LIBRO XIX.

Luego que salió Telémaco de aquellos lugares se sintió aliviado de un

grave peso; y esto le hizo conocer la desventura de los que se hallaban

encerrados en ellos sin esperanza de salir jamás. Causábale espanto

el considerar cuánto eran castigados los reyes con mayor rigor que

los demás culpables. ¡Cómo!, exclamaba, ¡tantas obligaciones, tantos

peligros, tantos lazos y dificultades para conocer la verdad, para

guardarse de sí mismo y de los demás hombres; y por último, tormentos

tan horribles en los infiernos después de haber vivido en la agitación,

envidiados y contrariados en el corto espacio de la vida! ¡Insensato

aquel que apetece la diadema! ¡Dichoso el que se ciñe a la condición

privada y pasiva, que hace menos difícil la virtud!

Al hacer estas reflexiones llenábase de turbación, se estremecía

hasta llegar a caer en la desesperación de los desventurados a quienes

acababa de ver; pero a medida que se alejaba de aquella tenebrosa

mansión de horror, iba recobrando el valor: respiraba ya, y descubría

de lejos la luz pura y agradable de la morada de los héroes.

Allí habitaban los buenos reyes que hasta entonces habían reinado con

sabiduría, los cuales estaban separados de los demás justos; pues a

la manera que los malos príncipes padecían en el Tártaro tormentos

infinitamente más rigurosos que los demás que vivieron en la condición

privada, así los buenos reyes gozaban en los Campos Elíseos una dicha

infinitamente superior que el resto de los mortales a quienes animó la

virtud mientras existieron.

[Ilustración]

Acercose Telémaco a aquellos reyes que discurrían por entre olorosos

bosques, hollando con la planta céspedes siempre floridos y nuevos,

regados por pequeños arroyos de hermosas y cristalinas aguas, que

producían una frescura deliciosa, a cuyas orillas resonaban los

trinados gorjeos de crecido número de aves. Hermanábanse allí las

flores de la primavera y los ricos frutos del otoño: jamás se

experimentaban los ardores de la abrasada canícula, ni se atrevía

el aquilón a soplar. La guerra sedienta de sangre, la envidia que

muerde con su venenosa boca y abriga ponzoñosas víboras, la rivalidad,

la desconfianza, el temor, los vanos deseos; nada turba aquella

afortunada mansión de la paz. No tiene allí término el día, ni se

conocen las sombras de la noche. En torno de los cuerpos de aquellos

hombres justos se difunde una luz pura y agradable que les cubre como

las vestiduras; pero aquella luz no es semejante a la opacidad que

alumbra a los mortales, y que no es otra cosa que tinieblas: más que

luz, es gloria celestial: penetra los cuerpos de mayor espesor más

sutilmente que los rayos del sol el cristal: no deslumbra jamás; al

contrario, fortifica la vista y produce en el alma cierta especie de

serenidad: solo ella alimenta a los bienaventurados: de ellos sale y a

ellos vuelve, penetrando e incorporándose con ellos cual el alimento

a los vivientes. La ven, la sienten y la respiran; produce en ellos

un manantial inagotable de paz y de goces, quedando sumergidos en un

abismo de delicias cual los peces en las aguas del mar. Nada apetecen:

poséenlo todo sin tener cosa alguna, porque satisfecho su corazón con

aquella luz pura no conocen deseos, y la plenitud y abundancia les

hace superiores a cuanto desean gozar sobre la tierra los hombres

hambrientos e insaciables. Desprecian las delicias que disfrutan,

porque el exceso de su felicidad interior no les deja sentir los goces

exteriores: semejantes a los dioses que, saciados con la ambrosía y

el néctar, desdeñarían cual manjares groseros los que les presentasen

de la mesa más exquisita de cualquier mortal. Huyen todos los males

de aquellos lugares de quietud y de paz: la muerte, las dolencias, la

pobreza, el dolor, el pesar, el remordimiento, el temor, la discordia,

el disgusto, el enojo, y hasta la esperanza que produce a las veces

penas iguales al temor, no penetra allí jamás.

Las elevadas montañas de la Tracia, cuyas altas cimas cubiertas

de nieve y de hielo desde los primeros tiempos del mundo hienden

las nubes, serían arrancadas de sus cimientos colocados en el

centro de la tierra con mayor facilidad que pudiera conmoverse el

corazón de aquellos hombres justos. Compadecen sin embargo las

miserias que agobian a los mortales, aunque la compasión en nada

turba su inalterable dicha. Juventud eterna, perdurable felicidad,

celestial gloria, están retratadas en sus rostros; pero no es su

alegría inmodesta e inconsiderada, sino agradable, noble, y llena de

majestad: enajenados con el goce sublime de la verdad y de la virtud,

experimentan a cada instante y sin interrupción aquella sorpresa que

siente una madre al ver al hijo querido cuya muerte había llorado; mas

el gozo que abandona en breve a la madre, permanece por siempre en el

corazón de aquellos héroes sin desfallecer un momento y renovándose

incesantemente: sienten la enajenación del ebrio; pero no la ceguedad y

turbación que produce la embriaguez.

Diviértense con lo que gozan: fijan con desprecio la planta en lo

que formaba el regalo y ostentación de la clase en que vivieran, cuya

suerte lamentan: recuerdan complacidos aquellos tristes pero pasajeros

años que tuvieron la desgracia de combatir contra sí mismos y contra

el torrente de hombres viciosos para llegar a ser buenos: admiran el

auxilio de los dioses que como por la mano les condujeran a la virtud

en medio de tantos peligros. Circula sin cesar por sus corazones

cierto espíritu divino, cual un torrente de la misma divinidad que se

incorpora con ellos: ven y conocen su dicha, y que serán eternamente

dichosos. Cantan en loor de los dioses a una voz, con un pensamiento y

un solo corazón; y produce la felicidad en sus almas unidas un flujo y

reflujo continuo.

En este enajenamiento divino pasan los siglos con más velocidad que

los mortales las horas; y sin embargo no se disminuye su felicidad

inalterable en mil y otros mil siglos. Reinan todos a la vez; mas no

sobre tronos que pueda destruir el influjo del hombre, sino en sí

mismos y con un poder inmutable; pues no necesitan hacerse temibles

usando de la autoridad que emana de una nación vil y miserable. No usan

coronas, cuyo brillo oculta tantos disgustos y sinsabores: los mismos

dioses han ceñido su sien con diademas que no puede alterar ningún

influjo humano.

Telémaco, que buscaba a su padre, y que temiera antes hallarle en

aquellos lugares deliciosos, quedó tan complacido de la paz y ventura

que gozaban, que habría deseado encontrarle allí, y aun se afligía al

considerar le era preciso volver a la sociedad de los mortales. Aquí,

decía, se encuentra la verdadera vida: la que ofrece el mundo es una

verdadera muerte. Pero lo que más le maravillaba era haber visto tantos

reyes castigados en el Tártaro, y tan corto número de ellos premiados

en los Campos Elíseos; y de aquí dedujo ser escasa la porción de ellos

bastante animosos y esforzados para resistir su propio poder, y la

adulación de los muchos que se dedican a excitar sus pasiones. Así

es que son raros los buenos reyes, y que no serían justos los dioses

si habiendo tolerado el abuso de su poder mientras vivieron, no les

castigasen más allá de la vida.

No encontrando Telémaco a su padre Ulises entre aquellos reyes, buscó

al divino Laertes su abuelo, y mientras que lo hacía inútilmente,

acercose a él un anciano respetable y lleno de majestad; mas no era su

vejez semejante a la de los hombres, a quienes agobia el peso de los

años. Conocíase, sí, haber muerto en la senectud, y reunía la gravedad

de ella a las gracias de la adolescencia; porque estas se renuevan aun

en los más caducos ancianos luego que entran en los Campos Elíseos.

Adelantábase hacia Telémaco apresuradamente, y le miraba con cierta

complacencia cual si fuese para él persona muy querida. Entre tanto

hallábase Telémaco cuidadoso y perplejo por no conocerle.

[Ilustración]

Querido hijo mío, le dijo el anciano, yo te perdono que no me conozcas:

soy Arcesio, padre de Laertes. Terminé la carrera de mis días antes

que Ulises mi nieto partiese al sitio de Troya, y niño todavía tú,

ibas en los brazos de la nodriza. Desde entonces concebí de ti grandes

esperanzas, y no me he engañado; pues veo desciendes al reino de Plutón

en busca de tu padre, y que los dioses te favorecen en esta empresa.

¡Venturoso joven! ¡Los dioses te protejen y preparan una gloria igual

a la de tu padre! ¡Venturoso yo también pues vuelvo a verte! Cesa,

cesa de buscar a Ulises en estos lugares: vive todavía, y a él está

reservado el restablecimiento de nuestra dinastía en la isla de Ítaca.

El mismo Laertes, aunque oprimido por los años, existe también, y

espera el regreso de su hijo para que cierre sus párpados. Trascurre

la vida del hombre como las flores que se abren por la mañana, y a la

tarde se marchitan y son despreciadas. Trascurren las generaciones

cual la corriente de un caudaloso río, y nada alcanza a detener la

marcha presurosa del tiempo, que arrastra en pos de sí lo que parece

más inmutable. Tú, hijo mío, tú mismo, tú mismo que ahora gozas de una

juventud vigorosa y fecunda en placeres, considera que esta hermosa

edad no es otra cosa que una flor que se secará apenas haya nacido:

tú te verás trocado insensiblemente: se desvanecerán cual un sueño

las encantadoras gracias y agradables placeres que te acompañan, la

robustez, el gozo, la salud, y solo te quedará de todo ello un triste

recuerdo: la senectud desfallecida y enemiga de los placeres vendrá

a arrugar tu rostro, a agobiar tu cuerpo, debilitar tus miembros,

a agotar en tu corazón el manantial del gozo, a disgustarte de lo

presente, a inspirarte temor de lo futuro, a hacerte insensible a todo

a excepción del dolor.

Acaso esta época te parezca remota; mas ¡ay!, te engañas, hijo mío:

se acerca veloz: ya llega; pues lo que se aproxima con tal rapidez no

dista mucho, mientras lo presente que pasa fugitivo está ya bien lejos,

porque se aniquila mientras lo decimos y no puede retroceder. Jamás

cuentes con lo presente, hijo mío: sigue el camino áspero y trabajoso

de la virtud con la vista siempre fija en el porvenir. Prepárate un

lugar en la mansión dichosa de la paz por medio de costumbres puras y

amor a la justicia.

Por último, en breve verás a tu padre recobrar la autoridad en Ítaca:

reinarás después de él. Pero ¡ah, hijo mío!, ¡cuánto engaña la diadema!

Cuando se mira de lejos brillan en ella grandezas y delicias; mas

considerada de cerca solo se hallan espinas. Puede el ciudadano vivir

sin deshonra oscurecido en agradable vida; mas un rey no puede preferir

sin deshonrarse las comodidades y la ociosidad a las penosas funciones

del gobierno. Debe ocuparse de los que gobierna y jamás de sí mismo:

sus menores faltas son de gran consecuencia, pues acarrean la desgracia

de los pueblos tal vez por muchos siglos: deben reprimir la audacia

de los malos, proteger la inocencia y extirpar la calumnia. No basta

que dejen de hacer mal: preciso es causen todo el bien posible que el

estado ha menester: tampoco basta produzcan el bien por sí mismos,

sino que están obligados a impedir todo el mal que harían los demás

si no les contuviesen. Teme, pues, hijo mío, teme una condición tan

peligrosa: ármate de valor contra ti mismo, contra tus pasiones y

contra la adulación.

Mientras decía estas palabras Arcesio, parecía animado de un espíritu

divino, y se manifestaba en su rostro la compasión por los males que

acompañan al cetro. Cuando se empuña, decía, para satisfacer las

pasiones, es una tiranía monstruosa: cuando para llenar los deberes

y conducir a un numeroso pueblo cual el padre a sus hijos, es una

servidumbre penosa que requiere valor y sufrimiento heroico; y de aquí

es que los que reinan con virtud sincera, poseen en los Campos Elíseos

cuanto puede darles el poder de los dioses para complemento de su

felicidad.

Penetraban las palabras de Arcesio hasta el corazón de Telémaco,

grabándose en él a la manera que el buril del diestro artífice

esculpe en el bronce las figuras que quiere conservar indelebles a

la posteridad más remota, o como un fuego sutil que se introducía en

sus entrañas: sentíase conmovido e inflamado, y descendía al parecer

sobre él cierto espíritu divino que le consumía interiormente, sin que

pudiese contener, soportar ni resistir tan viva y deliciosa sensación,

mezclada con un tormento capaz de producir la muerte.

Comenzó Telémaco a respirar con mayor libertad al advertir en las

facciones de Arcesio mucha semejanza con las de Laertes; y aun le

parecía recordar confusamente que las había visto en el rostro de su

padre Ulises cuando partió al sitio de Troya.

Este recuerdo enterneció el corazón de Telémaco: corrían por sus

mejillas lágrimas de gozo: quería estrechar en sus brazos a tan

querida sombra, y lo procuró muchas veces, pero en vano; pues huía cual

el sueño engañoso, y semejante al que duerme, y ora sigue con la boca

abierta y sedienta la fugitiva corriente, ora procura articular con

torpe labio palabras que no puede pronunciar, ora extiende las manos

esforzándose inútilmente; del mismo modo enternecido Telémaco veía a

Arcesio, le oía y le hablaba, aunque sin poder encontrar su cuerpo. Por

último, preguntole quiénes eran aquellos hombres que veía en torno suyo.

En ellos estás viendo, hijo mío, respondió el anciano, los hombres

célebres que fueron el adorno de su siglo y la gloria del género

humano. Entre ellos se encuentra el escaso número de reyes que fueron

dignos de la corona, y cumplieron con fidelidad las funciones de

dioses de la tierra. Los que ves a su inmediación, aunque separados

por una nube trasparente, gozan gloria inferior; y sin embargo de que

verdaderamente son héroes, no puede compararse el valor de sus proezas

militares con la gloria de los reyes sabios, justos y benéficos.

Entre esos héroes verás a Teseo con semblante un tanto melancólico:

siente la desgracia de haber sido demasiado crédulo para con una mujer

artificiosa, y aún se aflige al recordar la injusticia con que pidió a

Neptuno la muerte de su hijo Hipólito: ¡dichoso él si no hubiera sido

tan pronto y fácil de irritar! También verás a Aquiles apoyado sobre la

lanza, a causa de aquella grave herida que recibió en el talón, hecha

por el infame Paris, y que terminó su vida. Si su sabiduría, moderación

y justicia hubiesen igualado a su intrepidez, le hubieran concedido los

dioses un reinado más duradero; mas doliéronse de los dólopes y ftiotas

sobre quienes debía reinar después de Peleo, y no quisieron confiar

tantos pueblos a un hombre más propenso al enojo que el proceloso

mar. Abreviaron las Parcas el hilo de sus días, y fue cual la flor que

corta la reja del arado apenas se abrió, y expira el mismo día que la

vio nacer. Sirviéronse los dioses de él para castigar a los hombres de

sus delitos como de las tempestades y torrentes, haciendo que abatiese

Aquiles las murallas de Troya para vengar el perjurio de Laomedonte

y los injustos amores de Paris: y después de haberle empleado como

instrumento de su venganza, aplacados ya, se negaron a las lágrimas de

Tetis, y a dejar por más tiempo sobre la tierra a aquel joven héroe,

que no era a propósito para otra cosa que para inquietar a los hombres

y asolar ciudades y reinos.

¿Ves aquel otro con semblante feroz? Es Áyax, hijo de Telamón y deudo

de Aquiles, cuya gloria en las lides tal vez no te sea desconocida.

Muerto Aquiles pretendió que solo a él debían adjudicar sus armas:

creyó tu padre no ser inferior a él, y juzgaron los griegos en favor

de este. Desesperado Áyax diose la muerte, y aun se ven retratados

en su rostro la indignación y el furor. No te acerques a él, hijo

mío, pues creería que ibas a insultarle en la desgracia, y debe ser

compadecido. ¿No reparas que nos mira con disgusto, y que se introduce

aceleradamente en aquel bosque sombrío por serle odiosa nuestra

vista? Observa a este otro lado a Héctor, que habría sido invencible

si el hijo de Tetis no hubiera existido en su tiempo. Pero he allí a

Agamenón, que lleva todavía sobre sí las señales de la perfidia de

Clitemnestra. ¡Ah hijo mío!, me estremezco al recordar las desgracias

de la familia del impío Tántalo. La discordia de los dos hermanos

Tiestes y Atreo ha llenado de horror y de sangre esta mansión. ¡Ah,

cuántos delitos acarrea un solo crimen! Regresando Agamenón del sitio

de Troya a la cabeza de los griegos, no tuvo tiempo para gozar

tranquilo la gloria que adquiriera: tal es el destino del mayor número

de los conquistadores. Todos estos héroes que ves fueron temibles en la

guerra; pero nunca amables por sus virtudes, y por lo mismo se hallan

en la segunda morada de los Campos Elíseos.

Los demás reinaron con justicia y obtuvieron el amor de sus pueblos:

por esta causa son los favoritos de los dioses. Mientras que Agamenón

y Aquiles conservan todavía el disgusto y defectos de que adolecieron,

y se lamentan en vano de sus discordias y peleas, y de la vida que

perdieron afligiéndose por no ser otra cosa que sombras vanas e

impotentes; nada tienen que desear para su dicha estos reyes justos,

purificados por la luz divina que les alimenta. Ven compasivos la

inquietud de los mortales, y parécenles juegos de la infancia los

negocios que ocupan al hombre ambicioso: sus corazones se hallan

saciados con la verdad y la virtud que beben en su fuente. Nada tienen

que sufrir de sí ni de otro: sin deseos, sin necesidades ni temores,

todo acabó para ellos a excepción de su dicha, que no puede acabarse.

Observa, hijo mío, al antiguo Ínaco que fundó el reino de Argos. Su

vejez agradable y majestuosa, las flores que nacen a sus pies, paso

ligero semejante al vuelo de las aves, la lira de marfil que lleva

en la mano con la cual acompaña el canto eterno en alabanza de las

maravillas de los dioses. Su boca y su corazón exhalan un perfume

exquisito, y los acentos de su armoniosa lira y de su voz arrobarían a

los dioses y a los hombres. De este modo ha sido recompensado el amor

a los pueblos que reunió dentro del recinto de nuevas murallas, y a

quienes dictó leyes.

[Ilustración]

También puedes observar entre aquellos mirtos al egipcio Cécrope,

que reinó el primero en Atenas, ciudad consagrada a la diosa de la

sabiduría, y cuyo nombre se le dio. Conduciendo Cécrope desde Egipto

leyes útiles dio origen en Grecia a las ciencias y buenas costumbres,

suavizó el carácter feroz de los habitantes del Ática, y los reunió con

vínculos sociales. Fue justo, humano, compasivo: dejó en la abundancia

a los pueblos mientras quedaba su familia en la medianía, no queriendo

obtuviesen la autoridad sus hijos después de su muerte, porque juzgaba

había otros más dignos que ellos.

Preciso es te señale en aquel pequeño valle a Erictonio, que inventó

el uso de la plata para acuñar moneda con el objeto de facilitar el

comercio entre las islas de Grecia, aunque previendo los inconvenientes

de su invención. Aplicaos, decía a todos los pueblos, a multiplicar en

vuestro suelo las riquezas que proporciona la naturaleza, que son las

verdaderas: cultivad la tierra para tener en abundancia trigo, vino,

aceite y frutas: multiplicad los rebaños para que os alimenten con

la leche y os cubran con la lana: de este modo os pondréis en estado

de no temer jamás la pobreza. Seréis más ricos cuanto sea mayor el

número de vuestros hijos, con tal que los hagáis laboriosos; porque es

inagotable la tierra, y su fecundidad se aumenta a medida del número de

brazos que se ocupan en cultivarla cuidadosamente: a todos recompensa

con liberalidad, al paso que se hace avara e ingrata para con los

que descuidan su cultivo. Dedicaos principalmente a las riquezas

verdaderas que satisfacen las necesidades del hombre. La moneda debe

solo apreciarse en cuanto es necesaria, bien para sostener las guerras

exteriores inevitables, bien para el comercio de las mercancías que

siendo precisas falten en vuestro país; y aun sería de desear se

hiciese únicamente el comercio de aquellas cosas que no sirven para

mantener el lujo, la vanidad y la molicie.

Mucho temo, decía varias veces el sabio Erictonio, mucho temo, hijos

míos, haberos hecho un presente funesto inventando la moneda. Preveo

excitará la avaricia, el fasto y la ambición; que sostendrá infinito

número de artes perniciosas que corromperán las costumbres; que os hará

molesta la feliz sencillez que proporciona el reposo y seguridad de

la vida; y por último, que os conducirá a despreciar la agricultura,

fundamento de la vida humana y origen de los bienes verdaderos; pero

los dioses son testigos de la pureza de corazón con que os he dado esta

invención útil en sí misma. Finalmente, cuando advirtió Erictonio que

la moneda corrompía los pueblos, según lo había previsto, se retiró

lleno de sentimiento a los montes, en donde vivió pobre y retirado de

los hombres hasta una extremada senectud, sin querer mezclarse en el

gobierno de ellos.

Apareció poco tiempo después en Grecia el célebre Triptólemo, a quien

enseñara Ceres el arte de cultivar la tierra y de poblarla anualmente

de doradas mieses; no porque los hombres desconocieran todavía el

trigo y los medios de multiplicarlo sembrándole, sino porque ignoraban

la perfección de la labranza, y enviado Triptólemo por Ceres, vino a

ofrecer con el arado en la mano los dones de aquella deidad a todos

los pueblos que tenían bastante ánimo para vencer su natural pereza y

dedicarse a un trabajo asiduo. En breve enseñó Triptólemo a los griegos

a romper la tierra, fecundizarla y abrir sus entrañas; en breve las

cortadoras hoces abatieron las tiernas espigas que poblaban los campos;

y luego que fue conocido el medio de cultivar el trigo y alimentarse

con el pan, suavizaron sus costumbres hasta los pueblos más salvajes

que vagaban por las selvas del Epiro y la Etolia, sustentándose con

bellotas, y se sometieron al yugo de las leyes.

Hizo conocer Triptólemo a los griegos cuán lisonjero sea deber las

riquezas al propio trabajo, y extraer de la tierra todo lo necesario

para vivir con comodidad. Esta inocente y sencilla abundancia,

inherente a la agricultura, hizo recordasen los prudentes consejos de

Erictonio, y empezaron a despreciar la moneda y todas las riquezas, que

coloca en el número de ellas la imaginación de hombres a quienes seduce

el deseo de placeres peligrosos, alejándoles del trabajo en que antes

hallaban bienes efectivos y costumbres puras en la vida independiente.

Conocieron, pues, que un campo fértil y bien cultivado es un verdadero

tesoro para una familia que desee vivir con frugalidad cual vivieron

sus padres. ¡Dichosos habrían sido los griegos si hubiesen subsistido

en estas máximas tan capaces de hacerles poderosos, independientes,

felices y dignos de serlo por una virtud sólida! Mas ¡ah!, las

olvidaron, empezaron a apreciar las falsas riquezas, descuidando

poco a poco las verdaderas, y llegaron a degenerar de su primitiva y

maravillosa sencillez.

¡Hijo mío!, reinarás algún día, y entonces acuérdate de inclinar a los

hombres a la agricultura, de honrarla y de aliviar a los que se dedican

a ella; y no permitas viva ninguno en la ociosidad, ni ocupado en las

artes que mantienen el lujo y la corrupción. Aquí se ven favorecidos

de los dioses dos hombres que fueron sabios en la tierra. Repara, hijo

querido, cuán superior es su gloria a la de Aquiles y a la de otros

héroes que solo se distinguieron en la guerra; superioridad semejante a

la hermosa primavera que excede en ventajas al invierno, o a la luz del

sol que brilla infinitamente más que la luna.

En tanto que Arcesio hablaba de esta suerte, advirtió tenía Telémaco

fija la vista en un pequeño bosque de laureles y un cristalino arroyo,

cuyas orillas se veían sembradas de violetas, rosas y otras muchas

flores, cuyos colores variados imitaban a los de Iris cuando desciende

a la tierra para anunciar a los mortales los decretos del Olimpo.

Encontrábase en aquel lugar el gran rey Sesostris, a quien conoció

Telémaco, lleno de una majestad infinitamente mayor que la que en él

se advertía cuando ocupaba el trono de Egipto: despedían sus ojos una

agradable luz que ofuscaba los de Telémaco; y al verle hubiera podido

creérsele embriagado con el néctar, según le había hecho superior a la

razón humana el espíritu divino para recompensar sus virtudes.

Reconozco, dijo Telémaco a Arcesio, reconozco, padre mío, a aquel sabio

rey de Egipto a quien vi no ha mucho tiempo.

[Ilustración]

Hele allí, respondió Arcesio: su ejemplo te convencerá de la

munificencia con que los dioses premian a los buenos monarcas. Pero es

preciso sepas que toda su felicidad actual nada es en comparación de la

que le estaba destinada, si la prosperidad no le hubiese hecho olvidar

los preceptos de la moderación y de la justicia. El deseo de abatir el

orgullo de los tirios le empeñó en ocupar aquella ciudad: la conquista

de ella excitó el nuevo deseo de otras conquistas, y seducido por la

gloria vana de los conquistadores, subyugó, o para decirlo mejor, asoló

toda el Asia. Regresó a Egipto cuando su hermano se había apoderado

del reino y alterado las mejores leyes con su injusto gobierno, y de

consiguiente las gloriosas conquistas de Sesostris produjeron solo el

efecto de turbar el sosiego de su imperio. Pero lo que le hace menos

disculpable es haberse dejado llevar del amor a su propia gloria,

arrastrando al carro de su triunfo los reyes más soberbios a quienes

había vencido. Llegó a conocer este error, y se avergonzó de su

inhumanidad. Tal fue el fruto de sus victorias, y he aquí lo que hacen

los conquistadores en perjuicio suyo y de los estados que gobiernan

cuando tratan de usurpar los de sus vecinos. Esto perjudicó la gloria

de un monarca, por otra parte justo y benéfico; gloria que le tenían

preparada los dioses.

¿Ves aquel otro, cuya herida parece reciente? Es Dioclides, rey de

Caria, que se inmoló voluntariamente en una batalla por el bien de su

pueblo, por haber presagiado el oráculo que en la guerra de los carios

con los licios vencería la nación cuyo rey pereciese.

Considera aquel otro sabio legislador que, habiendo dictado leyes

capaces de hacer felices a sus vasallos, exigió de ellos jurasen no

violarían jamás ninguna durante su ausencia; y hecho este juramento se

desterró voluntariamente de su patria, y murió pobre fuera de ella para

obligarles a guardar por siempre leyes tan útiles.

También estás viendo a Eunésimo, rey de los pilios, y uno de los

progenitores del sabio Néstor. En cierta peste que asolaba la tierra,

y cubría de nuevas sombras las orillas del Aqueronte, suplicó a los

dioses aplacaran su enojo contentándose con su muerte para que se

salvasen millares de inocentes: oyéronle propicios, y le proporcionaron

aquí una verdadera corona en nada comparable con las que ofrece el

mundo.

Aquel anciano que ves coronado de flores es el famoso Belo que reinó

en Egipto, se enlazó con Anquínoe, hija del dios Nilo, que oculta el

origen del manantial de sus aguas y enriquece las tierras que riega

cuando las inunda: tuvo dos hijos; Dánao, cuya historia no ignoras,

y Egipto que dio su nombre a aquel hermoso reino. Creyose Belo más

poderoso por la abundancia que proporcionaba a su pueblo y por el

amor de sus súbditos, que por todos los tributos que hubiera podido

imponerles.

Todos estos hombres, a quienes crees muertos, viven aún, hijo mío; pero

no como lo hacen los que arrastran la vida miserable del mundo, que es

una verdadera muerte: solamente se han trocado sus nombres. ¡Plegue a

los dioses merezcas esta dichosa vida, que nada puede turbar ni hallará

término! Apresúrate, pues: ya es tiempo de que vayas en busca de tu

padre. Antes de hallarle, ¡ay!, ¡cuánta sangre verás derramada! ¡Pero

qué gloria te espera en las campiñas de la Hesperia! Recuerda los

consejos del sabio Méntor: si obras según ellos será célebre tu nombre

entre todas las naciones y por todos los siglos.

[Ilustración]

Dijo: y al momento condujo a Telémaco hasta la puerta de marfil que

da salida al tenebroso imperio de Plutón. Separose de él Telémaco

bañado en lágrimas sin poder abrazarle; y saliendo de aquellos lugares

sombríos, regresó con celeridad al campo de los confederados, después

de haberse reunido a los dos jóvenes cretenses que le acompañaron hasta

cerca de la caverna, y que no tenían esperanzas de volverle a ver.

[Ilustración]

Las aventuras de Telémaco seguidas de las de Aristonoo · 第 67 / 88 题