Después de haber perdido Sofrónimo todos los bienes que heredara de
sus mayores, por consecuencia de naufragios y otros infortunios, vivía
retirado en la isla de Delos, y allí buscaba en su propia virtud
consuelo a tantas pérdidas. Al compás de su lira de oro cantaba
las maravillas de la divinidad que aquellos naturales adoraban; y
favorecido de las musas, ora estudiaba con atención los secretos de la
naturaleza, el curso de los astros, su movimiento y la fábrica entera
del universo; ora las propiedades de las plantas y la conformación de
los animales; ora en fin procuraba conocerse a sí mismo y perfeccionar
su corazón con el ejercicio de las virtudes, burlando así los caprichos
de la fortuna, que queriendo oprimirle le elevaba a la verdadera gloria.
En tanto que vivía feliz en su retiro, sin haberes, vio cierto día a
la orilla del mar un venerable anciano que le era desconocido. Era un
extranjero que acababa de llegar a la isla, y admiraba los bordes
del mar en que sabía haber flotado en otro tiempo la isla entera;
contemplaba la costa sobre cuyos arenales y rocas se alzaban vistosas
colinas que perpetuaban el verdor y las flores, y las cristalinas
aguas de los ríos y fuentes que regaban tan delicioso país; y al
acercarse a los bosques sagrados que circuían el templo, maravillábale
su permanente verdura que los más violentos aquilones no osaron nunca
marchitar. Examinaba con asombro la bella arquitectura del templo
edificado en mármol de Paros, blanco cual la nieve y adornado de
altas columnas de jaspe; y entretanto no ocupaba menos la atención de
Sofrónimo el aspecto del extranjero. Caíale sobre el pecho la blanca
barba: surcado el rostro de arrugas, pero sin deformidad, se conservaba
aún exento de las injurias de la edad senil. Era su estatura alta y
majestuosa, aunque algo encorvado su cuerpo, y apoyábase en un bastón
de marfil. ¡Oh extranjero!, le dijo Sofrónimo. ¿Qué buscas en esta isla
que parece te es desconocida? Si es el templo de la divinidad que la
protege, hele allí: me ofrezco a encaminarte a él; pues respeto a los
dioses, y sé lo que ordena Júpiter en cuanto a los socorros que deben
prestarse a los extranjeros.
Gustoso acepto, contestó el anciano, lo que con tanta bondad y cortesía
me ofreces; y plazca a los dioses remunerar tu piadosa protección a los
extranjeros: vamos, pues, al templo, y mientras llegaban a él refiriole
el motivo de su viaje.
Aristonoo es mi nombre, le dijo: nací en Clazómenas, ciudad célebre
de la Jonia situada en la hermosa costa que se extiende hasta el mar,
y que parece va a unirse con la isla de Quíos, patria afortunada de
Homero. Fue pobre mi familia, aunque noble. Mi padre Polístrato,
cargado de hijos, no quiso darme a criar, y encargó a uno de sus
amigos de Teos que me expusiese. Criome en su casa con la leche de
una cabra cierta anciana de Eritras, que poseía una heredad próxima
al lugar en que me habían expuesto; mas era tan pobre aquella infeliz
mujer que, al llegar yo a la edad en que ya era capaz de servir, me
vendió a un mercader de esclavos que me condujo a la Licia. Vendiome
este en Patara a Alcino, hombre rico y virtuoso que cuidó de mi
educación y protegió mi juventud. Parecile dócil, moderado, sencillo e
inclinado a todo lo bueno y honesto que podía enseñárseme, y me dedicó
a las artes favorecidas de Apolo. Hízome aprender la música y los
ejercicios corporales, y sobre todo el arte de curar las llagas, que
en breve me hizo célebre, inspirándome Apolo maravillosos secretos; y
Alcino, cuyo cariño se aumentaba de día en día, satisfecho en extremo
de mi buena correspondencia a sus cuidados, me dio la libertad y me
envió a Polícrates, tirano de Samos, que en medio de su increíble
prosperidad, abrigaba el temor de que llegase a abandonarle la fortuna
que por tanto tiempo le fuera favorable. Amaba la vida, llena para
él de delicias, y temía perderla, esforzándose a prevenir hasta las
más leves apariencias de enfermedad; por cuya razón veíasele siempre
rodeado de los hombres más célebres y experimentados en la medicina.
Complaciole en extremo mi resolución de pasar mi vida en su compañía,
y para que le fuera más adicto, diome grandes riquezas y me colmó de
honores. Permanecí mucho tiempo en Samos admirando los favores que le
dispensaba la fortuna, en todo conforme a sus deseos. Si emprendía la
guerra, alcanzaba la victoria; y hasta sus más arduos proyectos se
efectuaban con brevedad. Crecían diariamente sus tesoros en tanto que
sus enemigos se humillaban a sus pies, y conservaba la salud a la par
de la prosperidad.
Cuarenta años habían corrido desde que aquel afortunado tirano tenía
al parecer cautiva la fortuna, sin que en tanto tiempo le hubiese
esquivado esta sus favores una sola vez; y tan inaudita prosperidad
excitó mis temores, porque le amaba cordialmente, y me atreví a
comunicarle mis recelos. Causáronle alguna impresión mis palabras;
pues aunque afeminado por los placeres y engreído con su poder,
conservaba afecto a la humanidad, cuando le recordaban los dioses y la
inconstancia de las cosas terrenales. Me permitió le dijese la verdad,
y moviéronle tanto mis temores, que resolvió interrumpir su dicha.
Bien veo, me dijo, que no hay hombre exento de la persecución de los
hados; y cuanto más favorables han sido estos, más temibles deben ser
los reveses. Largos años me han colmado de bienes, y debo por lo mismo
temer los mayores infortunios, si no huyo los que me amenazan. Quiero,
pues, prevenir las traiciones que me prepare la lisonjera fortuna; y al
acabar de decir estas palabras, sacó del dedo su precioso anillo, muy
estimable para él, y le arrojó en mi presencia al mar desde una elevada
torre, prometiéndose haber satisfecho con esta voluntaria pérdida la
necesidad de sufrir una vez a lo menos en la vida los rigores de la
fortuna. Mas cegábale la prosperidad; pues no deben reputarse como
adversidades aquellas que elegimos o nos causamos por nuestra propia
mano, ni nos afligen otras que las forzosas e inesperadas con que nos
castigan los dioses. Ignoraba Polícrates que el medio más seguro para
prevenir los golpes de la fortuna, es desprenderse con moderación y
prudencia de los bienes caducos con que nos enriquece. Desdeñó la
fortuna el anillo que le sacrificaba Polícrates, y viose, a pesar suyo,
más dichoso que nunca. Había un pez tragado el anillo: cayó en la red,
fue llevado a casa de Polícrates, y al prepararle para su mesa le halló
el cocinero en el vientre y fue presentado al tirano a quien causó
asombro ver que la fortuna se obstinaba en favorecerle. Mas acercábase
ya el término de su prosperidad, y debía trocarse esta de repente en la
adversidad más espantosa.
El gran rey de Persia Darío, hijo de Histaspes, emprendió la guerra
contra los griegos y subyugó en poco tiempo todas las colonias griegas
de la costa de Asia e islas vecinas situadas en el mar Egeo. Cayó Samos
en su poder, fue vencido el tirano, y Oretes, que mandaba las tropas
de aquel rey, mandó alzar el suplicio en que fue aquel ahorcado. De
esta manera pereció en el más cruel e infame de todos los suplicios
aquel hombre que gozara tan prodigiosa prosperidad y que no pudo hallar
el infortunio que buscaba; tan cierto es que nada amenaza tanto al
hombre de algún grande infortunio como una gran fortuna: la fortuna,
que abate a los más elevados y saca del polvo a los más infelices; la
fortuna, que había precipitado a Polícrates desde lo más alto de su
instable rueda, y colmádole de bienes desde la más miserable de todas
las condiciones humanas. Nada me quitaron los persas: al contrario,
apreciaron mis conocimientos en el arte de curar, y la moderación con
que me condujera mientras gocé el favor del tirano. Mas no hicieron lo
mismo con los que habían abusado de su confianza, a quienes castigaron
de varios modos.
Como ningún daño había causado, y sí favorecido a cuantos estuvieron
a mi alcance, fui el único a quien respetaron los vencedores y me
trataron honrosamente, complaciéndose todos en ello, porque me
estimaban conociendo había gozado de la prosperidad sin provocar la
envidia, mostrar dureza ni orgullo, ambición ni injusticia. Permanecí
algunos años en Samos sin que fuese turbada mi tranquilidad; mas sentí
al cabo de ellos el vehemente deseo de regresar a la Licia en donde
pasara agradablemente los primeros años, con la esperanza de ver de
nuevo a Alcino, autor de mi fortuna.
[Ilustración]
Pero a mi regreso tuve la triste nueva de su muerte después de haber
perdido los bienes y sufrido con la mayor constancia las desdichas que
acarrea la senectud. Esparcí flores y vertí lágrimas sobre sus cenizas,
coloqué una honrosa inscripción sobre su sepulcro, e investigué la
suerte de sus hijos. Solo existía Orsíloco, uno de ellos, que no
pudiendo resolverse a permanecer sin bienes de fortuna en la misma
patria en que su padre viviera en la opulencia, la había abandonado
embarcándose en un bajel extranjero para pasar una vida oscura en
cualquier remota isla; mas había naufragado cerca de la de Cárpatos,
sin que quedase ningún descendiente de la familia de mi bienhechor.
Al momento me decidí a adquirir la casa en que Alcino viviera y los
fértiles campos que poseía en su derredor.
Hallábame muy satisfecho de encontrarme en aquellos lugares que me
recordaban la dulce memoria de tan lisonjera edad y de un señor tan
bondadoso, y parecíame estar aun en la flor de los primeros años en que
había servido a Alcino; mas apenas hube adquirido los bienes que le
pertenecieran, vime obligado a pasar a Clazómenas por haber fallecido
mis padres Polístrato y Fidilia, dejando otros muchos hijos entre
quienes reinaba la discordia. Me presenté a ellos luego que llegué,
vestido de un traje humilde como hombre sin bienes de fortuna, y les
mostré las señales que comúnmente se usan para que sean conocidos
los expósitos. Sorprendiéronse al ver aumentado el número de los
herederos de Polístrato que debían ser partícipes de su corta fortuna,
y desconocieron mi origen negándose a reconocerme ante los magistrados.
Para castigar su inhumanidad, consentí en ser considerado como extraño,
y solicité fuesen excluidos para siempre de la sucesión de mis bienes.
Acordáronlo así los magistrados, y entonces hice alarde de las riquezas
conducidas en mi bajel, dándome a conocer como el mismo Aristonoo que
tantos tesoros adquiriera al lado de Polícrates, tirano de Samos,
manifestándoles no haber contraído jamás el lazo conyugal.
Arrepintiéronse mis hermanos de haberse conducido conmigo tan
injustamente, y seducidos por la esperanza de heredarme, hicieron
inútilmente los mayores esfuerzos para lograr mi benevolencia. La
desunión que reinaba entre ellos produjo la venta de todos los bienes
paternos, que yo compré, teniendo ellos el sentimiento de verlos en
poder del mismo a quien no habían querido dar la menor parte. Viéronse,
pues, reducidos a la más aflictiva pobreza; mas luego que conocieron
su falta les abrí mi corazón: les perdoné, fueron recibidos en mi
casa, proporcioné a cada uno de ellos medios para ejercer el comercio
marítimo; y reunidos todos viven juntos pacíficamente en mi casa,
habiendo yo llegado a ser el padre común de aquellas familias cuya
unión y aplicación al trabajo les proporcionó en breve considerables
riquezas. Mas entretanto la senectud, como ves, ha venido a blanquear
mi cabello y arrugar mi rostro, advirtiéndome que no disfrutaré por
largo tiempo tan cumplida prosperidad. Antes de morir he querido ver
por la última vez la tierra querida, más grata para mí que mi propia
patria; la Licia donde aprendí a ser bueno teniendo por modelo al
virtuoso Alcino. Supe antes de llegar a ella por un negociante de las
islas Cícladas, que aún existe en Delos un hijo de Orsíloco, digno
imitador de las virtudes de su abuelo Alcino; y al momento dejé el
camino de la Licia, apresurándome a venir en su busca a esta isla
consagrada a Apolo, bajo los auspicios de este dios, como vástago de la
familia a quien todo lo debo. Réstame poco tiempo que vivir; pues la
parca, enemiga del reposo que tan rara vez conceden los dioses a los
mortales, no tardará en cortar el hilo de mis días; mas moriré contento
si, antes de cerrarse mis párpados para siempre, llego a ver al nieto
de mi antiguo señor. Tú que habitas en esta isla, dime, si le conoces,
dónde podré encontrarle. Si me proporcionas que le vea, otórguente
los dioses la recompensa, permitiéndote acariciar sentados sobre tus
rodillas a los nietos de tus nietos hasta la quinta generación, y
plázcales conservar en tu casa la abundancia y la paz como fruto de
tus virtudes. En tanto que así hablaba Aristonoo, lloraba Sofrónimo,
ora de gozo, ora de dolor; y sin poder articular palabra tendió al fin
los brazos al cuello del anciano, y estrechándole contra su corazón se
esforzó a decirle entre sollozos:
[Ilustración]
Yo soy, oh padre mío, el que buscáis: aquí tenéis a Sofrónimo, nieto
de vuestro amigo Alcino: al escucharos, no me queda duda de que os
traen los dioses para consolar mis infortunios. En vos se halla la
gratitud que parecía haber huido de la tierra. En mi infancia oí decir
que un hombre célebre y rico se hallaba establecido en Samos después
de haber sido educado en casa de mi abuelo; mas habiendo muerto joven
mi padre Orsíloco, dejándome en la cuna, nada más he podido saber;
y en la incertidumbre jamás me atreví a pasar a Samos, prefiriendo
permanecer en esta isla, procurándome consuelo a mis desgracias, con
el menosprecio de las vanas riquezas, y cultivando las musas en el
templo consagrado a Apolo; y la virtud, que habitúa a los hombres a
contentarse con poco y a vivir con tranquilidad, ha sustituido hasta
ahora al goce de los demás bienes.
Al acabar de decir estas palabras habían llegado ya al templo, y
propuso Sofrónimo a Aristonoo hacer oración y presentar sus ofrendas.
Hicieron un sacrificio de dos ovejas más blancas que la nieve y de
un toro en cuya frente se veía un hermoso lunar. Cantaron himnos en
honor de la divinidad que alumbra el universo, arregla el curso de
las estaciones, alienta a las ciencias y preside el coro de las nueve
musas; y pasaron el resto del día en volver a referir sus aventuras;
recibiendo Sofrónimo en su casa al anciano, con el respeto y ternura
que hubiera recibido al mismo Alcino si aún viviese.
Embarcáronse al día siguiente para la Licia, y allí condujo Aristonoo
a Sofrónimo a una fértil campiña situada a las orillas del río Janto,
en cuyas aguas se bañara y lavara tantas veces su hermosa y rizada
cabellera Apolo al regresar de la caza fatigado y cubierto de polvo.
Veíanse en ella multitud de álamos y sauces cuyas ramas, llenas de
verdor y frescura, ocultaban nidos de innumerables avecillas que en
incesantes gorjeos pasaban noche y día. Al precipitarse el río de
una alta roca causaba gran ruido, y cubríase de blanca espuma la
superficie de sus aguas, resbalando estas por un canal cubierto de
conchas. Hondeaban en la campiña las doradas mieses, y las vides
y árboles frutales poblaban las colinas que se elevaban en forma
de anfiteatro. La naturaleza entera, finalmente, se presentaba en
aquellos parajes risueña y agradable, el cielo sereno y apacible, y
la tierra pronta siempre a arrojar de sus entrañas nuevas riquezas
para recompensar las fatigas de sus cultivadores. Descubrió Sofrónimo,
al adelantarse por la orilla del río, una casa sencilla y mediana,
pero de agradable arquitectura y justas proporciones. No la adornaban
el mármol, el oro, la plata ni el marfil, ni muebles lujosos; pero
todo en ella respiraba aseo y comodidad aunque sin magnificencia. En
medio del patio veíase una fuente cuyas aguas corrían por el canal
que formaba el verde césped matizado de flores; y aunque los jardines
no eran muy vastos, producían frutas y plantas útiles para alimentar
al hombre. A derecha e izquierda de ellos veíanse dos florestas cuyos
árboles parecían tan antiguos como la tierra que los nutría, y cuyas
espesas ramas producían una sombra impenetrable a los rayos del
sol. Entraron en un salón en donde comieron de cuanto producían los
jardines; mas de ninguna de las cosas que la sensualidad va a buscar
tan lejos y con tanto dispendio a las ciudades. Leche tan dulce como
la que ordeñaba Apolo mientras fue pastor en la casa del rey Admeto:
miel más exquisita que la que labran las abejas de Hibla en Sicilia,
o del monte Himeto en el Ática; legumbres y frutas acabadas de coger,
y vino más delicioso que el néctar servido en copas cinceladas; y
mientras duró aquella frugal comida no quiso Aristonoo sentarse a la
mesa, excusándose al principio con diversos pretextos para ocultar su
modestia; mas estrechado por Sofrónimo, manifestó su resolución de
no comer jamás con el nieto de Alcino a quien por tanto tiempo había
servido como a su señor en aquel mismo lugar. He aquí, dijo, el sitio
en que aquel sabio anciano acostumbraba a comer, a conversar con sus
amigos y a entretenerse en diversos juegos. He allí donde paseaba
leyendo a Hesíodo y a Homero. He allí, por último, el lugar en donde
reposaba durante la noche; y al recordar todas estas circunstancias
enternecíasele el corazón y corrían de sus párpados abundosas lágrimas.
Acabada la comida condujo a Sofrónimo a las dilatadas praderas en que
vagaban rumiando grandes piaras de ganados mayores a la orilla del río,
y vieron venir numerosos rebaños que regresaban de pastar llenas de
leche las madres y seguidas de sus tiernos corderillos que las seguían
retozando; y por último considerable número de esclavos que se animaban
al trabajo por el interés de su señor, que por su dulzura y humanidad
se hacía amar de ellos, suavizando las penalidades de la esclavitud.
El gozo enajena mi corazón, dijo Aristonoo a Sofrónimo, mostrándole
la casa, los esclavos, los ganados y aquellos terrenos que habían
llegado a ser fértiles por virtud de esmerado cultivo, al veros en el
antiguo patrimonio de vuestros mayores: me hallo satisfecho al poneros
en posesión de estos lugares en que serví por largo tiempo a Alcino.
Disfrutad en paz de lo que fue suyo, vivid dichoso y preparaos un
término más agradable que el suyo. Al mismo tiempo le hizo donación
de aquellos bienes con todas las solemnidades que la ley prescribía,
declarando excluidos de la sucesión a sus herederos naturales si alguna
vez llegaban a ser tan ingratos que disputasen aquella donación que
hacía al nieto de Alcino su bienhechor.
Mas no bastaba esto para satisfacer el generoso corazón de Aristonoo;
adornó toda la casa de muebles nuevos, aunque sencillos y modestos,
aseados y agradables; llenó los graneros de los ricos presentes de
Ceres, y la bodega de vino de Quíos digno de ser servido en la mesa
del gran Júpiter por la mano de Hebe o de Ganimedes, añadiendo alguna
porción de vino parmeniano y provisión abundante de miel de Himeto y
de Hibla, y de aceite de Ática, casi tan dulce como la misma miel; y
por último, innumerables vellones de lana muy fina y tan blanca como
la nieve, rico despojo de las tiernas ovejas que se alimentaban en las
montañas de la Arcadia y en las grandes praderas de la Sicilia; en cuyo
estado entregó la casa a Sofrónimo con cincuenta talentos euboicos,
reservando para sus parientes los bienes que poseía en la península de
Clazómenas, en las inmediaciones de Esmirna, de Lébedos y de Colofón,
que eran de mucho valor, y en seguida se embarcó Aristonoo para
regresar a la Jonia.
Admirado y enternecido Sofrónimo con tan grandes beneficios, le
acompañó lloroso hasta el bajel, estrechándole entre sus brazos y
llamándole su padre. Un viento favorable condujo en breve a Aristonoo
al seno de su familia, y ninguno de los individuos de esta se atrevió
a quejarse de lo que acababa de hacer con Sofrónimo. He dispuesto, les
decía, en mi testamento, que todos mis bienes se vendan y se distribuya
su valor entre los pobres de la Jonia si alguno de vosotros llega a
oponerse a la donación que acabo de hacer al nieto de Alcino.
Vivía en paz aquel sabio anciano gozando de los bienes que el cielo
concediera a sus virtudes; y a pesar de su senectud, iba todos los años
a la Licia a ver a Sofrónimo y hacer un sacrificio sobre el sepulcro
de Alcino que había enriquecido con los más bellos adornos de la
arquitectura y de la escultura; disponiendo que después de su muerte
fuesen colocadas sus cenizas en el mismo sepulcro para que descansasen
al lado de las de su querido señor. Impaciente Sofrónimo de ver a
Aristonoo, tenía fija la vista en el mar durante la primavera, deseoso
de descubrir el bajel que le conducía, pues era la estación en que
verificaba su viaje; y renovábase anualmente el placer de ver venir
surcando las olas a aquel bajel tan deseado, cuyo arribo era para él
infinitamente más agradable que cuantos tesoros arroja la naturaleza al
aparecer la primavera después del riguroso invierno.
Mas llegó un año en que el bajel no parecía, y la tristeza y el temor
aparecieron en el rostro de Sofrónimo. Lloraba amargamente, abandonole
el sueño, y negose a los más agradables manjares. Inquietábale el
menor ruido, y con la vista fija en el puerto preguntaba a cada
momento si había arribado algún bajel de la Jonia. Arribó uno, mas
¡ah!, no conducía a Aristonoo sino sus cenizas en una urna de plata
que le presentó afligido Anficlo, antiguo amigo de aquel, de su misma
edad con corta diferencia, y fiel ejecutor de su última voluntad. Al
acercarse a Sofrónimo, enmudecieron ambos, mas sus sollozos expresaron
su dolor. Besó Sofrónimo la urna cineraria, y habiéndola bañado con
sus lágrimas exclamó: ¡Oh virtuoso anciano! Tú hiciste dichosa mi
vida, mas hoy me atormentas con el más acerbo dolor. Ya no te veré
más, y sería afortunado si muriese, pues podría verte en los Campos
Elíseos, donde tu sombra goza la bienaventurada paz que los justos
dioses tienen reservada a la virtud. Tú has hecho renacer en la tierra
la justicia, la piedad y la gratitud, mostrando en este siglo de yerro
aquella bondad e inocencia que florecieron en la edad de oro. Antes
de coronarte los dioses en la mansión de los justos, te han concedido
en la tierra una vejez dichosa y prolongada, mas ¡ah!, nunca dura
demasiado lo que debiera ser eterno. Ningún placer me proporciona el
goce de lo que me diste, pues me veo reducido a gozarlo separado de
ti. ¡Sombra querida! ¿Cuándo te seguiré? Preciosas cenizas, si aún soy
capaz de sentir, sin duda os causará placer veros mezcladas con las de
Alcino. También las mías se mezclarán con ellas algún día. Entretanto,
será mi único consuelo conservar los restos mortales del que más he
amado. ¡Oh Aristonoo, Aristonoo! No, no has muerto: vives todavía en el
fondo de mi corazón. Pueda yo antes olvidarme de mí mismo que borrar de
mi memoria aquel hombre tan digno de ser amado, que con tal extremo me
amaba, que tanto apreció la virtud y a quien todo lo debo.
Acabadas estas palabras interrumpidas de sollozos, colocó Sofrónimo
la urna cineraria en el sepulcro de Alcino; sacrificó multitud de
víctimas, cuya sangre inundaba los altares de florido césped que
circuían la tumba; derramó abundantes libaciones de vino y de leche;
quemó perfumes traídos de lo interior del Oriente, y se esparció por
los aires su oloroso humo; estableciendo para siempre la celebración
de juegos fúnebres en honor de Alcino y de Aristonoo en aquella misma
estación. A ellos concurrían desde la Caria, comarca feliz y abundante;
desde las encantadas riberas del Meandro que deja pesaroso el país que
riega prolongando su curso por él con multiplicados rodeos; desde las
orillas siempre verdes del Caístro; desde las del Pactolo que arrastra
arenas doradas; desde la Panfilia que hermosean a porfía Ceres, Flora y
Pomona; y por último desde las vastas llanuras de la Cilicia, regadas
cual un jardín por los numerosos torrentes que descienden del monte
Tauro siempre coronado de nieve; y durante aquella solemne fiesta
cantaban himnos en loor de Alcino y de Aristonoo jóvenes de ambos
sexos vestidos de túnicas de lino blancas cual la azucena; porque no
era posible alabar al uno, sin loar al otro; ni separar a aquellos dos
hombres tan íntimamente unidos aun después de su muerte.
[Ilustración]
Una gran maravilla se advirtió el mismo día en que Sofrónimo derramaba
las libaciones de vino y leche. Durante ellas nació en medio del
sepulcro un hermoso mirto de verdura y exquisito olor: se alzó de
repente su copuda cabeza para cubrir las dos urnas y protegerlas con
su sombra. Exclamaron todos, al ver este prodigio, que los dioses,
para recompensar la virtud de Aristonoo, le habían convertido en tan
precioso arbusto. Tomó a su cargo Sofrónimo el cuidado de regarle y
honrarle cual una divinidad; y lejos de envejecer se renueva de diez
en diez años; sin duda porque los dioses han querido mostrar con tal
maravilla que la virtud que tan agradables perfumes esparce en la
memoria de los hombres no perece jamás.