CAPITULO VII.

_Conversacion con los hombres_.

O átomos inteligentes, en quien se plugo el eterno Ser en manifestar

su arte y su potencia, sin duda que en vuestro globo disfrutais

contentos purísimos; pues teniendo tan poca materia y pareciendo todos

espíritu, debeis emplear vuestra vida en amar y pensar, que es la

verdadera vida de los espíritus. En parte ninguna he visto la

verdadera felicidad, mas estoy cierto de que esta es su mansion.

Encogiéronse de hombros al oir este razonamiento los filósofos todos;

y mas ingenuo uno de ellos confesó sinceramente que, exceptuando un

cortísimo número de moradores poquisimo apreciados, todo lo demas es

una cáfila de locos, de perversos y desdichados. Mas materia tenemos,

dixo, de la que es menester para obrar mal, si procede el mal de la

materia, y mas inteligencia, si proviene de la inteligencia. ¿Sabeis

por exemplo que á la hora esta cien mil locos de nuestra especie, que

llevan sombreros, estan matando á otros cien mil animales cubiertos de

un turbante, ó muriendo á sus manos, y que así es estilo en toda la

tierra, de tiempo inmemorial acá? Horrorizóse el Sirio, y preguntó el

motivo de tan horribles contiendas entre animalejos tan ruines.

Trátase, dixo el filósofo, de unos pedacillos de tierra tamaños como

vuestro pié, y no porque ni uno de los millones de hombres que pierden

la vida solicite un terron siquiera de dicho pedazo; que se trata de

saber si ha de pertenecer á cierto hombre que llaman Sultan, ó á otro

que apellidan César, no sé por qué. Ninguno de los dos ha visto ni

verá nunca el rinconcillo de tierra que está en litigio; ni ménos casi

ninguno de los animales que recíprocamente se asesinan ha visto

tampoco al animal por quien asesina.

¡Desventurados! exclamó indignado el Sirio: ¿cómo es posible imaginar

tan furioso frenesí? Arranques me vienen de dar tres pasos, y con tres

patadas estruxar todo ese hormiguero de ridículos asesinos. No os

toméis ese trabajo, le respondiéron, que sobrado se afanan ellos en

labrar su ruina. Sabed que dentro de diez años no quedará en vida el

diezmo de estos miserables; y que, aun sin sacar la espada, casi todos

se los lleva la hambre, la fatiga, ó la destemplanza, aparte de que no

son ellos los que merecen castigo, sino los ociosos despiadados, que

metidos en su gabinete mandan, miéntras digieren la comida, degollar

un millon de hombres, y dan luego solemnes acciones de gracias á Dios.

Sentíase el caminante movido á piedad del mezquino linage humano, en

el qual tantas contradicciones descubria. Siendo vosotros, dixo á

estos señores, del corto número de sabios que sin duda á nadie matan

por dinero, os ruego que me digais quales son vuestras ocupaciones.

Disecamos moscas, respondió el filósofo, medimos líneas, combinamos

números, estamos conformes acerca de dos ó tres puntos que entendemos,

y divididos sobre dos ó tres mil que no entendemos. Ocurrióles al

Sirio y al Saturnino hacer preguntas á los átomos pensadores, para

saber sobre qué estaban acordes. ¿Qué distancia hay, dixo este, desde

la estrella de la Canícula hasta la grande de Géminis? Respondiéronle

todos juntos: Treinta y dos grados y medio.--¿Quanto dista de aquí la

luna?--Sesenta semi-diámetros de la tierra.--¿Quanto pesa vuestro

ayre? Creía haberlos cogido; pero todos le dixéron que pesaba

novecientas veces ménos que el mismo volumen del agua mas ligera, y

diez y nueve mil veces ménos que el oro. Atónito el enanillo de

Saturno con sus respuestas, estaba tentado á creer que eran mágicos

aquellos mismos á quienes un quarto de hora ántes les habia negado la

inteligencia.

Díxoles finalmente Micromegas: Una vez que tan puntualmente sabeis lo

que hay fuera de vosotros, sin duda que mejor todavía sabréis lo que

hay dentro: decidme pues qué cosa es vuestra alma, y cómo se forman

vuestras ideas. Los filósofos habláron todos á la par, como ántes,

pero todos fuéron de distinto parecer. Citó el mas anciano á

Aristóteles, otro pronunció el nombre de Descartes, este el de

Malebranche, aquel el de Leibnitz, y el de Locke otro. El anciano

peripatético dixo con toda confianza: El alma es una _entelechîa_, una

razon en virtud de la qual tiene la potencia de ser lo que es; así lo

dice expresamente Aristóteles, pág. 633 de la edicion del Louvre:

_Entelexeia esti_, etc. No entiendo el griego, dixo el gigante. Ni yo

tampoco, respondió el arador filosófico. ¿Pues á qué citais, replicó

el Sirio, á ese Aristóteles en griego? Porque lo que uno no entiende,

repuso el sabio, lo ha de citar en lengua que no sabe.

Tomó el hilo el cartesiano, y dixo: Es el alma un espíritu puro que en

el vientre de su madre ha recibido todas las ideas metafísicas, y que

así que sale de él se vé precisada á ir á la escuela, y aprender de

nuevo lo que tan bien sabia y que nunca volverá á saber. Pues estás

medrado, respondió el animal de ocho leguas, con que supiera tanto tu

alma quando estabas en el vientre de tu madre, si habia de ser tan

ignorante quando fueras tú hombre con barba. ¿Y qué entiendes por

espíritu? ¿Qué es lo que me preguntais? dixo el discurridor, no tengo

idea ninguna de él: dicen que lo que no es materia.--¿Y sabes lo que

es materia? Eso sí, respondió el hombre. Esa piedra por exemplo es

parda, y de tal figura, tiene tres dimensiones, y es grave y

divisible. Así es, dixo el Sirio; ¿pero esa cosa que te parece

divisible, grave y parda, me dirás qué es? Algunos atributos vés, pero

¿el sosten de estos atributos le conoces? No, dixo el otro. Luego no

sabes qué cosa sea la materia.

Dirigiéndose entónces el señor Micromegas á otro sabio que encima de

su dedo pulgar tenia, le preguntó qué era su alma, y qué hacia. Cosa

ninguna, respondió el filósofo malebranchista; Dios es quien lo hace

todo por mí; en él lo veo todo, en él lo hago todo, y él es quien todo

lo hace sin cooperacion mia. Tanto monta no exîstir, replicó el

filósofo de Sirio. ¿Y tú, amigo, le dixo á un leibniziano que allí

estaba, qué dices? ¿qué es tu alma? Un puntero de relox, dixo el

leibniziano, que señala las horas miéntras las toca mi cuerpo; ó bien,

si os parece, el alma las toca miéntras el cuerpo las señala; ó mi

alma es el espejo del universo, y mi cuerpo el marco del espejo: todo

esto es claro.

Estábalos oyendo un sectario de Locke, y quando le tocó hablar, dixo:

Yo no sé como pienso, lo que sé es que nunca he pensado como no sea

por medio de mis sentidos. Que haya substancias inmateriales é

inteligentes, no pongo duda; pero que no pueda Dios comunicar la

inteligencia á la materia, eso lo dudo mucho. Respeto el eterno poder,

y sé que no me compete limitarle; no afirmo nada, y me ciño á creer

que hay muchas mas cosas posibles de lo que se piensa.

Sonrióse el animal de Sirio, y le pareció que no era este el ménos

cuerdo; y si no hubiera sido por la mucha desproporcion, hubiera dado

un abrazo el enano de Saturno al sectario de Locke. Por desgracia se

encontraba en la banda, un animalucho con un bonete en la cabeza, que

cortando el hilo á todos los filósofos dixo que él sabia el secreto,

que se hallaba en la Suma de Santo Tomas; y mirando de pies á cabeza á

los dos moradores celestes, les sustentó que sus personas, sus mundos,

sus soles y sus estrellas, todo habia sido criado para el hombre. Al

oir tal sandez, nuestros dos caminantes hubiéron de caerse uno sobre

otro, pereciéndose de aquella inextinguible risa que, segun Hornero,

cupo en suerte á los Dioses; iba y venia su barriga y sus espaldas, y

en estas idas y venidas se cayó el navio de la uña del Sirio en el

bolsillo de los calzones del Saturnino. Buscáronle ámbos mucho tiempo;

al cabo topáron la tripulacion, y la metiéron en el navio lo mejor que

pudiéron. Cogió el Sirio á los aradorcillos, y les habló con mucha

afabilidad, puesto que estaba algo mohino de ver que unos

infinitamente pequeños tuvieran una vanidad casi infinitamente grande.

Prometióles que compondria un libro de filosofía escrito de letra muy

menuda para su uso, y que en él verian el porque de todas las cosas; y

con efecto ántes de irse les dió el prometido libro, que lleváron á la

academia de ciencias de Paris. Mas quando le abrió el secretario, se

halló con que estaba todo en blanco, y dixo: _ha, ya me lo presumia

yo_.

_Fin de la historia de Micromegas_.

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Novelas de Voltaire — Tomo Primero · 第 19 / 22 题