LIBRO XX.

Reuniéronse entre tanto los caudillos del ejército confederado para

deliberar si convendría apoderarse de Venusa, plaza fuerte usurpada por

Adrasto en otro tiempo a los apulios peucetios, que habían tomado parte

contra él en la liga para reclamar la injusticia de esta agresión. Con

el fin de apaciguarlos puso Adrasto en depósito aquella ciudad en poder

de los lucanios; pero corrompiendo con sus dádivas a la guarnición y

al jefe de ella, de manera que los lucanios tenían menos autoridad que

él en Venusa, y en esta negociación fueron engañados los apulios, que

convinieron en que la guardasen los lucanios.

Cierto ciudadano de Venusa, llamado Demofonte, había ofrecido a los

confederados franquearles durante la noche una de las puertas de la

ciudad; y esta ventaja era tanto mayor cuanto tenía Adrasto todas las

provisiones de boca y guerra en un castillo inmediato a ella, que no

podía defenderse tomada Venusa. Opinaron Néstor y Filoctetes debía

aprovecharse tan feliz ocasión, y arrastrados por la autoridad de

estos, y alucinados con la utilidad de tan fácil empresa, aprobaban su

dictamen todos los caudillos; pero hizo Telémaco los últimos esfuerzos

para que abandonasen este proyecto.

No ignoro, les dijo, que si algún hombre merece ser sorprendido

y engañado es Adrasto, que tantas veces engañó al mundo entero.

Conozco que sorprendiendo a Venusa lograríais ocupar una ciudad que

os pertenece por ser de los apulios, pueblo confederado. Confieso

pudierais hacerlo con más apariencia de razón que Adrasto; porque

puesta en depósito la ciudad, ha corrompido al comandante y tropas

que la guarnecen para ocuparla cuando lo juzgue oportuno. Por último,

comprendo como vosotros que ocupada Venusa seríais dueños al día

inmediato del castillo en donde se hallan todas las provisiones y

preparativos de guerra que ha reunido Adrasto, y que de este modo en

dos días terminaríais esta formidable guerra. ¿Pero no vale más perecer

que alcanzar la victoria por tales medios? ¿Deberá oponerse el fraude

al engaño? ¿Se dirá que tantos reyes, confederados para castigar los

engaños del impío Adrasto, son tan engañosos como él? Si nos es lícito

obrar como Adrasto, no es culpable él y somos injustos en querer

castigarle. ¿Acaso la Hesperia entera, sostenida por tantas colonias

griegas y por tantos héroes regresados del sitio de Troya, no tiene

otras armas contra el perjurio y perfidia de Adrasto que la perfidia y

el perjurio?

Jurasteis por lo más sagrado dejar a Venusa en depósito en poder de los

lucanios; mas decís que la guarnición ha sido corrompida por el oro de

Adrasto: lo creo así; pero esta guarnición se halla a sueldo de los

lucanios, no ha rehusado obedecerles, ha guardado a lo menos en la

apariencia la neutralidad, y ni Adrasto ni los suyos han entrado jamás

en Venusa: subsiste el pacto, y los dioses no han olvidado vuestro

juramento. ¿No se cumplirá la palabra dada sino cuando falten pretextos

para violarla? ¿Ni habrá fidelidad y juramento sino cuando ninguna

utilidad proporcione el violar la fe de él? Si el amor a la virtud y

el temor a los dioses no os mueven, muévaos al menos vuestro interés

y reputación; porque si dais a los hombres el pernicioso ejemplo de

faltar a vuestra palabra, y violar el juramento para terminar una

guerra, ¿cuántas excitaréis con la impiedad de semejante conducta? ¿Qué

vecino vuestro no os detestará temiéndolo todo de vosotros? ¿Quién

podrá desde hoy fiar en vuestra palabra, aun en la necesidad más

urgente? ¿Qué seguridad podéis dar cuando pretendáis ser sinceros, y

os sea conveniente persuadir a vuestros vecinos de vuestra sinceridad?

¿Algún pacto solemne? Ya habéis hollado uno. ¿Algún juramento? ¡Ah!,

¿no sabrán todos que no respetáis a los dioses cuando el perjurio puede

proporcionaros alguna ventaja? Para vosotros no tendrá la paz mayor

seguridad que la guerra. Cuanto hagáis será considerado como una guerra

fingida o declarada: seréis enemigos perpetuos de los que tengan la

desgracia de vivir cerca de vosotros: os serán imposibles todas las

negociaciones que exijan reputación, probidad y confianza, y no os

quedará otro recurso que hacer creer aquello que prometáis.

He aquí, añadió Telémaco, un motivo más poderoso que debe llamar

vuestra atención, si aún respetáis la probidad y conocéis vuestros

intereses: a saber, que un comportamiento tan falaz ataca la integridad

de la liga, y la arruinará; porque vuestro perjurio proporcionará el

triunfo a Adrasto.

Al oír esto preguntáronle todos cómo se atrevía a decir que arruinaría

la liga una acción que debía proporcionar la victoria.

¿Podréis fiar unos de otros, respondió Telémaco, si llegáis a hollar

una sola vez los vínculos de la sociedad, de la confianza y de la buena

fe? Después que hayáis establecido la máxima de que es lícito violar la

fe, cuando median grandes intereses, ¿quién de vosotros podrá fiarse

de los demás, si estos hallan ventajas considerables en faltar a su

palabra y engañaros? ¿Qué será de vosotros? ¿Quién no prevendrá con el

artificio los engaños de su vecino? ¿Qué es una liga de muchas naciones

cuando convienen estas en que es permitido hostilizarse y violar la fe

jurada? ¿Cuál será vuestra mutua desconfianza, vuestras discordias,

vuestros esfuerzos para destruiros? No tendrá Adrasto necesidad de

atacaros: vosotros mismos os destruiréis justificando su engañosa

conducta.

¡Sabios y poderosos monarcas que regís con prudencia numerosas

naciones!, no desoigáis los consejos de un inexperto joven. Si algún

día llegáis a padecer aquellas calamidades espantosas que suele

acarrear la guerra, podréis restableceros con vigilancia y con los

esfuerzos que proporciona la virtud; porque nunca llega a abatirse el

verdadero ánimo. Pero una vez traspasada la barrera del honor y de

la buena fe, se hará irreparable vuestra pérdida, porque no podréis

restablecer la confianza necesaria al buen éxito de los negocios

importantes, ni atraer a los hombres a las máximas de la virtud después

de haberles enseñado a despreciarlas. ¿Qué os acobarda? ¿Acaso no

tenéis valor suficiente para vencer sin engañar? ¿No bastará vuestra

virtud unida a los esfuerzos de tantas naciones? Peleemos, muramos si

es preciso antes que obtener la victoria por medios indignos. Adrasto,

el impío Adrasto será vencido, si nos causa horror imitar su infamia y

mala fe.

Al acabar Telémaco este razonamiento conoció haber salido de sus labios

la dulce persuasión, e introducídose en los corazones de los que le

escuchaban. Notó en la asamblea un profundo silencio: todos pensaban

no en él ni en la elocuencia de sus palabras, sino en la fuerza de la

verdad que encerraba su discurso, y en los semblantes de todos se veía

la admiración. Por último, percibiose un rumor que fue difundiéndose

por toda la asamblea: mirábanse unos a otros, aunque sin atreverse a

romper el silencio, esperando lo hiciesen los primeros caudillos del

ejército, y costábales violencia ocultar su opinión.

Digno hijo de Ulises, exclamó en fin el grave Néstor, los dioses han

movido vuestro labio; y Minerva que inspiró a vuestro padre tantas

veces, os ha dictado el consejo sabio y generoso que acabáis de darnos.

No atiendo a vuestros pocos años; considero haber hablado Minerva

por vuestra boca. Recomendáis la virtud, sin la cual son verdaderas

pérdidas las mayores ventajas, y se excita en breve la venganza de los

enemigos, la desconfianza de los aliados, la indignación de los hombres

de bien y el justo enojo de los dioses. Dejemos, pues, a Venusa en

poder de los lucanios, y pensemos solo en vencer a Adrasto empleando

para ello nuestro propio valor.

Dijo: y toda la asamblea aplaudió sus palabras; pero al aplaudirlas

volvían todos la vista maravillados hacia el hijo de Ulises, que les

parecía inspirado por Minerva.

Suscitose en seguida otra cuestión que proporcionó igual gloria a

Telémaco. El pérfido y cruel Adrasto envió al campo de los confederados

a un tránsfuga llamado Acanto, que debía envenenar a los más

distinguidos caudillos, con encargo especial de no omitir cosa alguna

para dar muerte a Telémaco, que era el terror de los daunios. Conducido

este por su valor y candidez, recibió bondadoso a aquel desgraciado

que había visto a Ulises en Sicilia, y referídole las aventuras de

este héroe. Le alimentaba y procuraba consolarle en su desgracia;

porque se lamentaba Acanto de haberle engañado y tratado indignamente

Adrasto. Así mantenía y abrigaba en su seno a la ponzoñosa víbora que

se preparaba a causarle una herida mortal.

[Ilustración]

Fue sorprendido otro tránsfuga llamado Arión, a quien enviaba Acanto

para informar a Adrasto del estado del campo confederado, y asegurarle

de que al día siguiente envenenaría a los principales reyes y a

Telémaco en cierto festín que debía este darles; y confesó su traición.

Sospecharon que estaba de acuerdo con Acanto por ser ambos amigos; pero

este, llevando al extremo su intrepidez y simulación, se defendió con

tal destreza, que ni se le pudo hacer confesar ni descubrir la trama de

la conjuración.

Opinaron algunos reyes debía sacrificarse a Acanto en obsequio de la

pública seguridad. Preciso es, decían, que perezca: la vida de un

hombre nada vale cuando se trata de asegurar la de tantos monarcas.

¿Qué importa perezca un inocente para conservar a los que representan

en la tierra a los dioses?

¡Qué máxima tan inhumana!, ¡qué bárbara política!, interrumpió

Telémaco. ¡Cómo sois tan pródigos de sangre humana, vosotros que

os halláis establecidos pastores de los hombres, y que solo tenéis

autoridad sobre ellos para conservarlos cual lo hace el pastor con su

rebaño! Sois carnívoros lobos en vez de pastores, o a lo menos lo sois

únicamente para esquilmar el ganado en lugar de conducirle al saludable

pasto. Según vosotros, es delincuente el que se ve acusado; merecedor

de la muerte el que una sospecha acrimina; está la inocencia a merced

de la calumnia y de la envidia; y a medida que se aumente en vuestros

corazones la desconfianza tiránica, será preciso degollar mayor número

de víctimas.

Pronunciaba Telémaco estas palabras con tal vehemencia y autoridad,

que arrastraba los corazones y llenaba de oprobio a los que dieran tan

infame consejo; y moderándose algún tanto, continuó diciendo: No amo

tanto la vida que pretenda conservarla a tal precio: más quiero sea

malvado Acanto que serlo yo: prefiero que me arrebate la vida por medio

de la traición, a sacrificarle en duda injustamente; pero escuchadme,

vosotros que sois reyes, es decir, jueces de vuestros pueblos:

escuchad. Debéis saber juzgar a los hombres con justicia, prudencia y

moderación: permitidme interrogar a Acanto en vuestra presencia.

Al momento comenzó a hacer preguntas a este acerca de sus relaciones

con Arión, estrechándole sobre múltiples circunstancias: diole a

entender algunas veces que iba a entregarle a Adrasto como un tránsfuga

digno de castigo, con el objeto de observar si le inspiraba temor esta

amenaza; pero permanecían inalterables la voz y el rostro de Acanto.

Por último, no pudiendo arrancarle la verdad, le dijo: Dadme vuestro

anillo, quiero enviarlo a Adrasto. Al oír esto Acanto se turbó y

perdió el color del rostro: lo notó Telémaco, cuyos ojos estaban fijos

en él, y tomó el anillo diciéndole: Voy a enviarlo a Adrasto por un

lucanio llamado Politropio, a quien conocéis, y que irá secretamente

de parte vuestra. Si por este medio descubrimos vuestra inteligencia

con Adrasto, pereceréis inhumanamente en medio de los más acerbos

tormentos; si por el contrario, confesáis ahora vuestro delito, se os

perdonará la vida y seréis enviado a una isla en donde nada os faltará.

Entonces lo confesó todo Acanto, y logró Telémaco que fuese perdonado,

porque así se lo había prometido, enviándole a una de las islas

Equínadas en donde vivió pacíficamente.

Poco tiempo después vino cierta noche al campo de los confederados

un daunio, de nacimiento oscuro pero atrevido y violento, llamado

Dióscoro, a ofrecer que degollaría al rey Adrasto en su propia tienda.

Podía ejecutarlo, porque cualquiera es dueño de la vida de otro cuando

en nada estima la suya. Respiraba solo venganza por haberle Adrasto

quitado la esposa a quien amaba con delirio, y cuya hermosura igualaba

a la de Venus. Estaba resuelto a dar muerte a Adrasto, recobrar la

esposa o perecer en la demanda, y tenía inteligencias secretas para

introducirse de noche en la tienda del rey, favorecido por varios

capitanes daunios; pero creía necesario atacasen los reyes confederados

al mismo tiempo el campo de Adrasto, para poder salvarse con más

facilidad y extraer a su esposa, y hallábase resuelto a perecer si no

podía conseguirlo después de dar muerte al rey.

Apenas manifestó Dióscoro su proyecto, volviéronse todos hacia donde se

hallaba Telémaco como para pedirle una resolución.

Los dioses, dijo, que nos han preservado de traidores, nos prohíben

servirnos de ellos. Aunque no tuviésemos bastante virtud para detestar

la traición, bastaría a resistirla nuestro propio interés; porque

luego que la hayamos autorizado con nuestro ejemplo, mereceremos

se vuelva contra nosotros, y entonces, ¿quién vivirá seguro? Podrá

evitar Adrasto el golpe que le amenaza, y hacer caiga sobre los reyes

confederados. Así dejará la guerra de ser guerra, serán inútiles la

virtud y la prudencia, y solo se verán traición, perfidia, asesinatos.

Experimentaremos nosotros mismos sus consecuencias funestas; y lo

mereceremos por haber autorizado el mayor de los males. Concluyo, pues,

ser necesario enviar este traidor a Adrasto. Confieso no lo merece tal

rey; pero la Hesperia y toda la Grecia, que nos observan atentas, son

acreedoras a que observemos esta conducta para captarnos su estimación.

Nos debemos a nosotros mismos este horror a la perfidia, y sobre todo

lo debemos a los justos dioses.

Fue enviado Dióscoro a Adrasto, el cual se estremeció al considerar

el peligro que había corrido, y se sorprendió de la generosidad de

sus enemigos; porque el malvado no puede comprender los efectos de la

virtud. Admiraba Adrasto a su pesar lo que acababa de ver, y no se

atrevía a elogiarlo. La noble acción de los confederados cubría con un

velo de infamia todos sus engaños y crueldades: procuraba disminuir la

generosidad de sus enemigos, y se ruborizaba de obrar con ingratitud en

tanto que les era deudor de la vida. Pero los hombres corrompidos se

endurecen fácilmente contra lo que pudiera afectarles, y advirtiendo

crecía por momentos la reputación de los confederados, creyó urgente

ejecutar contra ellos alguna acción célebre; pero no pudiendo

inspirársela la virtud, procuró al menos obtener alguna ventaja

considerable con las armas, y se apresuró a pelear con ellos.

Llegó el día de la batalla, y apenas abría la aurora las puertas de

oriente para proporcionar la salida del sol por un camino sembrado de

rosas, cuando el joven Telémaco, previniendo cuidadoso la vigilancia

de los más experimentados caudillos, dejó el pacífico sueño y puso

en movimiento a todo el ejército. Brillaba ya en su cabeza el casco

adornado de crines flotantes, y vestida la coraza deslumbraba a todos

los guerreros: obra de Vulcano, tenía además de su perfección natural

el celestial brillo de la égida que ocultaba. Con una mano blandía la

lanza, y señalaba con la otra los puntos que debían ocuparse.

Había dado Minerva a sus ojos un fuego divino, y tal majestad y fiereza

a su semblante que anunciaba ya la victoria. Marchaba y seguían sus

pasos todos los reyes confederados, olvidando su senectud y dignidad,

arrastrados por una fuerza superior que les obligaba a ello, sin que

tuviese entrada en sus corazones la débil envidia; porque todo cedía

al que invisiblemente guiaba Minerva de la mano. Sus movimientos ni

eran impetuosos ni precipitados: manifestábase agradable, tranquilo,

sufrido, dispuesto siempre a escuchar a todos, y a aprovecharse de sus

consejos; pero activo, lleno de previsión, atento a las necesidades

más remotas, arreglando todas las cosas en buen orden sin embarazarse

en nada, ni embarazar a los demás, excusando las faltas, reparando los

descuidos, previendo las dificultades, y sin exigir nunca demasiado e

inspirando a todos libertad y confianza.

[Ilustración]

Si daba una orden, lo hacía en los términos más claros y sencillos,

repitiéndola para instruir mejor al que debía ejecutarla, y notaba en

sus ojos si la había comprendido: hacía en seguida que la explicase

familiarmente para cerciorarse de si había llegado a enterarse del

objeto de su empresa; y luego que por este medio penetraba su buen

sentido, y las miras que se proponía, no le dejaba partir hasta haberle

dado algunas señales de estimación y de confianza para alentarle. Por

esta razón se esforzaban todos a agradarle y complacerle; pero sin

detenerles el temor de que les atribuyese el mal resultado, porque

excusaba todas aquellas faltas que no provenían de mala voluntad.

Aparecía encendido el oriente por los primeros rayos de Febo, y

brillaba en las aguas el naciente día: veíase toda la costa cubierta

de hombres, armas, caballos y carros, todos en movimiento: percibíase

un confuso ruido, semejante al de las olas embravecidas cuando agita

Neptuno violentas borrascas. De esta manera comenzaba Marte a excitar

la ira en los corazones, por el estrépito de las armas y aparato

terrible de la guerra. Cubrían la tierra las erizadas picas, cual las

espigas cubren los surcos en la estación de las mieses. Ya se levantaba

una nube de polvo que poco a poco iba oscureciendo cielo y tierra, y

acercábanse la confusión, el horror y la desapiadada muerte.

Apenas arrojaron las primeras flechas, levantó Telémaco las manos y la

vista hacia el cielo y dijo estas palabras:

¡Júpiter, padre y dios de los hombres!, ya veis se hallan de nuestra

parte la justicia y la paz, que no hemos creído afrentoso recobrar.

Peleamos por necesidad: desearíamos no fuese derramada la sangre de

tantos hombres: no aborrecemos a nuestro enemigo, a pesar de que sea

cruel, pérfido y sacrílego. Presenciad y decidid entre él y nosotros;

y si es preciso morir, nuestra vida se halla en vuestras manos: sí,

libertad la Hesperia y abatid al tirano: confesaremos ser deudores de

la victoria a vuestro poder y a la sabiduría de Minerva vuestra hija;

y os será debida la gloria. Vos, con la balanza en la mano, pesáis la

suerte de las batallas: pelearemos por vos; y pues sois justo, más

enemigo vuestro es Adrasto que nuestro. Si triunfa vuestra causa, antes

que termine el día correrá sobre vuestros altares la sangre de una

hecatombe.

Dijo: y al momento guió sus caballos fogosos a las filas que más

estrechaba el enemigo. Encontró a Periandro, locrio, cubierto con la

piel del león que matara en Sicilia durante sus viajes, y armado cual

Hércules de una enorme maza: su estatura y su fuerza le igualaban con

los gigantes. Al ver a Telémaco despreció sus pocos años y la hermosura

de su rostro. Joven afeminado, le dijo: ¿te toca a ti disputar la

gloria en las lides? ve; ve a buscar a tu padre entre las sombras; y

al decir estas palabras alzó la nudosa y pesada maza armada de púas

de hierro, cual un grueso tronco, cuya caída inspiraba temor a todos.

Amenazaba la cabeza del hijo de Ulises; pero evitó el golpe y se arrojó

sobre Periandro con la velocidad del águila que corta los aires. Quebró

la maza al caer la rueda de un carro inmediato al de Telémaco, y entre

tanto hirió el joven griego a Periandro en la garganta con un dardo,

sofocando su voz la sangre que corría a borbotones de su ancha herida;

y sintiendo sus fogosos caballos abandonadas las riendas, conducíanle a

una parte y otra hasta que cayó del carro, cerró sus ojos a la luz, y

apareció la pálida muerte en su desfigurado rostro. Compadeciose de él

Telémaco: entregó el cadáver a sus criados, y guardó como trofeos de la

victoria la piel del león y la maza.

Corrió en busca de Adrasto precipitando al averno una tropa de

enemigos: Hileo, cuyo carro tiraban dos caballos semejantes a los

del sol, que alimentaron las dilatadas praderas que riega el Aufido;

Demoleón, que rivalizó con Érice en el combate del cesto en Sicilia:

Crántor, huésped y amigo de Hércules cuando pasando por la Hesperia

privó de la vida al infame Caco; Menécrates, semejante a Pólux en

la lucha; Hipocoonte, salapio, imitador de Cástor en la destreza y

elegancia para manejar un caballo; Eurímedes, célebre cazador manchado

siempre con sangre de osos y jabalíes, que mataba en las cumbres

cubiertas de nieve del frío Apenino, y que según decían fue tan querido

de Diana que le enseñó a lanzar las flechas; Nicóscrates, vencedor de

un gigante cuya boca arrojaba fuego en el monte Gargano; Cleantes,

esposo futuro de la joven Foloé, hija del río Liris, prometida por

este al que la librase de la serpiente alada nacida en las orillas del

río de su nombre, que debía devorarla dentro de breves días según la

predicción de cierto oráculo. Este joven conducido por el exceso de su

amor, consagró su vida a la muerte del monstruo: lo consiguió; pero no

pudo gozar el fruto de su victoria, y en tanto que se preparaba Foloé

a tan tierno himeneo, y esperaba llena de impaciencia a Cleantes,

supo había este seguido a Adrasto y cortado la Parca el hilo de sus

días. Resonaban sus lamentos en los bosques y montañas inmediatas al

río, anegábanse en lágrimas sus ojos, arrancábase el hermoso y rizado

cabello, olvidaba las guirnaldas de flores que solía coger, y declamaba

contra la injusticia del cielo; y como no cesase de llorar noche y día,

compadeciéronse de ella los dioses, y accediendo a los ruegos del río

pusieron término a su dolor, y a fuerza de verter lágrimas fue trocada

en fuente que, mezclándose con las aguas del dios su padre, aumentaba

el caudal de ellas. Mas todavía son amargas las de aquella fuente: no

florece nunca la yerba en sus orillas, ni se encuentra en ellas otra

sombra que la de lúgubres cipreses.

Sabiendo Adrasto que Telémaco difundía el terror por todas partes, le

buscaba ansioso con la esperanza de que fácilmente vencería al hijo

de Ulises por su tierna edad, llevando en su compañía treinta daunios

de extraordinaria fuerza, audacia y agilidad, a quienes prometió

considerables recompensas si en la batalla sacrificaban a Telémaco de

cualquiera manera que fuese: y si le hubieran encontrado entonces, sin

duda habrían cercado los treinta hombres el carro de Telémaco, mientras

Adrasto le hubiese atacado de frente; pero Minerva impidió su encuentro.

Creyó Adrasto oír a Telémaco en un lugar retirado de la llanura, al

pie de cierta colina en donde había gran número de combatientes, y al

momento corre para saciarse con su sangre; pero en vez de Telémaco

descubre al anciano Néstor que con mano trémula lanzaba al azar algunos

dardos. Lleno de furor, Adrasto quiso herirle; pero arrojáronse en

torno de Néstor varios pilios.

Oscureció el sol una nube de flechas: solo se oían gritos lastimeros

de los moribundos y el estrépito de las armas de los que caían

peleando: estremecíase la tierra al hacinarse tantos cadáveres, y

corrían por doquier ríos de sangre. Marte y Belona, acompañadas de las

Furias infernales vestidas de túnicas manchadas de sangre, renovaban

incesantemente la ira en los corazones; y estas divinidades enemigas

del hombre ahuyentaban la compasión generosa, el valor moderado y

la sensible humanidad. En aquella aglomeración confusa de hombres

encarnizados todo era mortandad, venganza, desesperación y furor, y a

su vista se estremeció y retrocedió horrorizada la sabia e invencible

Palas.

Marchaba a paso lento Filoctetes en socorro de Néstor, llevando las

flechas de Hércules. No habiendo podido Adrasto alcanzar al divino

anciano, arrojaba sus dardos a los pilios arrebatando la vida a muchos,

entre ellos a Ctesilao, tan veloz en la carrera que apenas dejaba

huellas en la arena, y que aventajaba a las corrientes más rápidas del

Alfeo y el Eurotas. A sus pies habían caído Eutifrón, más hermoso que

Hilas, y cazador tan fogoso como Hipólito; Pterelao, que acompañó a

Néstor en el sitio de Troya, y a quien apreció el mismo Aquiles por su

fuerza y valor; Aristogitón, que, habiéndose bañado en las aguas del

río Aqueloo, recibió de este dios la virtud de adoptar toda especie de

formas, y que era tan ágil y pronto en sus movimientos que escapaba de

las manos del hombre más vigoroso. Sin embargo, dejole Adrasto inmóvil

de una lanzada y privole de la vida.

Olvidó Néstor el peligro que le amenazaba, y exponía inútilmente su

ancianidad al ver caían a los golpes de Adrasto los más valientes

guerreros, cual la dorada espiga cede a la hoz del infatigable segador:

habíale abandonado la prudencia: cuidaba solo de seguir con la vista

a su hijo Pisístrato, que sostenía denonado el combate para alejar el

peligro que amenazaba a su padre. Mas había llegado el momento fatal en

que Pisístrato debía hacer conocer a Néstor la desventura que ocasiona

a veces una prolongada vida.

Descargó Pisístrato con la lanza tan fuerte golpe a Adrasto que debió

este sucumbir; pero le evitó, y mientras que Pisístrato recogía y

enarbolaba de nuevo su lanza, le hirió Adrasto con una jabalina en el

vientre. Comenzó a abandonarle la sangre, se marchitó el color de su

rostro como la flor que acaba de coger la ninfa en la pradera, y ya

casi estaban cerrados sus ojos y había perdido la voz. Alceo, su ayo,

que se hallaba a su lado, impidió cayese y tuvo tiempo únicamente para

conducirle a los brazos de su padre: quiso hablar Pisístrato para dar a

Néstor las últimas pruebas de su ternura filial; mas expiró al abrir la

boca.

Mientras que Filoctetes causaba mortandad y horror en torno suyo para

rechazar los esfuerzos de Adrasto, estrechaba Néstor entre sus brazos

el cadáver de su hijo, lamentando su desgracia. ¡Desventurado, decía,

desventurado de mí por haber sido padre y vivido tantos años! ¡Ah!,

cruel destino, ¿por qué no has terminado mi vida, ora en la caza del

jabalí en Calidón, ora en el viaje a Cólquida, ora en el primer sitio

de Troya? Habría muerto con gloria y sin pesadumbre; mas ahora arrastro

una senectud dolorosa, despreciada, impotente, y solo vivo para sufrir

los males y sentir la aflicción. ¡Hijo mío, caro Pisístrato! Tú me

consolabas cuando perdí a tu hermano Antíloco; pero ya no existes, y

nada me servirá de consuelo: acabó todo para mí, hasta la esperanza,

único alivio de las penas del hombre. ¡Antíloco, Pisístrato, hijos

queridos!, me parece que os pierdo hoy a entrambos: la muerte del uno

renueva la herida que hiciera la del otro en mi corazón. ¡Ya no volveré

a veros! ¿Quién cerrará mis párpados, quién recogerá mis cenizas? ¡Oh

Pisístrato!, moriste cual valiente como tu hermano: solo yo no puedo

hallar la muerte.

[Ilustración]

Al decir estas palabras, quería herirse con un dardo; mas detuviéronle

y le arrebataron el cuerpo de su hijo: condujeron a su tienda

desfallecido al desgraciado anciano en donde después de haber recobrado

algún tanto las fuerzas quiso volver de nuevo a la lid, mas se lo

impidieron a su pesar.

Buscábanse entre tanto Adrasto y Filoctetes, semejantes al león y

el leopardo que aspiran a devorarse mutuamente en las orillas del

Caístro: llenos de bélico furor y cruel venganza esparcían la muerte

por doquiera, y mirábanles con espanto cuantos peleaban. Descubriéronse

uno a otro, y ya tenía Filoctetes en la mano una de aquellas terribles

flechas nunca inciertas, y cuyas heridas eran incurables; pero Marte,

que favorecía al intrépido y sanguinario Adrasto, impidió pereciese tan

pronto deseoso de prolongar los horrores de la guerra, y multiplicar

la mortandad por su mano, pues todavía le consagraban los dioses a su

justicia para castigar al hombre y derramar su sangre.

Cuando intentó acometerle Filoctetes, fue herido este por Anfímaco,

joven lucanio más bello que el famoso Nireo, cuya hermosura solo

cedía a la de Aquiles entre todos los griegos que pelearon en el

sitio de Troya. Apenas recibió Filoctetes la herida, lanzó la flecha

a Anfímaco, y le atravesó el corazón; y al momento oscureciéronse sus

ojos cubriéndose de las pálidas sombras de la muerte; marchitose su

boca más bermeja que las rosas que siembra Aurora en el horizonte;

desapareció el color de sus mejillas, sucediéndose a él una palidez

cárdena, y quedó desfigurado repentinamente su delicado rostro. El

mismo Filoctetes le compadeció, y todos los guerreros se estremecieron

al verle cubierto de su propia sangre, y arrastrada por el polvo la

cabellera de aquel joven, más hermosa que la del mismo Apolo.

Vencido Anfímaco, viose obligado Filoctetes a abandonar la lid por la

mucha sangre que perdía, y hasta su antigua herida estaba al parecer

próxima a abrirse de nuevo y renovar sus dolores con los esfuerzos

hechos para pelear; porque los hijos de Esculapio no habían podido

curarle enteramente a pesar de su divina ciencia. Ya iba a caer sobre

un montón de cadáveres; mas en el momento en que Adrasto le hubiera

hecho perecer a sus pies le retiró Arquidamo, el más diestro y valiente

de todos los ebalios que le acompañaran para fundar la ciudad de

Petilia. Nada osaba resistir a Adrasto ni retardarle la victoria:

sucumbían todos o huían cual de un torrente que habiendo salido de

madre arrastra furioso mieses, rebaños, aldeas y pastores.

Percibió Telémaco la gritería de los vencedores, y advirtió el desorden

de los confederados, que huían delante de Adrasto como la manada de

tímidos ciervos cuando perseguida por el cazador atraviesa dilatadas

llanuras, bosques, montañas, y hasta los ríos de más rápido curso.

Estremeciose Telémaco: apareció la indignación en sus ojos, y dejó los

lugares en donde combatiera largo tiempo con tanta gloria como riesgo.

Voló a socorrerlos, avanzando por entre una multitud de enemigos a

quienes dejó tendidos, y lanzó un grito que hirió los oídos de todos

los guerreros.

Había dado Minerva a su voz un sonido terrible, que repitieron las

vecinas montañas, más espantoso que la del fiero Marte cuando invoca

la guerra y la muerte en los montes de Tracia. Su voz excitó la

audacia y el valor en el corazón de todos sus guerreros, y cubrió de

espanto a los enemigos, avergonzándose el mismo Adrasto al observarse

lleno de turbación. Estremecíanle funestos presagios, y animábale la

desesperación más bien que el valor. Tres veces vacilaron sus trémulas

rodillas; tres veces retrocedió sin saber lo que hacía: cubrió sus

miembros un frío sudor y una palidez mortal: su voz ronca e incierta

no podía acabar las palabras, y llenos los ojos de un fuego sombrío

parecía iban a saltar de sus órbitas: agitábanle como a Orestes las

furias, y todos sus movimientos eran convulsivos. Entonces comenzó a

creer que existían los dioses, imaginándose verlos irritados y escuchar

su voz que salía de lo profundo del abismo para llamarle al oscuro

Tártaro. Todo le hacía sentir una mano celeste e invisible que iba a

descargar sobre su cabeza, y retardaba el golpe para herirle con mayor

fuerza: había desaparecido la esperanza de su corazón, y disipádose la

audacia como la luz del día cuando el sol se oculta en las olas del

océano y cubren a la tierra las sombras de la noche.

El impío Adrasto, tolerado largo tiempo por los dioses si no les

hubiera sido necesario como instrumento de su justicia; el impío

Adrasto se aproximaba a su última hora, corriendo a su inevitable

destino, y llevando en pos de sí horror, remordimientos, furor,

consternación, desesperación y rabia. Descubre a Telémaco, y al momento

cree ver abierto el Averno y las llamas que arroja el oscuro Flegetonte

que van a consumirle. Exclama, y queda abierta su boca sin que pueda

articular una sola palabra, semejante al que duerme y hace esfuerzos

dormido para hablar, sin que la voz le salga. Con mano trémula y

acelerada arroja el dardo a Telémaco: mas este se cubre con el escudo

con aquella intrepidez que distingue a los favorecidos de los dioses,

y, cual si la Victoria le defendiese con sus alas, descúbrese la

corona del triunfo sobre su cabeza: se ven en sus ojos el valor y la

serenidad, y obra con tal prudencia en medio de tan grandes peligros,

que podía considerársele cual si fuese la misma Minerva. Rechaza su

escudo el dardo arrojado por Adrasto, y apresúrase este a desnudar

la espada para evitar que aquel le lance el dardo, y al advertirlo

Telémaco desnuda también la suya.

[Ilustración]

Cuando los demás guerreros los vieron dispuestos a pelear, depusieron

las armas para observarlos silenciosos, esperando del éxito de

aquella lid el destino de la guerra. Cruzábanse muchas veces los dos

aceros brillando como la chispa que produce los rayos, multiplicando

golpes inútiles sobre las bruñidas armas que resonaban al recibirlos:

separábanse y se aproximaban, se abatían, volvían a levantarse hasta

que por último se asieron. La hiedra, que nace al pie del olmo, no

estrecha tanto el tronco duro y nudoso entretejiéndose hasta las

más elevadas ramas, como ambos combatientes se oprimían uno a otro.

Conservaba Adrasto toda su fuerza, y Telémaco aun no había desplegado

la suya. Hizo el primero esfuerzos repetidos para sorprender y abatir

a su enemigo procurando apoderarse de la espada del joven griego; pero

en vano, porque al momento mismo de procurarlo le levantó y le tendió

sobre la tierra. Entonces manifestó un cobarde temor a la muerte aquel

impío que siempre despreciara a los dioses, y aunque avergonzándose

de pedir la vida no pudo menos de manifestar que deseaba conservarla,

procurando excitar la compasión de Telémaco. Hijo de Ulises, le dijo,

ahora conozco la justicia de los dioses: me castigan cual merezco:

solo la desgracia abre al hombre los ojos a la verdad: yo la veo, ella

me condena. Pero el infortunio de un rey desgraciado traiga a vuestra

memoria la de vuestro padre, todavía lejos de Ítaca, y este recuerdo

mueva vuestro corazón.

Jamás he apetecido otra cosa que la victoria y la paz de las naciones,

en cuyo auxilio vengo, respondió Telémaco teniéndole bajo su rodilla

y con el acero levantado para degollarle: no deseo derramar sangre.

Vivid, pues, Adrasto, pero sea para reparar vuestras faltas: restituid

cuanto habéis usurpado: restableced la tranquilidad y la justicia en la

costa de la grande Hesperia que habéis manchado con tantos homicidios

y traiciones: vivid y sed desde hoy otro hombre. Enséñeos vuestra

caída que los dioses son justos. ¡Infeliz el malvado que se engaña

buscando la felicidad en la violencia, en la inhumanidad y la mentira!

Por último, nada es más lisonjero y venturoso que la virtud: dadnos,

pues, como rehenes a vuestro hijo Metrodoro y doce personajes de los

principales de vuestra nación.

Dichas estas palabras dejó a Adrasto levantarse ofreciéndole la mano

sin desconfiar de su mala fe; mas al momento arroja Adrasto a Telémaco

otro dardo pequeño que ocultaba, tan agudo y arrojado con tanta

destreza, que hubiera atravesado su armadura a no haber sido fabricada

por manos divinas, y al mismo tiempo se guareció Adrasto tras el tronco

de un árbol para evitar le persiguiese el joven griego. Daunios,

exclamó este, ya lo veis: la victoria es nuestra: este impío se salva

por medio de la traición: el que no teme a los dioses teme a la muerte:

por el contrario, ninguna otra cosa que los dioses inspira temor al que

teme a ellos.

[Ilustración]

Se adelantó Telémaco hacia los daunios haciendo seña a sus soldados que

se hallaban a la otra parte del árbol para que interceptasen el paso

al pérfido Adrasto que, temiendo ser sorprendido, aparentó retroceder

con intención de salvarse por entre los cretenses que se lo impedían;

pero cayó sobre él repentinamente Telémaco, con la celeridad que se

desprende del rayo que la diestra del padre de los dioses lanza desde

el alto Olimpo para herir las cabezas de los delincuentes, y asiéndole

con mano victoriosa le tiende en tierra cual el fuerte aquilón a la

tierna espiga que descuella en el campo y, sin escucharle, sin embargo

de que aún se atreve a abusar de su bondadoso corazón, introduce el

acero en su cuerpo precipitándole en las hogueras del oscuro Tártaro,

castigo digno a sus maldades.

[Ilustración]

Las aventuras de Telémaco seguidas de las de Aristonoo · 第 70 / 88 题