DOÑA CLARINES. Desde que tu padre murió, llevas a mi lado muy cerca de
tres meses, y siempre que hemos tratado en nuestros coloquios de un
sentimiento muy natural a la edad en que tú te hallas--aunque se da en
todas las edades, porque hay mucha vieja sinvergüenza y pindonga,--me
has dicho que no tienes novio. ¿Es esto verdad?
MARCELA. Sí, señora: cuando se lo he dicho a usted así...
DOÑA CLARINES. Está bien. Sales en lo hipócrita a tu madre, y a tu padre
en la falta de seso.
MARCELA. Tía Clarines...
DOÑA CLARINES. ¡Tía Jinojo! Ten en cuenta que estás en un callejón sin
salida.
MARCELA. ¿Piensa usted decir mentira para sacar verdad?
DOÑA CLARINES. Al contrario: pienso decir verdad, para sacar mentira. Ya
sabes que a mí no se me ocultan las cosas.
MARCELA. Pues esta vez fallaron sus adivinaciones.
DOÑA CLARINES. ¿Insistes en tu negativa? Testaruda como doña Sara, tu
abuela materna, que se tragó un carrete, y hasta que no la abrieron en
canal lo estuvo negando.
MARCELA. ¿Pero en qué se funda usted para creer que yo le miento?
DOÑA CLARINES. En que sé a ciencia cierta que tienes novio.
MARCELA. ¡Tía!
DOÑA CLARINES. ¡Chist! Mira: desde que viniste, raro es el día que no
pasas dos horas en la casa de enfrente, so pretexto de que la niña de la
casa es amiga tuya a partir de una larga temporada que estuvo en Madrid.
MARCELA. Así es la verdad.
DOÑA CLARINES. No es así la verdad. La niña de enfrente, empacha a los
tres días de hablar con ella:[39] por sí sola carece de atractivos para
tanto trato. Pero en cambio tiene una tía, hermana de su madre, que
siempre se distinguió grandemente en un oficio que elogiaba mucho don
Quijote.[40]
MARCELA. No la entiendo a usted.
DOÑA CLARINES. Celebro tu candor. Esas aficiones de la tía--sigo sobre
la pista--eran para mí un dato de bastante importancia. Una mañana, de
sobremesa, dije yo esta frase, que se puede esculpir: «No hay un solo
hombre que tenga corazón.» Y tú saltaste, como si te hubiera picado una
avispa: «¡Hay de todo!» ¿Hola? ¿Hay de todo? ¿Ésta cree que hay de
todo?--pensé yo entre mí. ¿Conque opinamos que hay de todo?
MARCELA. Sí, señora: yo creo que hay de todo. Sin tener novio, me parece
que se puede opinar que hay de todo.
DOÑA CLARINES. Indudable: se puede opinar. Pero cuando seguramente se
opina es teniéndolo. Las mujeres no defienden nunca a los hombres:
defienden a un hombre nada más.[41]
MARCELA. Cuando usted lo dice... Más sabe usted de eso que yo.
DOÑA CLARINES. De eso y de cuanto hay que saber, monicaca. Otro día,
amaneciste con un catarro que no se te entendía lo que hablabas, y yo me
opuse a que pasaras ahí enfrente. La rabieta que te dió, de esas
silenciosas, de no cruzar la palabra[42] con nadie ni por educación, no
se la toma ninguna muchacha más que a cuenta del novio. Ya bajas la
vista.
MARCELA. No...
DOÑA CLARINES. Sí. El domingo pasado, se prolongó la vista más de la
costumbre... y viniste muy colorada y con un dedo manchado de
tinta.[43] _Marcela se mira disimuladamente la mano derecha._ De la
mano derecha, sí. Yo te pregunté: ¿Qué traes, chiquilla? ¿Qué sofoco es
ese? ¿Cómo has tardado tanto? «Porque... porque he estado jugando a la
pelota»--me respondiste. ¡Ah, caramba! Esta niña se mancha la mano de
tinta, jugando a la pelota. ¡Y la pelota, que aún está en el tejado, era
una carta de tres pliegos! _Marcela compunge el semblante._ No; no
empiecen ahora los pucheros y las lagrimitas. Me has engañado como yo
no merezco. Tienes un novio como un castillo, le escribes ahí enfrente,
y ahí enfrente recibes sus cartas, que vienen a nombre de doña
Sebastiana, la tía de tu amiga. Son las únicas cartas de amor que ha
recibido esa tarasca en el siglo y medio que lleva a cuestas.
MARCELA. Perdóneme usted, tía. Quiero mucho a mi novio... y temí que
usted se opusiera a las relaciones.
DOÑA CLARINES. ¿Es algún bandolero?
MARCELA. No, señora; por Dios... Si es más bueno...[44] más bueno es...
DOÑA CLARINES. ¿Entonces por qué había de oponerme?
MARCELA. Como tiene usted ese genio tan raro...
DOÑA CLARINES. ¿También tú? Yo nunca me aparto de lo justo; y las
rarezas de mi genio consisten en que le digo las verdades al lucero del
alba. ¿Conocía tu padre estos amores?
MARCELA. No, señora; tampoco.
DOÑA CLARINES. Pues de tu padre no te ocultarías por mal genio.[45]
Alguna maca tendrá el señorito. ¿Quién es? ¿Cómo se llama?
MARCELA. Miguel.
DOÑA CLARINES. ¿Miguel qué? _Marcela calla._ ¿Miguel qué? ¿Estás como
Daría? ¿Necesitas preguntárselo a Crispín?
MARCELA. ¡Qué cosas tiene usted! Confíe usted, tía, en que yo no había
de ponerme en relaciones con quien no mereciera mi cariño. Es un
muchacho como hay pocos: para mí como no hay ninguno. Es arquitecto:
trabaja mucho; tiene un gran porvenir. Cuando murió mi padre, nuestras
relaciones no habían hecho más que empezar... ¡y si viera usted qué
consuelos tan delicados debo a su cariño; qué alientos me dió para
calmar mi pena; para seguir la vida tan sola!...[46] Lo quiero mucho,
mucho, mucho; más que a nadie. Y ya verá usted cómo él lo merece.
DOÑA CLARINES. Bien está. Basta de inocente palabrería. Tú eres muy niña
para juzgar a ningún[47] hombre. Cada «te quiero» de ellos es un veneno
que nos parece miel, por la pérfida dulzura de esas dos palabras.
MARCELA. No me asusta usted: estoy muy segura.
DOÑA CLARINES. Eres una mocosa. Pero tan segura como estás tú necesito
estar yo.
MARCELA. Él... acaso venga[48] a Guadalema...
DOÑA CLARINES. _Rápidamente._ Si no es que ya ha venido.
MARCELA. _Sorprendida._ No, señora.
DOÑA CLARINES. Cualquiera fía en tus negativas.[49] Pero, en fin, haya
venido o no,[50] cuando venga, vendrá a verte a esta casa. Tus visitas
ahí enfrente se han concluído. Se quedó doña Sebastiana sin novio. Por
mi parte, con oírlo un par de veces nada más, lo diseco.[51] Y si como
barrunto es un zascandil...
MARCELA. ¿Un zascandil?
DOÑA CLARINES. Muy cerca ha de andarle[52] el hombre que conociendo
quién soy para ti, cómo vives conmigo, se oculta de mí y se vale de
tapujos y tercerías. Limpio no juega.
MARCELA. ¡Tía Clarines!
DOÑA CLARINES. No hablemos más del particular. Si el señorito no me
entra por el ojo derecho, prepara media docena de pañuelos para llorarlo
tres o cuatro días. Más no ha de durarte la congoja de la separación,
ya que probablemente se tratará[53] de una chiquillada.
MARCELA. Todo lo compone usted a su gusto...
DOÑA CLARINES. Punto final.
_Silencio._
MARCELA. _Mirando hacia la puerta de la izquierda._ Aquí salen el tío
Basilio y ese señor amigo suyo.
DOÑA CLARINES. Tal para cual.
MARCELA. ¿Conoce usted a ese señor?
DOÑA CLARINES. No: pero cuando es amigote de mi hermano... No pienso
hacerles la tertulia. Buenas noches. _Se levanta para marcharse._
MARCELA. Buenas noches, tía. Hasta mañana, si Dios quiere. _Va a
besarla._
DOÑA CLARINES. _Deteniéndola._ Menos besuqueo, y más respeto.
_Salen en esto_ DON BASILIO _y_ LUJÁN. _Marcela queda pensativa
y disgustada._
DON BASILIO. ¡Clarines! ¡Clarines!
DOÑA CLARINES. ¿Eh?
LUJÁN. Buenas noches, señora.
DON BASILIO. _Presentándolos._ Mi hermana Clarines... Mi amigo
Isidoro Luján.
LUJÁN. Tengo mucho gusto...
DOÑA CLARINES. Yo celebraré que lo pase usted bien en mi casa los días
que esté en ella.
LUJÁN. ¡Oh! Seguramente.
DOÑA CLARINES. Pronto lo ha dicho usted.
_Don Basilio le hace señas de inteligencia a Luján ahora y en
adelante._
LUJÁN. Señora...
DOÑA CLARINES. ¿Ha venido usted a Guadalema a ver si se muere don Rodrigo?
LUJÁN. No, señora; no es caso grave. No es más que una gaita para la
familia.
DOÑA CLARINES. Se perdía[54] bien poca cosa si se muriera. Es un
solterón egoísta, que ha vivido siempre de chupar la sangre de los
pobres. Los sobrinos están deseando que dé un estallido. La prueba es
que todos los médicos les parecen pocos.[55] Pero, bien, eso allá usted
con su conciencia. Si la tiene:[56] porque en la carrera de usted la
conciencia anda por las nubes. Fortuna que yo gozo de una salud
inalterable. No padezco más que ataques de sentido común.
LUJÁN. _Estupefacto._ Hem...
DOÑA CLARINES. ¿Se van ustedes de paseo, verdad?
DON BASILIO. Me lo llevo por ahí un ratillo.
LUJÁN. Ya lo oye usted.
DOÑA CLARINES. Bien. La puerta de mi casa se cierra a las once para todo
el mundo. El que a las once no esté aquí duerme en un banco de la Plaza
Mayor. _La estupefacción de Luján se acentúa._ Hay más. Si se viene a
las diez y media, y se viene borracho, es como si se viniera fresco
después de las once: en la calle se duerme también.
DON BASILIO. Clarines, por... por amor de Dios; alguna vez piensa lo
que dices.
DOÑA CLARINES. No pienso nunca lo que digo; y bueno es que lo sepa
usted, caballero... Cuanto digo lo digo porque me nace en el corazón; y
como antes de llegar a la cabeza pasa por la boca, se me sale siempre
sin pensarlo.[57] Buenas noches.
LUJÁN. A los pies de usted.
_Éntrase doña Clarines por la puerta de la derecha. Luján y don Basilio
se miran sin palabras largo tiempo._
MARCELA. Esta noche tiene para todos.[58] ¡Ay, Dios mío!
DON BASILIO. Abrázame, Isidoro.
LUJÁN. Calla, hombre, calla.
DON BASILIO. ¿Está esa mujer en sus cabales? ¿Eh? Con franqueza. ¿Está
en sus cabales?
LUJÁN. Con franqueza; lo que es juzgándola por impresión... está como
una cabra. _Baja la voz al decir esto._
DON BASILIO. No; no te recates de Marcela... Calcula tú la pobre: ¡la
tiene que aguantar noche y día!
LUJÁN. Y la cuestión es que, a poco que se mediten sus palabras, se ve
que en rigor no ha dicho nada que sea absurdo. Porque, ¿qué es lo que ha
dicho, después de todo? Que don Rodrigo es un chupa-sangre. Eso nos
consta, desgraciadamente. Que los sobrinos están deseando que se muera.
No lo sé; pero es muy humano. Que cada día traen un médico para
conseguirlo. Sí... es un sistema que suele dar resultados muy
satisfactorios. Que si[59] los médicos no tenemos conciencia, que si
ella goza de salud excelente, que si sólo padece ataques de sentido
común... Nada de esto es desatinado, en ley de Dios.
DON BASILIO. _Nervioso._ Pero, hombre, Isidoro; no me digas. ¿Y la
manera de... de...? Es la primera vez que te habla, y... ¡Vamos, que
soltarte que la puerta de esta casa se cierra a las once!... ¡Carape!
LUJÁN. Ahí tienes una cosa que, lejos de haberme molestado, la encuentro
muy bien.[60] No he podido conseguirla en mi casa, pero la encuentro
bien. Ahora, aquello de que si a las diez y media se llega borracho...
¿Tú bebes? ¿Tú te recoges borracho algunas noches?
DON BASILIO. ¡Nunca! ¡Que te lo diga ésta![61] ¡Eso es una pata de
gallo! ¡Cuando se enreda la madeja y tomo cuatro copas de más... vengo
siempre por la mañana!
LUJÁN. ¿Ah, sí?
DON BASILIO. ¡Naturalmente, hombre! Anda, vámonos a la calle, que
tenemos tela cortada para largo.
LUJÁN. Presumo que sí. _A Marcela._ Marcelita, muy buenas noches.
MARCELA. _Saliendo de la abstracción en que se hallaba._ Qué, ¿se
marchan ustedes?
LUJÁN. Sí; pero a las once menos cinco minutos estaremos de vuelta. Yo
me ciño a los estatutos.
MARCELA. Hace usted bien. Hasta mañana.
LUJÁN. Hasta mañana.
MARCELA. Adiós, tío.
DON BASILIO. Adiós, pequeña. Y no te apures tú mientras viva tu tío
Carape. ¡Qué carape! _Se va con Luján por la puerta del foro, hacia la
izquierda._
MARCELA. ¡Que no me apure, dice!... ¿Qué sabe él? ¡Para no apurarse es
la situación! Y habrá que echar por la calle de en medio,[62] y decir la
verdad. Miguel y yo, ¿por qué razón no hemos de querernos?
_Sale por la puerta de la izquierda_ DARÍA, _llena de inquietud._
DARÍA. ¡Señorita! ¡Señorita!
MARCELA. ¿Otra te pego? ¿Qué pasa?
DARÍA. Que se me ha olvidado preguntarle a usted a qué hora tengo que
levantarme.
MARCELA. Con las gallinas. La señora se levanta a las seis... Ya te
llamará Tata: descuida tú.
DARÍA. Es que me había dicho Crispín que la señora llamaba a los criados
con una trompeta.
MARCELA. Eso es en los cuarteles. Aquí no.
DARÍA. Ya. Crispín, desde que lo han tallado, no oye más que trompetas.
Diga usted, señorita.
MARCELA. ¿Qué?
DARÍA. ¿Antes de acostarme debo entrar a besarle la mano a la señora?
MARCELA. Entra, y te da una bofetada que te tira de espaldas.
DARÍA. ¿Sí, verdad?
MARCELA. Lo que has de hacer es meterte en la cama ahora mismo sin que
te sienta nadie.
DARÍA. En seguida, señorita. Hasta mañana, si Dios quiere, señorita.
MARCELA. Adiós.
DARÍA. _Vacilando entre las dos puertas._ ¿Por dónde voy mejor a mi
cuarto?
MARCELA. _Señalando a la del foro._ Por ahí todo seguido, darás con
la escalera al momento.
DARÍA. Sí; porque al venir para acá me perdí, ¿sabe la señorita? y me
metí en una habitación con los muebles con fundas blancas, por la que no
quisiera volver a pasar hasta verla de día. Buenas noches. _Se
marcha._
MARCELA. Vete con Dios, mujer.
_Vuelve_ TATA _por la puerta de la izquierda._
TATA. ¿Con quién hablabas?
MARCELA. Con Daría, que no ve de miedo.
TATA. Ya se le irá pasando. A todas les pintan esta casa como un
presidio... ¿Se acostó la señora?
MARCELA. Se fué a su cuarto, al menos.
TATA. ¿Y qué tienes tú? ¿Ha habido regañina?
MARCELA. Sí, Tata, sí; la ha habido. Y dura.
TATA. ¡Aaaaah! ¡Qué _caráter_! ¡Es un acero! Si como nació con faldas
nace con pantalones,[63] hubiera sido emperador. _Rompe a llorar
Marcela._ ¿Qué es eso, nena? ¿Por qué lloras?
MARCELA. Estoy muy triste. Se ha ido muy enfadada la tía. Fuí a darle un
beso, y me detuvo.
TATA. Algo malo habrás hecho tú:[64] porque ella es la justicia mesma.
MARCELA. No, señora; yo no he hecho nada malo. Ocultarle una cosa que
podría ser motivo de disgusto, no creo yo que sea mala acción.
TATA. ¿Motivo de disgusto para la señora? A ver, a ver... ¿Qué es ello,
nena? Dímelo a mí, por si yo puedo valerte de algo. ¿Lo ha descubierto
ya la tía?
MARCELA. No del todo. Me ha hecho confesarle... pero yo he callado...
he callado mucho... Venga usted, Tata; ampáreme usted; aconséjeme
usted.
TATA. ¡Malo será que no haya unos calzones de por medio!
MARCELA. Un hombre hay.
TATA. ¡Anda con Dios! ¿Tienes novio, eh?
MARCELA. ¡Naturalmente!