Con el espantoso desequilibrio que trajeron al menguado presupuesto, las
botas nuevas y otros artículos de verdadera superfluidad, como pomada,
tarjetas, etc., en los cuales fue preciso invertir sumas de relativa
consideración, se quedó Frasquito enteramente vacío de barriga y sin
saber dónde ni cómo había que llenarla. Pero la Providencia, que no
abandona a los buenos, le deparó su remedio en la casa misma de Obdulia,
que le mataba el hambre algunos días, rogándole que la acompañase a
almorzar; y por cierto que tenía que gastar no poca saliva para
reducirle, y vencer su delicadeza y cortedad. Benina, que le leía en el
rostro la inanición, gastaba menos etiquetas que su señorita, y le
servía con brusquedad, riéndose de los melindres y repulgos con que daba
delicada forma a la aceptación.
Aquel día, que tan siniestro se presentaba, y que la aparición de Benina
trocó en uno de los más dichosos, Obdulia y Frasquito, en cuanto
comprendieron que estaba resuelto el problema de la reparación
orgánica, se lanzaron a cien mil leguas de la realidad, para espaciar
sus almas en el rosado ambiente de los bienes fingidos. Las ideas de
Ponte eran muy limitadas: las que pudo adquirir en los veinte años de su
apogeo social se petrificaron, y ni en ellas hubo modificación, ni las
adquirió nuevas. La miseria le apartó de sus antiguas amistades y
relaciones, y así como su cuerpo se momificaba, su pensamiento se iba
quedando fósil. En su manera de pensar, no había rebasado las líneas del
68 y 70. Ignoraba cosas que sabe todo el mundo; parecía hombre caído de
un nido o de las nubes; juzgaba de sucesos y personas con candorosa
inocencia. La vergüenza de su aflictivo estado y el retraimiento
consiguiente, no tenían poca parte en su atraso mental y en la pobreza
de sus pensamientos.
Por miedo a que le viesen hecho una facha, se pasaba semanas y aun meses
sin salir de sus barrios; y como no tuviera necesidad imperiosa que al
centro le llamase, no pasaba de la Plaza Mayor. Le azaraba continuamente
la monomanía centrífuga; prefería para sus divagaciones las calles
obscuras y extraviadas, donde rara vez se ve un sombrero de copa. En
tales sitios, y disfrutando de sosiego, tiempo sin tasa y soledad, su
poder imaginativo hacía revivir los tiempos felices, o creaba en los
presentes seres y cosas al gusto y medida del mísero soñador.
En sus coloquios con Obdulia, Frasquito no cesaba de referirle su vida
social y elegante de otros tiempos, con interesantes pormenores: cómo
fue presentado en las tertulias de los señores de Tal, o de la Marquesa
de Cuál; qué personas distinguidas allí conoció, y cuáles eran sus
caracteres, costumbres y modos de vestir. Enumeraba las casas suntuosas
donde había pasado horas felices, conociendo lo mejorcito de Madrid en
ambos sexos, y recreándose con amenos coloquios y pasatiempos muy
bonitos. Cuando la conversación recaía en cosas de arte, Ponte, que
deliraba por la música y por el _Real_, tarareaba trozos de _Norma_ y de
_Maria di Rohan_, que Obdulia escuchaba con éxtasis. Otras veces,
lanzándose a la poesía, recitábale versos de D. Gregorio Romero
Larrañaga y de otros vates de aquellos tiempos bobos. La radical
ignorancia de la joven era terreno propio para estos ensayos de
literaria educación, pues en todo hallaba novedad, todo le causaba el
embeleso que sentiría una criatura al ver juguetes por primera vez.
No se saciaba nunca la _niña_ (a quien es forzoso llamar así, a pesar de
ser casada, con su aborto correspondiente) de adquirir informes y
noticias de la vida de sociedad, pues aunque algunos conocimientos de
ello tuviera, por recuerdos vagos de su infancia, y por lo que su madre
le había contado, hallaba en las descripciones y pinturas de Ponte mayor
encanto y poesía. Sin duda, la sociedad del tiempo de Frasquito era más
bella que la coetánea, más finos los hombres, las señoras más graciosas
y espirituales. A ruego de ella, el elegante fósil describía los
convites, los bailes, con todas sus magnificencias; el _buffet_ o
_ambigú_, con sus variados manjares y refrigerios; contaba las aventuras
amorosas que en su tiempo dieron que hablar; enumeraba las reglas de
buena educación que entonces, hasta en los ínfimos detalles de la vida
suntuaria, estaba en uso, y hacía el panegírico de las bellezas que en
su tiempo brillaron, y ya se habían muerto o eran arrinconados
vejestorios. No se dejó en el tintero sus propias aventurillas, o más
bien pinitos amorosos, ni los disgustos que por tales excesos tuvo con
maridos escamones o hermanos susceptibles. De las resultas, había tenido
también su duelo correspondiente, ¡vaya! con padrinos, condiciones,
elección de armas, dimes y diretes, y, por fin, choque de sables,
terminando todo en fraternal almuerzo. Un día tras otro, fue contando
las varias peripecias de su vida social, la cual contenía todas las
variedades del libertinaje candoroso, de la elegancia pobre y de la
tontería honrada. Era también Frasquito un excelente aficionado al arte
escénico, y representó en distintos teatros caseros papeles principales
en _Flor de un día_ y _La trenza de sus cabellos_. Aún recordaba
parlamento y _bocadillos_ de ambas obras, que repetía con énfasis
declamatorio, y que Obdulia oía con arrobamiento, _arrasados los ojos en
lágrimas_, dicho sea con frase de la época. Refirió también, y para ello
tuvo que emplear dos sesiones y media, el baile de trajes que dio, allá
por los años de Maricastaña, una señora Marquesa o Baronesa de No sé
cuántos. No olvidaría Frasquito, si mil años viviese, aquella grandiosa
fiesta, a la que asistió de _bandido calabrés_. Y se acordaba de todos,
absolutamente de todos los trajes, y los describía y especificaba, sin
olvidar cintajo ni galón. Por cierto que los preparativos de su
vestimenta, y los pasos que tuvo que dar para procurarse las prendas
características, le robaron tanto tiempo día y noche, que faltó semanas
enteras a la oficina, y de aquí le vino la primera cesantía, y con la
cesantía sus primeros atrasos.
Aunque en muy pequeña escala, también podía Frasquito satisfacer otra
curiosidad de Obdulia: la curiosidad, o más bien ilusión, de los viajes.
No había dado la vuelta al mundo; pero ¡había estado en París! y para un
elegante, esto quizás bastaba. ¡París! ¿Y cómo era París? Obdulia
devoraba con los ojos al narrador, cuando este refería con hiperbólicos
arranques las maravillas de la gran ciudad, nada menos que en los
esplendorosos tiempos del segundo Imperio. ¡Ah! ¡la Emperatriz Eugenia,
los Campos Elíseos, los bulevares, Nôtre Dame, Palais Royal... y para
que en la descripción entrara todo, Mabille, las loretas!... Ponte no
estuvo más que mes y medio, viviendo con grande economía, y aprovechando
muy bien el tiempo, día y noche, para que no se le quedara nada por ver.
En aquellos cuarenta y cinco días de libertad parisiense, gozó lo
indecible, y se trajo a Madrid recuerdos e impresiones que contar para
tres años seguidos. Todo lo vio, lo grande y lo chico, lo bello y lo
raro; en todo metió su nariz chiquita, y no hay que decir que se
permitió su poco de libertinaje, deseando conocer los encantos secretos
y seductoras gracias que esclavizan a todos los pueblos, haciéndoles
tributarios de la voluptuosa Lutecia.
Precisamente aquel día, mientras Benina con diligencia suma trasteaba en
la cocina y comedor, Frasquito contaba a Obdulia cosas de París, y tan
pronto, en su pintoresco relato, descendía a las alcantarillas, como se
encaramaba en la torre del pozo artesiano de Grenelle.
--Muy cara ha de ser la vida en París--le dijo su amiga--. ¡Ah! Sr. de
Ponte, eso no es para pobres.
--No, no lo crea usted. Sabiendo manejarse, se puede vivir como se
quiera. Yo gastaba de cuatro a cinco napoleones diarios, y nada se me
quedó por ver. Pronto aprendí las _correspondencias_ de los ómnibus, y a
los sitios más distantes iba por unos cuantos _sus_. Hay _restauranes_
económicos, donde le sirven a usted por poco dinero buenos platos.
Verdad es que en propinas, que allí llaman _pour boire_, se gasta más de
la cuenta; pero créame usted, las da uno con gusto por verse tratado con
tanta amabilidad. No oye usted más que _pardon_, _pardon_ a todas horas.
--Pero entre las mil cosas que usted vio, Ponte, se olvida de lo mejor.
¿No vio usted a los grandes hombres?
--Le diré a usted. Como era verano, los grandes hombres se habían ido a
tomar baños. Víctor Hugo, como usted sabe, estaba en la emigración.
--Y a Lamartine, ¿no le vio usted?
--En aquella época, ya el autor de _Graziella_ había fallecido. Una
tarde, los amigos que me acompañaban en mis paseos me enseñaron la casa
de Thiers, el gran historiador, y también me llevaron al café donde, por
invierno, solía ir a tomarse su copa de cerveza Paul de Kock.
--¿El de las novelas para reír? Tiene gracia; pero sus indecencias y
porquerías me fastidian.
También vi la zapatería donde le hacían las botas a Octavio Feuillet.
Por cierto que allí me encargué unas, que me costaron seis napoleones...
¡pero qué hechura, qué género! Me duraron hasta el año de la muerte de
Prim...
--Ese Octavio, ¿de qué es autor?
--De _Sibila_ y otras obras lindísimas.
--No le conozco... Creo confundirle con Eugenio Sué, que escribió, si no
recuerdo mal, los _Pecados capitales_ y _Nuestra Señora de París_.
--_Los Misterios de París_, quiere usted decir.
--Eso... ¡Ay, me puse mala cuando leí esa obra, de la gran impresión que
me produjo!
--Se identificaba usted con los personajes, y vivía la vida de ellos.
--Exactamente. Lo mismo me ha pasado con _María o la hija de un
jornalero_...».
En esto les avisó Benina que ya tenía preparada la pitanza, y les faltó
tiempo para caer sobre ella y hacer los debidos honores a la tortilla de
escabeche y a las chuletas con patatas fritas. Dueño de su voluntad en
todo acto que requiriese finura y buenas formas, Ponte se las compuso
admirablemente con sus nervios para no dar a conocer la ferocidad de su
hambre atrasada. Con bondadosa confianza, Benina le decía: «Coma, coma,
Sr. de Ponte, que aunque esta no es comida fina, como las que a usted le
dan en otras casas, no le viene mal ahora... Los tiempos están malos.
Hay que apencar con todo...
--Señora Nina--replicaba el _proto-cursi_--, yo aseguro, bajo mi palabra de
honor, que es usted un ángel; yo _me inclino a creer_ que en el cuerpo de
usted se ha encarnado un ser benéfico y misterioso, un ser que es _mera_
personificación de la Providencia, según la entendían y entienden los
pueblos antiguos y modernos.
--¡Válgate Dios lo que sabe, y qué tonterías tan saladas dice!».