LUJÁN. Porque usted empezó a establecer la diferencia entre su hermano y
yo.
DOÑA CLARINES. Ah, sí.
LUJÁN. Basilio no habrá[88] sembrado nada, ¿verdad?
DOÑA CLARINES. ¿Qué ha de sembrar eso?[89] Ha despilfarrado lo que
sembraron para él.
LUJÁN. Pues ¿y su herencia? ¿Y sus propiedades?
DOÑA CLARINES. Todo está en mi mano. Él lo ha ido vendiendo para sus
francachelas y sus vicios... y el dinero que recibía lo daba yo sin que
él lo supiera.
LUJÁN. ¡Ah, caramba! Pero ¿ya lo sabe?
DOÑA CLARINES. Ya sí.
LUJÁN. ¡Por eso dice entonces, con gran frescura, que le ha triplicado a
usted el capital!
DOÑA CLARINES. No quería yo que fincas que fueron el recreo de mis
padres cayesen en poder de gentes extrañas mientras yo estuviera de pie.
Algo hubo, sin embargo, que no pude evitar, y que me costó una gran
amargura. Tenía mi padre un caballejo, inútil ya por sus muchos años,
pero muy querido y estimado por él, que vegetaba allá en el Molino. Pues
bien: mi hermano Basilio, que tiene la maldad inconsciente de los
majaderos, se lo malvendió a unos gitanos. Y el pobre animal fué a morir
en la plaza de toros de Guadalema. Cuando yo me enteré de esta vergüenza
y de este dolor, llamé á Basilio y le pregunté por el caballo que fué de
nuestro padre. Vaciló un segundo en responderme, y le pegué una bofetada
que le echó tres muelas fuera de la boca. ¿Hice bien?
LUJÁN. Sin género de duda.