Durante la narración de Filoctetes había permanecido Telémaco como
absorto e inmóvil con la vista fija en el héroe a quien escuchaba,
agitándole sucesivamente y dejándose ver en su rostro las diferentes
pasiones que agitaran a Hércules, Filoctetes, Ulises y Neoptólemo, a
medida que iba refiriéndolas en el curso de ella. Cuando describió
Filoctetes la perplejidad de Neoptólemo, incapaz de disimular, viose
igualmente perplejo Telémaco; y en aquel momento hubiera podido creerse
que era el mismo Neoptólemo.
Marchaba entre tanto en buen orden el ejército de los confederados
contra Adrasto, rey de los daunios, que despreciaba a los dioses y
aspiraba únicamente a engañar a los hombres. Halló Telémaco grandes
dificultades para conducirse entre tantos reyes émulos entre sí,
pues le era preciso no hacerse sospechoso a ninguno de ellos, y
proporcionarse el afecto de todos. Su carácter era sincero; mas poco
expresivo y complaciente: no tenía apego a las riquezas, pero tampoco
sabía darlas; de modo que poseyendo un corazón generoso e inclinado al
bien, no parecía afable ni sensible a la amistad, liberal ni reconocido
a los favores que le dispensaban, ni atento a distinguir el mérito.
Obraba sin reflexión según sus inclinaciones, y habíale educado su
madre Penélope, contra la opinión de Méntor, inspirándole tal orgullo y
altivez que empañaban todas sus buenas cualidades. Considerábase como
de otra especie que los demás hombres, y nacidos estos para agradarle,
servirle y prevenir sus deseos, y para que le consagrasen todas sus
acciones cual a una divinidad. Pensaba que el honor de servirle era
una alta recompensa para los que le servían: nunca debía hallarse cosa
imposible cuando se trataba de complacerle; y la menor retardación
irritaba su natural fogoso.
Los que hubiesen observado su carácter habrían juzgado que era incapaz
de amar otra cosa que a sí mismo, y solo sensible a sus placeres y a
su gloria. Mas su indiferencia hacia los demás, y la atención continua
hacia sí mismo, no tenía otro origen que la agitación continua a que
le conducía la violencia de las pasiones. Habíale lisonjeado su madre
desde la cuna, y presentaba un ejemplo de la infelicidad de aquellos
que nacen en la elevación. Los rigores de la fortuna experimentados
desde la infancia no alcanzaron templar la impetuosidad de su carácter.
Aunque desprovisto de todo, abandonado y expuesto a tantos infortunios,
conservaba siempre su natural arrogancia; y cual se eleva la ligera
palma, cualesquiera que sean los esfuerzos para abatirla; así recobraba
en todas ocasiones la fiereza de su carácter.
Cuando se hallaba Telémaco en compañía de Méntor no se notaban sus
defectos; al contrario, disminuían diariamente, pues semejante al
brioso caballo que salta en la dilatada pradera sin que le sirvan de
obstáculo rocas escarpadas, precipicios ni torrentes, y que solo
conoce la mano y la voz de un solo hombre capaz de domeñarle, así,
lleno de ardor, no podía contenerle otro alguno: una mirada de Méntor
le servía de freno en el exceso de su impetuosidad: conocía lo que
significaba, y llamaba a su corazón los sentimientos de virtud; porque
la sabiduría de Méntor hacía aparecer su semblante agradable y sereno.
No aplaca Neptuno más repentinamente las oscuras tempestades cuando
alza su tridente y amenaza a las irritadas olas.
Mas lejos de Méntor, seguían su curso las pasiones de Telémaco,
reprimidas cual un torrente por fuertes diques. Éranle intolerables
Falanto y los lacedemonios que mandaba; porque venidos para fundar a
Tarento aquellos jóvenes nacidos durante el sitio de Troya, faltos
de educación a causa de su ilegítimo nacimiento y desarreglo de sus
madres, eran bárbaros y feroces, y más semejantes a una tropa de
bandidos que a una colonia de griegos.
Procuraba Falanto contradecir a Telémaco en todas ocasiones;
interrumpíale en las asambleas, despreciando su parecer como el de un
joven inexperto; burlábase de él cual de hombre débil y afeminado, y
llamaba la atención de los jefes del ejército acerca de sus más leves
faltas, esforzándose a introducir la envidia y hacer odioso a los
aliados el orgullo de Telémaco.
Hizo este cierto día varios prisioneros a los daunios, y pretendía
Falanto que le pertenecían, porque, según decía, era quien a la cabeza
de los lacedemonios derrotara a los enemigos; y porque hallándolos
Telémaco vencidos y entregados a la fuga, no había tenido que hacer
otra cosa que dejarles la vida y conducirlos al campo. Sostenía
Telémaco por el contrario, haber impedido venciesen los daunios a
Falanto y obtenido la victoria sobre estos. Iban los dos a defender su
causa ante la asamblea de los reyes confederados y se propasó Telémaco
a amenazar a Falanto; y hubieran peleado los dos inmediatamente a no
haberlos contenido.
[Ilustración]
Tenía Falanto un hermano llamado Hipias, célebre en todo el ejército
por su fuerza, valor y destreza. Pólux, decían los tarentinos, no
peleaba mejor con el cesto: Cástor no le excedía en habilidad para
manejar un caballo. Su estatura y su fuerza eran casi iguales a las de
Hércules. Todo el ejército le temía; y era aún más díscolo y brutal que
esforzado y valiente.
Habiendo visto Hipias la arrogancia con que Telémaco amenazó a su
hermano, corrió a apoderarse de los prisioneros para conducirlos a
Tarento sin aguardar la resolución de la asamblea. Súpolo Telémaco, y
salió lleno de ira, cual corre el jabalí en busca del cazador que le
ha herido, blandiendo el dardo con que intentaba atravesarle. Le halló,
por fin, y al verle se redobló su furor. No era ya el sabio Telémaco
instruido por Minerva bajo la figura de Méntor, sino un frenético, un
furioso león.
¡Detente, oh el más infame de los hombres! ¡Detente!, dice a Hipias:
veamos si puedes arrebatarme los despojos de los que he vencido. No los
conducirás a Tarento; baja a las oscuras orillas de la Estigia. Dijo, y
lanzó el dardo; pero con tanto furor que erró el golpe sin que tocase
a Hipias. Desnudó inmediatamente la espada, cuyo puño era de oro, y le
diera Laertes al partir de Ítaca como prenda de su ternura. Habíase
servido de ella Laertes con mucha gloria en su juventud, tiñéndola en
la sangre de varios capitanes célebres entre los epirotas, en cierta
guerra en que había quedado victorioso. Apenas la hubo desnudado se
arrojó Hipias a él para arrebatársela, queriendo aprovecharse de
la superioridad de sus fuerzas; y quedando hecha pedazos entre las
manos de ambos, se asieron fuertemente. Veíaseles cual dos fieras
que pretenden despedazarse: despedían fuego sus ojos: se encogían y
estiraban: se bajaban y volvían a alzarse, y se arrojaban mutuamente,
cubiertos de sangre; enlazados sus pies y manos, y estrechándose uno
a otro, parecían un solo cuerpo. Debía Hipias vencer a Telémaco, por
ser de más edad aquel y menos membrudo este: falto de aliento, sentía
ya flaquear sus rodillas, y redoblaba Hipias sus esfuerzos al verle
vacilar. Decidida estaba la suerte del hijo de Ulises: iba a sufrir la
pena de su temeridad y arrojo si Minerva, que velaba por él y que no le
abandonaba en tal extremidad sino para instruirle, no hubiese inclinado
la victoria en su favor.
[Ilustración]
No abandonó esta deidad el palacio de Salento; pero envió a Iris,
veloz mensajera de los dioses, que volando con ligeras alas atravesó
el espacio inmenso de los aires, dejando tras sí una huella luminosa
que figuraba una nube de mil colores diversos, hasta situarse sobre
la playa en donde se hallaba acampado el innumerable ejército de
los confederados, desde cuyo sitio observaba la pelea, y el ardor y
esfuerzos de los dos combatientes. Se estremeció a vista del peligro
que amenazaba al joven Telémaco, y aproximándose a él le envolvió en
una nube transparente que había formado de vapores sutiles; y en el
momento mismo en que conociendo Hipias su fuerza se creyó vencedor,
cubrió Iris al joven alumno de Minerva con la égida que le había
confiado esta sabia deidad, e inmediatamente comenzó a reanimarse
Telémaco, cuyas fuerzas se hallaban ya agotadas. A medida que se
animaba Telémaco llenábase Hipias de turbación, sintiendo cierta cosa
sobrenatural que le causaba opresión y sorpresa. Estréchale Telémaco
en una y otra actitud; le estremecía sin dejarle un solo momento para
asegurarse, hasta que por último le arroja en tierra cayendo sobre él.
La caída de una encina robusta del monte Ida, cortada en mil pedazos
por el hacha, cuyos golpes resonaran en toda la selva, no produce mayor
estrépito: se estremeció la tierra y también cuanto se hallaba en torno
de los dos combatientes.
Sin embargo, al recobrar Telémaco las fuerzas había recobrado también
la prudencia; y apenas acabó de vencer a Hipias, vio su exceso en
atacar al hermano de uno de los reyes confederados, y en cuyo auxilio
venía en el ejército; y recordando lleno de confusión los sabios
consejos de Méntor, se avergonzó de la victoria conociendo haber
merecido que le venciese Hipias. Poseído Falanto de furor corrió a
auxiliar a su hermano, y hubiera atravesado a Telémaco con el dardo
que empuñaba, a no contenerle el temor de atravesar también a Hipias
sobre el cual se hallaba Telémaco. Con facilidad pudiera este haber
dado muerte a su enemigo; mas sosegado su enojo pensaba únicamente
en reparar su falta mostrándose moderado, y levantándose le dijo:
¡Hipias!, me basta haberos enseñado a no menospreciar mi juventud;
vivid: admiro vuestro esfuerzo y valor. Los dioses han querido
protegerme: ceded a su alto poder, y en adelante empleémonos en vencer
a los daunios.
En tanto que así hablaba Telémaco, levantose Hipias cubierto de
sangre y polvo, y lleno de vergüenza y enojo. No se atrevía Falanto
a privar de la vida a quien tan generosamente acababa de darla a su
hermano, y encontrábase perplejo y fuera de sí. Acudieron todos los
reyes confederados, y separaron a Telémaco de Falanto y de Hipias, que
perdida la fiereza no osaba alzar la vista. Admiraba todo el ejército
que a pesar de sus pocos años, y careciendo del vigor propio de edad
más avanzada, hubiese podido vencer a Hipias, semejante en fuerzas y
estatura a aquellos gigantes hijos de la tierra que intentaron en otro
tiempo arrojar del Olimpo a los seres inmortales.
Pero distaba mucho el hijo de Ulises de gozar el placer del
vencimiento; y en tanto que no cesaban de admirarle se retiró a su
tienda avergonzado de su exceso y lamentando su imprudencia. Conoció
la injusticia y sinrazón de sus arrebatos, y la vanidad, flaqueza e
infamia de su excesiva arrogancia; persuadiéndose al mismo tiempo de
que la verdadera grandeza consiste en la moderación, justicia, modestia
y humanidad. Así lo conocía; pero no osaba esperar corregirse después
de tantas caídas: reconveníase a sí mismo, y oíasele rugir cual un
furioso león.
Por espacio de dos días permaneció encerrado a solas en su tienda, sin
poder resolverse a concurrir a sociedad alguna y castigándose a sí
mismo. ¡Ay de mí!, decía, ¿cómo osaré presentarme a Méntor? ¿Soy yo
el hijo de Ulises, conocido por el más sabio y sufrido de todos los
hombres? ¿He venido acaso para introducir la discordia y el desorden en
el ejército confederado? ¿Es la sangre de estos o la de los daunios sus
enemigos la que debo derramar? He sido temerario: no he sabido lanzar
el dardo; me he expuesto a pelear con Hipias con fuerzas desiguales;
y solo debía prometerme la muerte y la afrenta de ser vencido. Sin
embargo, ya no seré por más tiempo aquel temerario Telémaco, aquel
joven insensato a quien no aprovechan los consejos: la afrenta acabará
con mi vida. ¡Ah, felice yo, felice yo mil veces si a lo menos
pudiera esperar no cometer de nuevo el exceso que me ha conducido al
desconsuelo! Pero tal vez antes que termine el día ejecutaré o desearé
ejecutar iguales excesos que los que ahora me cubren de horror y
vergüenza. ¡Oh funesta victoria! ¡Oh elogios que no puedo tolerar, y
que son para mí remordimientos crueles!
Tal era el desconsuelo de Telémaco cuando vinieron a visitarle Néstor
y Filoctetes. Quiso el primero hacerle ver el daño que había causado;
mas bien pronto conoció aquel sabio anciano la desolación del joven
Telémaco, y trocó sus reconvenciones en palabras cariñosas para mitigar
su desesperación.
Detenía a los príncipes confederados la querella de Telémaco, Hipias
y Falanto, y no podían marchar hacia el enemigo hasta que estuviesen
reconciliados; pues temían que los tarentinos acometiesen a los cien
jóvenes cretenses que seguían a Telémaco: todo era turbación por la
falta que había este cometido, y a la vista de tantos males y peligros,
y de ser autor de todos ellos, se entregaba al más acerbo dolor. Todos
los caudillos se hallaban en el mayor apuro: no se atrevían a poner en
marcha el ejército recelando que en ella peleasen los cretenses que
mandaba Telémaco, y los tarentinos a cuya cabeza iba Falanto; pues
habían podido detenerlos dentro del campo a costa de gran trabajo y
guardándolos estrechamente. Néstor y Filoctetes iban y venían sin
cesar de la tienda de Telémaco a la del implacable Falanto, que solo
respiraba venganza, sin que la persuasiva elocuencia de Néstor ni la
autoridad del gran Filoctetes pudiesen moderar aquel corazón feroz,
irritado a cada paso por los discursos de su hermano Hipias inspirados
por el enojo. Mucho más flexible estaba Telémaco; más abatido también
por el sentimiento, nada bastaba a consolarle.
Todas las tropas se hallaban consternadas mientras sus caudillos
permanecían en tal agitación; y el campo confederado presentaba el
cuadro del hogar desolado por la pérdida del padre de familia, el
apoyo de los deudos y la esperanza de los hijos y nietos.
En medio de tal desorden y desolación, percibieron de improviso
un ruido espantoso de carros y de armas, relinchos de caballos y
alaridos de hombres, vencedores unos y animados por la carnicería que
causaban, y otros fugitivos, heridos o moribundos. Cubrió el cielo
un torbellino de polvo en forma de espesa nube que oscureció todo el
campo; y en breve aumentó la oscuridad un humo tan denso que impedía
la respiración, dejándose oír cierto ruido sordo, semejante al que
producen los torbellinos de fuego que vomita el monte Etna de sus
abrasadas entrañas, cuando Vulcano y los cíclopes forjan rayos para el
padre de los dioses: el espanto se apoderó de todos los corazones.
Vigilante Adrasto infatigablemente, había logrado sorprender a los
confederados. Instruido de las intenciones de estos y ocultándoles
la suya, hizo en dos noches una marcha increíble para faldear la
montaña poco menos que inaccesible, cuyos pasos tenían ocupados,
persuadidos de que defendiendo sus desfiladeros se hallaban seguros,
y aun podían caer sobre el enemigo a la otra parte de la montaña,
luego que se les hubiesen reunido algunas tropas que aguardaban.
Adrasto, que derramaba el oro a manos llenas, conocía los planes de sus
enemigos, y había llegado a penetrar sus intenciones; porque Néstor
y Filoctetes, caudillos tan sabios y experimentados, no guardaban la
reserva conveniente al éxito de sus empresas. El primero, ya en el
último tercio de su vida, se complacía en referir cuanto era capaz de
atraerle algún elogio, y aunque menos inclinado a hablar el segundo,
era pronto, y por poco que excitasen su vivacidad lograban dijese lo
que había resuelto callar. Las personas artificiosas habían encontrado
la llave de su corazón para extraerle los más importantes secretos.
Para conseguirlo bastaba exasperarle, pues entonces prorrumpía en
amenazas fogoso y fuera de sí, se vanagloriaba de tener medios seguros
de obtener el objeto que se proponía, y como aparentasen dudar del
éxito de sus planes, se apresuraba a explicarlos inconsideradamente,
escapándosele el secreto de mayor importancia. El corazón de aquel
caudillo célebre no podía guardar cosa alguna, semejante a un vaso
precioso pero horadado, del cual salen los licores que contiene.
Los traidores corrompidos por el oro de Adrasto, se burlaban de la
fragilidad de ambos reyes. Lisonjeaban a cada paso a Néstor con vanos
elogios, recordándole sus antiguas victorias, admirando su previsión y
no dejando nunca de aplaudirle. Por otra parte tendían continuos lazos
al carácter impaciente de Filoctetes, hablándole solo de dificultades,
contratiempos, peligros, inconvenientes y faltas irremediables; y
al momento que se inflamaba su carácter violento, le abandonaba la
prudencia y era ya otro hombre.
A pesar de los defectos de Telémaco, que ya hemos referido, era
mucho más cauto para guardar el secreto, acostumbrado a ello por sus
infortunios y por la necesidad en que se había visto desde la infancia
de ocultarse a los amantes de Penélope; pero sin decir mentira carecía
hasta del aire de reserva y de misterio que tienen por lo común las
personas reservadas. Aparecía no estar cargado con el peso del secreto
que debía guardar, y encontrábasele en todas ocasiones franco, natural,
ingenuo, como el que tiene el corazón en los labios. Mas al decir todo
aquello que podía sin consecuencias, sabía detenerse precisamente y sin
afectación en lo que inspirase sospecha y comprometiese el secreto;
por lo mismo era impenetrable su corazón, y hasta sus mejores amigos
ignoraban lo que no creía útil decirles para extraerles consejos
prudentes: únicamente Méntor era la persona para quien no tenía la
menor reserva. Confiábase de otros amigos; pero en grados diversos, y a
proporción de la prudencia y amistad que experimentaba en ellos.
Había observado Telémaco que se divulgaban en el campo confederado las
resoluciones del consejo, y advertídolo a Néstor y a Filoctetes; pero
estos, a pesar de su consumada experiencia, no hicieron el aprecio
debido de tan saludable aviso, porque la senectud no cede fácilmente,
teniéndola casi encadenada el continuado hábito de los años, sin que
haya recurso alguno en lo humano que ponga término a sus resabios.
Semejantes los viejos al árbol cuyo nudoso y áspero tronco se ha
endurecido con los años, y que no puede enderezarse fácilmente, así en
cierta edad no se doblegan contra las costumbres que han envejecido con
ellos, introduciéndose hasta la médula de sus huesos. Conócenlo a las
veces, pero tarde, y se lamentan de ello en vano: la juventud es el
único período de la vida en que superior el hombre a sus defectos puede
corregirlos.
Seguía el ejército Eurímaco, natural de Tesalia, adulador sagaz que
sabía acomodarse al gusto e inclinaciones de todos los príncipes, e
industrioso para encontrar nuevos medios de agradarles: nada parecía
difícil al escucharle. Cuando le preguntaban su opinión, adivinaba la
que agradaría más al que le preguntaba: era complaciente, satirizaba a
los débiles, lisonjeaba a los que le inspiraban temor, y poseía el arte
de sazonar los elogios con tal delicadeza que no disgustasen al hombre
más modesto. Circunspecto con los que lo eran, jovial con los de humor
festivo, pues ningún trabajo le costaba adoptar las formas distintas
de todos los caracteres. Los hombres sinceros y virtuosos, siempre
inalterables por acomodarse a los preceptos de la virtud, no llegarán
jamás a ser tan agradables a los príncipes como aquellos que lisonjean
sus pasiones dominantes. Conocía, pues, Eurímaco el arte de la guerra,
y tenía capacidad para ocuparse en ella; y sin embargo de ser un
aventurero que seguía a Néstor, había llegado a obtener su confianza, y
extraía de él cuanto deseaba, por ser aquel algo vano y sensible a la
adulación.
Aunque Eurímaco no inspiraba confianza a Filoctetes, la cólera
e impaciencia de este producía iguales efectos que en Néstor la
confianza que le dispensaba. No tenía Eurímaco que hacer otra cosa
que contradecirle, pues en llegando a irritarle lo descubría todo.
Tal era el hombre que había recibido grandes sumas de Adrasto para
penetrar los designios de los aliados, teniendo en el ejército
cierto número de tránsfugas que sucesivamente debían escaparse del
campo de los confederados y regresar al suyo, como lo ejecutaban,
haciéndolos partir Eurímaco cuando tenía que informar a Adrasto de
alguna cosa de importancia. No era posible descubrir este engaño,
porque los tránsfugas no conducían papel ni carta, y en el caso de
ser sorprendidos nada se hubiera encontrado que hiciera sospechoso a
Eurímaco.
De esta manera prevenía Adrasto las intenciones de los confederados, y
apenas adoptaba el consejo una resolución, hacían los daunios lo que
convenía para impedir sus consecuencias; y aunque no dejaba Telémaco de
buscar la causa, y excitar la desconfianza de Néstor y de Filoctetes,
era inútil su solicitud porque ambos se hallaban obcecados.
Se había resuelto en el consejo esperar las tropas numerosas que debían
llegar, y adelantar con secreto durante la noche cien naves para
transportarlas al campo confederado desde un sitio de la costa muy
escabroso, adonde debían llegar, y entre tanto se consideraban seguros
por ocupar los pasos de la montaña vecina a la costa casi inaccesible
del Apenino. Campaba el ejército sobre las orillas del río Galeso,
bastante próximo al mar, en un terreno delicioso y abundante de pastos
y demás frutos necesarios a la subsistencia de las tropas. A la otra
parte de la montaña se hallaba Adrasto, que tenían por cierto no podía
pasarla; mas conociendo este las escasas fuerzas de los confederados,
sabiendo que esperaban grande refuerzo, que los bajeles aguardaban las
tropas que debían llegar, y que reinaba la desunión en el ejército por
la discordia de Falanto con Telémaco, se apresuró a dar un gran rodeo,
y marchó día y noche con velocidad hacia la orilla del mar, por caminos
que se habían considerado siempre como absolutamente impracticables.
Así vence los mayores obstáculos el trabajo y la osadía; así hay pocas
cosas imposibles para aquellos que saben atreverse a sufrir; y así
por último merecen ser sorprendidos y aniquilados los que duermen
persuadidos de que es imposible lo que únicamente ofrece dificultades.
Sorprendió Adrasto al amanecer las cien naves de los confederados,
apoderándose de ellas sin resistencia por estar mal guardadas y no
tener la menor desconfianza, y transportó en ellas sus tropas con
celeridad increíble a la embocadura del Galeso, subiendo en seguida por
las riberas de él. Creyeron los que se hallaban en los puntos avanzados
del campo, hacia la parte del río, que aquellas naves conducían las
tropas que aguardaban, y prorrumpieron en exclamaciones de júbilo.
Desembarcó Adrasto sus soldados antes que pudiesen reconocerle, y
cayó sobre los confederados que nada recelaban, a quienes halló en un
campamento abierto, sin orden y sin jefe y desarmados.
[Ilustración]
La parte primera del campamento que atacó fue la que ocupaban los
tarentinos que mandaba Falanto. Entraron los daunios tan impetuosamente
que, sorprendidos los jóvenes lacedemonios, no pudieron resistir, y
mientras corrían estos a las armas, embarazándose unos a otros en tal
confusión, hizo Adrasto pegar fuego al campamento. Elévase al momento
la llama entre las tiendas hasta tocar con las nubes, percíbese el
ruido causado por el fuego, cual el de un copioso torrente al inundar
la llanura y arrastrar en su rápido curso gruesas encinas, mieses,
granjas, establos y ganados: arroja el viento la llama de tienda en
tienda, y en breve presenta el campamento el aspecto semejante a un
viejo bosque incendiado por leve chispa.
Falanto, que ve más de cerca el peligro, no alcanza a remediarlo:
considera que todas las tropas deben perecer abrasadas si no se
apresuran a abandonar el campamento; pero al mismo tiempo conoce cuán
temible es retirarse en desorden delante de un enemigo victorioso: hace
empiecen a salir los jóvenes lacedemonios todavía medio desarmados; mas
no les dejaba respirar Adrasto: por una parte les dirige gran número de
flechas; por otra arrojan sobre ellos los honderos una nube de gruesas
piedras; y el mismo Adrasto, marchando con la espada en la mano a la
cabeza de una tropa de daunios escogidos y los más intrépidos, persigue
a los fugitivos al resplandor de la llama. Destruye con el hierro lo
que escapa del fuego: nada en sangre, no le sacia la mortandad; y
los tigres y leones no igualan su furia al despedazar a los pastores
con los rebaños que custodiaban. Abandona el valor a los soldados de
Falanto, y sucumben. Conducida la pálida muerte por una furia infernal,
cuya cabeza cubren horribles serpientes, hiela la sangre en sus venas;
entorpece la agilidad de sus miembros, y vacilantes sus rodillas,
pierden hasta la esperanza de salvarse con la fuga.
[Ilustración]
Todavía conservaba Falanto un resto de vigor, mas al ver caer a sus
pies a su hermano Hipias, herido por el terrible acero de Adrasto,
alzó la vista y las manos al cielo lleno de desesperación y vergüenza.
Tendido Hipias en tierra, revuélcase en el polvo arrojando de la
profunda herida que le atraviesa el costado un torrente de sangre negra
y humeante: ciérranse sus ojos a la luz, y abandónale la vida. Cubierto
Falanto con la sangre de su hermano, y sin poderle socorrer, se ve
envuelto por los enemigos que se obstinan en rendirle: herido en varias
partes de su cuerpo, inutilizado su escudo, después de haber recibido
millares de golpes, no puede contener a sus soldados fugitivos, y los
dioses no tienen piedad del estado en que se encuentra.
[Ilustración]