Capítulo XXIX

María, indispuesta desde antes de ir a la cena, había empeorado y tenía

calentura a la mañana siguiente.

--Marina--dijo a su criada, después de un inquieto y breve sueño--,

llama a mi marido, que me siento mala.

--El amo no ha vuelto--respondió Marina.

--Habrá estado velando algún enfermo--dijo María ¡Tanto mejor! Me

recetaría una cáfila de cosas y de remedios y yo los aborrezco.

--Estáis muy ronca--dijo Marina.

--Mucho--respondió María--, y es preciso cuidarme. Me quedaré hoy en

cama y tomaré un sudorífico. Si viene el duque, le dirás que estoy

dormida. No quiero ver a nadie. Tengo la cabeza loca.

--¿Y si viene alguien por la puerta falsa?

--Si es Pepe Vera, déjale entrar, que tengo que decirle. Echa las

persianas y vete.

Salió la criada y a los pocos pasos volvió atrás, dándose un golpe en la

frente.

--Aquí--dijo--hay una carta que el amo ha dejado a Nicolás para

entregárosla.

--Vete a paseo con tu carta--dijo María--; aquí no se ve y además quiero

dormir. ¿Qué me dirá? Me indicará el sitio donde le _llama el deber.

_¿Qué se me da a mí de eso? Deja la carta sobre la cómoda y vete de una

vez.

Algunos minutos después volvió a entrar Marina.

--¡Otra te pego!--gritó su ama.

--Es que el señor Pepe Vera quiere veros.

--Que entre--dijo María, volviéndose con prontitud.

Entró Pepe Vera, abrió las persianas para que entrase la luz, se echó

sobre una silla sin dejar de fumar, y mirando a María, cuyas mejillas

encendidas y cuyos ojos hinchados indicaban una seria indisposición.

--¡Buena estás!--le dijo--. ¿Qué dirá Poncio Pilatos?

--No está en casa--respondió María cada vez más ronca.

--Tanto mejor; y quiera Dios que siga andando, como el judío errante,

hasta el día del juicio. Ahora vengo de ver los toros de la corrida de

esta tarde. ¡Ya nos darán que hacer los tales bichos! Hay uno negro que

se llama _Medianoche_, que ya ha matado un hombre en el encierro.

--¿Quieres asustarme y ponerme peor de lo que estoy?--dijo María--.

Cierra las persianas, que no puedo aguantar el resplandor.

--¡Tonterías!--replicó Pepe Vera--. ¡Puros remilgos! No está aquí el

duque para temer que te ofenda la luz, ni el _matasanos_ de tu marido,

para temer que entre un soplo de aire y te mate. Aquí huele a pachulí, a

algalia, a almizcle, a cuantos potingues hay en la botica. Esas

porquerías son las que te hacen daño. Deja que entre el aire y que se

oree el cuarto, que esto te hará provecho. Dime, prenda, ¿irás esta

tarde a la corrida?

--¿Acaso estoy capaz de ir?--respondió María--. Cierra esa ventana,

Pepe. No puedo soportar esa luz tan viva ni ese aire tan frío.

Al decir estas palabras, se levantó él, y abrió de par en par la

ventana.

--Y yo--dijo Pepe--no puedo soportar tus dengues.

Lo que tienes es poco mal y bien quejado. ¡Adiós, no parece sino que vas

a echar el alma! Pues _señá_ de la media almendra, voy a mandar hacer el

ataúd y después a matar a _Medianoche_, brindándoselo a Lucía del Salto,

que se pondrá poco hueca en gracia de Dios.

--¡Dale con esa mujer!--exclamó María, incorporándose con un gesto de

rabia--. ¿No dicen que se iba con un inglés?

--¿Qué se había de ir a aquellas tierras, donde no se ve el sol sino

por entre cortinas y donde se duerme la gente en pie?--dijo el torero.

--Pepe, no eres capaz de hacer lo que dices. ¡Sería una infamia!

--La infamia sería--dijo Pepe Vera, plantándose delante de María con los

brazos cruzados--que cuando yo voy a exponer mi vida, en lugar de estar

tú allí para animarme con tu presencia, te quedases en tu casa, para

recibir al duque con toda libertad, bajo el pretexto de estar resfriada.

--¡Siempre el mismo tema!--dijo María--. ¿Note basta haber estado

espiando oculto en mi cuarto, para convencerte por tus mismos ojos de

que entre el duque y yo no hay nada? Sabes que lo que le gusta en mí es

la voz, no mi persona. En cuanto a mí, bien sabes...

--¡Lo que yo sé--dijo Pepe Vera--es que me tienes miedo!, ¡y haces bien,

por vida mía! Pero Dios sabe lo que puede suceder, quedándote sola y

segura de que no puedo sorprenderte. No me fío de ninguna mujer; ni de

mi madre.

--¡Miedo yo!--replicó María--¡Yo!

Pero sin dejarla hablar, Pepe Vera continuó:

--¿Me crees tan ciego que no vea lo que pasa? ¿No sé yo que le estás

haciendo buena cara, porque se te ha puesto en el testuz que ese

desaborido de tu marido tenga los honores de cirujano de la reina, como

acabo de saberlo de buena tinta?

--¡Mentira!--gritó María con toda su ronquera.

--¡María! ¡María! No es Pepe Vera hombre a quien se da gato por liebre.

Sábete que yo conozco las mañas de los toros bravos como las de los

toros marrajos.

María se echó a llorar.

--Sí--dijo Pepe--, suelta el trapo, que ese es el _Refugium peccatorum_

de las mujeres. Tú te fías del refrán «mujer, llora y vencerás». No,

morena; hay otro que dice «en cojera de perro y lágrimas de mujer, no

hay que creer». Guarda tus lágrimas para el teatro, que aquí no estamos

representando comedias. Mira lo que haces: si juegas falso, peligra la

vida de un hombre. Conque, cuenta con lo que haces. Mi amor no es cosa

de recetas ni de décimas. Yo no me pago de hipíos, sino de hechos. En

una palabra, si no vas esta tarde a los toros, te ha de pesar.

Diciendo esto, Pepe Vera se salió de la habitación.

Estaba a la sazón combatido por dos sentimientos de una naturaleza tan

poderosa, que se necesitaba un temple de hierro para ocultarlos, como él

lo estaba haciendo, bajo la exterioridad más tranquila, el rostro más

sereno y la más natural indiferencia. Había examinado los toros que

debían correrse aquella tarde; jamás había visto animales más feroces.

Había concebido preocupación extraordinaria hacia uno de ellos, achaque

que suele ser común entre los de su profesión, que se creen salvos y

seguros si de aquel libran bien, sin cuidarse de los demás de la

corrida.

Además, estaba celoso; ¡celoso él, que no sabía más que vencer y recibir

aplausos! Le habían dicho que le estaban burlando, y dentro de pocas

horas iba a verse entre la vida y la muerte, entre el amor y la

traición. Así lo creía al menos.

Cuando salió Pepe Vera de la alcoba de María, esta desgarró las

guarniciones bordadas de las sábanas; riñó ásperamente a Marina, lloró;

después se vistió, mandó recado a una compañera de teatro y se fue con

ella a los toros.

María, temblando con la fiebre y con la agitación, se colocó en el

asiento que Pepe Vera le había reservado.

El ruido, el calor y la confusión aumentaron la desazón que sentía

María. Sus mejillas siempre pálidas, estaban encendidas; un ardor febril

animaba sus negros ojos. La rabia, la indignación, los celos, el orgullo

lastimado, la ansiedad, el terror y el dolor físico se esforzaban en

vano por arrancar una queja, un suspiro, de aquella boca tan cerrada y

apretada como el sepulcro.

Pepe Vera la vio. En su rostro se bosquejó una sonrisa, que no hizo en

María la menor impresión, como si resbalase en su aspecto glacial,

debajo del cual su vanidad herida juraba venganza.

El traje de Pepe Vera era semejante al que sacó en la corrida de que en

otra parte hemos hecho mención, con la diferencia de ser el raso verde

y las guarniciones de oro.

Ya se había lidiado un toro, y lo había despachado otro primer espada.

Había sido _bueno_, pero no tan bravo como habían creído los

inteligentes.

Sonó la trompeta; abrió el toril su ancha y sombría boca, y salió un

toro negro a la plaza.

--¡Ese es _Medianoche_!--gritaba el gentío--. _Medianoche_ es el toro de

la corrida; como si dijéramos, el rey de la función.

_Medianoche_, sin embargo, no salió de carrera, cual salen todos, como

si fuesen a buscar su libertad, sus pastos, sus desiertos. Él quería,

antes de todo, vengarse; quería acreditar que no sería juguete de

enemigos despreciables; quería castigar. Al oír la acostumbrada gritería

que lo circundaba, se quedó parado.

No hay la menor duda de que el toro es un animal estúpido. Pero con

todo, sea que la rabia sea poderosa a aguzar la más torpe inteligencia,

o que tenga la pasión la facultad de convertir el más rudo instinto en

perspicacia, ello es, que hay toros que adivinan y se burlan de las

suertes más astutas de la tauromaquia.

Los primeros que llamaron la atención del terrible animal fueron los

picadores. Embistió al primero y le tiró al suelo. Hizo lo mismo con el

segundo sin detenerse y sin que la pica bastase a contenerle ni hiciese

más que herirle ligeramente. El tercer picador tuvo la misma suerte que

los otros.

Entonces el toro, con las astas y la frente teñidas en sangre, se plantó

en medio de la plaza, alzando la cabeza hacia el tendido, de donde salía

una gritería espantosa, excitada por la admiración de tanta bravura.

Los chulos sacaron a los picadores a la barrera. Uno tenía una pierna

rota y se le llevaron a la enfermería. Los otros dos fueron en busca de

otros caballos. También montó el sobresaliente; y mientras que los

chulos llamaban la atención del animal con las capas, los tres picadores

ocuparon sus puestos respectivos, con las garrochas en ristre.

Dos minutos después de haberlos divisado el toro, yacían los tres en la

arena. El uno tenía la cabeza ensangrentada y había perdido el sentido.

El toro se encarnizó en el caballo, cuyo destrozado cuerpo servía de

escudo al malparado jinete.

Entonces hubo un momento de lúgubre terror.

Los chulillos procuraban en vano, y exponiendo sus personas, distraer la

atención de la fiera; mas ella parecía tener sed de sangre y querer

saciarla en su víctima. En aquel momento terrible un chulo corrió hacia

el animal y le echó la capa a la cabeza para cegarle. Lo consiguió por

algún instante; pero el toro sacó la cabeza, se desembarazó de aquel

estorbo, vio al agresor huyendo, se precipitó en su alcance, y en su

ciego furor, pasó delante, habiéndole arrojado al suelo. Cuando se

volvió, porque no sabía abandonar su presa, el ágil lidiador se había

puesto en pie y saltado la barrera, aplaudido por el concurso con

alegres aclamaciones. Todo esto había pasado con la celeridad del

relámpago.

El heroico desprendimiento con que los toreros se auxilian y defienden

unos a otros, es lo único verdaderamente bello y noble en estas fiestas

crueles, inhumanas, inmorales, que son un anacronismo en el siglo que se

precia de ilustrado. Sabemos que los aficionados españoles y los

exóticos como el vizconde de Fadièse, montados siempre medio tono más

alto que los primeros, ahogarán nuestra opinión con sus gritos de

anatema. Por esto nos guardamos muy bien de imponerla a otros y nos

limitamos a mantenernos en ella. No la discutimos ni sostenemos, porque

ya lo dijo San Pablo con su inmenso talento: «Nunca disputéis con

palabras, porque para nada sirve el disputar»; y Mr. Joubert afirma

también «que el trabajo de la disputa excede con mucho a su utilidad».

El toro estaba todavía enseñoreándose solo, como dueño de la plaza. En

la concurrencia dominaba un sentimiento de terror. Pronunciábanse

diversas opiniones: los unos querían que los cabestros entrasen en la

plaza y se llevasen al formidable animal, tanto para evitar nuevas

desgracias, como a fin de que sirviese para propagar su valiente casta.

A veces se toma esta medida; pero lo común es que los toros indultados

no sobrevivan a la inflamación de sangre que adquirieron en el combate.

Otros querían que se le desjarretase para poder matarle sin peligro. Por

desgracia, la gran mayoría gritaba que era lástima, y que un toro tan

bravo debía morir con todas las reglas del arte.

El presidente no sabía qué partido tomar. Dirigir y mandar una corrida

de toros no es tan fácil como parece. Más fácil a veces es presidir un

cuerpo legislativo. En fin, lo que acontece muchas veces en estos,

sucedió en la ocasión presente. Los que más gritaban, pudieron más; y

quedó decidido que aquel poderoso y terrible animal muriese en regla y

dejándole todos sus medios de defensa.

Pepe Vera salió entonces armado a la lucha. Después de haber saludado a

la autoridad, se plantó delante de María y la brindó el toro.

Él estaba pálido; María, encendida, y los ojos saltándosele de las

órbitas. Su aliento salía del pecho agitado, como el ronco resuello del

que agoniza. Echaba el cuerpo adelante, apoyándose en la barandilla y

clavando en ella las uñas. María amaba a aquel hombre joven y hermoso, a

quien veía tan sereno delante de la muerte. Se complacía en un amor que

la subyugaba, que la hacía temblar, que le arrancaba lágrimas, porque

ese amor brutal y tiránico, ese cambio de afectos profundos, apasionados

y exclusivos, era el amor que ella necesitaba; como ciertos hombres de

organización especial, en lugar de licores dulces y vinos delicados,

necesitan el poderoso estimulante de las bebidas alcohólicas.

Todo quedó en el más profundo silencio. Como si un horrible

presentimiento se hubiese apoderado de las almas de todos los presentes,

oscureciendo el brillo de la fiesta, como la nube oscurece el del sol.

Mucha gente se levantó y se salió de la plaza.

El toro, entre tanto, se mantenía en medio de la arena con la

tranquilidad de un hombre valiente que, con los brazos cruzados y la

frente erguida, desafía arrogantemente a sus adversarios.

Pepe Vera escogió el lugar que le convenía, con su calma y desgaire

acostumbrados y señalándoselo con el dedo a los chulos:

--¡Aquí!--les dijo.

Los chulos partieron volando, como los cohetes de un castillo de

pólvora. El animal no vaciló un instante en perseguirlos. Los chulos

desaparecieron. El toro se encontró frente a frente con el matador.

Esta formidable situación no duró mucho. El toro partió instantáneamente

y con tal rapidez, que Pepe Verano pudo prepararse. Lo más que pudo

hacer, fue separarse para eludir el primer impulso de su adversario.

Pero aquel animal no seguía, como lo hacen comúnmente los de su especie,

el empuje que les da su furioso ímpetu. Volvióse de repente, se lanzó

sobre el matador como el rayo y le recogió ensartado en las astas:

sacudió furioso la cabeza y lanzó a cuatro pasos el cuerpo de Pepe Vera,

que cayó como una masa inerte.

Millares de voces humanas lanzaron entonces un grito, como sólo hubiera

podido concebirlo la imaginación de Dante; un grito que desgarraba las

entrañas: hondo, lúgubre, prolongado.

Los picadores se echaron con sus caballos y garrochas sobre el toro,

para impedir que recogiese a su víctima.

Los chulos, como bandada de pájaros, le circundaron también.

--¡Las medialunas!, ¡las medialunas!--gritó la concurrencia entera. El

alcalde repitió el grito.

Salieron aquellas armas terribles y el toro quedó en breve

desajarretado; el dolor y la rabia le arrancaban espantosos bramidos.

Cayó por fin muerto, al golpe del puñal que le clavó en la nuca el

innoble cachetero.

Los chulos levantaron a Pepe Vera.

--¡Está muerto!--tal fue el grito que exhaló unánime el brillante grupo

que rodeaba al desventurado joven, y que de boca en boca subió hasta las

últimas gradas, cerniéndose sobre la plaza a manera de fúnebre bandera.

* * *

Transcurrieron quince días después de aquella funesta corrida.

En una alcoba, en que se veían todavía algunos muebles decentes, aunque

habían desaparecido los de lujo; en una cama elegante, pero cuyas

guarniciones estaban marchitas y manchadas, yacía una joven pálida,

demacrada y abatida. Estaba sola.

Esta mujer pareció despertar de un largo y profundo sueño. Incorporóse

en la cama, recorriendo el cuarto con miradas atónitas. Apoyó su mano en

la frente, como si quisiese fijar sus ideas, y con voz débil y ronca

dijo:

--¡Marina!--entró entonces no Marina, sino otra mujer, trayendo una

bebida que había estado preparando.

La enferma la miró.

--¡Yo conozco esa cara!--dijo con sorpresa.

--Puede ser, hermana--respondió la que había entrado, con mucha

dulzura--. Nosotras vamos a las casas de los pobres como a las de los

ricos.

--Pero ¿dónde está Marina? ¿Dónde está?--dijo la enferma.

--Se ha huido con el criado, robando cuanto han podido haber a las

manos.

--¿Y mi marido?

--Se ha ausentado sin saberse adónde.

--¡Jesús!--exclamó la enferma, aplicándose las manos a la frente.

--¿Y el duque?--preguntó después de algunos instantes de silencio--.

Debéis conocerle, pues en su casa fue donde creo haberos visto.

--¿En casa de la duquesa de Almansa? Sí, en efecto, esa señora me

encargaba de la distribución de algunas limosnas. Se ha ido a Andalucía

con su marido y toda su familia.

--¡Conque estoy sola y abandonada!--exclamó entonces la enferma, cuyos

recuerdos se agolpaban a su memoria, siendo los primeros los más

lejanos, como suele suceder al volver en sí de un letargo.

--¿Y qué? ¿No soy yo nadie?--dijo la buena hermana de la caridad,

circundando con sus brazos a María--. Si antes me hubieran avisado, no

os hallaríais en el estado en que os halláis.

De repente salió un ronco grito del dolorido pecho de la enferma.

--¡Pepe!..., ¡el toro!... ¡Pepe!..., ¡muerto!..., ah!

Y cayó sin sentido en la almohada.

La gaviota · 第 39 / 44 题