En los antiguos tiempos era acontecimiento que requería grandes
preparativos una comida, y las más de las veces colosal dispendio,
debido a la manera especial de vivir de aquella sociedad; hoy se han
convertido, siendo cosa corriente, en almuerzos, comidas y cenas, y
es obsequio que se ofrece y admite sin darle otra importancia que la
que tiene la muestra de consideración que entraña el invitar, a la
cual se corresponde aceptando.
Hubo época en que se dio al olvido que se come para vivir y se vive
para comer. Absurdas y hasta monstruosas parecen ciertas costumbres
en los banquetes admitidas y que conoce hasta el menos experto; pero
por fortuna van desapareciendo, siendo sustituidas por otras que
convierten los banquetes en reunión agradable, en que la materialidad
de la comida es el pretexto.
En los almuerzos, banquetes y cenas debe tenerse en cuenta la
observación que acabamos de hacer, puesto que les da su verdadero
carácter, y por lo tanto hay que cuidar de que los platos no revelen
mal gusto por su número, pues no se muestra más espléndido ni cortés
el que da más de comer, sino el que da mejor y con más galantería.
La mejor sazón de los manjares es la finura de los anfitriones y
la amenidad de la conversación. Siendo la conversación el gran
aliciente de estas reuniones, se ha de tener muy en cuenta el
carácter y circunstancias de los comensales para su colocación, pues
fuera de muy mal gusto poner juntas a dos personas enemistadas o
cuya diversidad de opiniones hiciese punto menos que imposible el
conversar, porque en este caso, en martirio se convertiría el rato
que debiesen permanecer una al lado de otra. La conversación ha de
ser culta y variada, sin que se levante la voz ni parezca que se
hable en secreto, pues en el primer caso degeneraría en murmullo,
porque los rumores al unirse se convertirían en desagradable ruido,
y en el segundo se pecaría de descortés, puesto que los demás no
podrían oír lo que dice al que está sentado al lado. Sostener
conversación con los que están frente a nosotros o algo separados,
es cosa que debe evitarse, porque hay necesidad de esforzar la
voz, limitándose, en todo caso, a cambiar las palabras puramente
necesarias.
De mal gusto son los obsequios, pero el caballero debe mostrarse
atento con las señoras que tenga a su lado, cuidando de que su
atención no se convierta en empalagosa galantería.
Los brindis están admitidos en las comidas, hasta en las de
confianza; mas tengan presente los que a brindar se sientan
impulsados, que nada hay tan expuesto al ridículo, y que en él
incurre el que se levanta a brindar fuera de tiempo y sazón, y, en
particular, sin que lo haya hecho el que debe tomar la iniciativa,
que es siempre el que invita.
Al levantarse, se coge la copa que luego se deja sobre la mesa,
volviendo a cogerla al pronunciar las últimas palabras. El brindis
ha de ser breve, ingenioso, y como no todos están dotados de
las cualidades del ingenio, se procurará no suplir su falta con
la charlatanería. Por lo mismo que el brindis ofrece grandes
dificultades, por más que parezca lo contrario, no ha de instarse a
nadie a que brinde, porque se le expone a que se encuentre colocado
en situación desairada, y en este caso pesa sobre todos el mal
efecto. No han de ser muy numerosos, y el repetirlos, excepción de
contados casos, no es de buen gusto. La persona que los haya iniciado
es la que les pone término, y ha de tener especial cuidado en que
acaben con verdadera oportunidad.
Diversos son los usos que se siguen respecto a ofrecer el brazo a
las señoras, pues mientras en unos países los caballeros les dan el
derecho, en otros es el izquierdo.
Dadas las costumbres que marcan el respeto y consideración que
una persona nos merece, el brazo derecho ha de ser, pues así les
damos la derecha, mientras que en el caso contrario, la señora la
daría al caballero, y por lo tanto estaría colocada en situación de
inferioridad.
En la colocación pondrá siempre especial cuidado el anfitrión para
que cada uno ocupe el puesto que su categoría y circunstancias
especiales le indiquen: pero como en todo lo que del hombre depende
caben los descuidos y distracciones, no han de promoverse cuestiones
de etiqueta en comidas particulares, pues entonces es la vanidad la
que las suscita y se tiene el mal gusto de establecer preferencias en
el obsequio que se recibe, y se prescinde de la atención que merecen
los que invitan. Téngase en cuenta que no es el puesto el que honra a
la persona, sino la persona al puesto, y que moralmente la cabecera
está siempre allí donde se sienta la persona de más categoría.
El anfitrión procurará remediar los descuidos en cuanto los note
y se excusará si no le es posible remediarlos; en cuyo caso se
aceptarán las excusas en el acto, cuidando el que las reciba que no
se note que da importancia a la cosa, pues en este caso aumentaría la
mortificación que ya sufre el dueño de la casa.
Ha de acudirse con puntualidad a las comidas, siendo tan de mal gusto
el anticiparse como el hacerse aguardar. Se concede un tiempo de
espera a los que tardan, que por lo regular es de quince minutos,
espera que no puede prolongarse mucho, porque entonces lo que es
prueba de deferencia que los dueños de la casa y los que han llegado
dan a los ausentes, perdería este carácter y parecería que por
atención a los que no han sido puntuales se desatiende a los que
con exactitud se han presentado. Hay casos excepcionales como, por
ejemplo, cuando la comida se ofrece especialmente a una persona en
quien por su carácter u ocupaciones sea no solo excusable, sino
natural la tardanza, como los ministros, autoridades, etc., etc., que
pueden hallarse retenidos por asuntos imprevistos o urgentes; si el
invitado es un viajero, también la espera ha de prolongarse hasta su
llegada, sin que los presentes puedan creerse postergados.
El que llega cuando los demás están ya sentados a la mesa, debe
saludar a los dueños de la casa, pero sin darles la mano a menos que
ellos se la ofrezcan.
La razón de esta costumbre es muy obvia y está basada en que el que
come no desea poner su mano en contacto mientras está comiendo, sino
con los objetos de que ha de servirse. Si la comida ya ha terminado,
entonces la cosa varía. Excusado es decir que en las grandes comidas
no ha de saludarse a cada uno particularmente, porque a nadie puede
ocurrírsele semejante cosa, pero ni en las comidas de confianza se
hace, bastando un saludo general después del que se hace a los dueños
de la casa.
El uso marca diversamente el sitio de preferencia. Antiguamente era
la cabecera de la mesa, pero ahora está en los dos centros, siendo
el primero el que está frente a la puerta de entrada. Como los
anfitriones han de prescindir por completo de la materialidad de la
comida, aunque de comer se trata, cuidarán de que las cosas estén
tan bien dispuestas que para nada hayan de dirigirse a los criados,
y en sus conversaciones no han de hablar de nada que a los platos,
servicio, etc., se refiera. Repetir de un plato no se hace, y en el
beber ha de mostrarse parquedad. Dejar el plato completamente limpio
y apurar la salsa con el pan no revela costumbre de buena sociedad,
así como el soplar la comida, porque de ella ha de apartarse todo lo
que pueda inspirar repugnancia, y no produce otro efecto el mezclar
con lo que se come las emanaciones del aliento.
En otros tiempos era de buen gusto instar a comer, y en época
remota hasta la violencia se empleaba para obligar a comer y beber.
Las costumbres han variado, y hoy es regla fija dejar a cada cual
que coma y beba lo que tenga por conveniente, según sus hábitos y
exigencias del estómago; pero debemos advertir que el que en el
comer exceda en apetito a los demás, siendo natural lo que en otros
fuera glotonería, hará bien en limitarse en los convites a comer con
mucha moderación, aunque no quede del todo satisfecho, porque así no
llamará la atención y no se pondrá en evidencia.
Como antes hemos indicado, ha de ponerse suma atención en que no
aparezca durante las comidas nada que revele falta de aseo, y más
vale pecar por sobra de pulcritud que por falta de ella; de ahí que
se proscriban en absoluto los llamados obsequios, y que no se beba
sin limpiarse los labios con la servilleta para que no quede empañada
la copa, volviéndolos a limpiar después de haber bebido. Por igual
motivo el enjuagarse la boca después de la comida no puede admitirse
en buena sociedad; y al usar el mondadientes ha de procurarse que
nadie fije en ello la atención, porque aunque cada cual lo crea cosa
natural, le parece repugnante en los demás.
El café no debe tomarse en el mismo comedor, sino en otra pieza,
y en este acto no hay orden de colocación ni marcada preferencia,
pudiendo tener las conversaciones un carácter más animado y siéndoles
permitido a los caballeros pasar de un punto a otro, y también a las
señoras el levantarse para conversar mejor.
[Ilustración]
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