DOÑA LAURA. ¿Sentiría[173] usted a par del alma esa desgracia?
DON GONZALO. Igual que si se tratase de mi persona. En cambio, la
ingrata, quién sabe si estaría a los dos meses cazando mariposas en su
jardín, indiferente a todo...
DOÑA LAURA. Ah, no, señor; no, señor...
DON GONZALO. Pues es condición de mujeres...
DOÑA LAURA. Pues aunque sea condición de mujeres, la _Niña de Plata_
no era así. Mi amiga esperó noticias un día, y otro, y otro... y un mes,
y un año... y la carta no llegaba nunca. Una tarde, a la puesta del sol,
con el primer lucero de la noche, se la vió salir resuelta camino de la
playa... de aquella playa donde el predilecto de su corazón se jugó la
vida. Escribió su nombre en la arena--el nombre de él,[174]--y se sentó
luego en una roca, fija la mirada en el horizonte... Las olas
murmuraban su monólogo eterno... e iban poco a poco cubriendo la roca
en que estaba la niña... ¿Quiere usted saber más?... Acabó de subir la
marea... y la arrastró consigo...
DON GONZALO. ¡Jesús!
DOÑA LAURA. Cuentan los pescadores de la playa, que en mucho tiempo no
pudieron borrar las olas aquel nombre escrito en la arena. (¡A mí no me
ganas tú a finales poéticos!)