DOÑA LAURA. _Maricela._ ¿Le suena a usted el nombre?
DON GONZALO. ¡Ya lo creo! Como que si yo no estoy trascordado--con los
años se va la cabeza,--allí vivió la mujer más preciosa que nunca he
visto. ¡Y ya he visto algunas en mi vida!... Deje usted, deje usted...[170]
Su nombre era Laura. El apellido no lo recuerdo... _Haciendo
memoria._ Laura. Laura... ¡Laura Llorente!
DOÑA LAURA. Laura Llorente...
DON GONZALO. ¿Qué?
_Se miran con atracción misteriosa._
DOÑA LAURA. Nada... Me está usted recordando a mi mejor amiga.
DON GONZALO. ¡Es casualidad!
DOÑA LAURA. Sí que es peregrina casualidad. La _Niña de Plata_.
DON GONZALO. La _Niña de Plata_... Así le decían los huertanos y los
pescadores. ¿Querrá usted creer que la veo ahora mismo, como si la
tuviera presente, en aquella ventana de las campanillas azules?... ¿Se
acuerda usted de aquella ventana?...
DOÑA LAURA. Me acuerdo. Era la de su cuarto. Me acuerdo.
DON GONZALO. En ella se pasaba horas enteras... En mis tiempos, digo.
DOÑA LAURA. _Suspirando._ Y en los míos también.
DON GONZALO. Era ideal, ideal... Blanca como la nieve... Los cabellos
muy negros... Los ojos muy negros y muy dulces... De su frente parecía
que brotaba luz... Su cuerpo era fino, esbelto, de curvas muy suaves...
¡Qué formas de belleza soberana
modela Dios en la escultura humana![171]
Era un sueño, era un sueño...
DOÑA LAURA. (¡Si supieras que la tienes al lado, ya verías lo que los
sueños valen!) Yo la quise de veras, muy de veras. Fué muy desgraciada.
Tuvo unos amores muy tristes.
DON GONZALO. Muy tristes.
_Se miran de nuevo._
DOÑA LAURA. ¿Usted lo sabe?
DON GONZALO. Sí.