla aguantando el frío y las
molestias de la calle.
Tendí la mano a mi interlocutor, pero renuncié delicadamente a su
proyecto. Insistió. Era, pues, absolutamente necesario.
Y fuí presentado.
Amalia Rosi, italiana de origen, morena, menudita. Deliciosas veladas.
Cuando la volví a oir cantar "el secreto para ser felices lo enseño a
mis amigos", me daba cuenta de que yo... era ya su amigo!; y recordando
mi brazo en cabestrillo, en pago a deudas de honor que yo no contraje, y
al verla, efectivamente, tan linda y tan joven como su marido me había
dicho, acabé por empeñarme en averiguar si era tan virtuosa como el
marido afirmaba. Esto no podía comprobarse fácilmente; pero yo quería a
todo trance darle a aquel hombre la razón de sus palabras y de sus
actos.
¡Me dolía tanto el brazo!
* * * * *
Una noche, a los dos meses, pues ya era imposible demorar mi marcha,
contemplé la casa por última vez. También hacía luna y el farol de la
Virgen desparramaba su claridad rojiza por la fachada. Amalia, en el
balcón, momentos antes, me había jurado por la Virgen que no me
olvidaría.
Quedamos en eso.
Y el marido y yo, en paz.
LA TOGA
Para muchos niños hay en muchas capitales, Madrid entre ellas, una
escuela más pública que las escuelas públicas: la calle.
Su rector es la miseria, sus aulas el descuido y la ocasión, sus bedeles
los guardias. Está abierta siempre.
A media noche, cuando cruzáis las anchas calles desiertas, un poco
encantados de oir vuestro taconeo en la acera y de tener para vosotros
nada más las luces brillando, como las que en avenidas de imperial
palacio aguardan la retirada del señor, una cosa se os pone delante y se
os enreda entre las piernas. Es un periódico extendido, que anda solo,
detrás del cual se divisan luego los pies, la cabeza y las manos del que
lo sostiene, como en las clásicas viñetas anunciadoras.
--¡Señolito, el _Helaldo_!--dice un chicuelo tan alto como el periódico.
Ha surgido de un portal, del biombo de Fornos, donde del frío se
amparaba, tendido sobre un montón de niños, que pisan los
trasnochadores. Un brazo que se retira o una pata que se encoge: esto es
todo. «Los golfos», piensa el que sale; y por los miembros entrelazados
allí, es tan incapaz de calcular el número de muchachos como de
averiguar por las roscas movibles y viscosas el de un pelotón de
lombrices.
Y me he fijado alguna vez en los chiquillos del _Helaldo_. Los hay
rubios, con caras bonitas y tan dulces como la de todos los niños de
tres años. Sus bocas sonríen con ingenuidad confiada, y sus ojos son
vivos e inteligentes. Piden una _pelilla_ o brindan su mercancía
alargando la manila aterida, a no importa quién, con la amorosa gracia
con que pedirían un beso a sus padres, si los conocieran. He buscado con
insistencia entre ellos al _criminal_ _nato_, de Lombroso, para
conocerlo así, pequeñito. En vano. Frentes abultadas y sortijillas de
seda... como todos los niños, en fin.
"¡Los golfos!" es cuanto dice al verlos el hombre grave, lo mismo que
dice bajo los árboles del Retiro: "¡Los mosquitos!" El que más, recuerda
en ellos el _Gavroche_; los halla chistosos y simpáticos, y se figura
que van a ser eternamente gorriones de la gran ciudad, para dormir en
los huecos de las estatuas y saltar de día al frente de los batallones.
Está bien, pues; que no hagan nada; ya servirán de efecto armónico a
los poetas, como las golondrinas y las hierbas de las tapias. El orden
social, que por dos pesetas se encarga un guardia de representar, mira a
los golfos y les da una patada de cuando en cuando.
¡Ah, pero se es injusto en tratarlos así, de haraganes! Distan de serlo.
Esos pobres niños del _Helaldo y La Colespondencia_ muestran la
curiosidad y la voluntad de aprender que todos los de su edad, cuando se
empieza a desplegar su alma. La tienen blanca, de ángel, y con ella han
empezado su carrera y se aplican en su _primera enseñanza_.
¡Y que no les enseñan los puntapiés de orden público! A los seis años ya
saben correr y quitar pañuelos, mirando con un ojo al bolsillo y con el
otro al guardia. Es el ingreso de bachillerato. Mientras lo cursan, los
agentes siguen observándolos con atención, llevándolos tal cual vez a
recoger diplomas en la Prevención del distrito, y repartiéndoles
trompadas y pescozones. Aunque con filosofía: "aún no estorban", dice la
sociedad. Y como no estorban, hasta los quince o veinte años, filiados
ya en los gubernamentales registros, se pasan la vida, a fuer de
_estudiantes_ alegres, corriendo de los guardias en la calle y
convidándolos a cariñena en las tabernas.
Facultad Mayor. Se indica por el ingreso del educando en la cárcel, a
consecuencia de un robo o de un navajazo en quimera. Cosa leve y grandes
adelantos. El que no es completamente imbécil, saca la _licenciatura_ en
tres años, y como ya está hecho lo más, he aquí que viene un día el
saqueo del palacio de un marqués, en cuadrilla, con asesinato del
dueño...
La sociedad se conmueve.
--Ese hombre--dice frunciendo el ceño ante el asesino--estorba ya.
Venguémonos; ha terminado su carrera.