LIBRO VI.

Salieron los ancianos del bosque sagrado, y tomándome de la mano

uno de ellos, anunció al pueblo (que esperaba con impaciencia la

resolución) haber yo obtenido el premio; y apenas acabó de hablar

cuando se percibió un confuso ruido en toda la asamblea. Lanzaban todos

aclamaciones de júbilo, que resonaban en la playa y montañas vecinas,

diciendo: ¡Reine en Creta el hijo de Ulises, tan semejante a Minos!

Detúveme un momento haciendo señal con la mano para dar a entender

que deseaba me escuchasen; y entre tanto decíame estas palabras

Méntor: ¿Renunciáis a vuestra patria? ¿La ambición de una corona os

hará olvidar a Penélope, que os aguarda cual su única esperanza, y al

grande Ulises, a cuyos brazos han resuelto volveros los dioses? Estas

palabras penetraron en mi corazón haciéndome superior al vano deseo de

reinar.

¡Oh ilustres cretenses!, exclamé aprovechándome del momento en que

advertí un profundo silencio en aquella tumultuosa asamblea: no soy

digno de gobernaros. El oráculo que acaban de citar manifiesta que

cesará de reinar la dinastía de Minos luego que entre en esta isla un

extranjero y establezca el imperio de las leyes de aquel sabio rey;

mas no dice el oráculo que haya de reinar. Creeré en buen hora ser yo

el que designa el oráculo. Ya cumplí la predicción, pues arribando a

esta isla he explicado el sentido verdadero de las leyes, y anhelo

que mi explicación contribuya a hacerlas reinar con el hombre a quien

elijáis. Pero doy la preferencia a mi patria, la pequeña isla de Ítaca,

sobre las cien ciudades de Creta, y sobre la gloria y opulencia de tan

poderoso reino. Permitid siga la suerte que me señalan los hados. Si

combatí en vuestros juegos no era con la esperanza de reinar en Creta,

sino para procurar merecer el aprecio y compasión de los cretenses,

con el objeto de que me suministraseis medios de regresar con brevedad

al lugar de mi nacimiento; pues quiero más obedecer a mi padre Ulises

y consolar a mi madre Penélope que mandar a todos los pueblos del

universo. ¡Cretenses!, vosotros veis el fondo de mi corazón: me es

preciso dejaros; mas solo la muerte podrá borrar de él mi gratitud. Sí:

hasta el postrer suspiro serán caros a Telémaco los cretenses, y se

interesará en la gloria de ellos como en la suya propia.

Apenas hube acabado de hablar se suscitó en la asamblea un sordo rumor,

semejante al que causan las olas del mar embravecido cuando chocan

en el furor de la tempestad. ¿Es por ventura, decían unos, alguna

divinidad bajo la forma humana? Sostenían otros conocerme por haberme

visto en varios países; y otros por último exclamaban debía obligárseme

a reinar en Creta. Volví a tomar la palabra, y apresuráronse todos a

guardar silencio ignorando si iba a aceptar lo que había rehusado antes.

Permitid, les dije, oh cretenses, que os manifieste mi opinión. Sois el

pueblo más sabio de todos; pero entiendo que la prudencia reclama una

precaución que no habéis tenido presente. Debe recaer vuestra elección

no en el hombre que mejor discurra sobre las leyes, sino en el que las

practique con la más constante virtud. Yo soy joven, y por lo mismo

carezco de experiencia: estoy expuesto a la violencia de las pasiones,

y más bien en estado de instruirme obedeciendo para mandar un día, que

en el de gobernar ahora. No busquéis, pues, al vencedor en los juegos

y ejercicios, sino al que se haya vencido a sí mismo: buscad al que

tenga grabadas en su corazón vuestras leyes, y las practique en todo el

decurso de su vida, pues así os las hará observar más con el ejemplo

que con las palabras.

Encantados al escucharme todos los ancianos, y advirtiendo que iban en

aumento los aplausos de la asamblea, me dijeron: Pues los dioses nos

quitan la esperanza de veros reinar en medio de nosotros, ayudadnos

al menos a elegir un rey que haga observar nuestras leyes. ¿Conocéis

alguno que pueda gobernarnos según ellas? Conozco, les dije, un hombre

a quien debo todo lo que estimáis en mí: no mi sabiduría, sino la suya

acaba de dictar mis palabras: él me ha inspirado las respuestas que

habéis escuchado de mi boca.

Al mismo tiempo dirigieron todos la vista a Méntor, a quien les

presenté conduciéndole de la mano. Referí sus cuidados durante mi

infancia, los peligros de que me había libertado, y los infortunios que

experimenté desde que dejé de seguir sus consejos.

[Ilustración]

Al principio no habían reparado en él a causa de la sencillez y

descuido de sus vestiduras, aspecto modesto, silencio casi continuo,

y exterior tranquilo y reservado; mas luego que comenzaron a mirarle

con cuidado, descubrieron en su rostro cierta firmeza y superioridad,

notando la viveza de sus ojos y el vigor con que ejecutaba hasta las

menores acciones. Preguntáronle, y le admiraron: resolvieron elegirle

rey, y se excusó sin alterarse diciéndoles prefería las dulzuras de

la vida privada al brillo de la diadema; que los mejores reyes son

desgraciados porque rara vez hacen el bien que desean, y causan muchos

males involuntarios sorprendidos por la lisonja; que si es miserable

la esclavitud, no lo es menos la dignidad real por ser una esclavitud

disfrazada, pues un rey, decía, depende de todos aquellos a quienes

necesita para hacerse obedecer. ¡Feliz el que no está obligado a

mandar! Solo a la patria debemos el sacrificio de nuestra libertad para

contribuir a su bien cuando nos confía la autoridad.

No pudiendo los cretenses salir de su sorpresa, preguntáronle cuál era

el hombre a quien debían elegir. Al que os conozca bien, les respondió,

pues al mismo tiempo que os gobierne temerá gobernaros. El que desea

la corona ignora el peso de ella: ¿cómo, pues, llenará los deberes que

impone no conociéndolos? La busca para sí, mas vosotros debéis desear

un hombre que la acepte para vuestro bien.

Llenáronse de admiración los cretenses al ver rehusaban dos extranjeros

la corona a que tantos aspiraban, y quisieron saber quién los había

conducido. Nausícrates que nos acompañó desde el puerto hasta el circo,

les mostró a Hazael con quien Méntor y yo arribamos desde la isla de

Chipre; pero aumentose su admiración al saber que Méntor había sido

esclavo de Hazael; que persuadido de la sabiduría y virtudes de su

esclavo le consideraba como su director y mejor amigo; que este mismo

esclavo, obtenida su libertad, era el que acababa de rehusar el cetro;

y por último, que Hazael venía desde Damasco en Siria para instruirse

de las leyes de Minos, pues tal imperio ejercía en su corazón el amor a

la sabiduría.

No osaremos rogaros que nos gobernéis, dijeron a Hazael los ancianos;

pues creemos pensaréis como Méntor. Despreciáis demasiado a los hombres

para tomar a vuestro cargo dirigirlos: además, influyen poco en

vuestro ánimo las riquezas y el brillo de la diadema, para que deseéis

adquirir uno y otro en cambio de las penalidades que trae consigo el

gobierno de los pueblos. No creáis, cretenses, respondió Hazael, que

yo desprecie a los hombres. No, no: conozco cuán grande es ocuparse en

hacerlos buenos y dichosos; mas tal ocupación trae consigo penalidades

y peligros, y el brillo que proporciona es un oropel que solo puede

alucinar a las almas orgullosas. La vida humana es corta: la grandeza

inflama los deseos mucho más de lo que es capaz de satisfacerlos; y

vengo de tan lejanos países no para adquirir bienes falaces, sino

para buscar los medios de vivir contento sin ellos. Adiós, cretenses.

No deseo otra cosa que volver a la vida retirada y pacífica; que la

sabiduría ilumine mi entendimiento, y que las esperanzas de mejor vida

que proporciona la virtud, cuando haya dejado de existir, me sirvan

de consuelo en las penalidades de ella. Si algo tuviera que desear

no sería el ceñir la corona, y sí el no separarme jamás de estos dos

hombres que veis.

Decidnos, ¡oh el más sabio y grande de todos los mortales!, exclamaron

por último los cretenses hablando con Méntor: decidnos, pues, a quién

podemos elegir por rey: no os dejaremos partir hasta que nos hayáis

indicado la elección que debemos hacer. Cuando me hallaba confundido

entre la multitud de espectadores, respondió Méntor, ha llamado mi

atención un anciano robusto que manifestaba serenidad, y me han dicho

llamarse Aristodemo. He sabido después se hallaban sus dos hijos entre

los combatientes, sin que haya él dado al oír esto señales de gozo,

diciendo que al uno de ellos no le desea los peligros del trono, y que

ama demasiado a su patria para permitir reine el otro en ella. Esto

me ha hecho conocer que es racional el cariño al uno de sus hijos por

sus virtudes, y que no lisonjea al otro disculpando sus extravíos; y,

habiendo excitado mi curiosidad, he preguntado la clase de vida del

referido anciano. Ha empuñado las armas largo tiempo, me ha respondido

uno de vuestros ciudadanos, y su cuerpo se halla cubierto de heridas;

mas su virtud, sinceridad y odio a la lisonja le habían atraído la

enemistad de Idomeneo. Por esta razón no se sirvió de él en el sitio

de Troya, temiendo a un hombre cuyos prudentes consejos no podría

resolverse a seguir, y aun excitó su emulación la gloria que adquiriría

en breve: olvidó sus buenos servicios; dejole aquí pobre, despreciado

de los hombres soeces e infames que solo dan estimación a las riquezas.

Sin embargo, contento en la miseria, vive en un sitio retirado de la

isla cultivando la tierra con sus propias manos; con él trabaja uno

de sus hijos; se aman con ternura y viven felices. Su frugalidad y

laboriosidad les proporcionan la abundancia de cuanto es necesario a

una vida sencilla, dando ese sabio anciano a los pobres enfermos del

contorno lo que sobra después de satisfechas sus necesidades y las de

sus hijos. Proporciona trabajo a los jóvenes, y los exhorta e instruye,

termina las discordias de sus vecinos y es el patriarca de todas las

familias; mas causa la desgracia de la suya un hijo que desoye sus

consejos: después de haberle sufrido mucho tiempo, esforzándose a

corregir sus vicios, le ha arrojado de su casa, y desde entonces se ha

entregado a los placeres y a una loca ambición.

He aquí, ¡oh cretenses!, lo que me han referido: vosotros sabréis si es

cierto. Pero si es tal como me le han pintado, ¿a qué celebráis juegos

y ejercicios?, ¿a qué convocar a tantos desconocidos? Tenéis en medio

de vosotros un hombre que os conoce y a quien conocéis; que sabe el

arte de la guerra y ha acreditado su valor, no solo contra los dardos y

las flechas, sino contra los rigores de la miseria; que ha despreciado

las riquezas que proporciona la vil adulación; que aprecia el trabajo;

que conoce la utilidad que presta la agricultura; que detesta el

fasto; que no se deja ablandar por el ciego amor hacia sus hijos,

estimando las virtudes de uno y condenando los vicios del otro; en una

palabra, un hombre que ya es padre de su pueblo. He aquí vuestro rey,

si es cierto que deseáis lleguen a gobernaros las leyes del sabio Minos.

Verdaderamente, gritó el pueblo, es Aristodemo tal cual decís: merece

la corona. Hiciéronle llamar los ancianos: buscáronle entre la multitud

en donde se hallaba confundido con las últimas clases del pueblo.

Presentose con serenidad, y le anunciaron que le elegían por rey. Solo

puedo aceptar, respondió, con tres condiciones. Primera, que dejaré

el cetro dentro de dos años si no os hago mejores de lo que sois, o

si resistís las leyes. Segunda, que tendré la libertad de continuar

viviendo con frugalidad y sencillez. Tercera, que mis hijos no gozarán

ninguna distinción, y que después de mis días serán tratados según su

mérito como los demás ciudadanos.

Resonaron mil exclamaciones de júbilo al oír estas palabras: los

ancianos custodios de las leyes colocaron la corona en las sienes de

Aristodemo e hicieron sacrificios a Júpiter y otros supremos dioses.

Hízonos varios presentes Aristodemo, no con la magnificencia que es

ordinaria en los reyes, pero sí con noble franqueza: dio a Hazael las

leyes de Minos, escritas por aquel mismo rey legislador, y un compendio

de la historia de Creta desde la época de Saturno hasta el siglo de

oro: proveyó su bajel de toda clase de frutos de Creta, desconocidos en

Siria, y le ofreció además cuantos auxilios pudiese necesitar.

Como nos urgía partir, hizo preparar una nave con gran número de buenos

remeros y soldados, y nos suministró ropas y provisiones. Levantose al

momento un viento favorable para navegar a Ítaca, y por ser contrario

a Hazael le fue preciso detenerse. Vionos este partir y nos abrazó como

amigos a quienes no volvería a abrazar jamás. Los dioses, decía, son

justos: ven una amistad fundada solo en la virtud; algún día volverán

a unirnos en aquellos campos afortunados en donde dicen gozan los

justos de una paz perpetua después de la muerte, y en donde se juntarán

de nuevo nuestras almas para no separarse nunca. ¡Ah!, si pudiesen

mis cenizas ser recogidas con las vuestras. Al decir estas palabras

derramaba un torrente de lágrimas, y los sollozos enmudecían su voz: no

llorábamos nosotros menos que él; y nos acompañó llorando hasta la nave.

[Ilustración]

Vosotros, nos dijo Aristodemo, acabáis de hacerme rey: acordaos de los

peligros en que me habéis puesto. Rogad a los dioses que me inspiren

la verdadera sabiduría, y que sea tan superior en moderación a los

demás hombres cuanto lo es mi autoridad. Por mi parte les suplico os

lleven con felicidad a vuestra patria para confundir allí la insolencia

de vuestros enemigos, y que os dejen ver en paz a Ulises reinando en

compañía de su cara Penélope. Telémaco, os doy un buen bajel lleno de

soldados y remeros que podrán serviros contra esos hombres injustos

que persiguen a vuestra madre. ¡Oh Méntor!, vuestra sabiduría que de

nada necesita, no me deja que desearos cosa alguna. Id los dos, vivid

felices juntos, acordaos de Aristodemo; y si alguna vez pueden ser

útiles a Ítaca los cretenses, contad conmigo hasta el postrer aliento.

Abrazonos, y en justa retribución de sus lágrimas no pudimos negarle

las nuestras.

Entre tanto nos anunciaba próspero viaje el favorable viento que

hinchaba nuestras velas. Ya el monte Ida se nos ofrecía semejante a

una colina: ya desaparecían las playas, y se adelantaban al parecer

hacia el mar las costas del Peloponeso para venir a encontrar el bajel;

cuando de improviso cubrió el cielo una oscura tempestad que agitó las

aguas: trocose en noche el día: presentose la muerte a nuestros ojos.

¡Oh Neptuno, vuestro soberbio tridente irritó las olas! Deseando Venus

vengar el desprecio hecho a su divinidad hasta en el templo de Citera,

corrió en busca de Neptuno, y bañados en lágrimas sus hermosos ojos,

pintole su dolor: al menos así me lo ha asegurado Méntor, que se halla

instruido de las cosas divinas. ¿Sufriréis, dijo Venus a Neptuno, que

esos impíos burlen mi poder impunemente? ¡Se han atrevido a condenar

cuanto se hace en mi isla, y los mismos dioses se sujetan al yugo de mi

imperio! Considéranse sabios a toda prueba, y llaman locura al amor.

¿Olvidáis que he nacido en el seno de las aguas? ¿Por qué tardáis en

sumergir en los profundos abismos de ellas a esos temerarios que me son

insoportables?

Apenas acabó de hablar alteró Neptuno las olas elevándolas hasta el

cielo, y complacíase Venus considerando inevitable el naufragio.

Turbado el piloto gritaba no poder resistir los vientos que nos

impelían hacia las rocas: cayó roto uno de los mástiles, y al momento

oímos el choque del bajel, que tropezando en un escollo abrió paso

a las aguas. Entraban estas por mil partes, y sumergíase la nave:

lanzaban gritos de dolor los remeros, y abrazándome yo a Méntor:

He aquí la muerte, dije: esperémosla con valor. Los dioses nos han

libertado de tantos peligros para que perezcamos hoy. Muramos, Méntor,

muramos; me sirve de consuelo morir a vuestro lado: inútil sería poner

resistencia a la muerte contra el furor de la tempestad.

[Ilustración]

El verdadero valor, me respondió, halla siempre algún recurso. No basta

prepararse a recibir la muerte con serenidad; preciso es, sin temerla,

hacer esfuerzos para rechazarla. Tomemos uno de los bancos de los

remeros. Mientras que esta multitud de hombres cobardes y sobresaltados

siente perder la vida olvidando los medios de conservarla, no

desperdiciemos nosotros un momento. Empuñó un hacha, acabó de cortar

el mástil, que por hallarse roto se inclinaba a tocar con las aguas:

lo arrojó fuera de la nave, se tiró sobre él, y me llamó por mi nombre

alentándome para que le siguiese. A la manera que un grueso árbol,

contra el cual se conjuran los huracanes, permanece inmóvil sostenido

por sus profundas raíces, sin que la tempestad le cause otro daño

que dar acelerado movimiento a sus hojas; del mismo modo se mantenía

Méntor, no solo animoso y sereno, sino dominando al parecer los vientos

y las aguas. Seguile yo. ¡Ah!, ¿quién hubiera podido dejar de hacerlo

animado con su ejemplo?

Conducíamonos sobre el flotante leño que nos servía de grande auxilio,

porque podíamos sentarnos sobre él, y se hubieran agotado bien pronto

nuestras fuerzas si hubiésemos tenido que nadar sin descanso. Pero

muchas veces retrocedía el leño de nuestra salvación impelido por la

borrasca, y nos veíamos sumergidos en el mar. Entonces bebíamos sus

aguas, que arrojábamos por boca y nariz, y nos era forzoso luchar con

las olas para asirnos de nuevo a él. Algunas veces cubríannos olas

elevadas cual una montaña, y nos agarrábamos al leño con todas nuestras

fuerzas, temerosos de que al violento impulso que recibía se nos

escapase y quedásemos privados de nuestra única esperanza.

Mientras que nos hallábamos en tan deplorable situación, me decía

Méntor con la misma serenidad que si estuviera sentado sobre este

florido césped: ¿Creéis, Telémaco, esté abandonada vuestra vida a

los vientos y a las aguas? ¿Teméis perecer sin la voluntad de los

dioses? No, no, ellos deciden de todo: a ellos, no a las aguas, debe

temerse. Ora os vieseis en lo más profundo del abismo, ora elevado

sobre el Olimpo contemplando los astros a vuestros pies, podría Júpiter

sacaros del uno, sumergiros en el otro o precipitaros entre las llamas

del oscuro Tártaro. Escuchábale yo, y le admiraba, sirviéndome de

algún consuelo; pero no me hallaba en estado de responderle. Ni él

me veía, ni yo podía verle. Pasamos toda la noche yertos de frío y

desfallecidos, sin saber a dónde nos conduciría la tempestad. Por

último, comenzó a amainar el viento, y bramando las aguas cual el

que por haber estado largo tiempo irritado conserva solo un resto de

inquietud y se halla fatigado de los accesos de la ira, causaba un

sordo rumor, y eran sus olas semejantes a los surcos que se ven en un

campo labrado.

[Ilustración]

Presentose la aurora para abrir las puertas del cielo al dorado Apolo,

y nos anunció un hermoso día. Aparecía el oriente cual una grande

hoguera; y las estrellas, escondidas por largo tiempo, volvieron a

presentarse para esconderse de nuevo al comenzar Febo su carrera.

Descubrimos a lo lejos la tierra, y el viento nos aproximaba a ella:

entonces renació la esperanza en mi corazón. No vimos a ninguno de

nuestros compañeros: sin duda les abandonaría el valor y los sumergiría

la tempestad a todos con el bajel. Cuando nos vimos cerca de la

tierra, arrojábanos el mar contra las rocas, en donde nos hubiéramos

estrellado; pero procurábamos presentarles el extremo del leño, del

cual hacía Méntor el mismo uso que hace del timón el diestro piloto.

Así nos salvamos de este nuevo peligro, y llegamos a encontrar una

costa agradable y llana, y nadando sin dificultad arribamos sobre la

arena. Allí nos visteis, gran diosa que habitáis esta isla; allí fue en

donde os dignasteis recibirnos.

[Ilustración]

Las aventuras de Telémaco seguidas de las de Aristonoo · 第 28 / 88 题