LIBRO X.

¡Oh hijo de Ulises!, exclamó Méntor al ver a Telémaco inflamado del

noble ardor de las lides, me complace hallar en vos tanta inclinación

a la gloria; pero recordad que no la adquirió vuestro padre entre los

griegos en el sitio de Troya sino mostrándose más sabio y moderado que

todos ellos. Aunque invencible e invulnerable Aquiles, y sin embargo de

que estaba seguro de llevar la muerte y el terror por donde quiera que

peleaba, no pudo tomar aquella ciudad y pereció al pie de sus muros,

que triunfaron del vencedor de Héctor; mientras que Ulises, cuyo valor

conducía la prudencia, introdujo el fuego y el hierro en medio de los

troyanos, siendo debida a él la destrucción de las elevadas y soberbias

torres que amenazaran por espacio de diez años al poder de toda la

Grecia. Cuanto Minerva es superior a Marte, tanto el valor discreto

y previsor sobrepuja al valor fogoso y temerario. Instruyámonos,

pues, de las circunstancias de esta guerra que vamos a sostener. No

me arredran los peligros, ¡oh Idomeneo!, pero creo debéis explicarnos

antes de comenzarla, si es justa, contra quién la hacéis, y por último

con qué fuerzas contáis para prometeros un resultado feliz.

Cuando llegamos a esta costa, respondió Idomeneo, encontramos en ella

un pueblo salvaje que vagaba por los bosques, manteniéndose de la caza

y de las frutas que espontáneamente producían los árboles, conocido

bajo el nombre de mandurianos, y retiráronse a las montañas aterrados

al observar nuestras armas y bajeles; mas encontráronse con los

salvajes fugitivos varios soldados que desearon internarse en el país

y perseguir la caza, a quienes dijeron sus caudillos: Hemos abandonado

las placenteras orillas del mar para cedéroslas, y solo nos quedan

montañas inaccesibles en donde al menos era justo nos dejaseis gozar

de paz e independencia. Os encontramos ahora errantes, dispersos y más

débiles que nosotros, y sin dificultad podríamos sacrificaros, y hasta

impedir que vuestros compañeros tuviesen noticia de vuestro infortunio;

mas no queremos teñir nuestras manos en la sangre de los que son

hombres como nosotros. Id: acordaos de que debéis la vida a nuestros

sentimientos de humanidad, y no olvidéis jamás recibisteis esta lección

de generosidad y mansedumbre de un pueblo que llamáis salvaje.

Regresaron a nuestro campo y refirieron cuanto les había sucedido.

Todos se admiraron al saberlo, y juzgaron como afrenta debiesen la

vida algunos cretenses a aquella tropa de fugitivos, que a su entender

eran más semejantes a los osos que a los hombres; y fuéronse a la

caza en mayor número que los primeros, llevando toda clase de armas.

Encontraron en breve a los salvajes, y les acometieron. Fue cruel la

pelea. Volaban las flechas de una y otra parte cual el granizo que

cae en los campos durante la tempestad; mas viéronse los salvajes

obligados a retirarse a las escabrosas montañas, sin que los soldados

se atreviesen a internarse en ellas.

Poco tiempo después me enviaron dos ancianos respetables para pedirme

la paz, conduciendo varios presentes, que consistían en pieles de

fieras que habían muerto, y algunas frutas del país: y después de

haberme ofrecido uno y otro, me dijeron, trayendo en una mano la espada

y en la otra una rama de oliva:

¡Oh rey!, tenemos como ves la espada en una mano y la oliva en la

otra. He aquí la paz y la guerra: elige. Apetecemos más la primera,

y por ello no hemos reputado como afrenta cederte las placenteras

orillas del mar en donde el sol fertiliza la tierra, y produce esta

deliciosos frutos; porque es más dulce que ellos la paz que nos ha

hecho retirar a las altas montañas cubiertas siempre de hielo y nieve,

y en donde nunca se ven las flores que hace brotar la primavera, ni

las frutas que produce el otoño. Miramos con horror esa brutalidad

que bajo los nombres de ambición y de gloria arrasa locamente las

provincias, y derrama la sangre de los hombres que son todos hermanos.

Si te conmueve esa falsa gloria, no te la envidiamos: por el contrario,

te compadecemos y suplicamos a los dioses nos preserven de semejante

furor; y si las ciencias que con tanto esmero cultivan los griegos, y

la civilización de que se glorían, no les inspiran otra cosa que tan

detestable injusticia, nos creemos demasiado dichosos por no gozar de

tales ventajas. Cifraremos nuestra gloria en ser siempre ignorantes

y bárbaros, pero justos, humanos, fieles, desinteresados, avezados a

contentarnos con poco, y a despreciar la vana cultura que acostumbra

al hombre a desear mucho, estimando únicamente la salud, la frugalidad,

la libertad, el vigor del cuerpo y del alma, el amor a la verdad, el

temor a los dioses, el afecto a nuestros semejantes, adhesión al amigo,

lealtad para con todos, moderación en la prosperidad, firmeza en la

desgracia, valor para decir atrevidamente la verdad en todas ocasiones,

y horror a la lisonja. Tales son los pueblos que te ofrecemos como

vecinos y aliados. Si irritados los dioses te cegasen hasta el extremo

de desechar la paz, conocerás, aunque tarde, que los que por moderación

la desean, son más temibles en la guerra.

[Ilustración]

Mientras que así hablaban los ancianos no separaba yo de ellos

la vista. Era larga y descuidada su barba, el cabello corto pero

encanecido, espesas las cejas, penetrante la vista, su aspecto firme,

la voz grave y llena de autoridad, y todas sus acciones llanas e

ingenuas. Las pieles que les servían de vestiduras las llevaban atadas

al hombro, dejando desnudo el brazo, más nervioso y fornido que el de

nuestros atletas. Respondí a los dos mensajeros que deseaba la paz, y

arreglamos de común acuerdo y con buena fe muchas condiciones, tomando

a los dioses por testigos, y enviándoles a sus hogares colmados de

presentes.

Mas aún no estaban cansados de perseguirme los dioses que me arrojaron

del reino de mis progenitores. Algunos cazadores, que no pudieron

estar enterados de las condiciones de la paz que acababa de ajustarse,

encontraron el mismo día una gran tropa de bárbaros que acompañaba a

los mensajeros cuando regresaban a su campo: les atacaron con denuedo,

mataron gran parte de ellos, y persiguieron a los demás hasta los

bosques; cuyo suceso encendió de nuevo la guerra, por creer no podían

ya fiarse de nuestras promesas y juramentos.

Para hacerse más poderosos contra nosotros llamaron en su auxilio a

los locrios, apulios, lucanios y brucios, y a los pueblos de Crotona,

Nerita, Mesapia y Brindes. Traen los lucanios carros armados de agudas

hoces: cada uno de los segundos viene cubierto con la piel de alguna

fiera muerta por su mano, y están armados con gruesas mazas nudosas

y guarnecidas de púas de hierro: se aproxima su estatura a la de los

gigantes, y se hacen sus cuerpos tan robustos por los ejercicios

penosos a que se dedican, que inspira temor el verlos solamente.

Procedentes de la Grecia los locrios, recuerdan todavía su origen, y

son más humanos que los otros pueblos; pero unida la exacta disciplina

de las tropas griegas al vigor de los bárbaros y al hábito de soportar

una vida campestre, se han hecho invencibles. Llevan escudos ligeros,

tejidos de mimbre y cubiertos de pieles, y son largas las espadas que

usan. Igualan los brucios en la carrera a los ciervos y gamos, sin

dejar huella alguna cuando corren por la arena, y sin que aun la yerba

más tierna parezca hollada por su planta. Véseles caer de golpe sobre

sus enemigos, y desaparecer con igual velocidad. Son los de Crotona

diestros en extremo para disparar las flechas, y ningún griego podría

tender el arco como lo hacen ellos comúnmente; pues si hubiese alguno

que les igualase obtendría el premio en nuestros juegos. Sus flechas

están emponzoñadas con el jugo de ciertas yerbas venenosas que traen,

según dicen, de las orillas del río Averno, cuyo veneno es mortal. Los

de Nerita, Mesapia y Brindes, solo poseen las fuerzas del cuerpo y un

valor sin arte. Lanzan al ver a sus enemigos gritos espantosos, y se

sirven de la honda, oscureciendo el sol con la nube de piedras que

arrojan; pero pelean sin orden.

Ya sabéis, Méntor, lo que deseabais, pues conocéis el origen de esta

guerra y también a nuestros enemigos.

Impaciente Telémaco por pelear, creía no restaba otra cosa que empuñar

las armas: pero le contuvo Méntor hablando a Idomeneo de esta suerte:

¿Cuál es la causa de que hasta los locrios, ordinarios de la Grecia,

se unan a los bárbaros contra los griegos, y de que florezcan en esta

costa tantas colonias de aquella nación sin que hayan tenido que

sostener iguales guerras que vos? ¡Oh Idomeneo!, decís que los dioses

no se han cansado de perseguiros, y yo os digo que no han acabado

todavía de enseñaros; pues tantas desgracias como habéis sufrido no os

han bastado para aprender lo que debe hacerse para evitar la guerra.

Lo que acabáis de decir acerca de la buena fe de los bárbaros, basta

para convenceros de que hubierais podido vivir en paz con ellos,

si el orgullo y la fiereza no diesen origen a las más peligrosas

guerras. ¿Por qué no darles rehenes y recibirlos de ellos? ¿Por qué

no enviar con los mensajeros algunos de vuestros caudillos para que

los condujesen con seguridad? ¿Por qué no haber procurado apaciguarlos

después de renovada la guerra, haciéndoles ver fueron atacados

ignorando la alianza que acababa de jurarse? Era preciso haberles

ofrecido cuantas seguridades reclamasen, y establecido penas rigurosas

contra cualquiera de vuestros súbditos que las quebrantase. ¿Y qué ha

sucedido después de comenzada la guerra?

Entiendo, respondió Idomeneo, no hubiéramos podido sin deshonra buscar

de nuevo a los bárbaros que reunían aceleradamente a cuantos se

hallaban en edad de empuñar las armas, e imploraban el socorro de todos

los pueblos vecinos, a quienes han procurado, hacernos sospechosos

u odiosos. Me pareció que era el partido más seguro apoderarme

sin dilación de ciertos pasos de las montañas que se hallaban mal

guardados. Conseguímoslo sin dificultad, y por este medio nos vemos

en estado de arruinar a los bárbaros. He hecho construir torres en

ellos, desde donde pueden nuestras tropas acribillar con las flechas a

cuantos enemigos quieran bajar de las montañas e invadir nuestro país.

Podemos entrar en el suyo cuando queramos, y asolar sus principales

habitaciones; y de consiguiente, estamos en disposición de resistir,

aunque con fuerzas inferiores, al sinnúmero de bárbaros que nos rodean.

Pero se ha hecho muy difícil la paz entre ellos y nosotros, porque no

les entregaríamos esas torres sin quedar expuestos a sus incursiones,

y porque las miran como fortalezas de que intentamos servirnos para

reducirlos a la esclavitud.

Sois monarca sabio, replicó Méntor, y queréis os digan la verdad sin

disfraz: no como esos hombres débiles que temen escucharla, y que

faltos de valor para corregir sus yerros, emplean su autoridad en

sostenerlos. Conoced, pues, que ese pueblo bárbaro os ha dado una

lección maravillosa cuando vino a solicitar la paz. ¿La pedía acaso

por debilidad? ¿Le faltaban el valor o los recursos para haceros la

guerra? Ya veis que no, pues está aguerrido y le sostienen tantos

aliados temibles. ¿Por qué no imitáis su moderación? Porque un mal

entendido honor y una falsa gloria os han acarreado esta desgracia.

Teméis hacer demasiado soberbios a vuestros enemigos, y no demasiado

poderosos dando lugar con vuestra altivez e injusticia a que se unan

contra el vuestro tantos pueblos. ¿De qué sirven esas torres que tanto

celebráis, sino para poner a todos vuestros vecinos en la necesidad de

perecer o destruiros para preservarse de la esclavitud que les amenaza?

Las habéis edificado para vuestra seguridad, y por ellas os veis en tan

grande peligro.

La justicia, la moderación, la buena fe, y la seguridad en que se

hallen vuestros vecinos de que sois incapaz de usurpar sus dominios;

he aquí el muro más fuerte que puede defender un estado. Las murallas

inexpugnables pueden caer por varios accidentes imprevistos, pues la

fortuna es caprichosa e inconstante en la guerra; pero el amor y la

confianza de los vecinos, cuando han conocido la moderación, hace no

pueda ser vencido jamás un estado y casi nunca invadido, aun cuando

se le ataque injustamente, porque interesados en su conservación los

demás, toman inmediatamente las armas para defenderle. Este apoyo de

tantos pueblos, que hallarían su verdadero interés en sostener el

vuestro, os hubiera hecho mucho más poderoso que esas torres, que hacen

irremediables vuestros males. Si hubieseis cuidado desde el principio

de evitar la envidia de vuestros vecinos, prosperaría la ciudad en una

paz venturosa, y seríais árbitro de todas las naciones de la Hesperia.

Detengámonos ahora a examinar de qué modo puede repararse lo pasado.

Me dijisteis que se hallan en esta costa varias colonias griegas, las

cuales no es posible dejen de estar dispuestas a socorreros; pues

no habrán olvidado el nombre de Minos, hijo de Júpiter, ni vuestros

trabajos en el sitio de Troya, en donde os señalasteis tantas veces

entre todos los príncipes griegos en favor de la querella común a toda

la Grecia. ¿Por qué no procuráis atraerlas a vuestro partido?

Todas están resueltas a permanecer neutrales, respondió Idomeneo, no

porque carezcan de voluntad para auxiliarme, sino porque excita su

espanto la demasiada opulencia que han advertido en esta ciudad desde

su fundación: y estos griegos, como los demás pueblos, temen abriguemos

el designio de privarles de su libertad. Han juzgado que después de

subyugar a los bárbaros de las montañas, llevaríamos adelante nuestra

ambición; y en suma, todo se declara contra nosotros; pues aun los que

no nos hacen guerra ostensible, desean nuestro abatimiento: así que

ningún aliado nos deja la envidia.

¡Singular extremidad!, replicó Méntor. Deseando parecer muy poderoso,

arruináis vuestro poder: mientras que en lo exterior de vuestros

dominios sois objeto de temor y de odio para los vecinos, agotáis

los recursos en lo interior de ellos por los esfuerzos necesarios

para sostener la guerra. ¡Oh desventurado Idomeneo, a quien la misma

desgracia no ha podido acabar de instruir! ¿Necesitaréis aún otra caída

para saber prever los males que amenazan a los más poderosos monarcas?

Dejadme obrar, y referidme por menor cuáles son las ciudades griegas

que rehúsan vuestra alianza.

Tarento, contestó Idomeneo, es la principal, fundada hace tres años por

Falanto. Reunió este en Laconia gran número de jóvenes nacidos de las

esposas que olvidaron a sus maridos ausentes mientras duró la guerra de

Troya, y que procuraron aplacarles a su regreso confesando su falta.

Pero nacidos aquellos jóvenes fuera de matrimonio, no conocían al padre

ni a la madre, y de consiguiente vivían licenciosamente. Reprimía sus

excesos la severidad de las leyes, y se reunieron bajo la conducta de

Falanto, jefe atrevido, intrépido, ambicioso, cuyos artificios saben

ganar los corazones; y pasando a estas costas han hecho de Tarento otra

Lacedemonia. Filoctetes, que tanta gloria adquirió en el sitio de Troya

llevando a ella las flechas de Hércules, ha edificado también los muros

de Petilia, menos poderosa a la verdad que Tarento, pero gobernada

con más sabiduría; y finalmente, existe cerca de aquí la ciudad de

Metaponto, fundada por el sabio Néstor con los pilios.

¡Qué!, replicó Méntor, ¿existe en la Hesperia Néstor y no habéis sabido

atraerle a vuestros intereses? ¡Néstor, que tantas veces os vio pelear

con los troyanos, y con quien os unió la amistad! La he perdido,

contestó Idomeneo, por los artificios de estos pueblos que solo tienen

de bárbaro el nombre; pues han logrado persuadirle quería yo tiranizar

a la Hesperia. Le desengañaremos, interrumpió Méntor. Antes que viniese

a fundar su colonia, y de que emprendiésemos nuestros viajes para

buscar a Ulises, le vio Telémaco en Pilos: aún no habrá olvidado la

memoria de aquel héroe, ni las señales de ternura con que recibió a su

hijo. Pero lo principal es que desaparezca su desconfianza, porque

las sospechas que habéis inspirado a vuestros vecinos han encendido la

guerra, y solo disipándolas puede extinguirse su llama: dejadme obrar,

vuelvo a deciros.

Al oír esto, Idomeneo abrazó a Méntor, y conmovido su corazón podía

apenas hablar. Por último, con voz interrumpida le dijo: ¡Sabio

anciano, a quien me envían los dioses para reparar mis muchas faltas!,

confieso hubiera excitado mi indignación cualquiera que me hubiese

hablado con la libertad que vos, y que ningún otro habría podido

moverme a buscar la paz. Había resuelto morir o vencer a todos mis

enemigos; mas es justo dar crédito a vuestros consejos antes que a

mi pasión. ¡Oh afortunado Telémaco! Con tal conductor, ¿quién podrá

extraviaros jamás? Sois dueño de todo, Méntor, pues os acompaña la

sabiduría de los dioses, y Minerva misma no podría dar tan acertados

consejos. Id: prometed, concluid, dad cuanto sea mío: Idomeneo aprobará

todo lo que juzguéis oportuno ejecutar.

En tanto que así razonaban llegó a sus oídos repentinamente un ruido

confuso de carros, de caballos que relinchaban, de hombres que lanzaban

alaridos espantosos, y de trompetas que repetían sonidos marciales. ¡He

aquí los enemigos, gritaron, que habiendo hecho un largo rodeo para

evitar los pasos defendidos, vienen a sitiar a Salento! Consternados

ancianos y mujeres: ¡Ay!, exclamaban, ¡era preciso abandonar la patria

querida, la fértil Creta, y seguir a un malhadado rey al través de

tantos mares para fundar esta ciudad que será convertida en cenizas

como Troya! Desde lo alto de las murallas acabadas de edificar se

descubría la vasta llanura en donde ofuscaba la vista el brillo de los

cascos, corazas y escudos de los enemigos, y veíase la tierra cubierta

de lanzas, cual el campo en que hondean las doradas mieses que Ceres

produce en las campiñas de Enna en Sicilia, en la abrasada estación del

verano, para recompensar las fatigas del labrador: descubríanse también

carros armados de agudas hoces, y se distinguía sin dificultad cada uno

de los pueblos que concurrían a aquella guerra.

[Ilustración]

Subió Méntor a una elevada torre para observarlos mejor, siguiéndole

Idomeneo y Telémaco; y apenas llegó a lo alto de ella, vio a Filoctetes

y a Néstor con su hijo Pisístrato. Era fácil conocer a Néstor por su

venerable ancianidad. ¡Cómo, pues, exclamó Méntor, habíais creído que

Filoctetes y Néstor se contentaban con no auxiliaros! ¡Vedlos allí!

¡Han tomado las armas contra vos!, y si yo no me engaño, aquellas

tropas que marchan en tan buen orden y con tanta lentitud, son

lacedemonios mandados por Falanto. Todo se declara contra vos: no

hay uno solo entre los pueblos que habitan esta costa que no hayáis

convertido involuntariamente en enemigo vuestro.

Bajó acelerado Méntor de la torre, se dirigió a una de las puertas de

la ciudad, situada a la parte por donde se acercaba el enemigo, y la

hizo abrir sin que Idomeneo se atreviese a preguntarle el motivo. Salió

de la ciudad, hizo seña para que nadie le siguiese, y se adelantó hasta

donde se hallaban los enemigos, a quienes sorprendió ver se aproximaba

a ellos un hombre solo. Mostroles de lejos una rama de oliva en señal

de paz, y luego que pudieron oírle pidió se reuniesen los caudillos, y

haciéndolo estos efectivamente, les habló de esta manera:

¡Ilustres varones reunidos de tantas naciones que florecen en la

rica Hesperia! Bien sé venís movidos por el interés de vuestra

independencia. Aplaudo vuestro celo; mas permitid os indique un medio

fácil de conservar la libertad y la gloria sin derramar sangre humana.

Néstor, sabio Néstor que me escucháis: ¡bien sabéis cuán funesta sea

la guerra aun para aquellos que la emprenden con justicia y protegidos

de los dioses! Guerra, he aquí el mayor de los males que afligen a

la humanidad. No habréis olvidado lo que padecieron los griegos por

espacio de diez años delante de los muros de la desventurada Troya.

¡Qué de discordias entre sus caudillos! ¡Qué inconstancia en los

sucesos! ¡Cuántos griegos sacrificados por la mano de Héctor! ¡Qué

calamidades producidas por la guerra en las ciudades más poderosas

durante la ausencia de sus reyes! Naufragaron unos en el promontorio

Cafareo, y hallaron otros muerte funesta en el tálamo conyugal. ¡Oh

dioses, en vuestro enojo armasteis a los griegos para aquella famosa

expedición! ¡Pueblos de la Hesperia, quieran los dioses no daros jamás

una victoria tan funesta! Se convirtió en cenizas Troya, es cierto;

pero sería preferible para los griegos permaneciese aun en toda su

opulencia, y que el cobarde Paris gozase de sus infames amores con

Helena. Filoctetes, vos que os habéis visto infeliz y abandonado por

tanto tiempo en la isla de Lemnos, ¿no teméis volver a encontrar

iguales desgracias en una guerra semejante a aquella? Bien sé que

los habitantes de la Laconia experimentaron también las turbulencias

propias de la ausencia dilatada de los principales capitanes y soldados

que fueron a pelear contra los troyanos. ¡Oh griegos que habéis pasado

a la Hesperia! Solo os han traído a ella los infortunios producidos por

la guerra de Troya.

Luego que acabó de hablar de esta suerte, se acercó Méntor hacia los

pilios, y conociéndole Néstor se adelantó también para saludarle. Con

placer, le dijo, os vuelvo a ver, Méntor. Hace muchos años que os

vi por primera vez en la Fócida, cuando contabais la corta edad de

quince; y desde entonces preví seríais tan sabio como efectivamente

habéis llegado a serlo. ¿Por qué casualidad os vuelvo a hallar en estos

lugares? ¿Por qué medios intentáis terminar esta guerra? Idomeneo nos

ha obligado a atacarle; pero solo deseábamos la paz, pues cada uno de

nosotros tenía para ello un interés urgente. Sin embargo, no podíamos

prometernos de él seguridad alguna, por haber violado todas las

promesas hechas a sus más próximos vecinos. La paz con él no lo sería

sino pretexto para deshacer nuestra liga, único recurso que nos queda.

Ha manifestado a todos los pueblos sus intenciones de destruir nuestra

independencia, y no nos ha dejado otro medio de defenderla que procurar

destruir su nuevo reino. La mala fe de Idomeneo nos ha reducido al duro

trance de aniquilarle, o recibir de él el yugo de la servidumbre. Si

encontráis algún recurso para que podamos fiarnos de él, y asegurar una

paz ventajosa, depondrán voluntariamente las armas todas las naciones

que aquí veis, y confesaremos con satisfacción que es vuestra sabiduría

superior a la nuestra.

Sabio Néstor, le contestó: no ignoráis que Ulises confió a mi cuidado

a su hijo Telémaco. Impaciente este por descubrir el destino de aquel,

pasó a Pilos, en donde le recibisteis con la cordialidad que podía

prometerse del fiel amigo de su padre, y aun le disteis por compañero

a vuestro propio hijo. Hizo largos viajes por mar, pasando a Sicilia,

Egipto, e islas de Chipre y Creta; pero los vientos, o más bien los

dioses, le han arrojado a esta costa cuando deseaba regresar a Ítaca,

y hemos arribado precisamente para evitar los horrores de una guerra

cruel. No ya Idomeneo, sino el hijo del sabio Ulises y el mismo Méntor,

os responden de cuanto se os prometa.

[Ilustración]

Mientras se hallaba razonando con Néstor de esta suerte en medio de

las tropas confederadas, le observaban desde los muros de Salento

Idomeneo, Telémaco y cuantos cretenses empuñaban las armas, con la

mayor atención por si comprendían el efecto que causaban sus palabras,

y aun hubieran deseado escuchar de cerca a los dos sabios ancianos.

Había sido considerado siempre Néstor como el más elocuente y

experimentado de todos los reyes de la Grecia. Él moderaba durante el

sitio de Troya el ardor fogoso de Aquiles, el orgullo de Agamenón, la

arrogancia de Áyax y el valor impetuoso de Diomedes. Corría de sus

labios cual un arroyo de miel la dulce persuasión: hacíase oír su voz

de todos los héroes, que enmudecían cuando empezaba a hablar: y solo

él podía apagar en el campo griego la discordia fatal. Sin embargo de

que comenzaba ya a experimentar los efectos de la senectud, respiraban

todavía sus palabras afabilidad y energía: contaba lo pasado para que

la experiencia instruyese a la juventud, y hacíalo con gracia aunque

pausadamente.

Mas había perdido al parecer la elocuencia y majestad aquel anciano

sabio a quien admiraba toda la Grecia desde que Méntor se dejó

ver, debilitándose la veneración debida a su senectud, ya abatida

cuando se comparaba con Méntor en quien los años habían respetado la

robustez y el vigor. Su lenguaje era enérgico, aunque grave y llano;

circunstancias que empezaban ya a faltar a Néstor. Producíase con

laconismo, mas con precisión y viveza: no incidía en repeticiones ni

decía jamás lo que no era necesario para decidir el punto de que se

trataba; y a pesar de que hablase muchas veces de una misma cosa para

inculcarla o llegar a persuadir, era siempre por imágenes nuevas y

comparaciones palpables, poseyendo cierto estilo insinuante y jovial

cuando quería adaptarse a las necesidades de los demás para convencer

de alguna verdad. Ambos ancianos atrajeron la atención de tantos

pueblos reunidos.

[Ilustración]

Las aventuras de Telémaco seguidas de las de Aristonoo · 第 40 / 88 题