LIBRO XVI.

Durante la narración de Filoctetes había permanecido Telémaco como

absorto e inmóvil con la vista fija en el héroe a quien escuchaba,

agitándole sucesivamente y dejándose ver en su rostro las diferentes

pasiones que agitaran a Hércules, Filoctetes, Ulises y Neoptólemo, a

medida que iba refiriéndolas en el curso de ella. Cuando describió

Filoctetes la perplejidad de Neoptólemo, incapaz de disimular, viose

igualmente perplejo Telémaco; y en aquel momento hubiera podido creerse

que era el mismo Neoptólemo.

Marchaba entre tanto en buen orden el ejército de los confederados

contra Adrasto, rey de los daunios, que despreciaba a los dioses y

aspiraba únicamente a engañar a los hombres. Halló Telémaco grandes

dificultades para conducirse entre tantos reyes émulos entre sí,

pues le era preciso no hacerse sospechoso a ninguno de ellos, y

proporcionarse el afecto de todos. Su carácter era sincero; mas poco

expresivo y complaciente: no tenía apego a las riquezas, pero tampoco

sabía darlas; de modo que poseyendo un corazón generoso e inclinado al

bien, no parecía afable ni sensible a la amistad, liberal ni reconocido

a los favores que le dispensaban, ni atento a distinguir el mérito.

Obraba sin reflexión según sus inclinaciones, y habíale educado su

madre Penélope, contra la opinión de Méntor, inspirándole tal orgullo y

altivez que empañaban todas sus buenas cualidades. Considerábase como

de otra especie que los demás hombres, y nacidos estos para agradarle,

servirle y prevenir sus deseos, y para que le consagrasen todas sus

acciones cual a una divinidad. Pensaba que el honor de servirle era

una alta recompensa para los que le servían: nunca debía hallarse cosa

imposible cuando se trataba de complacerle; y la menor retardación

irritaba su natural fogoso.

Los que hubiesen observado su carácter habrían juzgado que era incapaz

de amar otra cosa que a sí mismo, y solo sensible a sus placeres y a

su gloria. Mas su indiferencia hacia los demás, y la atención continua

hacia sí mismo, no tenía otro origen que la agitación continua a que

le conducía la violencia de las pasiones. Habíale lisonjeado su madre

desde la cuna, y presentaba un ejemplo de la infelicidad de aquellos

que nacen en la elevación. Los rigores de la fortuna experimentados

desde la infancia no alcanzaron templar la impetuosidad de su carácter.

Aunque desprovisto de todo, abandonado y expuesto a tantos infortunios,

conservaba siempre su natural arrogancia; y cual se eleva la ligera

palma, cualesquiera que sean los esfuerzos para abatirla; así recobraba

en todas ocasiones la fiereza de su carácter.

Cuando se hallaba Telémaco en compañía de Méntor no se notaban sus

defectos; al contrario, disminuían diariamente, pues semejante al

brioso caballo que salta en la dilatada pradera sin que le sirvan de

obstáculo rocas escarpadas, precipicios ni torrentes, y que solo

conoce la mano y la voz de un solo hombre capaz de domeñarle, así,

lleno de ardor, no podía contenerle otro alguno: una mirada de Méntor

le servía de freno en el exceso de su impetuosidad: conocía lo que

significaba, y llamaba a su corazón los sentimientos de virtud; porque

la sabiduría de Méntor hacía aparecer su semblante agradable y sereno.

No aplaca Neptuno más repentinamente las oscuras tempestades cuando

alza su tridente y amenaza a las irritadas olas.

Mas lejos de Méntor, seguían su curso las pasiones de Telémaco,

reprimidas cual un torrente por fuertes diques. Éranle intolerables

Falanto y los lacedemonios que mandaba; porque venidos para fundar a

Tarento aquellos jóvenes nacidos durante el sitio de Troya, faltos

de educación a causa de su ilegítimo nacimiento y desarreglo de sus

madres, eran bárbaros y feroces, y más semejantes a una tropa de

bandidos que a una colonia de griegos.

Procuraba Falanto contradecir a Telémaco en todas ocasiones;

interrumpíale en las asambleas, despreciando su parecer como el de un

joven inexperto; burlábase de él cual de hombre débil y afeminado, y

llamaba la atención de los jefes del ejército acerca de sus más leves

faltas, esforzándose a introducir la envidia y hacer odioso a los

aliados el orgullo de Telémaco.

Hizo este cierto día varios prisioneros a los daunios, y pretendía

Falanto que le pertenecían, porque, según decía, era quien a la cabeza

de los lacedemonios derrotara a los enemigos; y porque hallándolos

Telémaco vencidos y entregados a la fuga, no había tenido que hacer

otra cosa que dejarles la vida y conducirlos al campo. Sostenía

Telémaco por el contrario, haber impedido venciesen los daunios a

Falanto y obtenido la victoria sobre estos. Iban los dos a defender su

causa ante la asamblea de los reyes confederados y se propasó Telémaco

a amenazar a Falanto; y hubieran peleado los dos inmediatamente a no

haberlos contenido.

[Ilustración]

Tenía Falanto un hermano llamado Hipias, célebre en todo el ejército

por su fuerza, valor y destreza. Pólux, decían los tarentinos, no

peleaba mejor con el cesto: Cástor no le excedía en habilidad para

manejar un caballo. Su estatura y su fuerza eran casi iguales a las de

Hércules. Todo el ejército le temía; y era aún más díscolo y brutal que

esforzado y valiente.

Habiendo visto Hipias la arrogancia con que Telémaco amenazó a su

hermano, corrió a apoderarse de los prisioneros para conducirlos a

Tarento sin aguardar la resolución de la asamblea. Súpolo Telémaco, y

salió lleno de ira, cual corre el jabalí en busca del cazador que le

ha herido, blandiendo el dardo con que intentaba atravesarle. Le halló,

por fin, y al verle se redobló su furor. No era ya el sabio Telémaco

instruido por Minerva bajo la figura de Méntor, sino un frenético, un

furioso león.

¡Detente, oh el más infame de los hombres! ¡Detente!, dice a Hipias:

veamos si puedes arrebatarme los despojos de los que he vencido. No los

conducirás a Tarento; baja a las oscuras orillas de la Estigia. Dijo, y

lanzó el dardo; pero con tanto furor que erró el golpe sin que tocase

a Hipias. Desnudó inmediatamente la espada, cuyo puño era de oro, y le

diera Laertes al partir de Ítaca como prenda de su ternura. Habíase

servido de ella Laertes con mucha gloria en su juventud, tiñéndola en

la sangre de varios capitanes célebres entre los epirotas, en cierta

guerra en que había quedado victorioso. Apenas la hubo desnudado se

arrojó Hipias a él para arrebatársela, queriendo aprovecharse de

la superioridad de sus fuerzas; y quedando hecha pedazos entre las

manos de ambos, se asieron fuertemente. Veíaseles cual dos fieras

que pretenden despedazarse: despedían fuego sus ojos: se encogían y

estiraban: se bajaban y volvían a alzarse, y se arrojaban mutuamente,

cubiertos de sangre; enlazados sus pies y manos, y estrechándose uno

a otro, parecían un solo cuerpo. Debía Hipias vencer a Telémaco, por

ser de más edad aquel y menos membrudo este: falto de aliento, sentía

ya flaquear sus rodillas, y redoblaba Hipias sus esfuerzos al verle

vacilar. Decidida estaba la suerte del hijo de Ulises: iba a sufrir la

pena de su temeridad y arrojo si Minerva, que velaba por él y que no le

abandonaba en tal extremidad sino para instruirle, no hubiese inclinado

la victoria en su favor.

[Ilustración]

No abandonó esta deidad el palacio de Salento; pero envió a Iris,

veloz mensajera de los dioses, que volando con ligeras alas atravesó

el espacio inmenso de los aires, dejando tras sí una huella luminosa

que figuraba una nube de mil colores diversos, hasta situarse sobre

la playa en donde se hallaba acampado el innumerable ejército de

los confederados, desde cuyo sitio observaba la pelea, y el ardor y

esfuerzos de los dos combatientes. Se estremeció a vista del peligro

que amenazaba al joven Telémaco, y aproximándose a él le envolvió en

una nube transparente que había formado de vapores sutiles; y en el

momento mismo en que conociendo Hipias su fuerza se creyó vencedor,

cubrió Iris al joven alumno de Minerva con la égida que le había

confiado esta sabia deidad, e inmediatamente comenzó a reanimarse

Telémaco, cuyas fuerzas se hallaban ya agotadas. A medida que se

animaba Telémaco llenábase Hipias de turbación, sintiendo cierta cosa

sobrenatural que le causaba opresión y sorpresa. Estréchale Telémaco

en una y otra actitud; le estremecía sin dejarle un solo momento para

asegurarse, hasta que por último le arroja en tierra cayendo sobre él.

La caída de una encina robusta del monte Ida, cortada en mil pedazos

por el hacha, cuyos golpes resonaran en toda la selva, no produce mayor

estrépito: se estremeció la tierra y también cuanto se hallaba en torno

de los dos combatientes.

Sin embargo, al recobrar Telémaco las fuerzas había recobrado también

la prudencia; y apenas acabó de vencer a Hipias, vio su exceso en

atacar al hermano de uno de los reyes confederados, y en cuyo auxilio

venía en el ejército; y recordando lleno de confusión los sabios

consejos de Méntor, se avergonzó de la victoria conociendo haber

merecido que le venciese Hipias. Poseído Falanto de furor corrió a

auxiliar a su hermano, y hubiera atravesado a Telémaco con el dardo

que empuñaba, a no contenerle el temor de atravesar también a Hipias

sobre el cual se hallaba Telémaco. Con facilidad pudiera este haber

dado muerte a su enemigo; mas sosegado su enojo pensaba únicamente

en reparar su falta mostrándose moderado, y levantándose le dijo:

¡Hipias!, me basta haberos enseñado a no menospreciar mi juventud;

vivid: admiro vuestro esfuerzo y valor. Los dioses han querido

protegerme: ceded a su alto poder, y en adelante empleémonos en vencer

a los daunios.

En tanto que así hablaba Telémaco, levantose Hipias cubierto de

sangre y polvo, y lleno de vergüenza y enojo. No se atrevía Falanto

a privar de la vida a quien tan generosamente acababa de darla a su

hermano, y encontrábase perplejo y fuera de sí. Acudieron todos los

reyes confederados, y separaron a Telémaco de Falanto y de Hipias, que

perdida la fiereza no osaba alzar la vista. Admiraba todo el ejército

que a pesar de sus pocos años, y careciendo del vigor propio de edad

más avanzada, hubiese podido vencer a Hipias, semejante en fuerzas y

estatura a aquellos gigantes hijos de la tierra que intentaron en otro

tiempo arrojar del Olimpo a los seres inmortales.

Pero distaba mucho el hijo de Ulises de gozar el placer del

vencimiento; y en tanto que no cesaban de admirarle se retiró a su

tienda avergonzado de su exceso y lamentando su imprudencia. Conoció

la injusticia y sinrazón de sus arrebatos, y la vanidad, flaqueza e

infamia de su excesiva arrogancia; persuadiéndose al mismo tiempo de

que la verdadera grandeza consiste en la moderación, justicia, modestia

y humanidad. Así lo conocía; pero no osaba esperar corregirse después

de tantas caídas: reconveníase a sí mismo, y oíasele rugir cual un

furioso león.

Por espacio de dos días permaneció encerrado a solas en su tienda, sin

poder resolverse a concurrir a sociedad alguna y castigándose a sí

mismo. ¡Ay de mí!, decía, ¿cómo osaré presentarme a Méntor? ¿Soy yo

el hijo de Ulises, conocido por el más sabio y sufrido de todos los

hombres? ¿He venido acaso para introducir la discordia y el desorden en

el ejército confederado? ¿Es la sangre de estos o la de los daunios sus

enemigos la que debo derramar? He sido temerario: no he sabido lanzar

el dardo; me he expuesto a pelear con Hipias con fuerzas desiguales;

y solo debía prometerme la muerte y la afrenta de ser vencido. Sin

embargo, ya no seré por más tiempo aquel temerario Telémaco, aquel

joven insensato a quien no aprovechan los consejos: la afrenta acabará

con mi vida. ¡Ah, felice yo, felice yo mil veces si a lo menos

pudiera esperar no cometer de nuevo el exceso que me ha conducido al

desconsuelo! Pero tal vez antes que termine el día ejecutaré o desearé

ejecutar iguales excesos que los que ahora me cubren de horror y

vergüenza. ¡Oh funesta victoria! ¡Oh elogios que no puedo tolerar, y

que son para mí remordimientos crueles!

Tal era el desconsuelo de Telémaco cuando vinieron a visitarle Néstor

y Filoctetes. Quiso el primero hacerle ver el daño que había causado;

mas bien pronto conoció aquel sabio anciano la desolación del joven

Telémaco, y trocó sus reconvenciones en palabras cariñosas para mitigar

su desesperación.

Detenía a los príncipes confederados la querella de Telémaco, Hipias

y Falanto, y no podían marchar hacia el enemigo hasta que estuviesen

reconciliados; pues temían que los tarentinos acometiesen a los cien

jóvenes cretenses que seguían a Telémaco: todo era turbación por la

falta que había este cometido, y a la vista de tantos males y peligros,

y de ser autor de todos ellos, se entregaba al más acerbo dolor. Todos

los caudillos se hallaban en el mayor apuro: no se atrevían a poner en

marcha el ejército recelando que en ella peleasen los cretenses que

mandaba Telémaco, y los tarentinos a cuya cabeza iba Falanto; pues

habían podido detenerlos dentro del campo a costa de gran trabajo y

guardándolos estrechamente. Néstor y Filoctetes iban y venían sin

cesar de la tienda de Telémaco a la del implacable Falanto, que solo

respiraba venganza, sin que la persuasiva elocuencia de Néstor ni la

autoridad del gran Filoctetes pudiesen moderar aquel corazón feroz,

irritado a cada paso por los discursos de su hermano Hipias inspirados

por el enojo. Mucho más flexible estaba Telémaco; más abatido también

por el sentimiento, nada bastaba a consolarle.

Todas las tropas se hallaban consternadas mientras sus caudillos

permanecían en tal agitación; y el campo confederado presentaba el

cuadro del hogar desolado por la pérdida del padre de familia, el

apoyo de los deudos y la esperanza de los hijos y nietos.

En medio de tal desorden y desolación, percibieron de improviso

un ruido espantoso de carros y de armas, relinchos de caballos y

alaridos de hombres, vencedores unos y animados por la carnicería que

causaban, y otros fugitivos, heridos o moribundos. Cubrió el cielo

un torbellino de polvo en forma de espesa nube que oscureció todo el

campo; y en breve aumentó la oscuridad un humo tan denso que impedía

la respiración, dejándose oír cierto ruido sordo, semejante al que

producen los torbellinos de fuego que vomita el monte Etna de sus

abrasadas entrañas, cuando Vulcano y los cíclopes forjan rayos para el

padre de los dioses: el espanto se apoderó de todos los corazones.

Vigilante Adrasto infatigablemente, había logrado sorprender a los

confederados. Instruido de las intenciones de estos y ocultándoles

la suya, hizo en dos noches una marcha increíble para faldear la

montaña poco menos que inaccesible, cuyos pasos tenían ocupados,

persuadidos de que defendiendo sus desfiladeros se hallaban seguros,

y aun podían caer sobre el enemigo a la otra parte de la montaña,

luego que se les hubiesen reunido algunas tropas que aguardaban.

Adrasto, que derramaba el oro a manos llenas, conocía los planes de sus

enemigos, y había llegado a penetrar sus intenciones; porque Néstor

y Filoctetes, caudillos tan sabios y experimentados, no guardaban la

reserva conveniente al éxito de sus empresas. El primero, ya en el

último tercio de su vida, se complacía en referir cuanto era capaz de

atraerle algún elogio, y aunque menos inclinado a hablar el segundo,

era pronto, y por poco que excitasen su vivacidad lograban dijese lo

que había resuelto callar. Las personas artificiosas habían encontrado

la llave de su corazón para extraerle los más importantes secretos.

Para conseguirlo bastaba exasperarle, pues entonces prorrumpía en

amenazas fogoso y fuera de sí, se vanagloriaba de tener medios seguros

de obtener el objeto que se proponía, y como aparentasen dudar del

éxito de sus planes, se apresuraba a explicarlos inconsideradamente,

escapándosele el secreto de mayor importancia. El corazón de aquel

caudillo célebre no podía guardar cosa alguna, semejante a un vaso

precioso pero horadado, del cual salen los licores que contiene.

Los traidores corrompidos por el oro de Adrasto, se burlaban de la

fragilidad de ambos reyes. Lisonjeaban a cada paso a Néstor con vanos

elogios, recordándole sus antiguas victorias, admirando su previsión y

no dejando nunca de aplaudirle. Por otra parte tendían continuos lazos

al carácter impaciente de Filoctetes, hablándole solo de dificultades,

contratiempos, peligros, inconvenientes y faltas irremediables; y

al momento que se inflamaba su carácter violento, le abandonaba la

prudencia y era ya otro hombre.

A pesar de los defectos de Telémaco, que ya hemos referido, era

mucho más cauto para guardar el secreto, acostumbrado a ello por sus

infortunios y por la necesidad en que se había visto desde la infancia

de ocultarse a los amantes de Penélope; pero sin decir mentira carecía

hasta del aire de reserva y de misterio que tienen por lo común las

personas reservadas. Aparecía no estar cargado con el peso del secreto

que debía guardar, y encontrábasele en todas ocasiones franco, natural,

ingenuo, como el que tiene el corazón en los labios. Mas al decir todo

aquello que podía sin consecuencias, sabía detenerse precisamente y sin

afectación en lo que inspirase sospecha y comprometiese el secreto;

por lo mismo era impenetrable su corazón, y hasta sus mejores amigos

ignoraban lo que no creía útil decirles para extraerles consejos

prudentes: únicamente Méntor era la persona para quien no tenía la

menor reserva. Confiábase de otros amigos; pero en grados diversos, y a

proporción de la prudencia y amistad que experimentaba en ellos.

Había observado Telémaco que se divulgaban en el campo confederado las

resoluciones del consejo, y advertídolo a Néstor y a Filoctetes; pero

estos, a pesar de su consumada experiencia, no hicieron el aprecio

debido de tan saludable aviso, porque la senectud no cede fácilmente,

teniéndola casi encadenada el continuado hábito de los años, sin que

haya recurso alguno en lo humano que ponga término a sus resabios.

Semejantes los viejos al árbol cuyo nudoso y áspero tronco se ha

endurecido con los años, y que no puede enderezarse fácilmente, así en

cierta edad no se doblegan contra las costumbres que han envejecido con

ellos, introduciéndose hasta la médula de sus huesos. Conócenlo a las

veces, pero tarde, y se lamentan de ello en vano: la juventud es el

único período de la vida en que superior el hombre a sus defectos puede

corregirlos.

Seguía el ejército Eurímaco, natural de Tesalia, adulador sagaz que

sabía acomodarse al gusto e inclinaciones de todos los príncipes, e

industrioso para encontrar nuevos medios de agradarles: nada parecía

difícil al escucharle. Cuando le preguntaban su opinión, adivinaba la

que agradaría más al que le preguntaba: era complaciente, satirizaba a

los débiles, lisonjeaba a los que le inspiraban temor, y poseía el arte

de sazonar los elogios con tal delicadeza que no disgustasen al hombre

más modesto. Circunspecto con los que lo eran, jovial con los de humor

festivo, pues ningún trabajo le costaba adoptar las formas distintas

de todos los caracteres. Los hombres sinceros y virtuosos, siempre

inalterables por acomodarse a los preceptos de la virtud, no llegarán

jamás a ser tan agradables a los príncipes como aquellos que lisonjean

sus pasiones dominantes. Conocía, pues, Eurímaco el arte de la guerra,

y tenía capacidad para ocuparse en ella; y sin embargo de ser un

aventurero que seguía a Néstor, había llegado a obtener su confianza, y

extraía de él cuanto deseaba, por ser aquel algo vano y sensible a la

adulación.

Aunque Eurímaco no inspiraba confianza a Filoctetes, la cólera

e impaciencia de este producía iguales efectos que en Néstor la

confianza que le dispensaba. No tenía Eurímaco que hacer otra cosa

que contradecirle, pues en llegando a irritarle lo descubría todo.

Tal era el hombre que había recibido grandes sumas de Adrasto para

penetrar los designios de los aliados, teniendo en el ejército

cierto número de tránsfugas que sucesivamente debían escaparse del

campo de los confederados y regresar al suyo, como lo ejecutaban,

haciéndolos partir Eurímaco cuando tenía que informar a Adrasto de

alguna cosa de importancia. No era posible descubrir este engaño,

porque los tránsfugas no conducían papel ni carta, y en el caso de

ser sorprendidos nada se hubiera encontrado que hiciera sospechoso a

Eurímaco.

De esta manera prevenía Adrasto las intenciones de los confederados, y

apenas adoptaba el consejo una resolución, hacían los daunios lo que

convenía para impedir sus consecuencias; y aunque no dejaba Telémaco de

buscar la causa, y excitar la desconfianza de Néstor y de Filoctetes,

era inútil su solicitud porque ambos se hallaban obcecados.

Se había resuelto en el consejo esperar las tropas numerosas que debían

llegar, y adelantar con secreto durante la noche cien naves para

transportarlas al campo confederado desde un sitio de la costa muy

escabroso, adonde debían llegar, y entre tanto se consideraban seguros

por ocupar los pasos de la montaña vecina a la costa casi inaccesible

del Apenino. Campaba el ejército sobre las orillas del río Galeso,

bastante próximo al mar, en un terreno delicioso y abundante de pastos

y demás frutos necesarios a la subsistencia de las tropas. A la otra

parte de la montaña se hallaba Adrasto, que tenían por cierto no podía

pasarla; mas conociendo este las escasas fuerzas de los confederados,

sabiendo que esperaban grande refuerzo, que los bajeles aguardaban las

tropas que debían llegar, y que reinaba la desunión en el ejército por

la discordia de Falanto con Telémaco, se apresuró a dar un gran rodeo,

y marchó día y noche con velocidad hacia la orilla del mar, por caminos

que se habían considerado siempre como absolutamente impracticables.

Así vence los mayores obstáculos el trabajo y la osadía; así hay pocas

cosas imposibles para aquellos que saben atreverse a sufrir; y así

por último merecen ser sorprendidos y aniquilados los que duermen

persuadidos de que es imposible lo que únicamente ofrece dificultades.

Sorprendió Adrasto al amanecer las cien naves de los confederados,

apoderándose de ellas sin resistencia por estar mal guardadas y no

tener la menor desconfianza, y transportó en ellas sus tropas con

celeridad increíble a la embocadura del Galeso, subiendo en seguida por

las riberas de él. Creyeron los que se hallaban en los puntos avanzados

del campo, hacia la parte del río, que aquellas naves conducían las

tropas que aguardaban, y prorrumpieron en exclamaciones de júbilo.

Desembarcó Adrasto sus soldados antes que pudiesen reconocerle, y

cayó sobre los confederados que nada recelaban, a quienes halló en un

campamento abierto, sin orden y sin jefe y desarmados.

[Ilustración]

La parte primera del campamento que atacó fue la que ocupaban los

tarentinos que mandaba Falanto. Entraron los daunios tan impetuosamente

que, sorprendidos los jóvenes lacedemonios, no pudieron resistir, y

mientras corrían estos a las armas, embarazándose unos a otros en tal

confusión, hizo Adrasto pegar fuego al campamento. Elévase al momento

la llama entre las tiendas hasta tocar con las nubes, percíbese el

ruido causado por el fuego, cual el de un copioso torrente al inundar

la llanura y arrastrar en su rápido curso gruesas encinas, mieses,

granjas, establos y ganados: arroja el viento la llama de tienda en

tienda, y en breve presenta el campamento el aspecto semejante a un

viejo bosque incendiado por leve chispa.

Falanto, que ve más de cerca el peligro, no alcanza a remediarlo:

considera que todas las tropas deben perecer abrasadas si no se

apresuran a abandonar el campamento; pero al mismo tiempo conoce cuán

temible es retirarse en desorden delante de un enemigo victorioso: hace

empiecen a salir los jóvenes lacedemonios todavía medio desarmados; mas

no les dejaba respirar Adrasto: por una parte les dirige gran número de

flechas; por otra arrojan sobre ellos los honderos una nube de gruesas

piedras; y el mismo Adrasto, marchando con la espada en la mano a la

cabeza de una tropa de daunios escogidos y los más intrépidos, persigue

a los fugitivos al resplandor de la llama. Destruye con el hierro lo

que escapa del fuego: nada en sangre, no le sacia la mortandad; y

los tigres y leones no igualan su furia al despedazar a los pastores

con los rebaños que custodiaban. Abandona el valor a los soldados de

Falanto, y sucumben. Conducida la pálida muerte por una furia infernal,

cuya cabeza cubren horribles serpientes, hiela la sangre en sus venas;

entorpece la agilidad de sus miembros, y vacilantes sus rodillas,

pierden hasta la esperanza de salvarse con la fuga.

[Ilustración]

Todavía conservaba Falanto un resto de vigor, mas al ver caer a sus

pies a su hermano Hipias, herido por el terrible acero de Adrasto,

alzó la vista y las manos al cielo lleno de desesperación y vergüenza.

Tendido Hipias en tierra, revuélcase en el polvo arrojando de la

profunda herida que le atraviesa el costado un torrente de sangre negra

y humeante: ciérranse sus ojos a la luz, y abandónale la vida. Cubierto

Falanto con la sangre de su hermano, y sin poderle socorrer, se ve

envuelto por los enemigos que se obstinan en rendirle: herido en varias

partes de su cuerpo, inutilizado su escudo, después de haber recibido

millares de golpes, no puede contener a sus soldados fugitivos, y los

dioses no tienen piedad del estado en que se encuentra.

[Ilustración]

Las aventuras de Telémaco seguidas de las de Aristonoo · 第 58 / 88 题