Conclusión

Hay tanto que decir sobre el asunto de que tratamos, que solo ha de

considerarse lo escrito como ligeros apuntes: no cabe duda que mayor

espacio que lo dicho ocuparía lo omitido.

En el capítulo de los lutos debo permitirme un consejo a aquellas

personas que, poseídas de un dolor intenso por la muerte de un ser

querido, creen estar en el derecho de exagerar las señales exteriores

de su pena, obligando así a los demás a largos y arbitrarios lutos;

nada hay más falto de discreción y justicia.

Dado caso que el luto, en vez de manifestación para el mundo, fuese

de utilidad al que falleció, la conducta más cuerda sería aliviarlo

en los vestidos en tiempo oportuno por consideración a los más

jóvenes, y extremar a su gusto las privaciones _personales_ de paseos

públicos y diversiones.

Al tratar de las visitas, me he concretado a lo que suele así

llamarse; pero no siempre que se entra en una casa es en calidad de

visita, pues muchas veces somos llamados para algo que se relaciona

con nuestra carrera u ocupación. En este caso es especialmente cuando

debe evitarse dar la mano a los dueños de la casa no tomando ellos

la iniciativa. En algo ha de distinguirse la visita de amistad o

atención, de la visita de negocio.

Si por tener intimidad se nos recibe en una casa mientras están

comiendo, nos contentaremos con un saludo general sin dar la mano por

mucha que sea la intimidad. Las señoras que en un caso así besan a

las que están en la mesa, dan prueba de falta de discreción.

Se presentan en la vida multitud de casos en que es imposible fijar

la conducta que debe seguirse para salir airoso de ellos y dar a

los demás buena opinión de nuestra cortesía; en tales ocasiones la

mejor regla es, como se dice vulgarmente, _no pecar por carta de

menos_; pues mejor es habernos hecho humildes con quien es menos, que

habernos dado aires de superioridad con quien, aunque modesto en su

porte, nos fuese realmente superior en categoría o en saber.

No todas las personas dotadas de gran talento tienen facilidad en

hablar; podría, pues, sucederle al que tenga propensión a glosar con

impertinencia tal o cual frase falta de buena dicción, caer él mismo

en el ridículo de darle lección al maestro, de quien le pudiera tomar.

La juventud tiene el privilegio de creerse eterna, soliendo hablar

con ligereza irrespetuosa de la vejez, sin comprender que en tiempo

relativamente inmediato la frase descortés de hoy le será a su vez

aplicada.

Cuando una persona mayor se encuentre en caso de oír alguna de

esas impertinencias, debe guardarse bien de demostrar irritación,

pues sería ponerse en ridículo. Si teme no poderse dominar y ha de

traslucirse disgusto en el timbre de su voz, vale más que finja

no haber oído, o, si esto es imposible, sonreírse, despreciando

semejante imprudencia. Estando seguro de dominarse, puede permitirse

alguna frase en tono festivo, pero que evidencie con delicadeza lo

irreflexivo y grosero que estuvo el joven.

El _arte_ de ser viejo es indudablemente uno de los más difíciles

de aprender; pocos llegan a saberlo bien, consistiendo esto en que

se aprende tarde; mas el que llega a poseerlo obtiene un verdadero

triunfo, siendo venerado de propios y extraños y recibido con placer

en todas partes.

Para obtener este resultado hay que tomar la resolución desde joven

de ir limando cada año más las asperezas de nuestro carácter,

aplicarnos el cumplimiento exacto de las reglas de la buena sociedad,

y recordar los defectos de nuestra juventud para no mostrarnos

excesivamente severos.

El renunciar nuestras comodidades para ofrecerlas a los demás;

abstenerse de un gusto, aunque inocente en sí, si puede molestar a

otro; tomar siempre el último lugar; reprimir el mal humor por no

entristecer al prójimo; no ofenderle en presencia ni en ausencia,

antes bien defenderle o aminorar las faltas si fuesen probadas; he

aquí la perfección, he aquí la parte sublime de la cortesía.

Esta nos impone deberes, pero también nos crea derechos; pues el

hombre bien educado, de carácter afable, benévolo y prudente, es

bien recibido en todas partes y se atrae el aprecio general. Sin

esa prudente limitación que la cortesía nos impone, el trato social

sería imposible y llegaría a un estado de grosería y aislamiento.

Tenemos todos interés en hacernos agradables a los demás, evitando

siempre cuanto pudiera ofender o lastimar a las personas con quienes

tratamos, no solamente por deber, sino por interés propio, para

hacernos simpáticos y granjearnos buenas y leales amistades.

En las relaciones sociales entra también, como en el traje, el

espíritu de la época y de la moda del día. No es posible que la

marcha progresiva de la humanidad no trascienda de una manera notable

al modo de ser de la vida social; y como fuera ridículo que hoy

nos presentáramos vestidos como en tiempo de los romanos, lo sería

igualmente que asistiéramos a los banquetes y demás lugares de

reunión en la forma que ellos lo hacían.

De aquí la necesidad de fijar aquellas reglas adoptadas por las

personas de más exquisita educación y mejor tono, reuniéndolas en un

tratado que las haga patrimonio de todos y a todos excite a seguir

laudables ejemplos, que dirijan a la Sociedad por los mejores y más

rectos senderos.

Deberes de buena sociedad · 第 161 / 183 题