En noviembre del año de 1836, el paquebote de vapor _Royal Sovereign_
se alejaba de las costas nebulosas de Falmouth, azotando las olas con
sus brazos, y desplegando sus velas pardas y húmedas en la neblina, aún
más parda y más húmeda que ellas.
El interior del buque presentaba el triste espectáculo del principio de
un viaje marítimo. Los pasajeros amontonados luchaban con las fatigas
del mareo. Veíanse mujeres en extrañas actitudes, desordenados los
cabellos, ajados los camisolines, chafados los sombreros. Los hombres,
pálidos y de mal humor; los niños, abandonados y llorosos; los criados,
atravesando con angulosos pasos la cámara, para llevar a los pacientes
té, café y otros remedios imaginarios, mientras que el buque, rey y
señor de las aguas, sin cuidarse de los males que ocasionaba, luchaba a
brazo partido con las olas, dominándolas cuando le oponían resistencia,
y persiguiéndolas de cerca cuando cedían.
Paseábanse sobre cubierta los hombres que se habían preservado del azote
común, por una complexión especial, o por la costumbre de viajar. Entre
ellos se hallaba el gobernador de una colonia inglesa, buen mozo y de
alta estatura, acompañado de dos ayudantes. Algunos otros estaban
envueltos en sus _mackintosh_, metidas las manos en los bolsillos, los
rostros encendidos, azulados o muy pálidos, y generalmente
desconcertados. En fin, aquel hermoso bajel parecía haberse convertido
en el alcázar de la displicencia.
Entre todos los pasajeros se distinguía un joven como de veinticuatro
años, cuyo noble y sencillo continente, y cuyo rostro hermoso y apacible
no daban señales de la más pequeña alteración. Era alto y de gentil
talante; y en la apostura de su cabeza reinaban una gracia y una
dignidad admirables. Sus cabellos negros y rizados adornaban su frente
blanca y majestuosa: las miradas de sus grandes y negros ojos eran
plácidas y penetrantes a la vez. En sus labios sombreados por un ligero
bigote negro, se notaba una blanda sonrisa, indicio de capacidad y
agudeza, y en toda su persona, en su modo de andar y en sus gestos, se
traslucía la elevación de su clase y la del alma, sin el menor síntoma
del aire desdeñoso, que algunos atribuyen injustamente a toda especie de
superioridad.
Viajaba por gusto, y era esencialmente bueno, aunque un sentimiento
virtuoso de cólera no le impeliese a estrellarse contra los vicios y los
extravíos de la sociedad. Es decir, que no se sentía con vocación de
atacar los molinos de viento, como don Quijote. Érale mucho más grato
encontrar lo bueno, que buscaba con la misma satisfacción pura y
sencilla, que la doncella siente al recoger violetas. Su fisonomía, su
gracia, su insensibilidad al frío y a la desazón general, estaban
diciendo que era español.
Paseábase observando con mirada rápida y exacta la reunión, que, a guisa
de mosaico, amontonaba el acaso en aquellas tablas, cuyo conjunto se
llama navío, así como en dimensiones más pequeñas se llama ataúd. Pero
hay poco que observar en hombres que parecen ebrios, y en mujeres que
semejan cadáveres.
Sin embargo, mucho excitó su interés la familia de un oficial inglés,
cuya esposa había llegado a bordo tan indispuesta, que fue preciso
llevarla a su camarote; lo mismo se había hecho con el ama, y el padre
la seguía con el niño de pecho en los brazos, después de haber hecho
sentar en el suelo a otras tres criaturas de dos, tres y cuatro años,
encargándoles que tuviesen juicio, y no se moviesen de allí. Los pobres
niños, criados quizá con gran rigor, permanecieron inmóviles y
silenciosos como los ángeles que pintan a los pies de la Virgen.
Poco a poco el hermoso encarnado de sus mejillas desapareció; sus
grandes ojos, abiertos cuan grandes eran, quedaron como amortiguados y
entontecidos, y sin que un movimiento ni una queja denunciase lo que
padecían, el sufrimiento comprimido se pintó en sus rostros asombrados y
marchitos.
Nadie reparó en este tormento silencioso, en esta suave y dolorosa
resignación.
El español iba a llamar al mayordomo, cuando le oyó responder de mal
humor a un joven que, en alemán y con gestos expresivos, parecía
implorar su socorro en favor de aquellas abandonadas criaturas.
Como la persona de este joven no indicaba elegancia ni distinción, y
como no hablaba más que alemán, el mayordomo le volvió la espalda,
diciéndole que no le entendía.
Entonces el alemán bajó a su camarote a proa, y volvió prontamente
trayendo una almohada, un cobertor y un capote de bayetón. Con estos
auxilios hizo una especie de cama, acostó en ella a los niños y los
arropó con el mayor esmero. Pero apenas se habían reclinado, el mareo,
comprimido por la inmovilidad, estalló de repente, y en un instante
almohada, cobertor y sobretodo quedaron infestados y perdidos.
El español miró entonces al alemán, en cuya fisonomía sólo vio una
sonrisa de benévola satisfacción, que parecía decir: ¡gracias a Dios, ya
están aliviados!
Dirigióle la palabra en inglés, en francés y en español, y no recibió
otra respuesta sino un saludo hecho con poca gracia, y esta frase
repetida: _ich verstehe nicht_ (no entiendo).
Cuando después de comer, el español volvió a subir sobre cubierta, el
frío había aumentado. Se embozó en su capa, y se puso a dar paseos.
Entonces vio al alemán sentado en un banco, y mirando al mar; el cual,
como para lucirse, venía a ostentar en los costados del buque sus perlas
de espuma y sus brillantes fosfóricos.
Estaba el joven observador vestido bien a la ligera, porque su levitón
había quedado inservible, y debía atormentarle el frío.
El español dio algunos pasos para acercársele; pero se detuvo, no
sabiendo cómo dirigirle la palabra. De pronto se sonrió, como de una
feliz ocurrencia, y yendo en derechura hacia él, le dijo en latín:
--Debéis tener mucho frío.
Esta voz, esta frase, produjeron en el extranjero la más viva
satisfacción, y sonriendo también como su interlocutor, le contestó en
el mismo idioma:
--La noche está en efecto algo rigurosa; pero no pensaba en ello.
--¿Pues en qué pensabais?--le preguntó el español.
--Pensaba en mi padre, en mi madre, en mis hermanos y hermanas.
--¿Por qué viajáis, pues, si tanto sentís esa separación?
--¡Ah!, señor; la necesidad... Ese implacable déspota...
--¿Con que no viajáis por placer?
--Ese placer es para los ricos, y yo soy pobre. ¡Por mi gusto!... ¡Si
supierais el motivo de mi viaje, veríais cuán lejos está de ser
placentero!
--¿Adónde vais, pues?
--A la guerra, a la guerra civil, la más terrible de todas: a Navarra.
--¡A la guerra!--exclamó el español al considerar el aspecto bondadoso,
suave, casi humilde y muy poco belicoso del alemán--. ¿Pues qué, sois
militar?
--No, señor, no es esa mi vocación. Ni mi afición ni mis principios me
inducirían a tomar las armas, sino para defender la santa causa de la
independencia de Alemania, si el extranjero fuese otra vez a invadirla.
Voy al ejército de Navarra a procurar colocarme como cirujano.
--¡Y no conocéis la lengua!
--No, señor, pero la aprenderé.
--¿Ni el país?
--Tampoco: jamás he salido de mi pueblo sino para la universidad.
--¿Pero tendréis recomendaciones?
--Ninguna.
--¿Contaréis con algún protector?
--No conozco a nadie en España.
--Pues entonces, ¿qué tenéis?
--Mi ciencia, mi buena voluntad, mi juventud y mi confianza en Dios.
Quedó el español pensativo al oír estas palabras. Al considerar aquel
rostro en que se pintaban el candor y la suavidad; aquellos ojos azules,
puros como los de un niño; aquella sonrisa triste y al mismo tiempo
confiada, se sintió vivamente interesado y casi enternecido.
--¿Queréis--le dijo después de una breve pausa--bajar conmigo, y aceptar
un ponche para desechar el frío? Entre tanto, hablaremos.
El alemán se inclinó en señal de gratitud, y siguió al español, el cual
bajó al comedor y pidió un ponche.
A la testera de la mesa estaba el gobernador con sus dos acólitos; a un
lado había dos franceses. El español y el alemán se sentaron a los pies
de la mesa.
--Pero ¿cómo--preguntó el primero--habéis podido concebir la idea de
venir a este desventurado país?
El alemán le hizo entonces un fiel relato de su vida. Era el sexto hijo
de un profesor de una ciudad pequeña de Sajonia, el cual había gastado
cuanto tenía en la educación de sus hijos. Concluida la del que vamos
conociendo, hallábase sin ocupación ni empleo, como tantos jóvenes
pobres se encuentran en Alemania, después de haber consagrado su
juventud a excelentes y profundos estudios, y de haber practicado su
arte con los mejores maestros. Su manutención era una carga para su
familia; por lo cual, sin desanimarse, con toda su calma germánica, tomó
la resolución de venir a España, donde, por desgracia, la sangrienta
guerra del Norte le abría esperanzas de que pudieran utilizarse sus
servicios.
--Bajo los tilos que hacen sombra a la puerta de mi casa--dijo al
terminar su narración--, abracé por última vez a mi buen padre, a mi
querida madre, a mi hermana Lotte[2] y a mis hermanitos. Profundamente
conmovido y bañado en lágrimas, entré en la vida, que otros encuentran
cubierta de flores. Pero, ánimo; el hombre ha nacido para trabajar: el
cielo coronará mis esfuerzos. Amo la ciencia que profeso, porque es
grande y noble: su objeto es el alivio de nuestros semejantes; y el
resultado es bello, aunque la tarea sea penosa.
[Nota 2: Diminutivo alemán de Carlota.]
--¿Y os llamáis...?
--Fritz Stein--respondió el alemán, incorporándose algún tanto sobre su
asiento, y haciendo una ligera reverencia.
Poco tiempo después, los dos nuevos amigos salieron.
Uno de los franceses, que estaba enfrente de la puerta, vio que al subir
la escalera el español echó sobre los hombros del alemán su hermosa capa
forrada de pieles; que el alemán hizo alguna resistencia, y que el otro
se esquivó y se metió en su camarote.
--¿Habéis entendido lo que decían?--le preguntó su compatriota.
--En verdad--repuso el primero (que era comisionista de comercio)--, el
latín no es mi fuerte; pero el mozo rubio y pálido se me figura una
especie de Werther llorón, y he oído que hay en la historia su poco de
Carlota, amén de los chiquillos, como en la novela alemana. Por dicha,
en lugar de acudir a la pistola para consolarse, ha echado mano del
ponche, lo que si no es tan sentimental, es mucho más filosófico y
alemán. En cuanto al español, le creo un don Quijote, protector de
desvalidos, con sus ribetes de San Martín, que partía su capa con los
pobres: esto, unido a su talante altanero, a sus miradas firmes y
penetrantes como alambres, y a su rostro pálido y descolorido, a manera
de paisaje en noche de luna, forma también un conjunto perfectamente
español.
--Sabéis--repuso el otro--que como pintor de historia voy a Tarifa, con
designio de pintar el sitio de aquella ciudad, en el momento en que el
hijo de Guzmán hace seña a su padre de que le sacrifique antes que
rendir la plaza. Si ese joven quisiera servirme de modelo, estoy seguro
del buen éxito de mi cuadro. Jamás he visto la naturaleza más cerca de
lo ideal.
--Así sois todos los artistas: ¡siempre poetas!--respondió el
comisionista--. Por mi parte, si no me engañan la gracia de ese hombre,
su pie mujeril y bien plantado, y la elegancia y el perfil de su
cintura, le califico desde ahora de torero. Quizá sea el mismo Montes,
que tiene poco más o menos la misma catadura, y que además es rico y
generoso.
--¡Un torero!--exclamó el artista--, ¡un hombre del pueblo! ¿Os estáis
chanceando?
--No, por cierto--dijo el otro--; estoy muy lejos de chancearme. No
habéis vivido como yo en España, y no conocéis el temple aristocrático
de su pueblo. Ya veréis, ya veréis. Mi opinión es que, como gracias a
los progresos de la igualdad y fraternidad los chocantes aires
aristocráticos se van extinguiendo, en breve no se hallarán en España,
sino en las gentes del pueblo.
--¡Creer que ese hombre es un torero!--dijo el artista con tal sonrisa
de desdén que el otro se levantó picado, y exclamó:
--Pronto sabré quién es: venid conmigo, y exploraremos a su criado.
Los dos amigos subieron sobre cubierta, donde no tardaron en encontrar
al hombre que buscaban.
El comisionista, que hablaba algo de español, entabló conversación con
él, y después de algunas frases triviales, le dijo:
--¿Se ha ido a la cama su amo de usted?
--Sí, señor--respondió el criado, echando a su interlocutor una mirada
llena de penetración y malicia.
--¿Es muy rico?
--No soy su administrador, sino su ayuda de cámara.
--¿Viaja por negocios?
--No creo que los tenga.
--¿Viaja por su salud?
--La tiene muy buena.
--¿Viaja de incógnito?
--No, señor: con su nombre y apellido.
--¿Y se llama?...
--Don Carlos de la Cerda
--¡Ilustre nombre, por cierto!--exclamó el pintor.
--El mío es Pedro de Guzmán--dijo el criado--, y soy muy servidor de
ustedes.
Con lo cual, les hizo una cortesía y se retiró.
--El Gil Blas tiene razón--dijo el francés--. En España no hay cosa más
común que apellidos gloriosos: es verdad que en París mi zapatero se
llamaba Martel, mi sastre Roland y mi lavandera madame Bayard. En
Escocia hay más Estuardos que piedras. ¡Hemos quedado frescos! El
tunante del criado se ha burlado de nosotros. Pero bien considerado, yo
sospecho que es un agente de la facción; un empleado oscuro de don
Carlos.
--No, por cierto--exclamó el artista--. Es mi Alonso Pérez de Guzmán, el
Bueno: el héroe de mis sueños.
El otro francés se encogió de hombros.
Llegado el buque a Cádiz, el español se despidió de Stein.
--Tengo que detenerme algún tiempo en Andalucía--le dijo--. Pedro, mi
criado, os acompañará a Sevilla, y os tomará asiento en la diligencia de
Madrid. Aquí tenéis una carta de recomendación para el ministro de la
Guerra, y otra para el general en jefe del Ejército. Si alguna vez
necesitáis de mí, como amigo, escribidme a Madrid con este sobre.
Stein no podía hablar de puro conmovido. Con una mano tomaba las cartas
y con otra rechazaba la tarjeta que el español le presentaba.
--Vuestro nombre está grabado aquí--dijo el alemán poniendo la mano en
el corazón--. ¡Ah! No lo olvidaré en mi vida. Es el del corazón más
noble, el del alma más elevada y generosa, el del mejor de los mortales.
--Con ese sobrescrito--repuso don Carlos sonriendo--, vuestras cartas
podrían no llegar a mis manos. Es preciso otro más claro y más breve.
Le entregó la tarjeta, y se despidió.