Final

Ejemplo de los admirables efectos de la voluntad humana en el gobierno

de las grandes como de las pequeñas agrupaciones de seres, era Juliana,

mujer sin principios, que apenas sabía leer y escribir, pero que había

recibido de Naturaleza el don rarísimo de organizar la vida y regir las

acciones de los demás. Si conforme le cayó entre las manos la familia de

Zapata le hubiera tocado gobernar familia de más fuste, o una ínsula, o

un estado, habría salido muy airosa. En la ínsula de Doña Francisca

estableció con mano firme la normalidad al mes de haber empuñado las

riendas, y todos allí andaban derechos, y nadie se rebullía ni osaba

poner en tela de juicio sus irrevocables mandatos. Verdad que para

obtener este resultado precioso empleaba el absolutismo puro, el régimen

de terror; su genio no admitía ni aun observaciones tímidas: su ley era

su santísima voluntad; su lógica, el palo.

A los caracteres anémicos de la madre y los hijos no les venía mal este

sistema, ensayado ya con feliz éxito en Antonio. Tal dominio llegó a

ejercer sobre Doña Francisca, que la pobre viuda no se atrevía ni a

rezar un Padrenuestro sin pedir su venia a la dictadora, y hasta se

advertía que antes de suspirar, como tan a menudo lo hacía, la miraba

como para decirle: «No llevarás a mal que yo suspire un poquito». En

todo era obedecida ciegamente Juliana por su mamá política, menos en una

cosa. Mandábale que no estuviese siempre triste, y aunque la esclava

respondía con frases de acatamiento, bien se echaba de ver que la orden

no se cumplía. Entraba, pues, la viuda de Zapata en la normalidad

próspera de su existencia con la cabeza gacha, los ojos caídos, el mirar

vago, perdido en los dibujos de la estera, el cuerpo apoltronado,

encariñándose cada día más con la indolencia, el apetito decadente, el

humor taciturno y desabrido, las ideas negras.

A los quince días de instalarse Doña Francisca en la calle de Orellana,

juzgó la mandona que más eficaz sería su poder y mejor gobernada estaría

la familia viviendo todos juntos: general y subalternos. Trasladose,

pues, y allá fue metiendo su ajuar humilde, y sus chiquillos, y el ama,

para lo cual antes hizo hueco, echando fuera la mar de tiestos y tibores

de plantas, y poniendo en la calle a Daniela, que en rigor no servía

más que de estorbo. A sus funciones de gran canciller agregó pronto las

de doncella y peinadora de su suegra y cuñada. Así todo se quedaba en

casa.

Pero como no hay felicidad completa en este pícaro mundo, al mes, poco

más o menos, de la mudanza, señalada en las efemérides zapatescas por la

desastrosa muerte de Frasquito Ponte Delgado, empezó a resentirse

Juliana de alteraciones muy extrañas en su salud. La que por su lozana

robustez había hecho gala de compararse a las mulas, daba en la tontería

de padecer lo más contrario a su natural perfectamente equilibrado. ¿Qué

era ello? Embelecos nerviosos y ráfagas de histerismo, afecciones de que

Juliana se había reído más de una vez, atribuyéndolas a remilgos de

mujeres mimosas y a trastornos imaginarios, que, según ella, curaban los

maridos con _jarabe de fresno_.

Comenzó el mal de Juliana por insomnios rebeldes: se levantaba todas las

mañanas sin haber pegado los ojos; a los pocos días del insomnio empezó

a perder el apetito, y, por fin, al no dormir se agregaron sobresaltos y

angustiosos temores por las noches, y de día una melancolía negra,

pesada, fúnebre. Lo peor para la familia fue que con estos alifafes

enojosos no se atenuaba el absolutismo gobernante de la tirana, sino

que se agravaba. Antonio le proponía sacarla a paseo, y ella a paseo le

mandaba con cien mil pares de demonios. Hízose displicente, y también

mal hablada, grosera, insoportable.

Por fin, sus monomanías histéricas se condensaron en una sola, en la

idea de que los mellizos no gozaban de buena salud. De nada valía la

evidencia de la extraordinaria robustez de los niños. Con las

precauciones de que les rodeaba, y los cuidados prolijos y minuciosos

que en su conservación ponía, les molestaba, les hacía llorar. De noche

arrojábase del lecho asegurando que las criaturas nadaban en sangre,

degolladas por un asesino invisible. Si tosían, era que se ahogaban; si

comían mal, era que les habían envenenado.

Una mañana salió precipitadamente, con mantón y pañuelo a la cabeza, y

se fue a los barrios del Sur buscando a Benina, con quien tenía que

hablar. Y por Dios que no gastó pocas horas en encontrarla, porque ya no

vivía en Santa Casilda, sino en los quintos infiernos, o sea en la

carretera de Toledo, a mano izquierda del Puente. Allí la encontró

después de enfadosas pesquisas, dando vueltas y rodeos por aquellos

extraviados caseríos. Vivía la anciana con el moro en una casita, que

más bien parecía choza, situada en los terrenos que dominan la

carretera por el Sur. Almudena iba mejorando de la asquerosa enfermedad

de la piel; pero aún se veía su rostro enmascarado de costras

repugnantes: no salía de casa, y la anciana iba todas las mañanitas a

ganarse la vida pidiendo en San Andrés. No sorprendió poco a Juliana el

verla en buenas apariencias de salud, y además alegre, sereno el

espíritu, y bien asentado en el cimiento de la conformidad con su

suerte.

«Vengo a reñir con usted, _señá_ Benina--le dijo sentándose en una

piedra, frente a la casucha, junto a la artesa en que la pobre mujer

lavaba, a respetable distancia del ciego, echadito a la sombra--. Sí,

señora, porque usted quedó en ir a recoger la comida sobrante en nuestra

casa, y no ha parecido por allí, ni hemos vuelto a verle el pelo.

--Pues le diré, señora Juliana--replicó Nina--. Puede creerme que no ha

sido desprecio; no señora, no ha sido desprecio. Es que no lo he

necesitado. Tengo la comida de otra casa, con lo cual y lo que saco nos

basta; y así, bien puede usted dárselo a otro pobre, y para su

conciencia es lo mismo... ¿Qué quiere usted saber? ¿Que quién me da la

comida? Veo que le pica la curiosidad. Pues debo esa bendita limosna a

D. Romualdo Cedrón... le he conocido en San Andrés, donde dice la

Misa... Sí, señora: D. Romualdo, que es un santo, para que lo sepa... Y

ya estoy segura, después de mucho cavilar, que no es el D. Romualdo que

yo inventé, sino otro que se parece a él como se parecen dos gotas de

agua. Inventa unas cosas que luego salen verdad, o las verdades, antes

de ser verdades, un suponer, han sido mentiras muy gordas... Con que ya

lo sabe».

Declaró la ribeteadora que se alegraba mucho de lo que oía referir; y

que puesto que Don Romualdo la favorecía, Doña Paca y ella darían sus

sobrantes de comida a otros menesterosos. Pero algo más tenía que

decirle: «Yo estoy en deuda con usted, Benina, pues _dispuse_ que mi

madre política, a quien gobierno con una hebra de seda, le señalaría a

usted dos reales diarios... Como no nos hemos visto por ninguna parte,

no he podido cumplir con usted; pero me pesan, me pesan en la conciencia

los dos reales diarios, y aquí se los traigo en quince pesetas, que

hacen el mes completo, _señá_ Benina.

--Pues lo tomo, sí señora--dijo Nina gozosa--; que esto no es de

despreciar... Vienen a mí estas pesetillas como caídas del cielo, porque

tengo una deuda con la _Pitusa_, calle de Mediodía Grande, y lo

arreglamos dándole yo lo que fuera reuniendo, y peseta por duro de

rédito. Con esto llego a la mitad y un poquito más. Pedradas de estas me

vengan todos los días, señora Juliana. Sabe que se le agradece, y

quiera Dios dárselo en salud para sí, y para su marido y los nenes».

Con palabra nerviosa, afluente y un tanto hiperbólica, aseguró la

chulita que no tenía salud; que padecía de unos males extraños,

incomprensibles. Pero los llevaba con paciencia, sin cuidarse para nada

de su propia persona. Lo que la inquietaba, lo que hacía de su

existencia un atroz suplicio, era la idea de que enfermaran sus niños.

No era idea, no era temor: era seguridad de que Paquito y Antoñito caían

malos... se morían sin remedio.

Trató Benina de quitarle de la cabeza tales ideas; pero la otra no se

dio a partido, y despidiéndose presurosa, tomó la vuelta de Madrid.

Grande fue la sorpresa de la anciana y del moro al verla aparecer a la

mañana siguiente muy temprano, agitada, trémula, echando lumbre por los

ojos. El diálogo fue breve, y de mucha substancia o miga psicológica.

«¿Qué te pasa, Juliana?--le preguntó Nina tuteándola por primera vez.

--¿Qué me ha de pasar? ¡Que los niños se me mueren!

--¡Ay, Dios mío, qué pena! ¿Están malitos?

--Sí... digo, no: están buenos. Pero a mí me atormenta la idea de que se

mueren... ¡Ay, Nina de mi alma, no puedo echar esta idea de mí! No hago

más que llorar y llorar... Ya lo ve usted...

--Ya lo veo, sí. Pero si es una idea, haz por quitártela de la cabeza,

mujer.

--A eso vengo, _señá_ Benina, porque desde anoche se me ha metido en la

cabeza otra idea: que usted, usted sola, me puede curar.

--¿Cómo?

--Diciéndome que no debo creer que se mueren los niños... mandándome que

no lo crea.

--¿Yo?...

--Si usted me lo afirma, lo creeré, y me curaré de esta maldita idea...

Porque... lo digo claro: yo he pecado, yo soy mala...

--Pues, hija, bien fácil es curarte. Yo te digo que tus niños no se

mueren, que tus hijos están sanos y robustos.

--¿Ve usted?... La alegría que me da es señal de que usted sabe lo que

dice... Nina, Nina, es usted una santa.

--Yo no soy santa. Pero tus niños están buenos y no padecen ningún mal...

No llores... y ahora vete a tu casa, y no vuelvas a pecar».

Misericordia · 第 41 / 43 题