Después de haber hablado así Méntor, persuadió a Idomeneo de la
necesidad de expulsar inmediatamente a Protesilao y Timócrates, para
llamar de nuevo a Filocles. La única dificultad que detenía al rey era
el temor que le inspiraba la severidad de Filocles. Confieso, decía,
que no puedo dejar de temer algún tanto su regreso, a pesar de que le
aprecio y estimo. Desde la infancia estoy acostumbrado a los elogios,
a la solicitud y a la complacencia que no puedo prometerme de este
hombre, pues cuando hacía alguna cosa que él no aprobaba, su aspecto
melancólico me daba a entender que me reprendía; y cuando se hallaba
a solas conmigo, eran sus acciones respetuosas y moderadas, pero
desabridas.
¿No veis, repuso Méntor, que los príncipes corrompidos por la
adulación encuentran desabrido y austero todo lo que es franco e
ingenuo? Llegan a imaginar que no son celosos de su servicio y que
no aman su autoridad aquellos que no poseen una alma baja y no están
dispuestos a lisonjearles cuando hacen el uso más injusto de su poder.
Cualquier palabra franca y generosa les parece atrevida, censurable y
sediciosa; y llegan a ser tan delicados que les hiere e irrita todo
lo que no adula. Pero pasemos más adelante. Supongo que Filocles sea
efectivamente desabrido y austero; ¿y su austeridad no vale más que la
perniciosa adulación de vuestros consejeros? ¿Dónde hallaréis un hombre
sin defectos? Y el de deciros atrevidamente la verdad ¿no deberá seros
el menos temible? Pero, ¡qué digo!, ¿no es un defecto necesario para
corregir los vuestros, y para vencer el desabrimiento a la verdad a que
os ha conducido la adulación? Necesitáis un hombre que ame solo a vos y
a la verdad; que os ame más de lo que vos mismo os amáis; que os diga
la verdad a pesar vuestro; que venza toda vuestra oposición; y este
hombre necesario es Filocles. Acordaos de que un monarca es demasiado
feliz cuando durante su reinado nace un solo hombre dotado de esta
virtud, que es el más precioso tesoro; y que el perderle es también
el mayor castigo que pueden enviarle los dioses, si llega a hacerse
indigno de sus servicios por no saber aprovecharse de ellos.
En cuanto a los defectos de que adolece el hombre honrado, preciso
es saber conocerlos y no dejar de servirse de él. Corregidle: no os
entreguéis jamás ciegamente a su indiscreto celo; pero escuchadle
favorablemente, honrad sus virtudes, mostrad al público que sabéis
distinguirle, y sobre todo guardaos de ser por más tiempo cual habéis
sido hasta ahora. Los príncipes corrompidos como vos lo estabais se
contentan con despreciar al hombre corrompido; pero sin dejar de
emplearle confiados y colmándole de dones. Por otra parte se precian
de conocer también al virtuoso, aunque sin darle otra cosa que vanos
elogios, ni atreverse a confiarle los empleos, ni admitirle en su
trato familiar, ni dispensarle beneficios.
Entonces manifestó Idomeneo que era vergonzoso haber retardado tanto
dar libertad al inocente oprimido, y castigar a los que le habían
engañado; y ninguna dificultad halló Méntor en determinarle a la ruina
de Protesilao, porque tan pronto como llegan a hacerse los favoritos
sospechosos e importunos a sus señores, cansados y embarazados estos
no procuran otra cosa que deshacerse de ellos: evapórase su amistad,
olvidan los servicios, y nada les cuesta su caída con tal que no
vuelvan a verles.
[Ilustración]
Inmediatamente dio orden el rey a Hegesipo, uno de los principales
ministros de su casa, para que condujese con seguridad a la isla de
Samos a Protesilao y Timócrates, y los dejase en ella trayendo a
Filocles de su destierro. Sorprendido Hegesipo al recibir esta orden
no pudo menos de llorar de gozo. Ahora, dijo, vais a llenar de júbilo
a vuestros vasallos. Los dos han causado vuestras desgracias y las de
vuestro pueblo: veinte años ha que hacen gemir a todos los hombres de
bien, que apenas se atreven a quejarse según es cruel su tiranía: ellos
aniquilan a los que pretenden llegar a vos por otro conducto que el
suyo.
En seguida le descubrió Hegesipo gran número de perfidias e
inhumanidades de que nunca oyera hablar Idomeneo, porque ninguno osaba
acusarlos; y le refirió también haber descubierto una conjuración
secreta para dar muerte a Méntor, llenándose de horror el rey al
escucharlo.
[Ilustración]
Apresurose Hegesipo a ir a casa de Protesilao, no tan grande como
el palacio del rey, pero sí más agradable y cómoda, de mejor gusto
su arquitectura, y adornada a costa del desvalido y del miserable.
Hallábase Protesilao en un salón de mármol próximo a los baños, sobre
un lecho de púrpura recamado de oro, fatigado al parecer de las tareas
del gobierno, y pintándose en sus ojos cierta agitación sombría y
feroz. Colocados a su derredor los primeros personajes del estado sobre
ricos tapices, ajustaban sus facciones sobre las de Protesilao, del que
observaban hasta el menor movimiento. Callaban todos cuando abría los
labios para admirar lo que aún no había dicho. Uno de ellos refería
con exageraciones ridículas cuanto hiciera Protesilao en obsequio de
su rey. Otro le aseguraba que habiendo engañado Júpiter a su madre,
fuera autor de su vida, y que era hijo del padre de los dioses.
Acababa de cantar varios versos un poeta, en los cuales decía que
instruido Protesilao por las musas había igualado a Apolo en todas las
producciones del entendimiento; y otro, más infame e impudente todavía,
le llamaba inventor de las bellas artes, y padre de los pueblos a
quienes hacía felices, pintándole con el cuerno de la abundancia en la
mano.
Escuchaba Protesilao estas alabanzas con desabrimiento, distraído y
desdeñoso, como quien sabe que las merece mayores todavía, y hace un
favor en dejarse alabar. Hubo un adulador que se tomó la libertad
de hablarle al oído diciéndole alguna chanza contra la policía que
procuraba establecer Méntor, y se sonrió Protesilao, comenzando en
seguida a reír cuantos se hallaban presentes, a pesar de que la mayor
parte de ellos no podían saber lo que le habían dicho; mas recobrando
en breve su aspecto severo y arrogante, guardaron todos silencio.
Procuraban varios nobles la ocasión de que se volviese a ellos para
escucharles; y entre tanto permanecían inquietos y sobresaltados,
porque tenían que pedirle gracias; su actitud de suplicantes hablaba
por ellos, y parecían tan sumisos cual lo está la madre al pie de los
altares cuando pide a los dioses la salud del hijo único. Aparentaban
todos estar contentos, satisfechos y llenos de admiración hacia
Protesilao: sin embargo, le aborrecían con un odio implacable.
En aquellos momentos entró Hegesipo, se apoderó de la espada de
Protesilao, y le declaró de orden del rey que iba a conducirle a la
isla de Samos. Al oír estas palabras cayó la arrogancia de aquel
favorito, cual la peña que se desgaja de la cima de una escarpada roca.
Póstrase trémulo y lleno de turbación a los pies de Hegesipo, llora
balbuciente, vacila, tiembla, abraza sus rodillas sin embargo de que
poco antes no se hubiera dignado concederle una mirada; y todos los
que le rodean cambian en insultos las adulaciones al verle perdido sin
recurso.
No quiso Hegesipo dejarle tiempo ni para despedirse de su familia, ni
para recoger varios papeles reservados: todo lo requisó y fue llevado
al rey. Al mismo tiempo se arrestó a Timócrates, llegando al extremo
su sorpresa porque creía que, no estando de acuerdo con Protesilao,
no podía ser envuelto en su ruina. Partieron en un bajel preparado
al efecto, y llegaron a Samos, en donde dejó Hegesipo a los dos
desventurados, y para colmo de infortunio los dejó juntos. Allí se
reconvinieron con furor mutuamente por los delitos que habían cometido
y que produjeron su caída: allí se encuentran sin esperanza de regresar
jamás a Salento, condenados a vivir lejos de sus esposas e hijos; no
digo que lejos de sus amigos porque ninguno tenían. Dejáronles en una
tierra desconocida, en donde ningún otro recurso debían tener para
subsistir que su propio trabajo, después de haber pasado tantos años
en la opulencia y las delicias; y semejantes a las bestias feroces
siempre están dispuestos a despedazarse.
Se informó Hegesipo del lugar en donde residía Filocles, le dijeron que
en una gruta de cierta montaña muy distante de la ciudad, hablándole
todos con admiración de aquel extranjero. Desde que se halla en esta
isla, le decían, a nadie ha ofendido: todos admiran su paciencia y
laboriosidad. Sin poseer nada aparenta estar siempre contento; y aunque
se halla lejos de los negocios, sin bienes y sin autoridad, no deja
de obligar a aquellos que lo merecen, y se vale de mil arbitrios para
agradar a sus vecinos.
Acércase Hegesipo a la gruta que halla abierta, porque la pobreza
y sencillez de costumbres de Filocles hacía que al salir de ella
no tuviese necesidad de cerrarla. Una tosca estera de junco le
servía de cama: encendía el fuego rara vez, porque no usaba manjares
condimentados, alimentándose en el verano de las frutas acabadas de
coger, y en el invierno del dátil e higo seco. Apagaba su sed cierto
manantial que formaba una balsa al caer de la inmediata roca. No
se veían en la gruta sino instrumentos necesarios a la escultura,
y algunos libros que leía a ciertas horas; no para enriquecer sus
talentos ni para satisfacer su curiosidad, sino para instruirse
aliviando sus fatigas y aprender a ser bueno. En cuanto a la escultura,
ocupábase en ella únicamente para ejercitar el cuerpo, evitar la
ociosidad, y proporcionarse el sustento sin dependencia de nadie.
[Ilustración]
Al entrar Hegesipo en la gruta admiró las obras que tenía comenzadas.
Observó una estatua de Júpiter, cuyo rostro sereno estaba tan lleno
de majestad que se conocía fácilmente ser el padre de los dioses y de
los hombres. A otro lado se veía a Marte, cuyo aspecto era fiero y
amenazador; pero lo que más excitó su admiración fue la de Minerva,
que daba impulso a las artes: era su rostro noble y agradable; alta y
desembarazada su estatura, y su actitud tan expresiva que podía creerse
hallarse animada.
Después de haber examinado Hegesipo estas obras con satisfacción,
salió de la gruta y vio lejos de ella a Filocles leyendo sentado sobre
el florido césped y bajo un copudo árbol: dirigiose a él, y al verle
Filocles ignoraba lo que debía creer. ¿No es Hegesipo, se dijo, con
quien he vivido tantos años en Creta? ¿Mas a qué vendrá a esta lejana
isla? ¿Será acaso su sombra que después de muerto venga de las orillas
de la Estigia?
Mientras le agitaban estas dudas, llegose a él Hegesipo, que no pudo
dejar de conocerle y también de abrazarle. ¿Sois vos, le dijo, mi
querido y antiguo amigo? ¿Qué acaso, qué borrasca os arroja a esta
costa? ¿Por qué habéis dejado la isla de Creta? ¿Por ventura os aleja
de vuestra patria alguna desgracia semejante a la mía?
No la desgracia, respondió Hegesipo, el favor de los dioses me trae
a este sitio: y en seguida le refirió la prolongada tiranía de
Protesilao, sus intrigas con Timócrates, los infortunios en que habían
precipitado a Idomeneo, la caída de este príncipe, su fuga a las
costas de la Hesperia, la fundación de Salento, la llegada de Méntor
y de Telémaco, las sabias máximas que este había inspirado al rey,
y la desgracia de los dos traidores; añadiendo haberles conducido a
Samos para que sufrieran el destierro que hicieran sufrir a Filocles;
y concluyó diciéndole llevar orden para conducirle a Salento, pues
persuadido el rey de su inocencia, quería volverle su confianza y
colmarle de beneficios.
¿Veis esa gruta, respondió Filocles, más a propósito para guarida de
fieras que para habitación de racionales? Pues en ella he gozado por
espacio de muchos años una tranquilidad y unas delicias que no gocé
bajo los dorados techos de los palacios opulentos de la isla de Creta.
Ya no pueden engañarme los hombres; porque ni los veo ni escucho sus
discursos falaces y emponzoñados: vivo sin necesidad de ellos, porque
encallecidas mis manos del trabajo, me proporcionan con facilidad el
sencillo alimento que he menester; y como veis, me basta una ligera
tela para cubrirme. No teniendo necesidades, gozando de calma y de
agradable independencia, de que me enseña a hacer buen uso la sabiduría
de los libros que leo, ¿qué iré a buscar entre los hombres, llenos de
envidia, falaces e inconstantes? No, no, querido Hegesipo: no envidiéis
mi fortuna. Protesilao se ha engañado a sí mismo queriendo engañar al
rey y arruinarme; pero ningún daño me ha hecho: al contrario, me ha
proporcionado el mayor bien libertándome del tumulto y esclavitud de
los negocios: a él soy deudor de esta grata soledad, y de todos los
inocentes placeres que disfruto en ella.
Volved, Hegesipo, volved cerca del rey: ayudadle a soportar las
miserias de su elevación, y haced a su lado lo que desearíais que
yo hiciera. Toda vez que sus ojos, cerrados por tanto tiempo a la
verdad, han llegado a abrirse por fin a merced de los esfuerzos de
ese hombre sabio que llamáis Méntor, consérvele a su lado. En cuanto
a mí, no es conveniente después del naufragio dejar el puerto adonde
afortunadamente me ha conducido la borrasca, para entregarme de nuevo
al capricho de las olas. ¡Oh, y cuán dignos son de compasión los
monarcas! ¡Cuánto los que se emplean en su servicio! Si malvados, ¡qué
de males hacen sufrir a los hombres, y qué tormentos se les preparan
en el oscuro Tártaro! Si buenos, ¡cuántas dificultades no tienen que
vencer!, ¡cuántos lazos que evitar!, ¡cuántos males que sufrir! Otra
vez vuelvo a decir, Hegesipo, que me dejéis en mi dichosa pobreza.
Mientras que hablaba así Filocles con vehemencia, le miraba sorprendido
Hegesipo. Le había visto en otro tiempo en Creta cuando manejaba los
negocios, flaco, lánguido, extenuado; porque su carácter fogoso y
austero le consumía en las tareas del gobierno. Miraba con indignación
impunes los vicios; apetecía cierta exactitud en los negocios que rara
vez se encuentra, y las ocupaciones deterioraban su quebrantada salud.
Pero en Samos le veía grueso y vigoroso: a pesar de los años habíase
renovado en su semblante la juventud florida, y llegado a formar
un temperamento nuevo en aquel género de vida sobria, tranquila y
laboriosa.
¿Os causa sorpresa verme tan trocado?, dijo entonces Filocles
sonriendo: la soledad me ha dado esta frescura y perfecta salud; mis
enemigos me han proporcionado lo que nunca hubiera podido hallar
en la mayor elevación. ¿Queréis que pierda los bienes ciertos para
correr tras los falsos, y para sumergirme de nuevo en las antiguas
calamidades? No seáis más cruel que Protesilao; al menos no me
envidiéis la dicha que le debo.
Le representó Hegesipo cuanto creyó capaz de afectarle; pero en vano.
¿Seréis, le decía, insensible al placer de ver de nuevo vuestros deudos
y amigos que suspiran por vuestro regreso, y a quienes llena de júbilo
la sola esperanza de abrazaros? Si teméis a los dioses y apreciáis
vuestro deber, ¿cómo os desentenderéis de servir a vuestro rey,
ayudarle a hacer los beneficios que desea, y procurar la felicidad de
tantos pueblos? ¿Es permitido acaso entregarse a una filosofía salvaje,
para preferirse el hombre a todo el género humano, y estimar en más el
propio reposo que la felicidad de sus conciudadanos? Además, creerán
que os negáis a ver al rey por resentimiento. Si os ha hecho mal es
por no haberos conocido: no fue su ánimo que pereciese el verdadero,
el bueno, el justo Filocles; sino castigar a un hombre muy diferente
de él. Mas ahora que os conoce, y que no os equivoca con ningún otro,
revive en su corazón la antigua amistad: os aguarda, os tiende los
brazos para estrecharos en ellos, y lleno de impaciencia cuenta los
días y las horas que tardáis en llegar. ¿Tendríais corazón tan duro que
fueseis inexorable para con vuestro rey y vuestros más tiernos amigos?
Filocles, que se había enternecido al ver a Hegesipo, recobró su
natural austeridad al oír este razonamiento. Permanecía inmóvil,
semejante a la roca en que inútilmente se estrellan los huracanes, y a
cuyo pie rompen bulliciosas las inquietas olas; sin que las súplicas ni
la razón misma pudiesen penetrar en su corazón. Mas cuando ya empezaba
a desesperar Hegesipo, descubrió Filocles, habiendo consultado a los
dioses, por el vuelo de las aves, entrañas de las víctimas y otros
presagios diversos, que debía seguir a aquel.
[Ilustración]
Entonces ya no resistió más: preparose a partir; pero no sin
sentimiento al dejar el desierto en donde pasara tantos años. ¡Ah!,
decía, ¡preciso es dejarte, amable gruta, bajo cuya rústica bóveda
venía cada noche el pacífico sueño a aliviar los trabajos del día! Aquí
hilaban las parcas en medio de mi pobreza días de oro y de seda. Se
arrodilló lloroso para adorar a la náyade que por tanto tiempo había
satisfecho su sed en aquel cristalino manantial, y a las ninfas que
habitaban en las montañas vecinas. Oyó Eco sus lamentos, y los repitió
con triste voz a todas las divinidades campestres.
En seguida pasó con Hegesipo a la ciudad para embarcarse. Creía que
el desgraciado Protesilao no querría verle, poseído de resentimiento
y vergüenza; pero se engañó, pues los hombres corrompidos carecen de
pundonor y están siempre dispuestos a toda clase de bajezas. Ocultábase
Filocles con modestia, temiendo ser visto de aquel desgraciado y
aumentar su miseria poniendo a su vista la prosperidad de un enemigo
a quien iban a elevar sobre sus ruinas; pero buscábale con ansia
Protesilao, deseoso de excitar su piedad y de empeñarle a que pidiese
al rey le permitiera regresar a Salento. Era demasiado sincero Filocles
para ofrecerle que se ocuparía en hacerle volver, pues sabía mejor que
ningún otro cuán pernicioso debía ser su regreso; pero le habló con
la mayor afabilidad, le manifestó su compasión, procuró consolarle, y
le exhortó a aplacar a los dioses con la pureza de costumbres y con
el sufrimiento en la desgracia. Como sabía haber privado el rey a
Protesilao de todos los bienes que adquiriera injustamente, le ofreció
dos cosas que ejecutó en lo sucesivo: la una cuidar de su esposa y de
sus hijos, que permanecían en Salento en la mayor pobreza, expuestos a
la indignación pública: la otra enviarle a aquella isla remota algún
socorro pecuniario para aliviar su miseria.
Entre tanto hinchó las velas un favorable viento, y lleno de
impaciencia Hegesipo se apresuró a partir con Filocles. Viole embarcar
Protesilao, cuya vista permaneció fija en la playa sin apartarla
del bajel, que cortando las olas se alejaba presuroso; y cuando ya
no alcanzaba a verle, presentábaselo su imaginación. Por último,
turbado, furioso, entregado a la desesperación, arráncase el cabello,
se arrastra sobre la arena, reconviene a los dioses por su rigor, llama
en vano en su auxilio a la cruel muerte, sin ánimo para arrebatarse la
vida, y sorda a sus ruegos se niega a aliviar su desgracia.
Favorecido el bajel por Neptuno y por los vientos llega en breve a
Salento: avisan al rey que entraba ya en el puerto: corre este en
compañía de Méntor a encontrar a Filocles; le abraza con ternura, y
le manifiesta su sentimiento por haberle perseguido tan injustamente.
Lejos de considerar los salentinos como efecto de flaqueza esta
confesión, reputáronla como el esfuerzo de una alma grande, que
haciéndose superior a los propios defectos, los confiesa con valor para
enmendarlos. Lloraban todos de gozo al ver de nuevo a aquel hombre
honrado que siempre amó al pueblo, y no menos al oír de boca de su rey
tal sabiduría y bondad.
Recibió Filocles las afectuosas demostraciones del rey con respeto y
modestia, lleno de impaciencia por ocultarse a las aclamaciones del
pueblo, y le siguió a su palacio. Bien pronto llegó a estrecharse la
confianza de Méntor y de Filocles, como si hubiesen vivido siempre
juntos, a pesar de que nunca se habían visto; sin duda porque los
dioses que han negado a los malos perspicacia para conocer a los
buenos, la han dado a estos para conocerse unos a otros, y porque
aquellos que aprecian la virtud no pueden estar juntos sin que los
estreche la virtud que aman.
No tardó mucho Filocles en pedir al rey le permitiese retirarse a una
soledad inmediata a Salento, en donde continuó viviendo pobremente como
lo había hecho en Samos. Iba Idomeneo a verle casi diariamente con
Méntor a aquel desierto, y allí examinaban los medios de consolidar
las leyes y de dar una forma estable al gobierno para beneficio público.
Las dos cosas que examinaron principalmente fueron: la educación de la
juventud y el modo de vivir durante la paz.
En cuanto a la juventud, decía Méntor, pertenece menos a sus padres
que al estado: es hija del pueblo, su esperanza, su fuerza; y no se
la puede corregir después que se ha corrompido. No basta excluirla
de los empleos cuando se ha hecho indigna de ellos; porque es mejor
prevenir el mal que verse en el caso de castigarle. El rey, añadía,
que es padre de su pueblo, lo es todavía más particularmente de la
juventud, flor de la nación, y en ella debe preparar los frutos que
haya de dar con el tiempo. No desdeñe el rey, pues, vigilar y hacer
que vigilen sobre la educación de la infancia; haga observar con
firmeza las leyes de Minos, que prescriben se la eduque inspirándola
desprecio al dolor y a la muerte: hágase consistir el honor en huir
las delicias y las riquezas, y preséntensela como vicios infames la
injusticia, la mentira, la ingratitud y la molicie: enséñesela desde
la cuna a cantar las alabanzas a los héroes favorecidos de los dioses,
que ejecutaran hazañas por su patria, haciendo brillar el valor en las
lides: apodérense de su alma los encantos de la música para hacer sus
costumbres suaves y puras: aprendan a ser tiernos para con sus amigos,
fieles con los aliados, equitativos con todos sus semejantes y hasta
con sus mayores enemigos: teman menos la muerte y los tormentos que el
más leve remordimiento de su conciencia. Si con tiempo imbuyen a los
niños en estas máximas, y las hacen penetrar en sus corazones por medio
de la dulzura del canto, habrá pocos a quienes no inflame el amor a la
gloria y a la virtud.
Añadió Méntor que era indispensable establecer escuelas públicas para
acostumbrar a la juventud a los ejercicios más duros, y para evitar
la molicie y ociosidad que corrompen las mejores índoles: deseaba
animasen al pueblo variedad de juegos y espectáculos, y sobre todo los
que ejercitan las fuerzas del cuerpo para hacerlos diestros, ágiles y
vigorosos; estimulando con premios para excitar una noble ambición.
Pero lo que más apetecía para las buenas costumbres era que los jóvenes
verificasen sin dilación los matrimonios, y que libres sus padres de
toda mira interesada, les permitiesen elegir esposa que reuniese las
perfecciones del alma y del cuerpo para que pudiesen estimarla.
Mientras que por tales medios intentaba conservar la pureza, inocencia,
laboriosidad y docilidad de la juventud, e inclinarla a la gloria,
Filocles, que tenía inclinación a la guerra, decía a Méntor: En vano
ocuparéis a la juventud en esos ejercicios, si la dejáis desfallecer en
una paz continua, pues no adquirirá ninguna experiencia de la guerra ni
tendrá necesidad de experimentar su valor. Debilitaréis insensiblemente
la nación, se enervará el valor, y los placeres corromperán las
costumbres; y de este modo la vencerán sin dificultad otros pueblos
belicosos; y habiendo querido evitar los males que trae consigo la
guerra, caerá aquella en una esclavitud espantosa.
Los males de la guerra, respondió Méntor, son todavía más horribles que
pensáis. Aniquila al estado y le pone siempre a peligro de perecer,
aun cuando logre las más señaladas victorias. Cualesquiera que sean
las ventajas con que se empieza, nunca hay seguridad de acabarla sin
riesgo de exponerse a las alteraciones más trágicas de la fortuna;
y sea cual fuere la superioridad de fuerzas con que se empeñe una
batalla, un leve descuido, un terror pánico, la menor cosa arrebata la
victoria que ya se creía segura trasladándola al enemigo. Aun cuando la
victoria siguiese vuestro campo, no os destruiréis menos al destruir a
vuestros enemigos; porque se despuebla el país, quedan casi incultos
los campos, se altera el comercio, y lo que aún es peor, pierden su
fuerza las buenas leyes, dejando corromper las costumbres, olvida
la juventud las letras, hace la necesidad urgente que se tolere una
perniciosa licencia en las tropas, y este desorden trasciende a la
justicia y policía. Un rey que derrama la sangre de tantos hombres, que
causa tantas desgracias por adquirir un poco de gloria o extender los
límites de su monarquía, es indigno de la gloria que busca, y merece
perder lo que posee por haber querido usurpar lo que no le pertenece.
He aquí los medios de ejercitar el valor de un pueblo en tiempo de paz.
Habéis oído los ejercicios del cuerpo que establecemos, los premios
que excitarán la emulación, las máximas de virtud y de gloria que se
introducirán en las almas desde la cuna por el canto de los hechos
memorables de los héroes; y añado a todo ello el auxilio de una vida
sobria y laboriosa. Pero aún no es esto todo: luego que cualquier
pueblo aliado se vea comprometido a una guerra, debéis enviarle la flor
de la juventud, señaladamente aquellos en quienes se adviertan talentos
para ella, y sean más a propósito para aprovecharse de la experiencia.
Así conservaréis gran reputación entre los aliados, será apetecida
vuestra alianza y temerán perderla, y sin tener la guerra en vuestro
territorio, ni hacerla a vuestras expensas, podréis contar siempre con
una juventud intrépida y aguerrida. Aunque gocéis de paz en vuestros
dominios, no por ello dejaréis de dispensar grandes honras a cuantos
sobresalgan en talentos para la guerra; porque el verdadero medio de
evitarla, conservando una paz dilatada, es cultivar el arte de hacerla,
honrar a los que poseen conocimientos para ella, tenerlos siempre de
esta clase ejercitados en países extranjeros que conozcan las fuerzas,
disciplina y modo de hacer la guerra los vecinos; y ser tan incapaz de
hostilizar por ambición, como de temerla por afeminación. Por tales
medios se llega a no tener que hacerla jamás, dispuesto siempre a
sostenerla por necesidad.
[Ilustración]
Cuando los aliados estén dispuestos a hostilizarse, os corresponde ser
el medianero: así adquiriréis una gloria más sólida y cierta que la de
los conquistadores, captándoos la estimación de los extranjeros que os
necesitan, reinando sobre ellos por la confianza que les inspiráis,
cual lo hacéis sobre vuestros vasallos; siendo depositario de sus
secretos, árbitro de sus tratados y dueño de sus corazones: vuela
vuestra fama a los más remotos países, y llega a ser vuestro nombre
cual un perfume delicioso que exhalándose de país en país corre a los
pueblos más lejanos. En tal estado, atáqueos en buen hora una nación
vecina contra las leyes de la justicia: os encontrará aguerrido y
preparado, y lo que es más, amado y socorrido; pues persuadidos los
demás de que vuestra conservación contribuye a la seguridad común, se
alarmarán por vuestro peligro. He aquí una fortaleza más segura que
todas las murallas y que todas las plazas fuertes: he aquí la verdadera
gloria. ¡Pero cuán pocos son los reyes que saben buscarla y que no se
alejan de ella! Corren tras una sombra falaz, y dejan a la espalda el
verdadero honor sin conocerlo.
Cuando Méntor hubo acabado de hablar de esta suerte, mirole sorprendido
Filocles; y dirigiendo después la vista a Idomeneo, se complació al
observar el esmero con que procuraba quedasen grabadas en su corazón
las palabras de Méntor, de cuyos labios se desprendía la sabiduría
misma.
Por tales medios establecía Minerva en Salento, bajo la figura de
Méntor, las mejores leyes y las más acertadas máximas de gobierno; no
tanto para que floreciese el reino de Idomeneo, cuanto para presentar
a Telémaco cuando regresase ejemplos sensibles de lo que puede hacer
un sabio gobierno en beneficio público, y para proporcionar gloria
duradera al buen monarca.
[Ilustración]