El duque había proporcionado a Stein y a su mujer una casa de pupilos, a
cargo de una familia pobre, pero honrada y decente. Stein había
encontrado en una cómoda, cuya llave le entregaron al tomar posesión de
su aposento, una suma de dinero, bastante a sobrepujar las más
exageradas pretensiones. Adjunto se hallaba un billete, que contenía las
siguientes líneas: _«He aquí un justo tributo a la ciencia del
cirujano. Los esmeros y las vigilias del amigo no pueden ser
recompensadas sino con una gratitud y una amistad sincera.»_
Stein quedó confundido.
--¡Ah, María!--exclamó, enseñando el papel a su mujer--. Este hombre es
grande en todo: lo es por su clase, lo es por su corazón y por sus
virtudes. Imita a Dios, levantando a su altura a los pequeños y los
humildes. ¡Me llama amigo, a mí, que soy un pobre cirujano; y habla de
gratitud, cuando me colma de beneficios!
--¿Y qué es para él todo ese oro?--respondió María--; un hombre que
tiene millones, según me ha dicho la patrona, y cuyas haciendas son
tamañas como provincias. Además, que si no hubiera sido por ti, se
habría quedado cojo para toda la vida.
En este momento entró el duque y, cortando el hilo a los desahogos de
agradecimiento en que Stein se deshacía, le dijo a su mujer:
--Vengo a pediros un favor: ¿me lo negaréis, María?
--¿Qué es lo que podremos negaros?--se apresuró a contestar Stein.
--Pues bien, María--continuó el duque--, he prometido a una íntima amiga
mía que iríais a cantar a su casa.
María no respondió.
--Sin duda que irá--dijo Stein. María no ha recibido del cielo un don
tan precioso como su voz, sin contraer la obligación de hacer
participar a otros de esa gracia.
--Estamos, pues, convenidos--prosiguió el duque. Y ya que Stein es tan
diestro en el piano como en la flauta, tendréis uno a vuestra
disposición esta tarde, así como una colección de las mejores piezas de
ópera modernas. Así podréis escoger las que más os agraden y repasarlas;
porque es preciso que María triunfe y se cubra de gloria. De eso depende
su fama de cantatriz.
Al oír estas últimas palabras, los ojos de María se animaron.
--¿Cantaréis, María?--le preguntó el duque.
--¿Y por qué no?--respondió esta.
--Ya sé--dijo el duque--que habéis visto muchas de las buenas cosas que
encierra Sevilla. Stein vive de entusiasmo y ya sabe de memoria a _Ceán,
Ponz y Zúñiga_. Pero lo que no habéis visto es una corrida de toros.
Aquí quedan billetes para la de esta tarde. Estaréis cerca de mí, porque
quiero ver la impresión que os causa este espectáculo.
Poco después el duque se retiró.
Cuando por la tarde Stein y María llegaron a la plaza, ya estaba llena
de gente. Un ruido sostenido y animado servía de preludio a la función,
como las olas del mar se agitan y mugen antes de la tempestad. Aquella
reunión inmensa, a la que acude toda la población de la ciudad y la de
sus cercanías; aquella agitación, semejante a la de la sangre cuando se
agolpa al corazón en los parasismos de una pasión violenta; aquella
atmósfera ardiente, embriagadora, como la que circunda a una bacante;
aquella reunión de innumerables simpatías en una sola; aquella
expectación calenturienta; aquella exaltación frenética, reprimida, sin
embargo, en los límites del orden; aquellas vociferaciones estrepitosas,
pero sin grosería; aquella impaciencia, a que sirve de tónico la
inquietud; aquella ansiedad, que comunica estremecimientos al placer,
forman una especie de galvanismo moral, al cual es preciso ceder o huir.
Stein, aturdido y con el corazón apretado, habría de buena gana
preferido la fuga. Su timidez le detuvo. Veía que todos cuantos le
rodeaban estaban contentos, alegres y animados, y no se atrevió a
singularizarse.
La plaza estaba llena; doce mil personas formaban vastos círculos
concéntricos en su circuito. La gente rica estaba a la sombra; el pueblo
lucía a los rayos del sol el variado colorido del traje andaluz.
En los grandes teatros donde brillan la Grisi, Lablache, la Rachel y
Macready, la _sala_ no se llena sino cuando le toca salir al artista
favorito; pero la función bárbara que se ejecuta en este inmenso circo,
no ha pasado jamás por semejante humillación.
Salió el _despejo_, y la plaza quedó limpia. Entonces se presentaron
los picadores montados en sus infelices caballos, que con sus cabezas
bajas y sus ojos tristes parecían (y eran en realidad) víctimas que se
encaminaban al sacrificio[20].
[Nota 20: Damos un sincero parabién al _Clamor Público_, por haber tomado la
iniciativa en la prensa española, en contra de la inaudita crueldad con
que aquí se trata a los pobres animales, y haber pedido se diese fin a
la agonía de los miserables caballos por medio de la puntilla. Como para
nada de lo bueno (para que podría servir) sirve la libertad de imprenta,
tan justa y caritativa advertencia no ha sido atendida.]
Sólo con ver a estos pobres animales, cuya suerte preveía, la especie de
desazón que ya sentía Stein se convirtió en compasión penosa. En las
provincias de la Península que había recorrido hasta entonces, desoladas
por la guerra civil, no había tenido ocasión de asistir a estas
grandiosas fiestas nacionales y populares, en que se combinan los restos
de la brillante y ligera estrategia morisca con la feroz intrepidez de
la raza goda. Pero había oído hablar de ellos y sabía que el mérito de
una corrida se calcula generalmente por el número de caballos que en
ella mueren. Su compasión, pues, se fijaba principalmente en aquellos
infelices animales, que, después de haber hecho grandes servicios a sus
amos, contribuido a su lucimiento y quizá salvándoles la vida, hallaban
por toda recompensa, cuando la mucha edad y el exceso del trabajo habían
agotado sus fuerzas, una muerte atroz, que por un refinamiento de
crueldad les obligan a ir a buscar por sí mismo: muerte que su instinto
les anuncia, y a la cual resisten algunos, mientras otros, más
resignados, o más abatidos, van a su encuentro dócilmente, para
abreviar su agonía. Los tormentos de estos seres desventurados
destrozarían el corazón más empedernido; pero los aficionados no tienen
ojos, ni atención, ni sentimientos, sino para el toro. Están sometidos a
una verdadera fascinación; y esta se comunica a muchos de los
extranjeros más preocupados contra España y en particular contra esta
feroz diversión. Además, es preciso confesarlo y lo confesaremos con
dolor. En España, la compasión en favor de los animales es,
particularmente en los hombres, por punto general, un sentimiento más
bien teórico que práctico. En las clases ínfimas no existe. ¡Ah, míster
Martín! ¡Cuánto más acreedor sois al reconocimiento de la humanidad, que
muchos filántropos de nuestra época, que hacen tanto daño a los
hombres, sin aumentar ni en un ápice su bienestar![21]
[Nota 21: Míster Martín de Galloway, miembro del Parlamento británico, fue
quien propuso en él un célebre «Bill» para evitar y castigar la crueldad
contra los animales. Fundó además una sociedad con el mismo objeto,
sociedad que, aun después de la muerte de su ilustre fundador, trabaja
con infatigable celo en la línea de principios y de conducta que le dejó
trazada.]
Los toros deleitan a los extranjeros de gusto estragado o que se han
empalagado de todos los goces de la vida, y que ansían por una emoción,
como el agua que se hiela, por un sacudimiento que la avive; o a la
generalidad de los españoles, hombres enérgicos y poco sentimentales, y
que además se han acostumbrado desde la niñez a esta clase de
espectáculos. Muchos, por otra parte, concurren por hábito; otros, sobre
todo las mujeres, para ver y ser vistas; otros que van a los toros, no
se divierten, padecen, pero que quedan, merced a la parte _carneril_,
de que fue liberalmente dotada nuestra humana naturaleza.
Los tres picadores saludaron al presidente de la plaza, precedidos de
los banderilleros y chulos espléndidamente vestidos y con capas de vivos
y brillantes colores. Capitaneaban a todos los primeros espadas y sus
sobresalientes, cuyos trajes eran todavía más lujosos que los de
aquellos.
--¡Pepe Vera! ¡Ahí está Pepe Vera!--gritó el concurso--. ¡El discípulo
de Montes! ¡Guapo mozo! ¡Qué gallardo! ¡Qué bien plantado! ¡Qué garbo
en toda su persona! ¡Qué mirada tan firme y tan serena!
--¿Saben ustedes--decía un joven que estaba sentado junto a Stein--cuál
es la gran lección que da Montes a sus discípulos? Los empuja cruzado de
brazos hacia el toro y les dice: _no temas al toro_.
Pepe Vera se acercó a la valla. Su vestido era de raso color de cereza,
con hombreras y profusas guarniciones de plata. De las pequeñas
faltriqueras de la chupa salían las puntas de dos pañuelos de holán. El
chaleco de rico tisú de plata y la graciosa y breve montera de
terciopelo, completaban su elegante, rico y airoso vestido de majo.
Después de haber saludado con mucha soltura y gracia a las autoridades,
fue a colocarse, como los demás lidiadores, en el sitio que le
correspondía.
Los tres picadores ocuparon los suyos, a igual distancia unos de otros,
cerca de la barrera. Los matadores y chulos estaban esparcidos por el
redondel. Entonces todo quedó en silencio profundo, como si aquella masa
de gente, tan ruidosa poco antes, hubiese perdido de pronto la facultad
de respirar.
El alcalde hizo la seña; sonaron los clarines, que, como harán las
trompetas el día del último juicio, produjeron un levantamiento general,
y entonces, como por magia, se abrió la ancha puerta del toril, situada
enfrente del palco de la autoridad. Un toro colorado se precipitó en la
arena y fue saludado por una explosión universal de gritos, de silbidos,
de injurios y de elogios. Al oír este tremendo estrépito, el toro se
paró, alzó la cabeza y pareció preguntar con sus encendidos ojos si
todas aquellas provocaciones se dirigían a él, a él, fuerte atleta que
hasta allí había sido generoso y hecho merced al hombre, tan pequeño y
débil enemigo; reconoció el terreno y volvió precipitadamente la
amenazadora cabeza a uno y otro lado. Todavía vaciló: crecieron los
recios y penetrantes silbidos; entonces se precipitó, con una prontitud
que parecía incompatible con su peso y su volumen, hacia el picador.
Pero retrocedió al sentir el dolor que le produjo la puya de la garrocha
en el morrillo. Era un animal aturdido, de los que se llaman en el
lenguaje tauromáquico, _boyantes_. Así es que no se encarnizó en este
primer ataque, sino que embistió al segundo picador.
Este no le aguardaba tan prevenido como su antecesor, y el puyazo no fue
tan derecho ni tan firme; así fue que hirió al animal sin detenerlo. Las
astas desaparecieron en el cuerpo del caballo, que cayó al suelo. Alzóse
un grito de espanto en todo el circo; al punto todos los chulos rodearon
aquel grupo horrible; pero el feroz animal se había apoderado de la
presa y no se dejaba distraer de su venganza. En este momento, los
gritos de la muchedumbre se unieron en un clamor profundo y uniforme,
que hubiera llenado de terror a la ciudad entera si no hubiera salido de
la plaza de los toros.
El trance iba siendo horrible, porque se prolongaba. El toro se cebaba
en el caballo; el caballo abrumaba con su peso y sus movimientos
convulsivos al picador, aprensado bajo aquellas dos masas enormes.
Entonces se vio llegar, ligero como un pájaro de brillantes plumas,
tranquilo como un niño que va a coger flores, sosegado y risueño, a un
joven cubierto de plata, que brillaba como una estrella. Se acercó por
detrás del toro; y este joven, de delicada estructura y de fino aspecto,
cogió de sus manos la cola de la fiera, y la atrajo a sí, como si
hubiera sido un perrito faldero. Sorprendido el toro, se revolvió
furioso y se precipitó contra su adversario, quien, sin volver la
espalda y andando hacia atrás, evitó el primer choque con una media
vuelta a la derecha. El toro volvió a embestir y el joven lo esquivó
segunda vez, con un recorte a la izquierda, siguiendo del mismo modo
hasta llegar cerca de la barrera. Allí desapareció a los ojos atónitos
del animal y a las ansiosas miradas del público, el cual, ebrio de
entusiasmo, atronó los aires con inmensos aplausos, porque siempre
conmueve ver que los hombres jueguen así con la muerte, sin baladronada,
sin afectación y con rostro inalterable.
--¡Vean ustedes si ha tomado bien las lecciones de Montes! Vean ustedes
si Pepe Vera sabe jugar con el toro--clamó el joven sentado junto a
Stein, con voz que a fuerza de gritar se había enronquecido.
El duque fijó entonces su atención en _Marisalada_. Desde su llegada a
la capital de Andalucía, ahora fue la primera vez que notó alguna
emoción en aquella fisonomía fría y desdeñosa. Hasta aquel momento nunca
la había visto animada. La organización áspera de María, demasiado
vulgar para admitir el exquisito sentimiento de la admiración y
demasiado indiferente y esquiva para entregarse al de la sorpresa, no se
había dignado admirar ni interesarse en nada. Para imprimir algo, para
sacar algún partido de aquel duro metal, era preciso hacer uso del
fuego y del martillo.
Stein estaba pálido y conmovido.
--Señor duque--le dijo con aire de suave reconvención--. ¿Es posible que
esto os divierta?
--No--respondió el duque con bondadosa sonrisa--, no me divierte; me
interesa.
Entre tanto habían levantado al caballo. El pobre animal no podía
tenerse en pie. De su destrozado vientre colgaban hasta el suelo los
intestinos. También estaba en pie el picador, agitándose entre los
brazos de los chulos, furioso contra el toro y queriendo evitar a viva
fuerza, con ciega temeridad, y a pesar del aturdimiento de la caída,
volver a montar y continuar el ataque. Fue imposible disuadirle; y
volvió, en efecto, a montar sobre la pobre víctima, hundiéndole las
espuelas en sus destrozados ijares.
--Señor duque--dijo Stein--, quizá voy a pareceros ridículo; pero en
realidad me es imposible asistir a este espectáculo. ¿María, quieres
que nos vayamos?
--No--respondió María, cuya alma parecía concentrarse en los ojos--.
¿Soy yo alguna melindrosa y temes por ventura que me desmaye?
--Pues entonces--dijo Stein--, volveré por ti cuando se acabe la
corrida.
Y se alejó.
El toro había despachado ya un número considerable de caballos. El
infeliz de que acabamos de hacer mención, se iba dejando arrastrar por
la brida, con las entrañas colgando, hasta una puerta, por la que salió.
Otros, que no habían podido levantarse, yacían tendidos, con las
convulsiones de la agonía; a veces alzaban la cabeza, en que se pintaba
la imagen del terror. A estas señales de vida, el toro volvía a la
carga, hiriendo de nuevo con sus fieras astas los miembros destrozados,
aunque palpitantes todavía, de su víctima. Después, ensangrentadas la
frente y las astas, se paseaba alrededor del circo en actitud de
provocación y desafío, unas veces alzando soberbio la cabeza a las
gradas, donde la gritería no cesaba un momento; otras, hacia los
brillantes chulos, que pasaban delante de él, a manera de meteoros,
clavándole las banderillas. A veces, una red oculta entre los adornos de
la banderilla, salían unos pajarillos y se echaban a volar. ¿Quién sería
el primero a quien se le ocurrió la idea de producir este notable
contraste? No tendría, por cierto, intención de simbolizar a la
inocencia indefensa, alzándose sin esfuerzo sobre los horrores y las
feroces pasiones de la tierra. Más bien sería una de esas ideas
poéticas, que brotan espontáneas, aun en los corazones más duros y
crueles del pueblo español, como una planta de _resedá_ florece
espontáneamente en Andalucía entre los cantos y la cal de un balcón.
A una señal del presidente, sonaron otra vez los clarines. Hubo un rato
de tregua en aquella lucha encarnizada y todo volvió a quedar en
silencio.
Entonces Pepe Vera, con una espada y una capa encarnada en la mano
izquierda, se encaminó hacia el palco del Ayuntamiento. Paróse enfrente
y saludó, en señal de pedir licencia para matar al toro.
Pepe Vera había echado de ver la presencia del duque, cuya afición a la
tauromaquia era conocida. También había percibido a la mujer que estaba
a su lado, porque esta mujer a quien hablaba el duque frecuentemente, no
quitaba los ojos del matador.
Este se dirigió al duque, y quitándose la montera: «Brindo--dijo--por
vuestra excelencia y por la real moza que tiene al lado.» Y al decir
esto, arrojó al suelo la montera con inimitable desgaire y partió adonde
su obligación le llamaba.
Los chulillos le miraban atentamente, prontos a ejecutar sus órdenes.
El matador escogió el lugar que más le convenía; después, indicándolo a
su cuadrilla:
--¡Aquí!--les gritó.
Los chulos corrieron hacia el toro para incitarle, y el toro
persiguiéndolos vino a encontrarse frente a frente con Pepe Vera, que le
aguardaba a pie firme. Aquel era el instante solemne de la corrida. Un
silencio profundo sucedió al tumulto estrepitoso y a las excitaciones
vehementes que se habían prodigado poco antes al primer espada.
El toro, viendo aquel enemigo pequeño, que se había burlado de su furor,
se detuvo como para reflexionar. Temía sin duda que se le escapase otra
vez. Cualquiera que hubiera entrado a la sazón en el circo, no habría
creído asistir a una diversión pública, sino a una solemnidad religiosa.
¡Tanto era el silencio!
Los dos adversarios se contemplaban recíprocamente.
Pepe Vera agitó la mano izquierda. El toro le embistió: sin hacer más
que un ligero movimiento, él le pasó de muleta, y volviendo a quedar en
suerte, en cuanto la fiera volvió a acometerle, dirigió la espada por
entre las dos espaldillas de modo que el animal, continuando su
arranque, ayudó poderosamente a que todo el hierro penetrase en su
cuerpo, hasta la empuñadura. Entonces se desplomó sin vida.
Es absolutamente imposible describir la explosión general de gritos y de
aplausos que retumbaron en todo el ámbito de la plaza. Sólo pueden
comprenderlo los que acostumbraban presenciar semejantes lances. Al
mismo tiempo sonó la música militar.
Pepe Vera atravesó tranquilamente el circo en medio de aquellos
frenéticos testimonios de admiración apasionada, de aquella unánime
ovación, saludando con la espada a derecha e izquierda, en señal de
gratitud, sin que excitase en su pecho sorpresa ni orgullo un triunfo,
que más de un emperador romano habría envidiado. Fue a saludar al
Ayuntamiento y después al duque y a la real moza.
El duque entregó disimuladamente una bolsa de monedas de oro a María, y
esta, envolviéndola en su pañuelo, las arrojó a la plaza.
Al hacer Pepe Vera una nueva demostración de agradecimiento, las miradas
de sus ojos negros se cruzaron con las de María. Al mentar este
encuentro de miradas, un escritor clásico diría que Cupido había herido
aquellos dos corazones con tanto tino, como Pepe Vera al toro. Nosotros,
que no tenemos la temeridad de afiliarnos en aquella escuela severa e
intolerante, diremos buenamente que estas dos naturalezas estaban
formadas para entenderse y simpatizar una con otra, y que en efecto se
entendieron y simpatizaron.
En verdad, Pepe Vera había estado admirable. Todo lo que había hecho en
una situación que le colocaba entre la muerte y la vida, había sido
ejecutado con una destreza, una soltura, una calma y una gracia que no
se habían desmentido ni un solo instante. Es preciso para esto, que a un
temple firme y a un valor temerario, se agregue un grado de exaltación
que sólo pueden excitar veinticuatro mil ojos que miran y veinticuatro
mil manos que aplauden.