Era una tarde de enero, terriblemente fría; Reginaldo estaba

Produced by Chuck Greif and the Online Distributed

Proofreading Team at http://www.pgdp.net

BIBLIOTECA DE «LA NACIÓN»

GUILLERMO LE QUEUX

EL

TESORO MISTERIOSO

BUENOS AIRES

1909

INDICE

I.--El desconocido de Manchester

II.--Donde aparecen ciertos hechos misteriosos

III.--En el que se refiere una historia extraña

IV.--En el que se cruza por un terreno peligroso

V.--En el cual el misterio aumenta considerablemente

VI.--En el que figuran tres aes mayúsculas

VII.--El misterioso extranjero

VIII.--En el que se habla la verdad

IX.--La casa del silencio

X.--El hombre de los secretos

XI.--En el que se explica el peligro de Mabel Blair

XII.--El señor Ricardo Dawson

XIII.--Se revela el secreto de Burton Blair

XIV.--La opinión de un perito

XV.--Ciertas cosas que descubrimos en Mayvill

XVI.--En el que se confirman dos hechos curiosos

XVII.--Que se refiere puramente a un desconocido

XVIII.--Las encrucijadas de Owston

XIX.--En el que se encuentra un rastro

XX.--La lectura del registro

XXI.--Peor que la muerte.

XXII.--El misterio de una aventura nocturna

XXIII.--Que es en muchos conceptos asombroso

XXIV.--Terrible revelación

XXV.--El nombre sagrado

XXVI.--Frente a frente

XXVII.--Las instrucciones de su Eminencia

XXVIII.--Descripción de un descubrimiento asombroso

XXIX.--En el que se refiere una historia extraña

XXX.--El móvil y la moral

Conclusión

_DEL AUTOR AL LECTOR_

_En estos tiempos modernos, de agitada precipitación y grandes

combinaciones, cuando el origen de familia no tiene valor alguno, las

fortunas se hacen en un día, y las reputaciones se pierden en una hora,

los secretos de los hombres son, algunas veces, muy extraños. Uno de

éstos es el que revelo en este libro; uno que será, aseguro

anticipadamente, enigmático y sorprendente para el lector._

_El misterio ha sido tomado de la vida diaria, y hasta hoy la verdad

concerniente a él ha sido considerada estrictamente confidencial por las

personas mencionadas aquí, aun cuando ahora me han permitido que haga

públicas estas notables circunstancias._

WILLIAM LE QUEUX

EL TESORO MISTERIOSO

I

EL DESCONOCIDO DE MANCHESTER

--¡Muerto! ¡Y se ha llevado su secreto a la tumba!

--¡Jamás!

--Pero se lo ha llevado. ¡Mira! Tiene la quijada caída. ¡No ves el

cambio, hombre!

--¡Entonces, ha cumplido su amenaza, después de todo!

--¡La ha cumplido! Hemos sido unos tontos, Reginaldo... ¡verdaderamente

tontos!--murmuré.

--Así parece. Confieso que yo esperaba confiadamente que nos diría la

verdad cuando comprendiese que le había llegado el fin.

--¡Ah! tú no lo conocías como yo--observé con amargura.--Tenía una

voluntad de hierro y un nervio de acero.

--Combinados con una constitución de caballo, porque, si no, haría mucho

tiempo que se hubiera muerto. Pero hemos sido engañados...

completamente engañados por un moribundo. Nos ha desafiado, y hasta el

último momento se ha burlado de nosotros.

--Blair no era un tonto. Sabía lo que el conocimiento de esa verdad

significaba para nosotros: una enorme fortuna. Lo que ha hecho,

sencillamente, es guardar su secreto.

--Y dejarnos sin un centavo. Aunque hemos perdido miles, Gilberto, no

puedo menos de admirar su tenaz determinación. Recuerdo que ha tenido

que atravesar por momentos aciagos, y ha sido un buen amigo, pero muy

bueno, con nosotros; por lo tanto, creo que no debemos abusar de él, aun

cuando nos cause mucho sentimiento el hecho de que no nos haya dejado su

secreto.

--¡Ah, si esos labios blancos pudiesen hablar! Una sola palabra, y los

dos seríamos hombres ricos--exclamé con pena, contemplando la cara

pálida del muerto, con sus ojos cerrados y su barba afeitada, que yacía

sobre la almohada.

--Desde un principio su intención fue ocultar su secreto--observó,

cruzando los brazos, mi amigo Reginaldo Seton, que estaba de pie al otro

lado de la cama.--No a todos los hombres les es dado hacer un

descubrimiento como el suyo. Años ocupó para resolver el problema,

cualquiera que fuese; pero no podemos dudar, ni por un momento, que

consiguió su objeto.

--Y el beneficio que sacó fue de más de un millón de libras

esterlinas--agregué yo.

--Más bien dos, calculando por lo bajo. Recuerda que, cuando por primera

vez lo conocimos, pasaba las mayores estrecheces de dinero... ¿y ahora?

En la semana pasada solamente, regaló veinte mil libras al fondo del

Hospital. Y todo esto lo debe a haber podido resolver el enigma que hace

tiempo nosotros nos esforzamos por descubrir. No, Gilberto, no ha

procedido bien con nosotros. Debes acordarte que fuimos nosotros quienes

le ayudamos, lo enderezamos, y, en fin, hicimos todo lo que pudimos por

él, y en vez de revelarnos la clave del secreto que descubrió, y lo

colocó entre los hombres más ricos de Londres, se ha negado a hacerlo, a

pesar de que sabía que iba a morir. Le prestamos dinero cuando su

situación era precaria, le costeamos la educación de Mabel cuando él no

tenía con qué pagarla y...

--Y él nos pagó hasta el último centavo... con intereses--le

interrumpí.--Vamos; dejémonos de discutir aquí su proceder. El secreto

se ha perdido para siempre: eso basta.--Y cubrí con la sábana la cara

del pobre muerto; el semblante de Burton Blair, el hombre que, durante

los últimos cinco años, había sido uno de los misterios de Londres.

Una vida extraña y aventurera, una carrera más notable quizá que muchas

de esas que forjan los novelistas, se había cortado repentinamente,

mientras el secreto del origen de su enorme fortuna (secreto que ambos

habíamos anhelado compartir durante los últimos cinco años, porque en

cierto grado tenemos justos títulos para participar de sus ventajas)

había desaparecido junto con él para nunca más volver.

La pieza en que estábamos era un pequeño dormitorio, bien amueblado,

del Queen's Hotel, de Manchester. La ventana daba sobre la obscura

fachada del Hospital, y el ruido y bullicio del tráfico de Piccadilly

ascendían hasta la habitación del muerto. Su historia era ciertamente

una de las más extrañas que hombre alguno haya referido. Su misterio,

como lo veremos, era verdaderamente pasmoso.

La luz de aquella tarde triste de febrero desaparecía con rapidez, y al

darnos vuelta lentamente para bajar e informar al gerente del

establecimiento del fin desgraciado que había tenido un pasajero, noté

que en un rincón estaba la maleta del muerto, y las llaves colocadas en

sus cerraduras.

--Mejor es que tomemos posesión de ellas--observé, cerrando la maleta y

poniendo en mi bolsillo el pequeño manojo de llaves.--Sus albaceas las

necesitarán.

Luego, cerramos la puerta, y dirigiéndonos a la oficina, comunicamos la

desagradable noticia de la muerte ocurrida en el hotel.

El gerente estaba preparado, sin embargo, pues, media hora antes, el

médico le había manifestado que el desconocido no tenía remedio. Desde

el principio su enfermedad había sido un caso sin esperanza.

He aquí, en breves palabras, lo que había sucedido: Burton Blair se

había despedido de su hija Mabel, partiendo en la mañana del día

anterior de su mansión de la plaza Grosvenor, para ir a tomar el expreso

de las diez y media que de Euston salía para Manchester, donde tenía que

arreglar algunos negocios particulares, según había dicho. Antes que el

tren llegara a Crewe, se sintió mal repentinamente, y uno de los

sirvientes del coche-restaurant lo encontró desmayado en uno de los

compartimientos de primera.

Le dieron brandy y algunas otras bebidas reconfortantes, que le hicieron

revivir lo bastante para llegar hasta Manchester, donde le ayudaron a

bajar del tren en London Road, y dos mozos de cordel lo subieron después

a un _cab_ y lo acompañaron al hotel.

Una vez allí, al acostarlo, volvió a caer en un estado de completo

desvanecimiento. Se llamó a un médico, pero no pudo emitir ningún

diagnóstico sobre la enfermedad, contentándose con decir que el paciente

tenía gravemente afectado el corazón, y que, en vista de eso, el

desenlace sería fatal y rápido.

A las dos de la mañana del día siguiente, Blair, que no había dado su

nombre ni había manifestado quién era, a la gente del hotel, pidió que

telegrafiaran a Seton y a mí, lo que dio por resultado que ambos, llenos

de ansiedad y de sorpresa, nos pusiéramos en viaje para Manchester,

adonde llegamos una hora antes del desenlace final, encontrándonos con

que nuestro amigo estaba en un estado desesperante.

Al entrar en la pieza nos encontramos con el médico, un tal doctor

Glenn, hombre joven y más bien agradable, que estaba asistiéndolo. Blair

se hallaba en ese momento completamente consciente, y escuchó la opinión

médica sin alterarse.

En verdad, parecía que acogía con gusto la muerte en vez de temerla,

pues cuando oyó que se encontraba en tan crítica situación, una débil

sonrisa se dibujó en su pálida cara arrugada, y observó:

--Todos tenemos que morir; así, pues, lo mismo da que sea hoy que

mañana.--Luego, volviéndose a mí, añadió:--Ha sido mucha bondad en

usted, Gilberto, venir expresamente a despedirse--y alargó su delgada

mano fría, buscó la mía y la estrechó fuertemente, mientras sus ojos se

clavaban en mí con esa extraña mirada fija que sólo aparece en los ojos

de un hombre cuando se encuentra al borde de la tumba.

--Es el deber de un amigo, Burton--respondí con profunda

solemnidad.--Pero todavía puede tener esperanza; los médicos se

equivocan a menudo. ¿No tiene usted, acaso, una espléndida constitución?

--Desde que era muy chico no recuerdo haber estado casi un solo día

enfermo--contestó el millonario en voz baja y débil;--pero este ataque

me ha vencido completamente.

Tratamos de cerciorarnos con exactitud de cómo se había enfermado, pero

ni Reginaldo ni el doctor pudieron sacar nada en claro.

--Perdí el conocimiento de pronto, y no recuerdo nada más--fue todo lo

que el moribundo dijo.--Pero--añadió, volviéndose otra vez a mí,--no

avisen a Mabel hasta que todo haya terminado. ¡Pobre criatura! Mi única

pena al irme de este mundo, es tener que dejarla. Ustedes dos fueron en

los años pasados sumamente buenos con ella; ¿no es verdad que ahora no

la abandonarán?--imploró, hablando lentamente y con grandísima

dificultad, mientras sus ojos brillaban llenos de lágrimas.

--Ciertamente que no, viejo amigo--contesté yo.--Viéndose sola,

necesitará de alguien que la aconseje y se ocupe de sus intereses.

--Los pillos de los abogados se encargarán de eso--exclamó con una

extraña dureza en su voz, como si no hubiera tenido estimación alguna

por sus abogados.--No, quiero que usted vele por ella, que se cuide de

que ningún hombre la haga su esposa por amor a su dinero, ¿me comprende?

Docenas de individuos andan en este momento detrás de ella, lo sé, pero

preferiría antes verla muerta que casada con uno de ellos. Debe casarse

por amor... sí, por amor, ¿me oye? Prométame, Gilberto, que la

protegerá, que velará por su suerte, ¿quiere?

Reteniendo todavía su mano entre las mías, le prometí cumplir lo que me

pedía.

Estas fueron las últimas palabras que pronunció. Sus pálidos labios se

contrajeron de nuevo, pero no brotó de ellos ningún sonido. Sus ojos

vidriosos estaban fijos en mí con una mirada terrible y dura, como si

hubiera estado esforzándose por decirme algo.

Tal vez me estaba revelando el gran secreto, el secreto de cómo había

resuelto el misterio de hacer fortuna y de poseer más de un millón de

libras esterlinas, o tal vez me hablaba de Mabel. Pero nosotros no

pudimos saber lo que fue. Su lengua se negaba a articular una palabra

más; el silencio de la muerte habíase apoderado de él.

Así desapareció de este mundo, y así fue cómo yo me encontré ligado a

una promesa que tenía la intención de cumplir, aun cuando él no nos

había revelado su secreto, como nosotros confiadamente lo habíamos

esperado. Cuando nos mandó llamar, habíamos creído que, dándose cuenta

de su estado agonizante, lo hacía para darnos a conocer ese misterioso

medio que nos haría más ricos de lo que jamás habíamos soñado. Pero en

este caso el desengaño había sido cruelísimo. Durante cinco años, lo

confieso, habíamos esperado confiados en que algún día repartiría con

nosotros parte de su fortuna en compensación de los servicios que le

habíamos hecho en lo pasado. Sin embargo, parecía ahora que fríamente

había despreciado la deuda de gratitud que tenía para con nosotros, y al

mismo tiempo me había impuesto a mí una obligación no muy fácil de

cumplir: la tutela de Mabel, su única hija.

II

DONDE APARECEN CIERTOS HECHOS MISTERIOSOS

Debo declarar que, teniendo en cuenta todas las misteriosas y curiosas

circunstancias de lo pasado, la situación, para mí, estaba muy lejos de

ser satisfactoria.

Al encaminarnos juntos aquella noche fría por la calle Market

discutiendo el asunto, porque habíamos preferido salir a quedarnos en el

salón del hotel, a Reginaldo se le vino a la imaginación la idea de que

tal vez entre los objetos pertenecientes al muerto estuviese el secreto

escrito y sellado.

Pero en este caso, salvo que estuviera dirigido a nosotros, sería

abierto por las personas que el moribundo había designado con el

calificativo de «los pillos de los abogados,» y, según todas las

probabilidades, ellos sabrían sacarle para sí todo el provecho posible.

Sus abogados eran, como nosotros lo sabíamos, los señores Leighton,

Brown & Leighton, firma eminentemente honorable de Bedford Row; por lo

tanto, les dirigimos un telegrama desde la oficina central,

informándolos de la muerte repentina de su cliente, y pidiéndoles que

uno de ellos viniera en el acto a Manchester, para que estuviese

presente en las indagaciones que se iban a efectuar, por haber declarado

el doctor Glenn que serían necesarias. Como el muerto había manifestado

el deseo de que, por entonces, Mabel ignorase la realidad, no le

avisamos el trágico y doloroso suceso.

La curiosidad nos hizo volver pronto al hotel y subir a la habitación

del muerto, para examinar el contenido de su maleta y pequeña valija,

pero, fuera de sus ropas, un libro de cheques y unas diez libras

esterlinas en oro, no encontramos nada. Sin embargo, no creo estar

equivocado al afirmar que ambos habíamos tenido la esperanza de

encontrar la clave del notable secreto que de una manera desconocida

había conseguido, aun cuando no era creíble que un objeto tan valioso lo

hubiera tenido en su equipaje.

En el bolsillo de una pequeña cartera de apuntes, que formaba parte de

lo que había en la maleta, descubrí varias cartas, todas las cuales

examiné y vi que no eran de importancia, salvo una, sucia y mal escrita

en incorrecto italiano, que contenía algunas frases que despertaron mi

curiosidad.

Verdaderamente, tan extraño era el tenor en que estaba escrita esa

carta, que, con aprobación de Reginaldo, resolví guardarla y hacer

algunas averiguaciones.

Muchas cosas y hechos secretos habían rodeado la vida de Burton Blair,

los cuales durante años nos habían intrigado, y en consecuencia,

estábamos dispuestos, si era posible, a aclarar el extraño misterio que

lo había envuelto en vida, a pesar de haberse llevado a la tumba el

secreto de su enorme fortuna.

Nosotros éramos los únicos en el mundo que conocíamos la existencia del

secreto, pero ignorábamos la clave necesaria para poder abrir esa fuente

de inagotables riquezas. Para todos era un misterio indescifrable el

medio de que se había valido para hacer esa enorme fortuna, y hasta su

hija Mabel no lo conocía.

En la City y en sociedad creían algunos que poseía grandes sumas

invertidas en minas, y que era un feliz especulador en acciones,

mientras otros declaraban que era dueño, por lo menos, del terreno, o,

mejor dicho, de toda la planta urbana de dos grandes ciudades de los

Estados Unidos, afirmando algunos, con más aplomo, que el origen de su

fortuna provenía de concesiones que había conseguido del Gobierno

otomano.

Todos, sin embargo, se equivocaban en sus suposiciones. Burton Blair no

poseía un acre de tierra, no tenía un solo chelín invertido en compañía

alguna, no se interesaba, ni estaba comprometido en concesiones de

ningún Gobierno o empresas industriales. No. El origen de la gran

fortuna que en el espacio de cinco años lo había puesto en condiciones

de comprar, decorar y amueblar de una manera regia, una de las más

espléndidas mansiones de la plaza Grosvenor, mantener tres de los más

costosos Panhards (los automóviles eran su pasión favorita), y poseer

esa magnífica morada antigua de tipo jacobiano, conocida con el nombre

de Mayvill Court, en Herefordshire, era completamente desconocido para

todo el mundo y procedía de donde nadie sospechaba siquiera. Sus

millones eran ciertamente muy misteriosos.

--Me asombraría de que se sacara algo en claro de las averiguaciones que

se van a hacer--exclamó Reginaldo, algunas horas más

tarde.--Indudablemente sus abogados tampoco saben nada.

--Puede ser que haya dejado algunos papeles que revelen la

verdad--contesté.--Los hombres que en vida son silenciosos y reservados,

a menudo suelen confiar sus secretos al papel.

--No creo que Burton lo haya hecho.

--Recuerda que puede haberlo hecho en beneficio de Mabel.

--¡Ah! ¡por Job!--murmuró mi amigo,--no había pensado en eso. Si deseaba

que fuera para ella, debe haber dejado su secreto en manos de alguna

persona en quien confiara implícitamente. Sin embargo, él confiaba en

nosotros... hasta cierto punto. Somos los únicos que tenemos algún

conocimiento verdadero del estado de sus asuntos.--Y mi amigo Reginaldo,

rubio, de piernas largas y seis pies de alto, el tipo perfecto del

inglés muscular y flexible, aun cuando estaba dedicado al comercio de

frivolidades y monadas femeninas, se calló lanzando un sordo gruñido de

disgusto, y encendió cuidadosamente un nuevo cigarro.

Pasamos una noche triste vagando por las principales calles de

Manchester, sintiendo que con la muerte de Burton Blair habíamos perdido

un amigo sincero; pero, cuando a la mañana siguiente nos encontramos en

el hall del Queen's Hotel con Herberto Leighton, el abogado, y tuvimos

una larga consulta con él, el misterio que rodeaba al muerto, aumentó

considerablemente.

--Ustedes dos conocían muy bien a mi difunto cliente--observó el

abogado, después de algunos preliminares.--¿Saben si existe alguna

persona a quien pudiera ser de provecho su muerte repentina?

--Esa es una pregunta extraña--dije yo.--¿Por qué?

--Es que tengo motivos para creer--explicó con cierta vacilación aquel

hombre moreno y de facciones afiladas,--que ha sido víctima de una

infamia.

--¡De una infamia!--exclamé atónito.--Usted no cree seguramente que ha

sido asesinado, ¿no es verdad? Eso no puede ser, estimado amigo. Se

enfermó en el tren, y ha muerto aquí en nuestra presencia.

El abogado, cuya fisonomía había tomado un aspecto más grave aún, se

encogió de hombros sencillamente, y dijo:

--Debemos, por cierto, aguardar el resultado de la investigación, pero

tengo la creencia, por ciertos informes que poseo, de que Burton Blair

no ha fallecido de muerte natural.

Aquella misma noche, el «coroner» (médico de policía) efectuó su

investigación en una pieza privada del hotel, y, en conformidad con la

opinión de los dos médicos que habían comprobado la defunción y hecho la

autopsia en la mañana de ese mismo día, declaró que la muerte se debía

únicamente a causas naturales. Se descubrió que Burton Blair había

padecido de debilidad natural al corazón, y que el desenlace fatal había

sido acelerado por el movimiento del tren.

No había absolutamente nada que pudiera inducir a sospechar que se

hubiese cometido un crimen; por lo tanto, el jurado pronunció el

veredicto, de acuerdo con la prueba pericial, de que la muerte era

debida a causas naturales, y concedió permiso para trasladar el cadáver

a Londres, donde debía ser sepultado.

Una hora después de terminada la investigación llamé aparte al señor

Leighton, y le dije:

--Como usted sabe, desde hace varios años he sido uno de los íntimos

amigos de Blair, y, naturalmente, estoy muy interesado en saber qué

razones ha tenido usted para sospechar que se ha cometido una infamia.

--Mis sospechas eran bien fundadas--fue su contestación, algo

enigmática.

--¿En qué se fundaban?

--En el hecho de que mi cliente fue amenazado, y que, a pesar de no

haberlo comunicado a nadie más que a mí y reírse de las precauciones que

yo le indiqué, vivía constantemente temeroso de ser asesinado.

--¡Extraño!--exclamé.--¡Muy extraño!

Nada le dije de esa notable carta que había encontrado en el equipaje

del muerto. Si lo que él decía era verdaderamente cierto, entonces en la

muerte de Burton Blair se encerraba un secreto de los más

extraordinarios, reflejo fiel del de su extraña, romántica y misteriosa

vida; secreto que era inescrutable, pero absolutamente sin igual.

Pienso que será necesario explicar las curiosas circunstancias que nos

pusieron en contacto con Burton Blair, y describir los hechos

misteriosos que se produjeron después que hicimos relación. Es tan

notable esta historia desde el principio hasta el fin, que muchos de los

que la lean se sentirán inclinados a dudar de mi veracidad. A éstos,

antes de empezar, les indicaré que pueden hacer averiguaciones en

Londres, en ese pequeño mundo de aventureros, especuladores,

prestamistas y perdedores de dinero, conocido con el nombre de la City,

donde estoy seguro que no tendrán dificultad alguna en obtener aún más

detalles interesantes sobre el hombre de los misteriosos millones a que

en parte se refiere esta narración.

Y, ciertamente, los hechos fieles concernientes a él se verá que forman,

no vacilo en decirlo, uno de los más notables romances de la vida

moderna.

III

EN EL QUE SE REFIERE UNA HISTORIA EXTRAÑA

Con el fin de explicar la verdad sencilla y llanamente, debo, en primer

lugar, decir que yo, Gilberto Greenwood, era un hombre de escasos

recursos, a quien una tía, ascética y de la iglesia bautista, pero

poseedora de una pequeña fortuna, le había dejado una renta vitalicia;

mientras mi amigo Reginaldo Seton, a quien conocía desde niño, cuando

juntos habíamos estado en Charterhouse, era hijo de Jorge Seton, dueño

de un negocio de encajes de la calle Cannon y concejal de la

Municipalidad de Londres, el que murió dejando a Reginaldo de

veinticinco años, con una pesada carga de deudas y un negocio anticuado

y noble, pero que iba decayendo rápidamente. Sin embargo, como Reginaldo

se había formado en una fábrica de Nottingham, conociendo el comercio de

encajes, continuó valientemente los pasos de su padre, y, debido a su

dedicación al negocio, consiguió desenvolverse lo bastante bien para

evitar presentarse en quiebra ante los tribunales, y pudo asegurarse

una renta anual de algunos cientos de libras.

Ambos éramos solteros, y compartíamos las confortables habitaciones que

habíamos tomado en la manzana de casas, divididas en pisos,

recientemente construidas en la calle Great Russell; y como éramos

aficionados a la caza de zorros, el único deporte que podíamos

concedernos como goce, también alquilábamos juntos una casa anticuada y

barata, en una aldea rural, conocida con el nombre de Helpstone, a

ochenta millas de Londres, situada en la posesión de los Fitzwilliams.

Allí solíamos ir todos los inviernos a pasar generalmente dos días de la

semana.

Como ninguno de nosotros disponía de muchos recursos, teníamos, como

puede imaginarse, que hacer bastantes economías, porque la caza de

zorros es una distracción costosa para un hombre pobre.

Sin embargo, poseíamos afortunadamente un par de buenos caballos cada

uno, y apretando un poquito en una cosa y otro poquito en otra, podíamos

darnos el goce de esas excitantes carreras a través del campo, en las

cuales la sangre se pone en movimiento y bulle de agitación a la vez que

rejuvenece a todos los que toman parte en ellas.

Reginaldo veíase obligado algunas veces a quedarse en la ciudad por las

exigencias de su negocio; de modo que frecuentemente residía solo en la

vieja casa revestida de verde hiedra, teniendo a mi lado a Glave, mi

sirviente, para que me atendiera.

Era una tarde de enero, terriblemente fría; Reginaldo estaba ausente en

Londres, y yo, que había pasado todo el día cazando, volvía a caballo

completamente desfallecido. El encuentro de la partida esa mañana había

sido en Kat's Cabin, Huntingdonshire, y después de dos buenas carreras

me hallé más allá de Stilton, a dieciocho millas de mi casa.

Sin embargo, el rastro había sido excelente, y habíamos gozado de un

deporte muy bueno. Una vez que terminó la cacería, tomé un buen trago de

mi frasco y partí a través del campo, en medio de la obscuridad que

empezaba a tender su manto.

Felizmente pude vadear el río a la altura del molino Water Newton, lo

que me economizó la larga vuelta por Wansford, y cuando me encontré a

una milla de casa, dejé que mi caballo marchara al paso, como siempre lo

hacía, para que pudiera tranquilizarse antes de llegar a su caballeriza.

Ya las sombras de la tarde iban convirtiéndose en profunda obscuridad, y

el fuerte viento me cortaba las carnes como cuchillo al pasar las

encrucijadas que hay a media milla de la aldea de Helpstone, cuando de

repente surgió de junto del alto seto de acebos la figura de un hombre

corpulento, y una voz profunda exclamó:

--Disculpe, señor, pero soy un forastero en estos lugares, y tengo a mi

hija desmayada. ¿Hay por aquí cerca alguna casa?

Entonces, al acercarme, vi arrinconada contra un montón de piedras, a un

lado del camino, la delgada figura débil de una niña como de dieciséis

años, envuelta en una capa gruesa y de color obscuro, mientras, a la luz

de los últimos destellos del día, distinguí que el individuo que me

hablaba era un hombre de aspecto tosco, barba negra, lenguaje bastante

correcto y como de unos cuarenta y cinco años, más o menos, vestido con

un traje usado de sarga azul y un gorro con visera, que le daba cierto

aire de marino. Su cara era curtida y con algunas cicatrices, mientras

sus anchas y enérgicas quijadas demostraban fuerza de carácter y tenaz

determinación.

--¿Se ha enfermado su hija?--le pregunté cuando la hube examinado bien.

--Hemos caminado mucho hoy, y creo que está rendida. Hace como media

hora que sintió un desvanecimiento, y al sentarse perdió el conocimiento

y quedó insensible.

--No debe permanecer aquí--observé cuando me hube dado cuenta de que el

padre y la hija eran unos vagabundos.--Es tan grande el frío, que se

helará completamente. Mi casa está un poco más allá. Voy en el acto y

volveré con una persona que ayude a llevarla.

El hombre empezó a agradecerme, pero yo espoleé mi caballo, y pronto

estuve en el patio de la cuadra. Llamé a Glave y le ordené que me

acompañara al sitio donde habían quedado mis dos caminantes.

Un cuarto de hora después colocábamos a la pobre niña desmayada sobre un

canapé en mi confortable y abrigado gabinete; le hacíamos beber a la

fuerza un poco de brandy, y al fin abría sus ojos, llenos de asombro,

mirando con infantil temor lo que la rodeaba, que era para ella

completamente desconocido.

Su mirada se encontró con la mía, entonces vi que su rostro era de una

belleza extraordinaria, de ese tipo moreno medio trágico, y que sus ojos

resaltaban más brillantes por la palidez mortal de su cara.

Las facciones eran bien modeladas, hermosas y finas en todas sus líneas,

y cuando se dirigió a su padre, para preguntarle qué había sucedido,

noté que no era una simple criatura hija de los caminos, sino, al

contrario, una niña sumamente inteligente, bien amanerada y de buena

educación.

Su padre, en pocas palabras, le explicó nuestro inesperado encuentro y

mi hospitalidad; entonces ella me sonrió dulcemente y pronunció algunas

palabras de agradecimiento.

--Debe haber sido el intenso frío, me parece--añadió.--Me sentí de

pronto entumecida, mi cabeza empezó a girar y no pude tenerme en pie.

Pero realmente es mucha bondad en usted. Cuánto siento hayamos tenido

que molestarle de esta manera.

Le aseguré que mi único deseo era verla completamente restablecida, y,

mientras hablaba, no pude dejar de reconocer que su belleza era notable.

Aun cuando muy niña, pues su figura no había acabado de desarrollarse

completamente, su cara era, sin embargo, una de las más perfectas que he

visto.

Desde el primer momento que mis ojos la vieron, me pareció

indescriptiblemente encantadora. Era evidente que se encontraba sin

fuerzas, como lo demostraba el modo penoso e inquieto con que se movía

en el canapé. Su pobre falda negra y sus gruesas botas estaban llenas de

barro y gastadas por las caminatas, y comprendí, por la manera cómo

despejó su frente y echó abajo la desordenada masa de sus cabellos, que

le dolía la cabeza.

Glave, que no se hallaba de muy buen humor por la presencia de esos dos

vagabundos desconocidos, entró y me anunció que la comida estaba

servida; pero ella, firmemente, aun cuando con dulzura y gracia, rehusó

mi invitación a comer, diciendo que, si yo se lo permitía, prefería más

bien quedarse allí delante del fuego media hora más.

En vista de esto, le envié un plato de sopa caliente por la anciana

señora Axford, nuestra cocinera, mientras su padre, después de lavarse

las manos y arreglarse un poco, me acompañó al comedor.

Parecía medio muerto de hambre, y al principio se mostró taciturno y

reservado; pero luego, cuando hubo apreciado lo bastante mi carácter, me

dijo que se llamaba Burton Blair, que hacía diez años que había perdido

a su esposa, durante su ausencia en el extranjero, y que la pequeña

Mabel era su única hija. Como su aspecto lo demostraba, la mayor parte

de su vida la había pasado en el mar, y tenía su certificado de capitán

de buque menor, pero últimamente había residido en tierra.

--Hace ya tres años que estoy aquí--continuó,--y puedo asegurarle que

han sido bastante duros. ¡Pobre Mabel! Es un verdadero tesoro, como lo

era su pobre y querida madre. Hace tres años que padece hambres y penas,

y, sin embargo, jamás se ha quejado. Ya conoce mi carácter, sabe que

cuando Burton Blair resuelve hacer una cosa ¡por Job! la hace--y apretó

fuertemente sus enérgicas quijadas, mientras en sus ojos se reflejó una

mirada de decisión y persistencia tenaz, la más terrible que he visto en

un hombre.

--Pero ¿por qué razón, señor Blair, ha abandonado usted el mar para

perecer de necesidad en la tierra?--le pregunté, pues la curiosidad

habíase despertado en mí.

--Porque... porque tengo una razón... una razón muy poderosa--fue su

contestación vacilante.--Usted me ve esta noche sin hogar y hambriento

(rió amargamente Burton Blair), pero tal vez mañana podré ser un

millonario.

Y su cara asumió una misteriosa expresión, inescrutable como la de una

esfinge, que me dejó penosamente confundido.

Muchas y muchas veces desde entonces he recordado esas extrañas palabras

proféticas que pronunció sentado en mi mesa, cuando no era más que un

pobre vagabundo de los caminos, muerto de frío, hambriento, sucio, mal

vestido y exhausto, pero que abrigaba la firme creencia, por absurdo que

parezca, de que antes de mucho tiempo poseería millones.

Recuerdo bien cómo me sonreí al oír su vaga afirmación. Todo hombre que

desciende mucho en la escala social, se aferra a la débil creencia de

que su suerte cambiará, y que, debido a algún capricho de la fortuna,

volverá sonriente a subir a su antiguo nivel. La esperanza jamás muere

dentro del pecho del hombre arruinado.

Valiéndome de ciertas preguntas prudentes, traté de conseguir mayores

informes sobre la esperanza que abrigaba de llegar a tener fortuna,

pero no quiso decirme nada, absolutamente nada.

Después que comió bien, aceptó un cigarro, tomó su café con brandy, y

fumó con la tranquilidad del hombre satisfecho, que no tiene un solo

pensamiento que lo aflija ni ninguna preocupación en el mundo, o, mejor

dicho, como un hombre que sabe exactamente lo que el destino le tiene

reservado.

Así, desde el principio, Burton Blair fue un misterio. Cuando volvimos

adonde estaba Mabel, la encontramos durmiendo tranquilamente, postrada

por la fatiga. Entonces persuadí a su padre de que se quedara en mi casa

aquella noche, con el fin de que la pobre niña pudiese descansar, y,

como consintiera, nos volvimos al comedor, donde nos sentamos a fumar y

permanecimos varias horas conversando.

Me refirió la historia de sus crueles años pasados en el mar, las

extrañas aventuras que le habían sucedido en países salvajes, cómo

escapó de una muerte segura en las manos de una tribu de nativos en

Camarones, y cómo, por espacio de tres años, había sido capitán de un

vapor de río en el Congo, representando en esas regiones el papel de un

_pioneer_ de la civilización.

Sus conmovedoras aventuras las relataba tranquila y naturalmente, sin

fanfarronadas ni demostraciones de alarde, y su manera sencilla y

verdadera me demostró que era uno de esos hombres que aman la vida de

aventuras por sus vicisitudes y peligros.

--Y ahora ando detrás de los molinetes de Inglaterra--añadió

riendo.--Usted debe pensar, no hay duda, que todo esto es muy extraño;

pero, hablándole con sinceridad, señor Greenwood, le diré que me ocupo

activamente en una investigación muy curiosa, cuyo feliz resultado me

hará algún día poseedor de una fortuna que ni en mis sueños más

extravagantes me forjé jamás. ¡Vea!--exclamó de pronto, con una mirada

de extraña fiereza en sus grandes ojos obscuros, al desabotonarse

rápidamente su saco azul y sacar de debajo de él un pedazo cuadrado y

chato de gamuza muy usada y manchada, dentro de la cual parecía que se

encerraba algún precioso documento u otro objeto de valor.--¡Mire! Mi

secreto está aquí. Algún día descubriré la clave; puede ser mañana,

pasado, o tal vez en el año próximo, pero al fin se producirá. ¿Cuándo?

eso es absolutamente indiferente y sin valor. El resultado será el

mismo. Mis años de continuo viaje e investigación se verán premiados,

seré rico, y el mundo quedará maravillado.--Y, riéndose satisfecho, casi

triunfante, volvió a guardar en su pecho, con todo cuidado, su precioso

tesoro; luego se puso de pie y quedó parado dando la espalda al fuego,

en la actitud de un hombre que confía completamente en lo que está

escrito en el libro del destino.

Aquella escena de media noche, con todos sus románticos y extraños

detalles, aquel episodio de lo pasado, cuando el fatigado caminante y su

hija habían sido mis huéspedes por vez primera, y todos sus recuerdos

acudieron a mi memoria la tarde fría y brillante en que descendí de un

coche, al siguiente día de la investigación verificada en Manchester,

delante de la gran mansión blanca de la plaza Grosvenor, y supe por

Carter, el solemne sirviente, que la señorita Mabel estaba en casa.

Aquella espléndida morada, con sus exquisitas decoraciones, mobiliario

verdaderamente de estilo Luis XIV, sus valiosas pinturas y magníficos

ejemplares de esculturas del siglo diecisiete, morada de una persona

para quien no significaban nada todo ese lujo y todo ese gasto, era

seguramente un testimonio suficiente de que el pobre y mal traído

vagabundo que había pronunciado esas misteriosas palabras en mi pequeño

comedor cinco años antes, no había sido un charlatán o un necio

fanfarrón.

El secreto encerrado dentro de esa sucia bolsita de gamuza, cualquiera

que hubiese sido, le había producido más de un millón de libras

esterlinas, y seguía siempre produciendo enormes sumas, hasta que la

muerte había venido a poner fin repentinamente a su explotación. El

misterio de todo aquello no tenía solución; el enigma era completo e

indescifrable.

Estas y otras reflexiones cruzaron por mi mente al subir detrás del

lacayo la ancha escalera de mármol y ser introducido en el gran salón

oro y blanco, cuyas paredes estaban tapizadas por entrepaños de seda

color rosa pálido, mientras sus cuatro grandes ventanas tenían vista

sobre la plaza.

Todas esas pinturas inapreciables, esos hermosos muebles, gabinetes e

incomparables _bric-a-brac_, habían sido comprados con el producto del

misterioso secreto; de ese secreto que en el corto espacio de cinco años

había transformado en millonario al vagabundo extenuado y sin hogar.

Contemplando distraídamente la melancólica plaza con sus árboles sin

hojas, quedeme parado sin saber cómo haría para comunicar de la mejor

manera posible la triste nueva de que era portador, cuando oí a mi

espalda un suave «frou-frou» de una falda de seda, y, dándome vuelta

prontamente, me encontré delante de la hija del muerto, cuyo aspecto era

ahora, a la edad de veintitrés años, mucho más dulce, bello, gracioso y

femenino, que cuando por vez primera nos habíamos conocido, tiempo ha,

de una manera extraña y en medio de un camino.

Su negro traje, su figura temblorosa y sus pálidas mejillas, humedecidas

por las lágrimas, me indicaron que esta joven, por quien tenía que

velar, conocía ya la penosa y triste realidad. Se paró delante de mí,

resaltando aún más su hermosa y trágica presencia, con su pequeña y

blanca mano nerviosamente apoyada en el respaldo de una de las doradas

sillas del salón, como buscando sostén en medio de su dolor.

--¡Lo sé!--exclamó con voz cortada, cosa desconocida en ella, y sus ojos

fijos en mí.--Sé para qué ha venido a verme, señor Greenwood. Hace una

hora que lo he sabido por el señor Leighton, que ha estado aquí. ¡Ah, mi

pobre padre querido!--suspiró, y las palabras se anudaban en su garganta

al correrle las lágrimas.--¿Para qué iría a Manchester? Sus enemigos han

triunfado, como yo lo temía desde hace tiempo. Sin embargo, él no

pensaba mal de nadie, ni creía en la perversidad de ningún hombre, pues

tenía un corazón muy generoso. Siempre se negó a escuchar mis

advertencias, y se reía de todas mis aprensiones. Pero ¡ay! la terrible

realidad es ya un hecho. ¡Mi pobre padre!--tartamudeó, con su bello

rostro blanco hasta los labios.--¡Está muerto... y su secreto ha

desaparecido!

IV

EN EL QUE SE CRUZA POR UN TERRENO PELIGROSO

--¿Sospecha usted, Mabel, que su papá ha sido víctima de una mala

acción?--le pregunté a la pálida y enervada joven que estaba de pie

delante de mí.

--Sí, lo sospecho--fue su contestación clara y sin vacilación.--Usted

conoce su historia, señor Greenwood; usted sabe que él llevaba a todas

partes un objeto guardado en una bolsita de gamuza, objeto que era su

más precioso tesoro. El señor Leighton me ha dicho que se ha perdido.

--Desgraciadamente es así--repliqué.--Los tres la hemos buscado entre

sus ropas y demás equipaje; hemos hecho averiguaciones e interrogado al

sirviente del coche-restaurant que lo encontró sin conocimiento en el

tren, a los mozos de cordel que lo llevaron hasta el hotel, y, en fin, a

todo aquel que podía saber algo, pero no ha sido posible encontrar el

menor rastro del objeto buscado.

--Porque ha sido robado deliberadamente--observó.

--Entonces usted abriga la creencia de que ha sido asesinado para

ocultar el robo.

Movió la cabeza afirmativamente, con su cara siempre pálida y rígida.

--Pero recuerde, Mabel, que no existe prueba alguna de que se haya

cometido un crimen. Ambos médicos, dos de los mejores de Manchester, han

declarado que la muerte se ha producido debido a causas enteramente

naturales.

--A mí no me importa nada de lo que ellos digan. La bolsita que mi pobre

padre cosió con sus propias manos, que durante todos estos años pasados

guardó tan cuidadosamente, y que por algún motivo extraño no quiso

depositarla en ningún banco o en una segura caja de hierro, ha

desaparecido. Sus enemigos se han posesionado de ella, como yo tenía la

certeza de que lo harían.

--Recuerde que él me mostró esa bolsita de gamuza, la primera noche que

nos conocimos--le dije.--Me declaró entonces que lo que en ella se

encerraba le daría fortuna... y ciertamente que ha sido así--añadí,

paseando la mirada por el magnífico salón.

--Le dio riquezas, pero no felicidad, señor Greenwood--respondió

tranquilamente.--Esa bolsita, cuyo contenido jamás vi, ni supe lo que

era, la llevó siempre consigo, ya en su bolsillo, ya pendiente del

cuello, desde que vino a su poder, muchos años ha. En todos sus trajes

tenía un bolsillo especial para guardarla, y de noche la colocaba en un

cinturón, hecho también especialmente para el objeto, que usaba bien

ajustado a la cintura. Creo que la consideraba como una especie de

hechizo, o talismán, que, además de ser la fuente de su gran fortuna, lo

preservaba de todas las desgracias y males. La razón de esto no puedo

decirla, porque no la conozco.

--¿Nunca se cercioró usted de qué índole era el objeto que él

consideraba tan precioso?

--Traté muchas veces de hacerlo, pero nunca quiso revelármelo. «Era su

secreto» me decía, y no añadía una palabra más.

Reginaldo y yo habíamos tratado innumerables veces de saber lo que

encerraba esa misteriosa bolsita, pero no habíamos tenido mejor éxito

que la encantadora joven que estaba de pie delante de mí. Burton Blair

era un hombre raro, tanto en actos como en palabras, muy reservado en

sus asuntos particulares, y, sin embargo, aunque parezca bastante

extraño, cuando la prosperidad le sonrió, convirtiose en un príncipe de

bondad y de nobleza.

--¿Pero quiénes eran sus enemigos?--le inquirí.

--¡Ah! eso también lo ignoro completamente--respondió.--Como usted lo

sabe, durante los dos últimos años se ha visto rodeado por aventureros y

parásitos de todas clases, como les sucede siempre a los hombres ricos,

a los cuales, Ford, su secretario, ha conseguido mantener a buena

distancia. Puede ser que les fuera conocida la existencia de ese

precioso objeto, y que mi pobre padre haya sido víctima de alguna trama

infame. A lo menos esa es mi firme idea.

--Entonces, si es así, hay que informar a la policía--exclamé.--La

bolsita de gamuza que él me mostró la noche de nuestro primer encuentro,

se ha perdido, y aun cuando todos la hemos buscado con el mayor empeño

y cuidado, ha sido inútil. Sin embargo, ¿qué beneficio podrá reportar a

la persona que la posea, si le falta la clave de lo que en ella se

encierra?

--¿Pero no estaba también esa clave, sea lo que fuere, en manos de mi

padre?--preguntó Mabel Blair.--¿No fue el descubrimiento de esa misma

clave lo que nos dio todo esto que poseemos?--repitió, con esa

encantadora dulzura femenina que era su más atrayente característica.

--Exactamente. ¡Pero su papá, que era tan prudente y sagaz, no debía

llevar consigo ambas cosas: el problema y la clave! No puedo creer que

cometiese semejante necedad.

--Ni yo tampoco. Aun cuando era su única hija, y la depositaria de toda

la historia de su vida, había una cosa que me ocultaba persistentemente,

y era la índole de su secreto. Algunas veces he abrigado la sospecha de

que tal vez no era muy honorable; que probablemente sería uno de esos

que un padre no se atreve a revelar a su hija. Y, sin embargo, nadie lo

ha acusado jamás ni le ha echado en cara un acto doloso o deshonesto.

Otras veces me parecía notar en su fisonomía y maneras un sello de

verdadero misterio, que me hacía pensar que el origen de nuestra fortuna

ilimitada era extraño y romántico, y que si el mundo tenía conocimiento

de él, lo consideraría como una cosa increíble. Una noche que estábamos

sentados aquí después de la comida, y mientras fumaba, se entretuvo en

hablarme de mi pobre madre, que murió en unas habitaciones de una

obscura calle de Manchester, cuando él estaba ausente en un viaje por la

costa occidental de Africa; pero en el correr de la conversación declaró

que, si Londres llegaba a conocer alguna vez el origen de sus riquezas,

se quedaría asombrado. «Pero--añadió--es un secreto que tengo la firme

intención de llevármelo a la tumba.»

Muy extraño era, pero estas mismas palabras me las había dicho dos años

antes, estando sentado delante del fuego en nuestras habitaciones de la

calle Great Russell, al hacerle yo alusión a su maravillosa suerte.

Estaba muerto, y una de dos, o había cumplido su amenaza de destruir

toda prueba de su secreto, encerrado en la usada bolsilla de gamuza, o

le había sido hábilmente robado.

La curiosa y mal escrita carta que había encontrado en el equipaje de mi

amigo, a la vez que me había llenado de confusión, había hecho nacer en

mí ciertas sospechas que hasta ese momento no había abrigado. No le dije

nada de esto a Mabel, porque no deseaba causarle mayores penas ni

ansiedades. Desde que nos habíamos conocido la primera vez, y durante

todos los años transcurridos, siempre habíamos sido buenos amigos. Aun

cuando Reginaldo era quince años mayor que ella, y yo trece, creo que a

los dos nos consideraba como si hubiéramos sido sus hermanos mayores.

Nuestra amistad había principiado desde el día que encontramos a Burton

Blair muriéndose de hambre y vagando por los caminos, y nos unimos para

costear, con nuestros modestos recursos, su educación y la pusimos en

una escuela de Bournemouth para que se acabara de perfeccionar.

Resolvimos que era completamente imposible permitir que una niña tan

joven y delicada anduviera vagando por toda Inglaterra sin objeto

determinado, en busca de algún vago informe secreto que parecía ser el

fin de su errante padre; por lo tanto, después de aquella noche en que

nos conocimos por vez primera en Helpstone, Burton Blair y su hija

permanecieron una semana como nuestros huéspedes, y al cabo de muchas

consultas y pequeñas economías, conseguimos poner a Mabel en la escuela,

servicio que después ella nos agradeció con la más noble sinceridad.

Pobre criatura, cuando el destino nos hizo encontrarla, estaba

completamente debilitada y exhausta. La pobreza ya había impreso su

marca indeleble en su dulce rostro, y su belleza empezaba a marchitarse

bajo el peso de los sufrimientos, decepciones y viajes errantes, cuando

tan felizmente la descubrimos y nos fue posible arrancarla de esa vida

de privaciones, dolorosas caminatas y fatigas, a través de interminables

caminos.

Contra lo que nosotros esperábamos, transcurrió bastante tiempo antes

que pudiéramos conseguir que Blair consintiese en que su hija volviera

al colegio, porque, en verdad, tanto el padre como la hija se amaban

entrañablemente y estaban muy apegados. Sin embargo, al fin triunfamos,

y cuando el tosco y barbudo caminante llegó a ver realizados sus deseos,

no se olvidó de agradecernos de una manera muy positiva lo que por ellos

habíamos hecho. Realmente, nuestra desahogada posición actual se la

debíamos a él, porque no sólo le había regalado a Reginaldo un generoso

cheque que lo puso en condiciones de pagar todas las deudas que pesaban

sobre su negocio de encajes de la calle Cannon, sino que a mí me había

enviado, hacía tres años, con motivo de ser el día de mi cumpleaños,

dentro de una modesta caja de plata, una letra contra sus banqueros, por

una buena cantidad, lo cual me proporcionó, desde entonces, una pequeña

renta anual muy confortable.

Burton Blair nunca olvidó a sus amigos... ni tampoco perdonó una mala

acción que se cometiera con él. Mabel era su ídolo, la única y verdadera

depositaria de sus secretos, y parecía todavía más extraño que ella no

supiera absolutamente nada sobre la misteriosa fuente de donde surgían

sus colosales entradas.

Permanecimos sentados más de una hora en ese gran salón, cuyo mismo

esplendor respiraba misterio. La señora Percival, la agradable dama

patrocinadora y compañera de Mabel, viuda de cierta edad de un cirujano

naval, entró donde estábamos nosotros, pero pronto se retiró,

completamente trastornada, al tener conocimiento del trágico suceso.

Cuando le comuniqué a Mabel la promesa que le había hecho a su padre,

sus pálidas mejillas se cubrieron de un leve carmín.

--Ciertamente, es mucha bondad la suya, señor Greenwood, molestarse por

mis asuntos--me dijo, mirándome y bajando luego sus ojos

modestamente.--Supongo que en adelante tendré que considerarlo como mi

tutor--y riose ligeramente, dando vuelta a su anillo en derredor de su

dedo.

--No como a su tutor legal--contesté.--Los abogados de su papá serán, no

hay duda, quienes ocuparán ese puesto, pero sí, más bien, como su

protector y amigo.

--¡Ah!--respondió tristemente,--creo que necesitaré ambas cosas, ahora

que ya no existe mi pobre padre.

El tesoro misterioso · 第 1 / 17 段