LIBRO XVIII.

Habíase retirado Adrasto, disminuidas sus tropas en el combate, a la

parte opuesta del monte Aulón, y allí aguardaba varios refuerzos,

con la esperanza de sorprender segunda vez al enemigo; semejante al

hambriento león que rechazado del redil se oculta en la espesa selva, y

regresa a su caverna para afilar el diente y la garra mientras llega el

momento favorable para degollar el rebaño.

Después de haber establecido Telémaco en el ejército la más exacta

disciplina, pensó únicamente en ejecutar un proyecto que había

concebido y ocultaba a todos los caudillos. Largo tiempo hacía que le

agitaban por las noches varios sueños en que se le aparecía Ulises,

cuya imagen querida se le representaba siempre al fin de la noche, y

antes de que el resplandor naciente de la Aurora borrase del firmamento

el brillo de las inciertas estrellas, y de la superficie de la tierra

el dulce sueño acompañado de insubsistentes ilusiones. Ora creía

ver desnudo a Ulises en cierta isla afortunada a orillas de un río,

adornado de flores en medio de la pradera, y rodeado de ninfas que

le suministraban vestiduras para cubrirse; ora percibía su voz en un

palacio en que brillaban el oro y el marfil, y en donde coronados de

flores prestaban atención a sus palabras algunos hombres llenos de

admiración al escucharle; ora finalmente entre el regocijo y placeres

de los saraos y las tiernas consonancias de suaves voces, acompañadas

de la lira, más dulces que la de Apolo y las de las Musas.

Despertaba Telémaco y entristecíase con tan agradables imágenes.

¡Oh padre!, exclamaba: ¡oh mi amado padre Ulises! Estas imágenes de

felicidad me hacen comprender que habéis descendido ya a la mansión

de los bienaventurados, en donde los dioses recompensan las virtudes

con una eterna paz. Paréceme que veo los Campos Elíseos. ¡Ah, cuán

cruel es para mí esperar por más tiempo! ¡Qué, caro padre mío, jamás

volveré a veros! ¡Jamás estrecharán mis brazos al que tanto me amaba y

a quien busco a costa de tantas fatigas! ¡Jamás escucharé las palabras

articuladas por aquellos labios que pronunciaban la sabiduría! ¡Jamás

besaré aquellas manos queridas y victoriosas que abatieron tan crecido

número de enemigos! ¡No podrán estas castigar a los insensatos amantes

de Penélope! ¡Ya Ítaca no se restablecerá nunca de su actual ruina!

¡Oh dioses enemigos de mi padre, autores de estos sueños funestos

que privan a mi corazón de esperanza! ¿Por qué no me arrebatáis la

vida? No puedo existir en medio de tal incertidumbre. Mas ¡qué digo!:

¡ay!, demasiado cierto debo estar de que no existe ya. Corro a buscar

su sombra hasta el averno. A él descendió Teseo: Teseo, aquel impío

que deseaba ultrajar a las deidades infernales, al paso que yo soy

conducido por la piedad. Bajó también Hércules; y aunque tan inferior

a este, me será glorioso atreverme a imitarle. Logró Orfeo con la

relación de sus infortunios enternecer el corazón de aquel dios que

se supone inexorable, y que volviese Eurídice a morar entre los

vivientes. Más digno soy yo de compasión que Orfeo, pues aún es mayor

que su pérdida la mía. ¿Quién podrá comparar la de una joven doncella,

semejante a tantas otras, con la del sabio Ulises a quien admira toda

la Grecia? Muramos si es preciso. ¿Por qué temer la muerte cuando

proporciona tantos padecimientos la vida? ¡Plutón! ¡Proserpina! En

breve experimentaré si sois tan desapiadados como se supone. ¡Oh padre

querido!, después de haber vagado inútilmente por la tierra y los mares

deseoso de hallaros, veré si lo consigo en la morada tenebrosa de los

muertos. Si los dioses se niegan a que goce de vuestra compañía sobre

la tierra, y bajo la ardiente luz del sol, tal vez no me negarán que

vea al menos vuestra sombra en la mansión de la noche.

Al decir estas palabras Telémaco, regaba con lágrimas su lecho:

levantándose de repente, buscaba en la luz alivio al agudo dolor que le

causaran tales sueños; mas había traspasado su corazón una flecha, y la

llevaba clavada en él por todas partes.

Lleno de congoja se resolvió a descender al averno por un sitio no

muy distante del campamento. Era este cierto lugar célebre llamado

Aqueroncia, a causa de existir en él una espantosa caverna por la que

se descendía a las orillas del Aqueronte: nombre que al jurar por

él, inspiraba temor a los mismos dioses. Estaba la ciudad sobre una

roca, colocada cual el nido en la copa del árbol; y al pie de ella

se encontraba la caverna adonde no osaban aproximarse los tímidos

mortales, y aun los pastores cuidaban de alejar de ella sus rebaños.

Infestaba el aire el vapor de azufre de la laguna Estigia que exhalaba

sin cesar su espantosa boca: no crecían allí la yerba ni las flores, ni

soplaban jamás los agradables céfiros; no se veían las risueñas gracias

de la primavera, ni los ricos dones del otoño: árida y desfallecida, la

tierra nutría solamente algunos arbustos deshojados, y varios cipreses

funestos. Aun lejos de ella negaba Ceres al labrador doradas mieses.

Prometía inútilmente Baco agradables frutos, secándose la uva en vez

de madurar. Tristes las náyades, no daban curso al agua cristalina,

siempre turbia y amarga. Jamás cantaba el ave en aquella tierra poblada

de espinas y de abrojos, ni hallaba bosque alguno adonde retirarse,

corriendo a cantar sus amores bajo más apacible cielo. Solo se

percibían allí el graznido del cuervo y la voz lúgubre del búho, hasta

la yerba era amarga y los ganados que la pacían no retozaban contentos

al morderla. Huía de la vaca el toro bramador, y olvidaban los pastores

sus instrumentos rústicos.

Arrojaba de tiempo en tiempo la caverna un humo denso y negro que

oscurecía la luz del sol; y redoblaban sus sacrificios los pueblos

vecinos para aplacar a las deidades infernales. Sin embargo,

complacíanse estas muchas veces en inmolar a impulso de tan funesto

contagio al joven vigoroso y robusto que se halla en la flor de la

edad, o al tierno infante que acaba de entrar en la carrera de la vida.

Por aquella caverna determinó Telémaco buscar el camino de la oscura

morada de Plutón, dispuesto ya en favor suyo por Minerva, que

incesantemente le protegía cubriéndole con su égida; y el mismo Júpiter

accediendo a las súplicas de la diosa, había ordenado a Mercurio que

al descender al averno, como lo ejecuta diariamente para entregar

a Caronte cierto número de muertos, previniese al monarca de las

tinieblas dejase penetrar en ellas al hijo de Ulises.

Aléjase del campo Telémaco durante la noche, y camina a la claridad

de la luna invocando a esta poderosa deidad, que siendo en el cielo

astro brillante de la noche y sobre la tierra la casta Diana, es en los

infiernos la temible Hécate. Oye favorablemente los ruegos de Telémaco

para conocer la pureza de su corazón, y que es conducido por el amor

filial. Apenas estuvo a la entrada de la caverna, oye bramar la región

subterránea: tiembla el suelo que pisa, y brillan en el firmamento

el fuego y el relámpago, que descienden al parecer sobre la tierra.

Túrbase el corazón del hijo de Ulises, cúbrese su cuerpo de un sudor

frío; pero sin abandonarle el valor alza las manos y la vista hacia el

cielo y exclama: ¡Dioses poderosos!, acepto estos anuncios que juzgo

favorables: consumad vuestra obra. Dijo: y acelerando el paso continúa

con osadía su camino.

Disípase al momento la espesa humareda que tan funesta hacía la entrada

de la caverna a cuantos animales se acercaban a ella, desapareciendo

por algunos instantes el olor emponzoñado que arrojaba. Penetra en

ella Telémaco solo; porque ¿qué otro mortal osaría seguirle? Los dos

cretenses que le acompañaran hasta cierta distancia de ella, y a

quienes comunicó su proyecto, permanecían trémulos y próximos a expirar

en un templo bastante lejano de la caverna, dirigiendo plegarias a los

dioses y sin esperanza de volver a ver a Telémaco.

Entre tanto penetra el hijo de Ulises en aquellas horrorosas tinieblas

con la espada en la mano, y en breve percibe una claridad escasa y

opaca, semejante a la que se ve sobre la tierra durante la noche.

Advierte frágiles sombras que vuelan en derredor suyo, y las aleja

con la espada. Ve en seguida las tristes orillas del cenagoso río,

cuyas aguas pantanosas y estancadas se mueven sobre su mismo álveo; y

descubre en sus márgenes innumerable porción de muertos, privados de

sepultura, que en vano se presentan al desapiadado Caronte. Este dios,

cuya eterna senectud es siempre triste y melancólica, aunque vigorosa,

les amenaza y resiste, recibiendo en seguida al joven griego en su

barca. Entra en ella, y hieren su oído los gemidos lamentables de una

sombra que no hallaba consuelo.

[Ilustración]

¿Cuál es vuestra desgracia?, le dice, ¿quién erais sobre la tierra?

Nabofarzán, le responde aquella sombra, rey de la soberbia Babilonia.

Todos los pueblos del oriente temblaban al escuchar mi nombre: híceme

adorar por los babilonios en un templo de mármol bajo el simulacro

de una estatua de oro, ante la cual quemaban día y noche los más

ricos aromas de la Etiopía: ninguno osó jamás contradecirme, sin ser

castigado al momento: inventábanse diariamente nuevos placeres para

hacerme más deliciosa la vida. Era yo todavía joven y robusto: ¡ah,

qué de prosperidades me quedaban aún que gozar sobre el trono! Mas

¡ay!, una mujer a quien yo amaba, y que no correspondía a mi amor,

me ha hecho conocer que no era dios: me ha envenenado; ya no existo.

Depositaron ayer mis cenizas con pompa fúnebre en una urna de oro:

lloraron, arrancáronse el cabello, mostraron deseos de arrojarse entre

las llamas de la hoguera para morir conmigo; van aun a gemir al pie

de la soberbia tumba donde han colocado mis cenizas. Sin embargo,

no lamentan mi muerte; mi memoria causa horror a mi propia familia;

mientras padezco aquí horribles tormentos.

¿Fuisteis verdaderamente feliz mientras reinasteis? ¿Sentíais aquella

dulce paz, sin la cual permanece siempre el corazón oprimido y

disgustado en el centro mismo de los placeres?, le preguntó Telémaco

lleno de compasión al escucharle. No, respondió Nabofarzán: ni aun

entiendo lo que queréis decir. Ponderan los sabios esa paz como

el único bien; mas ¡ay!, no la he conocido jamás, porque siempre

agitaron mi corazón deseos, esperanzas y temores. Procuraba engañarme

distrayéndome con el continuo choque de mis pasiones, esforzándome

a prolongar la embriaguez en que vivía para hacerla continua, pues

el menor intervalo de razón y de calma habría sido para mí amargo en

extremo. He aquí la paz de que gozaba: todo lo demás era para mí una

fábula, un sueño: he aquí los bienes cuya pérdida lloro.

Así hablaba Nabofarzán, llorando cual hombre cobarde, corrompido en la

prosperidad y no acostumbrado a sufrir constantemente la desgracia.

Había cerca de él algunos esclavos a quienes obligaran a morir para

honrar sus funerales, y los entregó Mercurio a Caronte con Nabofarzán,

dándoles un absoluto poder sobre este a quien habían servido en la

tierra. Las sombras de los esclavos no temían ya a la de Nabofarzán:

teníanla encadenada, y la maltrataban cruel e indignamente. Ora le

preguntaban: ¿No éramos hombres como tú?, ¡insensato!, ¿pudiste creerte

dios? ¿Por qué no te acordabas de que eras de la misma especie que los

demás hombres? Ora le insultaban de esta suerte: Razón tenías para no

querer que te considerasen hombre, pues eras un monstruo inhumano. Ora

en fin, le decían: ¿A dónde están tus lisonjeros aduladores? Nada te

queda que dar, ¡desgraciado!, ya no puedes hacer mal alguno: mírate

esclavo de tus propios esclavos: la justicia de los dioses suele

tardar: pero al fin llegan a hacerla.

Al oír Nabofarzán tales injurias, fijaba la vista en el suelo, y en el

exceso de la rabia y desesperación se arrancaba el cabello. Pero el

mismo Caronte decía a los esclavos: Arrastradle de su propia cadena;

levantadle a su pesar: no tendrá ni aun el consuelo de ocultar su

infamia; todas las sombras de la Estigia deben ser testigos de ella

para justificar a los dioses que por tanto tiempo han permitido reinase

sobre la tierra este impío. Ahora comienzan tus tormentos: prepárate

para ser juzgado por el inexorable Minos, juez de los infiernos.

En tanto que el terrible Caronte hablaba de esta suerte, tocaba ya

la barca la orilla del imperio de Plutón. Corrieron a ella todas las

sombras para contemplar a aquel hombre vivo que aparecía en medio de

los muertos; pero al momento mismo de poner Telémaco el pie en tierra,

desaparecieron cual las tinieblas de la noche al aparecer un rayo de

luz. Mortal favorecido de los dioses, dijo Caronte al joven griego,

mostrándole menos arrugada su frente y con ojos menos feroces de lo que

solía: pues te es dado entrar en el reino de la noche, inaccesible a

los vivos, apresúrate para ir adonde te llaman los destinos: ve por ese

oscuro camino al palacio de Plutón, a quien encontrarás sobre su trono:

él te permitirá entrar en los lugares cuyo secreto me está prohibido

revelarte.

Adelántase al momento Telémaco presuroso: preséntansele por todas

partes sombras inquietas, en mucho mayor número que los granos de arena

que cubren las orillas del mar; y apodérase de su corazón el espanto al

observar el profundo silencio de aquellos espaciosos lugares. Erízase

su cabello al acercarse a la oscura mansión de Plutón, vacilan sus

rodillas, fáltale la voz, y apenas puede pronunciar estas palabras:

¡Deidad terrible!, aquí tenéis al hijo del desgraciado Ulises: vengo a

saber de vos si ha bajado mi padre a vuestro imperio, o si todavía va

errante por la superficie de la tierra.

Ocupaba Plutón un trono de ébano: era su rostro pálido y severo,

hundidos y centelleantes sus ojos, su frente rugosa y amenazadora.

Odiaba la vista de un vivo, cual aborrecen la luz aquellos animales

no acostumbrados a salir de sus tenebrosas guaridas sino durante la

noche. A su lado se hallaba Proserpina, único objeto de sus miradas, y

la sola que al parecer dulcificaba algún tanto su corazón: gozaba esta

de una hermosura siempre nueva; mas parecía haber reunido a sus gracias

sobrehumanas, parte de la dureza y crueldad de su esposo.

Hallábase al pie del trono la implacable muerte aguzando sin cesar su

ominosa guadaña, y a su lado multitud de pesares, sospechas y venganzas

cubiertas de sangre y de heridas, injustos odios, insaciable avaricia

y desesperación, devorándose aquella a sí misma y despedazándose esta

con sus propias manos. Veíanse allí también la ambición frenética, la

traición nutriéndose con sangre y sin alcanzar nunca el goce de los

males que causa, la envidia derramando mortífera ponzoña convertida en

rabia por la impotencia de producir el daño a que aspira, la impiedad

abriéndose un abismo sin término para precipitarse en él sin el

consuelo de la esperanza; y por último horribles espectros, fantasmas

representando a los muertos para causar espanto a los vivos, visiones,

insomnios, volando inquietos en torno de la muerte y rodeando el trono

del fiero Plutón.

Joven mortal, respondió con voz ronca que hizo estremecer todo el

Érebo: pues los hados te han permitido violar este sagrado asilo de las

sombras, continúa por la senda que te franquea tu alto destino. No te

diré dónde está tu padre: basta dejarte libertad para que le busques.

Toda vez que ha sido rey entre los vivos, recorre por una parte el

lugar destinado en el negro Tártaro para castigo de los malos reyes, y

por otra los Campos Elíseos donde hallan recompensa los buenos. Pero

no podrás llegar a ellos sin pasar el Tártaro: apresúrate, pues, y sal

cuanto antes de mi imperio.

Corría Telémaco precipitadamente por aquellos espacios inmensos, en

alas del deseo que le animaba de ver a su padre, y alejarse de la

horrible presencia del tirano que inspira temor a los que existen y no

existen; y en breve se halló a corta distancia del negro Tártaro, que

arrojaba un humo negro y denso, cuyo emponzoñado hálito causaría la

muerte si se difundiese en la mansión de los vivos. Cubría el humo un

raudal de fuego que arrojaba torbellinos de llamas, causando un ruido

semejante al que producen los torrentes cuando caen impetuosamente de

las más elevadas rocas hasta el fondo de los abismos; de modo que nada

podía entenderse distintamente en aquellos pavorosos lugares.

Animado interiormente Telémaco por Minerva, penetró sin temor hasta

la profundidad del abismo. Vio al principio gran número de hombres

que vivieran en humildes condiciones, y eran castigados porque habían

buscado las riquezas por medio del fraude, la traición y la crueldad.

Advirtió muchos impíos hipócritas, que con la apariencia de respetar

la religión se habían servido de ella como pretexto para satisfacer su

ambición y burlar a los hombres crédulos. Tales hombres, que abusaran

de la virtud misma, sin embargo de ser el más estimable don de los

dioses, sufrían el mayor castigo como los más malvados de todos; y ni

los hijos que privaran de la existencia a sus padres, ni los esposos

que tiñeran sus manos en la sangre de las esposas, ni los traidores

que vendieran la patria al enemigo después de violar sus juramentos,

eran castigados con mayor rigor que los hipócritas. Así lo habían

decretado los tres jueces del averno: he aquí la razón. No se contenta

el hipócrita con ser malvado como los demás impíos, sino que aspira

a parecer bueno, y por medio de una virtud aparente induce a los

demás a que desconfíen de la verdadera virtud; y los dioses a quienes

menospreciaron, contribuyendo a que no fuesen acatados por los demás

hombres, se complacen en desplegar todo su poder para vengar este

insulto.

Después de estos había otros a quienes no considera el vulgo fácilmente

culpables, sin embargo de que los persigue inexorable la venganza

divina: tales son los ingratos, los embusteros, los aduladores que

elogiaran el vicio, los críticos malignos que se esforzaran para

marchitar la más sólida virtud, y por último, aquellos que juzgaran

temerariamente de las cosas sin conocerlas a fondo, en perjuicio de la

reputación de personas inocentes.

Pero entre todas las ingratitudes, se castiga como la mayor la que

se comete contra los dioses. ¡Qué, decía Minos, se considera un

monstruo al que falta a la gratitud debida al padre, o al amigo de

quien recibiera favores, y ha de gloriarse el hombre de ser ingrato

a los dioses a quienes debe la existencia y todos los beneficios que

disfruta! ¿No es deudor a ellos de su nacimiento, más que al padre y a

la madre de quienes ha nacido? Cuanto estos crímenes quedan impunes o

hallan excusa sobre la tierra, tanto más son en los infiernos objeto de

una venganza implacable de que nadie se libra.

Viendo Telémaco sentados a los tres jueces, y que iban a condenar a

un hombre, osó preguntarles cuáles eran sus delitos; y al momento

tomando la palabra el condenado dijo: Jamás perjudiqué a ninguno:

mi placer fue siempre hacer bien; fui magnánimo, generoso, justo,

compasivo: ¿qué pueden, pues, echarme en cara? Nada, replicó Minos,

con respecto a los hombres; ¿pero no debías menos a estos que a los

dioses? ¿Cuál es esa justicia de que te glorías? No has faltado

a ninguna de tus obligaciones a los hombres que nada son: fuiste

virtuoso, pero atribuyéndote a ti mismo la virtud, y no a los dioses

que te la habían concedido; porque pretendías gozar el fruto de tu

propia virtud encerrado dentro de ti mismo: tú has sido tu divinidad.

Pero los dioses, que todo lo criaron para sí, no pueden renunciar a

sus derechos: los olvidaste, también te olvidarán ellos: te entregarán

a ti mismo, pues has querido ser tuyo y no de los dioses. Busca ahora

si puedes consuelo en tu corazón. Mírate separado para siempre de

los hombres, a quienes quisiste agradar: mírate solo contigo mismo,

pues fuiste tu propio ídolo: aprende así que no hay virtud verdadera

sin respeto y amor a los dioses, a quienes todo es debido. Aquí será

confundida tu falsa virtud, que fascinó por largo tiempo a los hombres

fáciles de engañar, que no juzgan los vicios ni las virtudes sino por

aquello que llama su atención o les conviene, siendo ciegos en cuanto

al bien y al mal; mas aquí deshace todos los juicios superficiales

una luz divina que condena muchas veces lo que aquellos admiran, y

justifica lo que condenan.

Al oír estas palabras no podía aquel filósofo soportarse a sí mismo

cual herido de un rayo. La complacencia que tuviera otras veces

contemplando su moderación, su valor e inclinaciones generosas, se

había trocado en desesperación. Servíale de suplicio el conocimiento de

su propio corazón enemigo de los dioses: se contemplaba a sí mismo sin

cesar; veía la vanidad que encierra el juicio de los hombres, a quienes

se había dedicado a complacer en todas sus acciones; verificándose en

su interior un trastorno universal, cual si se alterasen sus entrañas,

faltándole el apoyo de su corazón, la conciencia, cuyo testimonio

le había sido tan agradable, reprendíale amargamente el extravío e

ilusión de tantas virtudes que no tuvieron el principio y fin debido

en el culto de los dioses. Turbado, consternado, lleno de vergüenza,

remordimientos y desesperación, pero sin atormentarle las furias por

ser bastante haberle entregado a sí mismo, y que su propio corazón

vengase el desprecio hecho a las divinidades; no pudiendo ocultarse a

sí mismo, procuraba hacerlo en los lugares más sombríos: buscaba las

tinieblas sin poder hallarlas, pues a todas partes le seguía una luz

importuna, y los rayos penetrantes de la verdad, vengaban a la verdad

misma cuyo camino abandonara. Érale ya odioso cuanto amó, por ser

origen de los males que nunca tendrán término. ¡Insensato!, exclama,

ni conocí a los dioses, ni a los hombres, ni a mí mismo. Todo lo he

desconocido, pues nunca amé el único y verdadero bien: he caminado de

uno en otro extravío: mi sabiduría era demencia, mi virtud orgullo

impío y ciego: yo era mi propio ídolo.

Llegó Telémaco finalmente adonde se hallaban los reyes condenados

por haber abusado de su poder. Presentábales una furia vengadora un

espejo donde veían la deformidad de sus vicios, su vanidad grosera y

codiciosa de los más ridículos elogios, su rigor para con los hombres

cuya felicidad debieron hacer, su indiferencia a la virtud, su temor de

escuchar la verdad, su inclinación a los hombres viles y lisonjeros,

su molicie y negligencia, su injusta desconfianza, su fasto y excesiva

magnificencia a expensas de los pueblos, su ambición por adquirir una

vana y escasa gloria a costa de la sangre de los ciudadanos; y por

último, su crueldad que apetecía diariamente nuevas delicias entre las

lágrimas y desesperación de tantos infelices. Mirábanse sin cesar en

aquel espejo, y hallábanse más horribles y monstruosos que la quimera

vencida por Belerofonte, la hidra de Lerna abatida por Hércules, y

el mismo Cerbero, sin embargo de arrojar por sus tres bocas siempre

abiertas una sangre negra y venenosa capaz de infestar a cuantos

mortales existen sobre la tierra.

Al mismo tiempo repetíales otra furia en tono injurioso todos los

elogios que les diera la adulación durante su vida, presentándoles

otro espejo en que se veían tales como les pintara la adulación, y el

contraste de estas dos imágenes tan opuestas formaba el suplicio de su

vanidad. Pero los más defectuosos eran aquellos a quienes se habían

dado mayores elogios, por ser más temibles que los buenos, y exigir

sin pudor la infame lisonja de los poetas y oradores de su tiempo.

[Ilustración]

Oíanse sus gemidos en aquella tenebrosa oscuridad, en donde sufrían

insultos y escarnios: cuanto existía en torno suyo les contradecía,

rechazaba y confundía; y en vez de despreciar a los hombres cual si

hubiesen nacido para emplearse en su servicio, como lo creyeron durante

su vida, estaban entregados en el infierno al capricho de cierto número

de esclavos, que les hacían sufrir una cruel servidumbre: servíanles

afligidos, sin esperanza de poder suavizar jamás su esclavitud:

maltratábanles los esclavos convertidos en desapiadados tiranos, como

al yunque los golpes repetidos del martillo de los cíclopes cuando

Vulcano les hostiga para que trabajen en las fraguas encendidas del

monte Etna.

Vio allí Telémaco varios rostros pálidos, consternados y horribles,

y retratada en ellos aquella tétrica melancolía que consume a los

delincuentes: causábanse horror a sí mismos, horror inseparable de su

naturaleza: servíanles de castigo sus propios crímenes, viéndolos con

toda su enormidad y como espectros que les perseguían por todas partes;

y para libertarse de ellos buscaban una muerte más terrible que la que

les separó de sus cuerpos, que borrase toda sensación y conocimiento, y

pedían al abismo les sepultase para evitar les hiriese el rayo vengador

de la verdad. Pero les aguarda una venganza sin término, que destila

sobre su cabeza gota a gota. Temen ver la verdad, pues advierten que

les condena y hiere cual un rayo. Derrite su alma a la manera que el

metal en el horno encendido; y sin dejarles consistencia alguna, no

acaba de consumirles: disuelve todo principio de vida, mas no pueden

morir. Enajenados de sí mismos no hallan apoyo ni descanso un solo

instante: alienta su vida la rabia, y la absoluta carencia de esperanza

les arrastra al furor.

Entre estos objetos que erizaban el cabello, vio Telémaco muchos de los

antiguos reyes de Lidia, castigados por haber preferido las delicias de

una vida regalada a las tareas inseparables de la dignidad real para

alivio de los pueblos.

Reprendíanse mutuamente aquellos reyes la ceguedad en que vivieron; y

ora decía uno de ellos a su propio hijo, que le había sucedido en el

trono estas palabras: ¿No te recomendé una y mil veces en el decurso

de mi senectud, que reparases los males que produjera mi descuido?, ora

respondía el hijo de esta suerte: ¡Desventurado padre, vos sois la

causa de mi perdición! Vuestro ejemplo me inspira el fasto, el orgullo,

la sensualidad, y la aspereza para con los hombres; pues viéndoos

entregado a la molicie, rodeado de aduladores viles, me habitué a los

placeres y a la lisonja. Juzgué que el común de los hombres era con

respecto a los reyes lo que un caballo y otros animales de carga son

respecto del hombre; es decir, bestias que solo se estiman en cuanto

prestan servicios y contribuyen a la comodidad. Así lo juzgaba, y vos

me hicisteis juzgarlo; y por ello padezco ahora los males a que me ha

conducido el haberos imitado: añadiendo a estas reconvenciones las

maldiciones más espantosas, y apareciendo dispuestos a despedazarse

arrebatados por la rabia.

[Ilustración]

En torno de aquellos reyes volaban todavía cual nocturnas aves,

sospechas, falsos temores, desconfianza que venga a los pueblos del

rigor excesivo de sus soberanos, sed insaciable de riquezas, falsa

gloria siempre tiránica e infame, y molicie que aumenta los males que

padecen sin proporcionar jamás placeres sólidos.

Veíanse muchos de ellos castigados con severidad, no por los males

que causaran, sino por los bienes que habrían podido hacer. Todos los

delitos que proceden de la negligencia con que hacen observar las

leyes, se imputaban a aquellos monarcas que debían reinar únicamente

para que fuesen observadas. Imputábanseles también los desórdenes que

produjeron el fasto, el lujo y los demás excesos que arrastran al

hombre a un estado violento, y a despreciar las leyes para adquirir

riquezas; y sobre todo, trataban con el mayor rigor a los reyes que

en vez de obrar cual buenos y vigilantes pastores de sus pueblos, se

habían ocupado en destruir su rebaño cual carnívoro lobo.

Pero lo que más afligió a Telémaco fue ver en aquel abismo de males y

de tinieblas gran número de reyes que habían sido considerados buenos

en la tierra, los cuales se hallaban condenados a padecer en el Tártaro

por haberse dejado gobernar por hombres malvados y artificiosos, pues

se les castigaba por los males que les dejaran hacer a la sombra de su

autoridad; y la mayor parte de aquellos monarcas no habían sido buenos

ni malos: tan grande había sido su debilidad que ni temieron no conocer

la verdad, ni poseyeron la virtud, ni cifraron su dicha en hacer

beneficios.

[Ilustración]

Las aventuras de Telémaco seguidas de las de Aristonoo · 第 64 / 88 题