LIBRO XV.

Manifestaba Telémaco su valor en los peligros de la guerra, procurando

captarse la voluntad de los ancianos capitanes cuya reputación y

experiencia eran extremadas. Néstor, que le había visto en Pilos, y a

quien siempre fue caro Ulises, le trataba como a su propio hijo. Dábale

instrucciones apoyadas con ejemplos; le refería las aventuras de su

juventud y lo más notable que viera ejecutar a los héroes de la edad

pasada; pues la memoria de aquel sabio anciano, cuya vida se prolongó

por espacio de la de tres hombres, podía considerarse como la historia

de los antiguos tiempos grabada sobre el mármol y el bronce.

Al principio no fue la inclinación de Filoctetes hacia Telémaco

cual la de Néstor, porque le alejaba de él el odio a su padre, y no

podía ver sin disgusto cuánto preparaba en favor de aquel joven la

protección de los dioses para hacerle comparable con los héroes que

arrasaran la ciudad de Troya. Mas la moderación de Telémaco venció el

resentimiento de Filoctetes, que no pudo dejar de apreciar su virtud

afable y modesta. Muchas veces le decía de esta suerte: Hijo mío (pues

no temo ya llamaros así), confieso que hemos sido enemigos largo tiempo

vuestro padre y yo, y que después de arrasada la soberbia ciudad de

Troya aún no se había cicatrizado la llaga de mi corazón: cuando os he

visto, me ha sido sensible tener que apreciar la virtud del hijo de

Ulises. Varias veces me he reprendido a mí mismo, mas todo lo vence la

virtud. Y en seguida le fue refiriendo insensiblemente los motivos que

introdujeran en su corazón el odio a Ulises.

Preciso es, dijo, tomar de muy arriba el hilo de mi historia. Seguía a

todas partes al gran Hércules que purgó la tierra de tantos monstruos,

y en cuya presencia eran todos los héroes cual la débil caña al lado

de la robusta encina, o lo que el pequeño pajarillo comparado con el

águila. Sus infortunios y los míos emanaron de una pasión que produce

los más funestos estragos: el amor. Vencedor Hércules de tantos

monstruos, no pudo hacerse superior a esta pasión vergonzosa: burlábase

de él el cruel Cupido. Recordaba con rubor el olvido de su propia

gloria hasta el extremo de ocuparse en hilar al lado de Ónfale, reina

de Lidia, como el hombre más cobarde y afeminado: a tal extremo le

arrastró un ciego amor. Ciento y más veces me confesó que este período

de su vida había marchitado su virtud, y casi borrado lo glorioso de

sus hazañas.

Sin embargo, ¡oh dioses!, tanta es la flaqueza e inconstancia humana,

que todo se lo promete el hombre de sí mismo y a nada puede resistir.

¡Ah, cayó de nuevo el grande Hércules en los lazos del amor que había

detestado tantas veces: amó a Deyanira; y feliz él si hubiera sido

constante su pasión a la que llegó a ser su esposa! Pero en breve

arrebató su corazón la juventud de Íole, en cuyo rostro resplandecían

las gracias. Celosa Deyanira, se acordó de la fatal túnica que la

legara al morir el centauro Neso, como medio seguro para despertar el

amor de Hércules cuantas veces la desdeñase por otra. Aquella túnica,

empapada en la sangre venenosa del centauro, estaba envenenada con la

ponzoña de las flechas con que fuera herido aquel monstruo. Ya sabéis

que las flechas de Hércules, que dio muerte al pérfido centauro, habían

sido emponzoñadas con la sangre de la hidra de Lerna, de modo que eran

incurables las heridas que causaba con ellas.

Vistió Hércules aquella túnica, y al momento sintió el fuego devorador

que se introducía hasta la médula de sus huesos: lanzaba gritos

espantosos que estremecían el monte Eta y repetía el eco de los

profundos valles: hasta el mar se conmovía al parecer; y el bramido

de los toros más bravos en el calor de la lucha no hubiera causado

tan espantoso ruido. Osó aproximarse a él el desventurado Licas, que

le trajo la túnica de parte de Deyanira, y cogiéndole Hércules en el

exceso del dolor le arrojó cual lo hace el hondero con la piedra;

y cayendo desde aquella elevada montaña en las aguas del mar, fue

trasformado en roca que conserva todavía la forma humana y que, batida

incesantemente por las irritadas olas, causa espanto de lejos a los más

experimentados pilotos.

[Ilustración]

Creí no poderme ya fiar de Hércules después del infortunio de Licas,

y cuidé de ocultarme en las cavernas más profundas. Desde allí le

veía arrancar sin dificultad los pinos elevados y viejas encinas, que

por espacio de muchos siglos despreciaran los huracanes y borrascas;

y en tanto que así lo hacía con una mano, esforzábase con la otra

inútilmente a desnudarse de aquella fatal túnica, pues se había

adherido a su piel e incorporádose a los miembros de su cuerpo. A

medida que la rasgaba, rasgaba también su piel y sus carnes, brotaba la

sangre y manchaba con ella la tierra. Por último, superando el ánimo

al dolor exclamó: Querido Filoctetes, tú eres testigo de los males que

me hacen padecer los dioses: son justos: los he ofendido violando el

amor conyugal. Después de haber vencido a tantos enemigos me he dejado

vencer cobardemente por el amor a una peregrina belleza: muero, y muero

contento por aplacar la cólera de los dioses. Mas ¡ay querido amigo!,

¿por qué huyes de mí? Cierto es que arrebatado del dolor he cometido

con el infortunado Licas una crueldad que excita mi remordimiento;

pues ignoraba el veneno de que era portador y no merecía le hiciese

padecer: ¿mas presumes pueda yo olvidar la amistad que te debo y que

pretenda arrancarte la vida? No, no, jamás dejaré de amar a Filoctetes:

él recibirá en su seno mi espíritu próximo a exhalarse: él recogerá mis

cenizas. ¿A dónde estás, pues, mi querido Filoctetes, única esperanza

que me queda sobre la tierra?

Al oír yo estas palabras corrí acelerado hacia él. Tendiome los brazos

para abrazarme; mas contúvole el temor de introducir en mis venas el

cruel fuego que le abrasaba. ¡Ay!, dijo, ¡ni aun este consuelo me es

permitido! Y reuniendo todos aquellos troncos que acababa de arrancar,

levantó una pira en la cima de la montaña, subió tranquilamente sobre

ella, extendió la piel del león Nemeo, que por largo tiempo cubriera

sus hombros cuando marchaba de un extremo a otro de la tierra para

destruir a los monstruos y libertar a los desgraciados; y apoyándose en

la clava me previno encendiese la hoguera.

Lleno de horror y con mano trémula no pude negarme a prestarle este

cruel servicio, pues ya no era para él la vida un presente de los

dioses según le era funesta; y aun recelé que el exceso del dolor le

condujera a algún extravío indigno de aquella virtud que llenó de

admiración al universo. Al ver que la llama comenzaba a prender en

la pira, exclamó: Ahora conozco, querido Filoctetes, tu verdadera

amistad; pues apreciáis más mi fama que mi vida. ¡Ojalá te den los

dioses recompensa! Te dejo lo que hay más precioso en la tierra, estas

flechas empapadas en la sangre de la hidra de Lerna, cuyas heridas son

incurables: con ellas serás invencible cual yo lo he sido, y mortal

ninguno osará pelear contigo. Acuérdate de que muero fiel a nuestra

amistad, y nunca olvides cuán caro fuiste a mi corazón. Pero si es

cierto que compadeces mi desgracia puedes darme el último consuelo:

prométeme no descubrir nunca mi muerte a mortal alguno, ni el lugar en

donde hayas ocultado mis cenizas. ¡Ah!, se lo prometí, y aun lo juré

regando con mis lágrimas la hoguera. Brilló en sus ojos el gozo al

escucharme; mas de repente le envolvió un torbellino de fuego sofocando

su voz y ocultándole por algunos momentos a mi vista. Sin embargo,

veíale yo todavía entre las llamas con semblante sereno, cual si se

hallase en el regocijo de un festín cubierto de perfumes, rodeado de

sus amigos y coronado de flores.

[Ilustración]

En breve consumió el fuego cuanto había en él de terrestre y mortal,

sin que le quedase cosa alguna de lo que recibiera al nacer de su

madre Alcmena; mas por orden de Júpiter conservó aquella naturaleza

sutil e inmortal, aquella celeste llama, principio verdadero de la

vida que le diera el padre de los dioses, y pasó a habitar con ellos

y a beber en su compañía el dulce néctar bajo las doradas bóvedas del

excelso Olimpo, donde obtuvo por esposa a la amable Hebe, diosa de la

juventud, que derramaba el néctar en la copa del gran Júpiter antes de

que recibiese tan alto honor el joven Ganimedes.

Mas hallé yo en aquellas flechas que me diera para hacerme superior

a todos los héroes un manantial inagotable de pesares. Emprendieron

a poco tiempo los reyes coligados la venganza de Menelao, que robó

a Helena, esposa de Paris, y la ruina del imperio de Príamo; y el

oráculo de Apolo les reveló que no debían tener esperanza de terminar

felizmente aquella guerra mientras no llevasen a ella las flechas de

Hércules.

Ulises, que fue siempre el más ilustrado y sagaz en los consejos, se

encargó de persuadirme les acompañase al sitio de Troya y condujese las

flechas que creía tener en mi poder. Largo tiempo había ya que no se

dejaba ver Hércules sobre la tierra: ninguno hablaba de nuevas hazañas

de este héroe, y los malvados y los monstruos comenzaban a presentarse

impunemente. Ignoraban los griegos lo que debían juzgar de su

desaparición: decían unos haber muerto; y sostenían otros su viaje al

congelado septentrión para domar a los escitas. Pero no dudaba Ulises

hubiese muerto, y se resolvió a arrancarme el secreto. Vino en busca

mía cuando aún no hallaba yo consuelo por la pérdida del invencible

Alcides. Costole gran trabajo acercarse a mí, porque no podía ver a

los hombres ni sufrir me arrancasen de los desiertos del monte Eta, en

donde había visto perecer a mi amigo: ocupábame solo en representarme

la imagen de aquel héroe, y en llorar a la vista de aquellos tristes

lugares. Mas pendía de los labios de Ulises la seductora y eficaz

persuasión: aparentó igual aflicción que la mía, vertió lágrimas, e

insensiblemente supo ganar mi corazón y confianza: se esforzó para

que compadeciese a los reyes de Grecia que iban a pelear por una

causa justa y que sin mí no podían triunfar. Sin embargo, jamás pudo

arrancarme el secreto de la muerte de Hércules, que había jurado no

revelar a nadie; mas no dudaba él hubiese muerto, y me instaba a que le

descubriese el lugar en donde depositara sus cenizas.

¡Ah!, causome horror cometer un perjurio diciéndole el secreto que

había prometido a los dioses no revelar; pero tuve la flaqueza de

eludir mi juramento no atreviéndome a violarle, y por ello me han

castigado los dioses. Di con el pie en tierra en el mismo sitio en que

descansaban las cenizas de Hércules, y en seguida pasé a reunirme con

los reyes coligados, que me recibieron con igual júbilo que hubieran

recibido al mismo Hércules. Al transitar por la isla de Lemnos quise

dar una prueba a los griegos de lo que podían prometerse de mis

flechas; y cuando me preparaba a herir a un gamo que corría hacia el

bosque, dejé caer por descuido la flecha del arco sobre el pie, y me

causé una herida de que aún me resiento. Sentí inmediatamente iguales

dolores que había sentido Hércules: resonaban en la isla mis ayes

noche y día, y manando de la herida una sangre corrompida y negra,

infestaba el aire esparciendo en el campo griego una fetidez capaz de

sofocar al hombre más vigoroso. Causaba horror a todo el ejército verme

en tal extremidad, y convenían todos en que era un suplicio a que me

condenaban los justos dioses.

El primero que me abandonó fue Ulises, sin embargo de haberme empeñado

en aquella guerra. Después me he convencido de que lo hizo prefiriendo

el interés común de la Grecia y la victoria a los motivos de amistad y

de beneficencia. No podían celebrarse los sacrificios en el campo, y

era tal el horror que inspiraba mi herida, su infección y la violencia

de mis lamentos, que turbaban a todo el ejército. Cuando me vi

abandonado de todos los griegos por consejo de Ulises, pareciome esta

política la más horrible inhumanidad y la mayor perfidia. ¡Ah!, estaba

ciego, y por lo mismo no veía era justo se declarasen contra mí los

varones más prudentes, así como los dioses a quienes había irritado.

Permanecí casi todo el tiempo que duró el sitio de Troya, solo, sin

auxilio, sin esperanza y sin consuelo, entregado a horribles dolores en

aquella isla desierta e inculta, en donde solo percibía el ruido de las

olas del mar que venían a estrellarse en las rocas. En medio de aquella

soledad encontré una caverna vacía en cierta roca que elevaba hacia el

cielo dos cumbres semejantes a dos cabezas, de una de las cuales manaba

una cristalina fuente. Era aquella caverna guarida de fieras, a cuyo

carnívoro diente me veía expuesto día y noche. Reunía algunas hojas de

árbol que me servían de lecho, y no me quedaban otros bienes que un

tosco vaso de barro, y algunas vestiduras desgarradas con que vendaba

la herida para contener la sangre, y de las cuales me servía también

para limpiarla. Allí, abandonado de los hombres y entregado a la cólera

celeste, me ocupaba en herir con mis flechas a las aves que volaban en

torno de la roca; y cuando había muerto alguna para que me sirviese de

alimento, me era preciso arrastrarme sobre la tierra con aumento de mis

dolores para ir en busca de la presa: de este modo me proporcionaban

mis manos el sustento.

Es verdad que al partir los griegos me dejaron algunas provisiones; mas

las consumí en breve. Encendía el fuego con pedernales; y a pesar de

lo horroroso de la vida que soportaba, me hubiera parecido agradable,

lejos de hombres ingratos y engañosos, si no me hubiese oprimido el

dolor y recordado sin cesar mi desgraciada aventura. ¡Cómo!, decía yo,

¡sacar a un hombre de su patria cual el único que puede vengar a la

Grecia, y abandonarle después en esta isla desierta cuando descansaba

en brazos del sueño! Porque durmiendo yo, partieron los griegos. Juzgad

cuál sería mi sorpresa y cuántas lágrimas derramaría al despertar

viendo surcar las aguas a los bajeles en que iban. ¡Ah!, recorriendo

por todas partes aquella isla inculta y horrible hallé únicamente el

dolor.

En ella no hay puerto, comercio, hospitalidad ni mortal alguno que

arribe voluntariamente a sus costas. En ella solo se ven desgraciados a

quienes arrojan las tempestades, y no puede esperarse sociedad sino por

efecto de los naufragios; y aun aquellos que arribaban, no se atrevían

a llevarme en su compañía temiendo la cólera de los dioses y el enojo

de los griegos. Diez años hacía ya que me hallaba sufriendo oprobio,

dolor y hambre, y que alimentaba una herida que me devoraba: hasta la

esperanza había desaparecido de mi corazón.

Tal era mi estado, cuando al regreso de buscar varias plantas

medicinales para mi herida, vi a la entrada de la gruta a un gallardo

joven lleno de nobleza, y cuyo aspecto era el de un héroe. Creí mirar a

Aquiles según eran semejantes a las de este sus facciones y ademanes;

pero la edad me convenció de que no podía ser él. Descubrí en su rostro

compasión y perplejidad, pues se conmovió al observar el trabajo y

lentitud con que me arrastraba; y se enterneció su corazón al oír mis

agudos y dolorosos quejidos, que resonaban en toda la playa.

[Ilustración]

¡Oh extranjero!, le dije cuando aún me hallaba a bastante distancia

de él, ¿qué infortunio te conduce a esta isla inhabitada? Tu traje es

griego, traje todavía grato para mí. ¡Ah, cuánto deseo oír tu voz y

escuchar de tus labios aquella lengua que aprendí en la infancia, y

que no puedo hablar con nadie ha tanto tiempo en esta soledad! No te

espante ver a un hombre tan desdichado: lastímate de su suerte.

Apenas me hubo dicho Neoptólemo: Soy griego, exclamé: ¡Oh dulces

palabras después de tantos años de silencio, de dolor y desconsuelo!

¡Hijo mío! ¿qué desgracia, qué tempestad, o más bien, qué favorable

viento te ha conducido aquí a poner término a mis males? Soy de la

isla de Esciro, respondió, adonde regreso: dicen soy hijo de Aquiles;

ya lo sabéis todo.

No dejaron satisfecha mi curiosidad estas pocas palabras, y le dije:

¡Hijo de un padre a quien tanto yo he querido!, amable vástago de

Licomedes, ¿por qué vienes a este lugar?, ¿de dónde? Respondiome que

del sitio de Troya, y volví a decirle: Tú no fuiste de la primera

expedición. ¿Y tú?, me contestó. Ya veo que no conoces, le respondí,

ni el nombre de Filoctetes ni sus infortunios. ¡Ah, desdichado de mí!

Mis perseguidores me insultan en la miseria: ignora la Grecia lo que yo

padezco: se aumenta mi dolor, y los Atridas me han reducido al estado

en que me veo: ¡quieran los dioses darles la recompensa!

En seguida le referí de qué manera me habían abandonado los griegos;

y apenas acabó de oír mis quejas comenzó a referirme las suyas

diciendo: Después de la muerte de Aquiles... (¿Qué? ¡No existe

Aquiles!, repliqué. Perdona, hijo mío, interrumpa tu narración con las

lágrimas debidas a tu padre). Me consoláis al interrumpirme, respondió

Neoptólemo: ¡cuán agradable me es ver llorar a Filoctetes la muerte de

mi padre!

Después de la muerte de Aquiles, prosiguió Neoptólemo, me buscaron

Ulises y Fénix asegurándome que sin mí no podrían arrasar la ciudad de

Troya. Ninguna dificultad les costó llevarme en su compañía; porque

el sentimiento de la muerte de Aquiles, y el deseo de heredar su

gloria en aquella guerra memorable, me estimulaban a seguirles. Llego

a Sigeo: reúnese el ejército en derredor mío: protestan todos ver en

mí a Aquiles; mas ¡ay!, ya no existía. Joven y sin experiencia, creí

podía prometérmelo todo de los que tanto me elogiaban. Reclamé de los

Atridas las armas de mi padre, y me respondieron con la mayor crueldad:

Te se dará todo lo demás que le pertenecía; mas no sus armas, que ya

están destinadas a Ulises.

Lleneme de turbación, lloré y llegué a enfurecerme; pero sin alterarse

por ello Ulises me dijo: ¡Joven! no has participado de los peligros

de este prolongado asedio: no mereces aún esas armas, y hablas ya con

demasiada arrogancia: nunca las obtendrás. Despojado injustamente de

ellas por Ulises, regresé a la isla de Esciro, menos indignado contra

él que contra los Atridas. ¡Dispensen los cielos su favor a cualquiera

que sea enemigo de estos! ¡Oh Filoctetes!, ya os he informado de todo.

Pregunté a Neoptólemo cómo no había impedido tal injusticia Áyax

Telamonio. Murió, dijo. ¡Murió, exclamé, y no muere Ulises! Al

contrario, ¡vive en la prosperidad! Le exigí noticias de Antíloco,

hijo del sabio Néstor, y de Patroclo, tan querido de Aquiles. Murieron

ambos, me respondió; y volví a exclamar: ¡Murieron! ¡Ah, qué me dices!

¡Así sacrifica la cruel guerra al bueno y conserva al malvado! ¿Vive

Ulises? ¿Sin duda vivirá también Tersites? He aquí cómo obran los

dioses; ¡y todavía alabaremos sus decretos!

En tanto que me hallaba yo poseído de furor contra Ulises, continuó

engañándome Neoptólemo añadiendo estas tristes palabras: Voy a vivir

contento en la isla inculta de Esciro, lejos del ejército griego donde

el mal prevalece contra el bien. Adiós, yo parto: ¡quieran los dioses

daros la salud!

Hijo mío, le dije al momento, ruégote por los manes de tu padre, por

tu madre y por todo aquello que te sea más caro sobre la tierra, no me

dejes solo entregado a los males que padezco. No ignoro cuán gravoso

te seré; mas el abandonarme sería vergonzoso para ti. Arrójame en la

proa, en la popa, en la misma sentina de tu bajel o en cualquiera otro

lugar en donde menos pueda incomodarte. Los grandes corazones conocen

únicamente cuánta gloria se adquiere obrando bien. No me dejes en

este desierto donde no se encuentra ningún vestigio humano: llévame a

tu patria o a la Eubea, no muy distante del monte Eta, de Traquinia

y de las agradables orillas del río Esperqueo: vuélveme a mi padre.

Mas ¡ay!, temo no exista ya. Habíale yo avisado para que me enviase

un bajel; pero sin duda ha muerto o no le han informado de la miseria

en que vivo los que me prometieron hacerlo. A ti recurro, ¡hijo mío!

Recuerda la inestabilidad de las cosas humanas: el que se halla en la

prosperidad debe guardarse de abusar de ella, negándose a socorrer al

desvalido.

El exceso del dolor me hacía hablar de esta suerte a Neoptólemo.

Prometió llevarme en su compañía, y al oírlo exclamé: ¡Día venturoso!

¡Amable Neoptólemo, digno de la gloria de tu padre Aquiles! ¡Queridos

compañeros de viaje, permitid me despida de esta triste mansión! Ved

dónde he vivido; comprended lo que habré padecido aquí: ningún otro

hubiera podido sufrir tanto. La necesidad me ha instruido, pues enseña

a los hombres lo que no pudieran saber por otro medio. El que jamás ha

padecido nada sabe; desconoce los bienes y los males, y no se conoce a

sí mismo. Dichas estas palabras tomé mi arco y mis flechas.

Me suplicó Neoptólemo le permitiese besar aquellas armas célebres,

consagradas por el invencible Hércules. Puedes hacerlo, respondí, tú

que hoy me vuelves a la luz, a mi patria, a mi padre agobiado por

la senectud, a mis amigos y a mí mismo: tú puedes tocar esas armas,

y lisonjearte de ser el único entre todos los griegos que lo haya

merecido; e inmediatamente entró Neoptólemo en la gruta para admirarlas.

Entre tanto acometiome un dolor excesivo que me dejó lleno de

turbación; y sin saber lo que hacía, pido un acero para cortarme el

pie y exclamo: ¡Oh muerte deseada!, ¿por qué no vienes? ¡Oh joven,

quémame cual yo lo hice con el hijo de Júpiter! ¡Oh tierra, recibe a

un moribundo que ya no puede recobrar la salud! El exceso del dolor

me hizo caer repentinamente como acostumbraba en un profundo letargo:

comenzó a correr copioso sudor por mi cuerpo, y sangre corrompida y

negra de mi herida, proporcionándome algún alivio; y aunque hubiera

sido fácil a Neoptólemo partir con las armas durante mi letargo, era

hijo de Aquiles y no había nacido para engañarme.

Conocí su turbación al volver en mí: suspiraba como el que obra contra

los sentimientos de su corazón y no sabe disimular. ¿Pretendes acaso

sorprenderme?, le dije: ¿cuál es la causa de tu agitación? Preciso es,

respondió, me sigáis al sitio de Troya. ¿Qué has dicho, hijo mío?,

repliqué inmediatamente: vuélveme ese arco: he sido engañado: no me

prives de la vida. ¡Ah!, nada respondes; me miras tranquilo y sin

conmoverte. ¡Oh playas y promontorios de esta isla!, ¡oh fieras!, ¡oh

escarpadas rocas!, escuchad mis quejas; pues solo a vosotros puedo

dirigirlas: acostumbrados estáis a oír mis lamentos. ¡Por ventura me

era preciso ser engañado por el hijo de Aquiles! Él me arrebata el arco

sagrado de Hércules, quiere conducirme al campo de los griegos para

triunfar de mí, sin considerar que triunfa de un muerto, de una sombra,

de una vana imagen. ¡Ah, si me hubiese atacado cuando conservaba mis

fuerzas!... mas aun ahora lo hace sorprendiéndome. ¿Qué haré? Vuélveme

las armas, hijo mío: imita a tu padre, sé digno de ti mismo. ¿Nada

me dices?... ¡Ampárame de nuevo, árida montaña! A ti vuelvo desnudo,

miserable, abandonado y sin alimento: moriré solo en esta caverna

por faltarme el arco con que daba muerte a las fieras, y llegarán a

devorarme; sea en buen hora. Mas tú, hijo mío, no pareces malvado:

algún consejo siniestro dirige tus acciones: restitúyeme mis armas, y

parte.

¡Pluguiera a los dioses, exclamaba Neoptólemo en voz baja y vertiendo

lágrimas, que nunca partiera yo de Esciro! ¿Qué veo?, exclamé: ¿no es

Ulises? y al momento oigo su voz que articulaba estas palabras: Sí, yo

soy. Si el oscuro reino de Plutón se hubiera presentado a mis ojos, y

dejádome ver el negro Tártaro, que inspira temor a los mismos dioses,

no hubiese yo experimentado mayor horror: lo confieso. ¡Oh tierra de

Lemnos, exclamé, sírveme de testigo! Y tú, ¡oh sol!, ¿cómo lo permites?

Júpiter lo ordena, respondió Ulises sin alterarse, y yo ejecuto sus

decretos. ¿Cómo osas, le dije, nombrar a Júpiter? Mira a ese joven que

no ha nacido para el fraude cuánto padece al ejecutar lo que tú le

obligas a hacer. No venimos a engañarte, replicó Ulises, ni a causarte

daño alguno, sino a libertarte, a curar tu herida, y a proporcionarte

la gloria de destruir a Troya y restituirte después a tu patria. El

enemigo de Filoctetes no es Ulises, lo eres tú mismo.

Dije entonces a Ulises cuanto podía inspirarme el furor. Pues que me

abandonaste en esta playa, le repuse, ¿por qué no me dejas tranquilo

en ella? Corre en busca de la gloria marcial y de los placeres: goza

en buen hora de ellos con los Atridas: déjame soportar la miseria y

el dolor. ¿Por qué quieres sacarme de aquí? Ya nada puedo, dejé de

existir. ¿Cómo no piensas hoy cual en otro tiempo, que no podría yo

partir, que mis lamentos y la infección de mi herida impedirían la

celebración de los sacrificios? ¡Oh Ulises!, autor de mis desgracias,

¡quieran los dioses!... Mas no: no me escuchan: por el contrario,

favorecen a mi enemigo. ¡Oh tierra querida de mi amada patria que

jamás volveré a ver!... ¡Oh dioses!, si alguno hay entre vosotros cuya

justicia se duela de mi suerte, castigad a Ulises: entonces dejaré de

padecer.

Mientras que hablaba yo de esta suerte mirábame Ulises con serenidad,

aunque compasivo, como quien lejos de hallarse irritado, tolera y

disculpa la agitación de un desdichado a quien persigue la fortuna.

Considerábale yo cual la roca que, situada en la cima de la montaña,

burla el furor de los vientos y deja agoten su rabia mientras permanece

inmóvil; pues del mismo modo esperaba terminase mi enojo, porque

conocía que no deben atacarse las pasiones del hombre para reducirle

a la razón hasta que han comenzado a debilitarse. ¡Oh Filoctetes!,

me dijo: ¿qué es de vuestro valor y cordura? He aquí el momento de

que os aprovechen. Si os negáis a seguirnos para llenar los grandes

designios de Júpiter, adiós: seréis indigno de dar libertad a la Grecia

y destruir a Troya. Permaneced en Lemnos: estas armas que llevaré, me

proporcionarán una gloria destinada para vos. Partamos, Neoptólemo:

inútil es hablar más: la compasión hacia un solo hombre no debe

hacernos abandonar la salud de toda la Grecia.

Al oír esto me sentí cual la leona que, por haberle arrebatado sus

hijos, llena de rugidos los bosques inmediatos. ¡Oh caverna, exclamé,

jamás saldré de tu recinto: tú me servirás de sepultura! ¡Oh mansión

del dolor, acabaron para mí el alimento y la esperanza! ¿Quién me dará

un acero para traspasar mi pecho? ¡Ojalá fuese presa de carnívoras

aves!... ¡ya no podré herirlas con mis flechas! ¡Arco precioso, arco

consagrado por la mano del hijo del mismo Jove! Querido Hércules, si

aún eres capaz de sentir, ¿no te llenarás de indignación al ver que

ya no se halla tu arco en las manos del más fiel de tus amigos, y sí

en las impuras y engañosas de Ulises? ¡Aves y fieras carnívoras, no

huyáis de esta caverna pues ya no poseo las flechas! ¡Desdichado!, ya

no puedo dañaros; venid a devorarme, o más bien confúndame un rayo del

inexorable Júpiter.

Después de haber empleado Ulises todos los ardides que creyó oportunos

para persuadirme, juzgó no quedarle otro recurso que restituirme las

armas; y haciendo cierta señal a Neoptólemo, al momento me las devolvió

este. Hijo digno de Aquiles, le dije yo: das una prueba de que lo eres;

pero déjame atravesar el pecho de mi enemigo: y queriendo tirar una

flecha a Ulises, me detuvo Neoptólemo diciendo: La ira os ciega, y no

os deja ver lo indigno de la acción que vais a ejecutar.

Entre tanto permanecía tranquilo Ulises, tan indiferente a mis flechas

como a mis injurias; y su intrepidez y paciencia no dejaron de hacerme

impresión. Me avergoncé de haber querido dar la muerte con mis armas

al mismo que me las había restituido; pero como todavía no estaba

sofocado mi resentimiento, me llenaba de desconsuelo el considerar que

era deudor de ellas a quien tanto odiaba. Sabed, me decía Neoptólemo,

que el divino Héleno, hijo de Príamo, salido de la ciudad de Troya por

orden e inspiración de los dioses, nos ha revelado los arcanos del

porvenir. Caerá, ha dicho, la desventurada Troya; pero su caída no

tendrá efecto hasta que sea atacada por el que posee las flechas de

Hércules: no gozará este de salud mientras no se presente delante de

las murallas de Troya, donde le curarán los hijos de Esculapio.

Al momento comencé a dudar en la indecisión: complacíame la sinceridad

de Neoptólemo y la buena fe con que me había restituido el arco; mas

no podía resolverme a acceder a los deseos de Ulises, teniéndome en la

irresolución el pundonor y la vergüenza. ¿Qué pensarán de mí, decía yo,

al verme con Ulises y con los Atridas?

[Ilustración]

En tal incertidumbre me encontraba cuando percibí una voz sobrehumana,

y se presentó a mis ojos Hércules rodeado de una refulgente nube y de

rayos divinos. Reconocí con facilidad sus facciones algo ásperas, su

cuerpo vigoroso y ademanes sencillos; mas nunca me había parecido

mayor la estatura del domador de tantos monstruos.

Ves y escuchas a Hércules, me dijo. He dejado el alto Olimpo, y vengo

a anunciarte los decretos de Júpiter. Bien conoces las fatigas con

que he llegado a adquirir la inmortalidad. Preciso es acompañes al

hijo de Aquiles para seguir mis huellas en el camino de la gloria.

Recobrarás la salud: atravesarás con mis flechas a Paris, autor de

tantas desgracias; y después de tomada la ciudad de Troya, enviarás

ricos despojos a tu padre Peante, en el monte Eta, para que los coloque

sobre mi tumba como trofeos de la victoria debida a mis flechas. Y tú,

¡oh hijo de Aquiles!, sabe que no puedes vencer sin Filoctetes, ni este

sin ti. Corred cual dos leones aunados contra la presa: yo enviaré a

Esculapio al campo griego, para que dé la salud a Filoctetes. Sobre

todo, amad y observad la religión: todo perece mientras ella no deja de

existir jamás.

Después de haber oído estas palabras exclamé: ¡Venturoso día, cuya

grata luz aparece al cabo de tantos años! Obedezco: parto después de

haber saludado estos lugares. Gruta querida, adiós. Adiós, ninfas de

estas apacibles praderas: ya no percibirá mi oído el sordo rumor de

las olas de estos mares. Adiós, playas, testigos por tanto tiempo de

lo que me ha hecho padecer la intemperie de las estaciones. Adiós,

promontorios, cuyo eco repitió multiplicados mis lamentos. Adiós,

cristalinas corrientes que por largo tiempo me habéis sido amargas.

Tierra de Lemnos, adiós; déjame partir venturoso, pues voy a llenar los

votos del Olimpo y los de mis amigos.

Partimos en efecto, y llegamos al sitio de Troya, en donde Macaón y

Podalirio, depositarios de la divina ciencia de Esculapio, me dieron la

salud, o a lo menos me pusieron en el estado en que me veo, y dejé de

padecer, recobrado mi antiguo vigor, aunque he quedado algo cojo. Hice

caer a Paris cual el tímido cervatillo a quien hiere con su flecha el

diestro cazador: fue Ilión reducida en breve a cenizas: ya sabéis lo

demás.

Conservaba yo sin embargo alguna aversión a Ulises, aversión producida

por el recuerdo de mis padecimientos; mas la vista de un hijo que le es

tan semejante, y a quien en vano me esforzaría a no amar, enternecen mi

corazón.

[Ilustración]

Las aventuras de Telémaco seguidas de las de Aristonoo · 第 55 / 88 题